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Volver a la fuente
Cómo participar con ideas que contribuyan a que el niño
lea más? Si a esta pregunta la incluyo en mi historia personal
tendría que responderla de esta manera: Retornando a la fuente.
¿A cuál fuente me refiero? A aquella inmersa en un paisaje
similar al que la familia veía hasta sólo unos años
atrás, en el cual se enraizaba una familia más unida, que
conscientemente mantenía interés mayúsculo sobre
los hijos, que no perdonaba desatenciones escudadas en frases como las
que hoy están de moda:-No importa que no le de tiempo a mi
hijo, importa la calidad del tiempo que le doy. Como si cantidad
y calidad necesariamente tuviesen que estar disociadas.
Tal vez los sucesos del pasado embellecidos con los colores del recuerdo
y distorsionados por los años me lleven a re habitar un paraíso
al que con voz de poeta todavía suelo retornar. En él encuentro
el mundo infantil, o tal vez sólo una añoranza de él
donde conviven la voz de mi madre, los colores de otras voces como las
del entorno y de las imágenes de ese mundo.
La enorme casa de mi abuela donde pasaba los veranos tenía en la
bohardilla un arcón de madera. Me veo abrirlo y descubrir tesoros
de revistas y libros que mis tías guardaban desde siempre. Me sumergía
en él para habitar otro mundo con la música del reloj de
péndulo, que caminaba el tiempo, como fondo. Allí aparecían
los chimentos pasados de moda de Radiolandia confundiéndose
con los bellos rostros femeninos de Para Ti pintados al pastel
por Raúl Manteola. La curiosidad se atrevía con Naná
que a los nueve años me hacía notar que lo que sus páginas
me contaban como algo natural, en mi familia, de eso no se
hablaba.
Como pequeña exploradora de lecturas tuve la suerte de que en la
escuela la lectura obligatoria me agilizó los ojos, la lengua y
el entendimiento. En la soledad de hija única nunca estuve perdida
con los amigos mágicos que extraía de los cuentos. Cuando
el timbre semanal de la bicicleta del diariero anunciaba la llegada del
Billiken y del Pato Donald se me llenaba el alma
de expectativas. Esas revistas además de divertirme con las aventuras
de sus pequeños héroes me introducían en la historia,
la ciencia y la geografía con las que poco a poco ampliaba mi bagaje
de conocimientos. Esas fuentes de gozo encontradas en aquellas lecturas
elementales colmaron de emoción y fascinación los años
de infancia.
Una biblioteca pública cercana a mi casa pronto careció
de material para mi avidez lectora, entonces, el ingenio inventó
hermanos y primos grandes para los cuales llevaba otros libros.
Ahora, en la adultez rememoro ese tiempo y me convenzo de que todo niño
tendría que tener la posibilidad, el derecho, de vivir una feliz
niñez lectora. Con ese pensamiento- deseo, cómo no tratar
de hacer todo lo posible para que ese placer por la lectura se vuelva
a establecer en el sentimiento del niño de hoy. Por eso creo fervientemente
que hay que regresar a aquellos lugares donde todavía vibran ecos
de una necesidad y placer que reconozco como una relación privilegiada
con el libro que, en definitiva, no es otra cosa que la fuente de la felicidad.
En este mundo que hoy nos toca habitar no podemos estar ajenos al cambio
que se ha producido en la sociedad. Mientras a nuestro alrededor se desencadena
la enfermedad de la agresividad, el terror paralizante, una población
que crece superada por sus necesidades superfluas que se multiplican en
oposición a otra parte de la misma que se consume por el hambre
y la ignorancia, la sensibilidad me lleva a preguntar: ¿Qué
podremos hacer para dejarle al niño el mundo de magia y conocimiento
que brinda la lectura si su incumbencia y significado están siendo
cancelados como inútiles y vanas presencias?
Paradójicamente, en este momento que nos preocupan los niños
no lectores, nos encontramos con un hecho que sorprende: contamos con
abundancia de libros para niños. Aparecen en nuevos formatos; al
tradicional se le suman libros para pintar, para mirar, recortables, plegables,
con imágenes superpuestas, para crear juegos, libros-discos, libros-cinta,
con diapositivas, con anteojos preparados para descubrir dibujos ocultos
a primera vista y con tantas y variadas posibilidades más que la
inventiva del hombre hace interminable. A esta gran cantidad y variedad
de libros y libros-juguete no todos los niños tienen igual acceso.
Frente a este hecho necesitamos reflexionar sobre su reparto equitativo.
Estos libros han sido hechos para grupos sociales privilegiados económica
y culturalmente mientras los otros grupos deben permanecer en el ostracismo
inmerecido. Las autoridades educativas y políticas tendrán
que cumplir con los principios constitucionales que garantizan que la
cultura y la educación deben ser igualitariamente para todos.
Una política adecuada podría corregir el mal reparto o aliviar
las diferencias pronunciadas y, una oportuna educación corregir
las consecuencias sociales de ese desigual reparto.
En esta crisis que afronta la nueva cultura y la sociedad el niño
poco puede manifestarse con todas sus iniciativas en juegos diversos de
creatividad, se lo anula con juguetes prefabricados, se lo hace vivir
en un ámbito donde encuentra falta de espacio, y no sólo
en los hogares, sino también en las ciudades. Con el uso desmedido
que hace de la televisión, los deportes de competición (si
puede acceder a ellos), la explotación comercial del ocio, la presión
de la publicidad consumista, la actitud permisiva de los padres, la falta
de orientaciones educativas hace que depositar la fe en el libro sería
hacerlo en su capacidad educativa y regeneradora. En orden de prioridades
el libro de cuentos para leer y contar todavía es necesario y da
buen resultado, más aún en determinadas edades cuando le
es narrado al niño por una persona querida, familiar o educadora.
En la actualidad se notan muchas y variadas influencias que han incidido
en un cambio cultural. Los modernos medios de difusión exigen nuevas
formas de lectura e interpretación a las cuales no podemos estar
ajenos; acceder a las mismas nos puede hacer más sabios, racionales,
informados y por ende más sensibles a la poesía pero, el
gozo por la lectura todavía sólo nos lo brinda el libro.
Él y el lector, a medida que aumentan su proximidad se funden en
una complicidad que sobrevivirá hasta la palabra: FIN. Leer es
una manera feliz de vivir. Los padres, los maestros, la escuela y los
lectores tienen que bregar para que esa felicidad sea perenne.
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Ya es tiempo de que volvamos a abocarnos a la tarea de ganar para la
lectura a todos aquéllos que jamás han tomado un libro en
sus manos, a los que no se sienten motivados, a los que aún no
han sido conquistados por los procedimientos habituales. Desde la escuela
y desde el hogar habrá que conseguir que los niños no rechacen
la lectura, que acepten al libro por decisión propia y luego se
convenzan del placer que les puede proporcionar.
Carmen Olivares dice en La animación a la lectura que
la misma Es un acto consciente realizado para producir un acercamiento
afectivo e intelectual a un libro concreto, de forma que este contacto
produzca una estimación genérica hacia los libros
Los objetivos que podríamos proponernos para que la creatividad
y el sentido lúdico intervengan en el acto lector y lo transformen
en un hecho investigativo, en un trabajo de descubrimiento personal, en
una experiencia nueva y diferente serían:
a- Que los niños poco habituados a la lectura descubran
el libro. b- Ayudar al lector pasivo a transformarse en lector activo.
c- Ayudar al niño para que descubra y desarrolle el placer de leer.
D- Que el niño lector pueda descubrir la variedad de libros.
Hoy más que nunca necesitamos la voluntad del maestro. En la actualidad
son muchas las familias que han tenido que aceptar una realidad social
para la cual no estaban preparadas, nos encontramos con padres y madres
que tienen que alejarse de los hogares por mucho tiempo para lograr la
subsistencia, con una televisión que atrapa por horas la atención
de los chicos y un Estado que no propone un plan educativo más
claro y eficaz. Ante este panorama le queda al maestro, hoy más
que nunca, la tarea de educar al niño. Para ello necesitamos maestros
que hayan retornado a la fuente de la genuina vocación.
Aunque las condiciones sociales sean duras, el salario bajo, el lugar
de trabajo poco apto; las cuatro o cinco horas que el docente le dedique
al alumno deben estar total y literalmente al servicio de
él. Sin excusas esas horas de trabajo tienen que ser de dedicación
exclusiva y aprovecharlas en tareas que acrecienten el interés
del niño por aprender, la curiosidad por conocer, la aventura de
descubrir. Ya el diario vivir le resta horas preciosas como para que la
escuela no le brinde lo que debe. Los decentes hemos sido educados para
educar y esa tarea es misión pues tratamos con niños y jóvenes
que se están formando. Si los padres están ausentes, la
televisión los atrapa, el trabajo los hace vivir en la calle, el
ocio los entretiene, a los educandos sólo les queda la escuela,
el docente, para que se ocupen del niño. Entonces, en este hoy
donde también se está desvirtuando la misión educadora
abramos conciencias para que el maestro que toma su tarea como sólo
un trabajo remunerativo vuelva a la fuente, ocupe cada minuto de su tiempo
escolar en ayudar al educando a crecer, acompañarlo, sentarse a
su lado y aclarar las dudas que tenga, interesarse en su vida, ser lo
que era: su segunda mamá.
El futuro
La identidad del niño de hoy se encuentra inmersa en una confusión
producto de las culturas populares. Tanto la televisión, el cine,
las revistas, los recitales de música, los centros de comerciales,
la radio y los diarios modifican la percepción que los niños
tienen de la realidad, incluso el conocimiento que tienen sobre ellos
mismos se ve alterado por el modo en como se los define socialmente. Retornar
al conocimiento de que tanto los niños como los jóvenes
tienen experiencias, lenguajes y culturas propias que les dan voz, y que
esa voz no puede ser negada debería importarnos. Encontrarla en
los medios de comunicación, en el Estado, en las políticas
públicas y en la sociedad podría ser el primer paso para
modificar la representación a la que aludía.
Hoy, ni todos los padres ni todos los maestros son como los de nuestra
infancia que nos abrían las puertas para acceder al conocimiento
y al mundo. Transmitir valores, guiar en la vida social se ha hecho para
ellos una actividad compartida con los medios y la publicidad que se han
encargado de desvirtuar la tarea formadora.
Un niño de hoy ve un promedio de 4 horas diarias de televisión
que lo ubican como sujeto consumista. Si la escuela y la familia no enriquecen
su imaginario con propuestas diferentes a las de los medios de comunicación
y ceden a la mercantilización de la cultura, la sociedad del futuro
tendrá ciudadanos empobrecidos con gran entusiasmo consumista.
Padres y maestros tendrán que aportar su atención para contrarrestar
la presión consumista que confunde los deseos de niños y
jóvenes, abrirles nuevas puertas, expandirles la curiosidad y ponerles
límites para que el interés no esté en el último
juguete o accesorio de moda.
Gustavo López realizó una encuesta en el COMFER en 2001
en la cual ya se vislumbraba el poder absorbente de la televisión.
El 52,5% de niños de 9 a 12 años mira entre 4 y 6 horas
diarias de televisión Esta exposición se incrementa
a medida que aumenta la edad y empeora el nivel de ingresos
el estudio
ha comprobado que la existencia de un límite familiar disminuye
el tiempo de exposición y la ausencia de ese límite la aumenta.
Ante este panorama habría que debatir de qué manera esos
medios podrían ayudar a los chicos que terminan estando en riesgo.
Con excesiva frecuencia los problemas que se padecen en la educación
derivan de la falta de iniciativa o de la falta de acuerdo y entendimiento
entre quienes tienen la misión de resolverlos. Es hora de que la
familia, la escuela, la sociedad y los medios de comunicación desempeñen
un papel activo en el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos.
VILMA BRUGUERAS
vilmabrugueras@infovia.com.ar
Bibliografía:
El mercado de la infancia: Carolina Arenas. La Nación
18-06-2003
Dilema frente al televisor: Gustavo López. La
Nación 18-06-2003
El encuentro gozoso con los libros Antonio Manuel Fabregat.
Editorial Cincel.
Universidad Complutense de Madrid.
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