La tarde

No es lo mismo mirarla desde afuera. Se pinta de un azul sucio en la mitad superior, en diagonal a la sombra superpuesta. Suena por dentro como el ritmo circular de un despertador, como las madrugadas lejanas que tanto tienen que ver hoy con los números, las agujas, los sonidos agudos y puntillosos, los aniversarios. Podría ser desde el lugar de mis zapatos no mucho más grande que la separación entre mis dedos, más antigua, probablemente que éstos y tan sola en su arquitectura como el diseño de esta soledad murmurada en esta plaza vieja, hoy a la tarde.
Suena un teléfono público en la esquina más transitada de la plaza. Alguien podría caminar y contestar esa llamada que no le corresponde, o sí , pero todavía nadie contesta. Debe haber alguien del otro lado que espera, puede que esperar no le resulte fácil, pero debería tener en cuenta que es una plaza. A lo mejor no lo sabe y por eso llama. Ahora un hombre se acerca, decidido, seguro de las palabras que va a escuchar, seguro de quien lo llama.

Descuelga el tubo, se desploma el cable plateado sobre el hombro, traga saliva y se abraza al teléfono como dándose un descanso pero no habla. Apenas un saludo al empezar y después nada. Sus ojos simulan los míos en ese instante, y se arrepiente en el mismo momento que cuelga y se queda un minuto que dura bastante más que eso, sin moverse.
Puedo imaginarme el sonido de las llamadas equivocadas, la caricia de la mala suerte, el desencanto del metal frío sobre las mejillas y una voz que pierde importancia a medida que se reconoce desconocida.
Camina hacia la derecha y bordea el césped, primero me esquiva pero después de recorrer las tres esquinas restantes se acerca. Le indico donde ubicarse porque parece que me tuviera confianza y se acomoda al lado del chico de camisa a rayas.
Ya somos varios los que hacemos fila en los bancos de la plaza.
Nadie lo dice pero todos esperan. Aunque yo pruebo de responder siempre después de las siete, como cada tarde.

Paula Marrafini
pmarrafini@yahoo.com.ar

De poetas y de locos

Exprimes tu pobre seso
buscando la esquiva rima
que no aumentará la estima
ni reportará progreso.
Es muy probable que eso
que tú llamaste poema,
que pretendió ser emblema
y alarde de erudición,
sólo en alguna ocasión
alumbre si alguien lo quema.

Encontrar una palabra
la que genera una idea
y por la misma se crea,
hace que la mente se abra.
Escritor que tu obra labras
de refinado intelecto
te mereces el respeto
aunque sea tu obra mala,
corregila, publicala,
no te quedes en proyecto.

Aguanta el pobre papel
lo que dicta la pluma
como la luz de la bruma
como la tela al pincel.
Tratas de pintar en él
metáforas o figuras
a las sílabas apuras
la sinalefa te ayuda
esdrújula, grave, aguda,
pero un hiato te tortura.

Es en metonimia, pluma,
todos piensan en las aves
es polisíndeton suave
de pensamiento que suma
y se nutre de la espuma
salobre de la antítesis
hipérbole de una tesis
enana, suena gigante
una litote constante
que pretendió ser silepsis.

Si la quinta va acentuada
todo sale musical
eligiendo la vocal,
la gradación rebuscada.
Retóricas trabajadas
zeugma en su coordinación
repite aliteración
en un poema confuso
que sale, aunque no lo puso
reverendo oximoron.

Las sílabas traicioneras
que a veces suenan igual,
verso de aguda al final
ya rima de otra manera.
Si la idea que uno espera
en décimas redondear
se debe sintetizar,
es muy probable que tengas
(si no quieres que sea renga)
las palabras acortar.

Francisco A. Llera

Los girasoles

Aquel día desprovisto de color miraba a través de la ventana. Cientos de girasoles se acostaban al compás del viento propagando sus semillas. Dentro del taller, Vhan Pollock distribuyó la pintura en los distintos recipientes. Arrojó en forma alternada el material esparciéndolo, con movimientos rotatorios, sobre la superficie ávida de contenidos. Un deseo independiente del artista habitó la materia.
Sorprendido, observó cómo los tonos yuxtapuestos se mezclaban para dar lugar a nuevos valores realzados por las formas, que variando de coordenadas, diseñaban archipiélagos contenidos por mares inauditos. Como un nuevo génesis, las densidades se habitaban. Entonces fue cuando la obra comenzó a balbucear, y él supo que ese cuadro sería diferente a todo lo anterior.
Esa noche no volvió a la casa. ¿Cómo dejar a una embarazada sola en el último mes?
Apoyó algunas telas sobre el piso, se acostó y se tapó las piernas con papeles de diarios, pero el cansancio no pacificó las ideas; algún pensamiento, o desasosiego quizás, no dejaba entrar al sueño. Decidió incorporarse y extendió la cobija de papeles por el piso. La noche prometía insomnios.

Se acercó al mesón de trabajo, sacó los pinceles del frasco de aguarrás y la turbiedad se precipitó hacia el fondo. Secó las cerdas con el trapo envejecido, prendió las luces. El amanecer aun estaba reacio a llegar. Se plantó frente al atril y como un enamorado dijo: Aquí estoy, aquí nos tenemos.
El material se movía imperceptible. Por la continuidad del hecho se diría que no encontraba el lugar definitivo. Vhan Pollock era solo un observador con el pincel atónito jubilándose en su mano.
Voces turquesas, voces rojas, amarillas, blancas lo atraparon y se dejó llevar por el susurro insinuante de colores, para penetrar en la humedad narcótica de óleo y trementina.
La silla amarilla de Van Gohg lo invitó a sentarse. Los cabellos se le llenaron de pequeñas capas de pigmentos. Los ojos azularon la mirada. Un verde thalo despuntó en la sonrisa.
Todo el cuarto fue una tela sin marco ni pintor pero los pinceles, la espátula, no entraron con él; quedaron huérfanos al pie del caballete.
Detrás de la ventana, los girasoles se enderezaron, acariciados por el sol de la mañana.

Susana Trajtemberg
sushka1970@hotmail.com

II

Guardar estos acordes
Para cuando el silencio te haya comido las manos

Guardarlos en cofres chiquititos
De lluvia y mar
Y esconderlos en un cajón de terciopelo anaranjado
Y después olvidarlos

Sí olvidarlos

Hasta que un día en la
Completa oscuridad sonora
Resurjan como caballitos de mar
En escala de SI mayor


Laura Blanco

Mariposa

Adentro de la negrura
de mis ojos-mariposa
nuestras melodías gemelas
me trascienden
a alturas infinitas
Desde el sótano oscuro
de mi vientre
dos alas bien palpables
(mágica aparición)
destellan
un jardín melancólico
de mariposa fugada

Silvia Trincavelli

 

Trama


Hilachas del alma y del corazón tejieron una tela densa y dolorosa. Asfixiante. Imposible de desprender o desgarrar para que entrara, piadosamente, un haz de luz por alguna hendija.
Tironeada desde el interior por hilos invisibles, la tez que cediendo poco a poco y los surcos se multiplicaron en ella. Tierra arada en todas direcciones...Mapa de la vida, húmedo.Cada acequia acunó dolor y ante el mundo, aquel teclado disfrazado de sonrisa ya no pudo engañar más desde su pretendido anonimato.

El antifaz se fue deslizando suavemente. No valía la pena volverlo a su lugar. ¿Para qué seguir fingiendo? Ya no le quedaban fuerzas para continuar con la comedia. Sólo esperar a que bajara el telón.

 

Edith Ruz De Colombo

Poema

Hemos venido a romper los
cometidos de la ceguera
imagen de lo cotidiano que
apresa los pensamientos
mágicos Nula visión a lo extraño
No hay una búsqueda hay un
reencuentro
¿Dónde estás? ¿Dónde callas por
dentro? Te añoro
Figura de águila gotas de sonrisa
la intriga de un paso
Un paso atado en las alas
del núcleo


CÉSAR

 

Volver a la fuente

Cómo participar con ideas que contribuyan a que el niño lea más? Si a esta pregunta la incluyo en mi historia personal tendría que responderla de esta manera: Retornando a la fuente. ¿A cuál fuente me refiero? A aquella inmersa en un paisaje similar al que la familia veía hasta sólo unos años atrás, en el cual se enraizaba una familia más unida, que conscientemente mantenía interés mayúsculo sobre los hijos, que no perdonaba desatenciones escudadas en frases como las que hoy están de moda:-“No importa que no le de tiempo a mi hijo, importa la calidad del tiempo que le doy”. Como si cantidad y calidad necesariamente tuviesen que estar disociadas.
Tal vez los sucesos del pasado embellecidos con los colores del recuerdo y distorsionados por los años me lleven a re habitar un paraíso al que con voz de poeta todavía suelo retornar. En él encuentro el mundo infantil, o tal vez sólo una añoranza de él donde conviven la voz de mi madre, los colores de otras voces como las del entorno y de las imágenes de ese mundo.
La enorme casa de mi abuela donde pasaba los veranos tenía en la bohardilla un arcón de madera. Me veo abrirlo y descubrir tesoros de revistas y libros que mis tías guardaban desde siempre. Me sumergía en él para habitar otro mundo con la música del reloj de péndulo, que caminaba el tiempo, como fondo. Allí aparecían los chimentos pasados de moda de “Radiolandia” confundiéndose con los bellos rostros femeninos de “Para Ti” pintados al pastel por Raúl Manteola. La curiosidad se atrevía con “Naná” que a los nueve años me hacía notar que lo que sus páginas me contaban como algo natural, en mi familia, de “eso” no se hablaba.
Como pequeña exploradora de lecturas tuve la suerte de que en la escuela la lectura obligatoria me agilizó los ojos, la lengua y el entendimiento. En la soledad de hija única nunca estuve perdida con los amigos mágicos que extraía de los cuentos. Cuando el timbre semanal de la bicicleta del diariero anunciaba la llegada del “Billiken” y del “Pato Donald” se me llenaba el alma de expectativas. Esas revistas además de divertirme con las aventuras de sus pequeños héroes me introducían en la historia, la ciencia y la geografía con las que poco a poco ampliaba mi bagaje de conocimientos. Esas fuentes de gozo encontradas en aquellas lecturas elementales colmaron de emoción y fascinación los años de infancia.
Una biblioteca pública cercana a mi casa pronto careció de material para mi avidez lectora, entonces, el ingenio inventó hermanos y primos “grandes” para los cuales llevaba otros libros.
Ahora, en la adultez rememoro ese tiempo y me convenzo de que todo niño tendría que tener la posibilidad, el derecho, de vivir una feliz niñez lectora. Con ese pensamiento- deseo, cómo no tratar de hacer todo lo posible para que ese placer por la lectura se vuelva a establecer en el sentimiento del niño de hoy. Por eso creo fervientemente que hay que regresar a aquellos lugares donde todavía vibran ecos de una necesidad y placer que reconozco como una relación privilegiada con el libro que, en definitiva, no es otra cosa que la fuente de la felicidad.
En este mundo que hoy nos toca habitar no podemos estar ajenos al cambio que se ha producido en la sociedad. Mientras a nuestro alrededor se desencadena la enfermedad de la agresividad, el terror paralizante, una población que crece superada por sus necesidades superfluas que se multiplican en oposición a otra parte de la misma que se consume por el hambre y la ignorancia, la sensibilidad me lleva a preguntar: ¿Qué podremos hacer para dejarle al niño el mundo de magia y conocimiento que brinda la lectura si su incumbencia y significado están siendo cancelados como inútiles y vanas presencias?
Paradójicamente, en este momento que nos preocupan los niños no lectores, nos encontramos con un hecho que sorprende: contamos con abundancia de libros para niños. Aparecen en nuevos formatos; al tradicional se le suman libros para pintar, para mirar, recortables, plegables, con imágenes superpuestas, para crear juegos, libros-discos, libros-cinta, con diapositivas, con anteojos preparados para descubrir dibujos ocultos a primera vista y con tantas y variadas posibilidades más que la inventiva del hombre hace interminable. A esta gran cantidad y variedad de libros y libros-juguete no todos los niños tienen igual acceso. Frente a este hecho necesitamos reflexionar sobre su reparto equitativo. Estos libros han sido hechos para grupos sociales privilegiados económica y culturalmente mientras los otros grupos deben permanecer en el ostracismo inmerecido. Las autoridades educativas y políticas tendrán que cumplir con los principios constitucionales que garantizan que la cultura y la educación deben ser igualitariamente para todos.
Una política adecuada podría corregir el mal reparto o aliviar las diferencias pronunciadas y, una oportuna educación corregir las consecuencias sociales de ese desigual reparto.
En esta crisis que afronta la nueva cultura y la sociedad el niño poco puede manifestarse con todas sus iniciativas en juegos diversos de creatividad, se lo anula con juguetes prefabricados, se lo hace vivir en un ámbito donde encuentra falta de espacio, y no sólo en los hogares, sino también en las ciudades. Con el uso desmedido que hace de la televisión, los deportes de competición (si puede acceder a ellos), la explotación comercial del ocio, la presión de la publicidad consumista, la actitud permisiva de los padres, la falta de orientaciones educativas hace que depositar la fe en el libro sería hacerlo en su capacidad educativa y regeneradora. En orden de prioridades el libro de cuentos para leer y contar todavía es necesario y da buen resultado, más aún en determinadas edades cuando le es narrado al niño por una persona querida, familiar o educadora.
En la actualidad se notan muchas y variadas influencias que han incidido en un cambio cultural. Los modernos medios de difusión exigen nuevas formas de lectura e interpretación a las cuales no podemos estar ajenos; acceder a las mismas nos puede hacer más sabios, racionales, informados y por ende más sensibles a la poesía pero, el gozo por la lectura todavía sólo nos lo brinda el libro. Él y el lector, a medida que aumentan su proximidad se funden en una complicidad que sobrevivirá hasta la palabra: FIN. Leer es una manera feliz de vivir. Los padres, los maestros, la escuela y los lectores tienen que bregar para que esa felicidad sea perenne.

Ya es tiempo de que volvamos a abocarnos a la tarea de ganar para la lectura a todos aquéllos que jamás han tomado un libro en sus manos, a los que no se sienten motivados, a los que aún no han sido conquistados por los procedimientos habituales. Desde la escuela y desde el hogar habrá que conseguir que los niños no rechacen la lectura, que acepten al libro por decisión propia y luego se convenzan del placer que les puede proporcionar.
Carmen Olivares dice en “La animación a la lectura” que la misma “Es un acto consciente realizado para producir un acercamiento afectivo e intelectual a un libro concreto, de forma que este contacto produzca una estimación genérica hacia los libros”
Los objetivos que podríamos proponernos para que la creatividad y el sentido lúdico intervengan en el acto lector y lo transformen en un hecho investigativo, en un trabajo de descubrimiento personal, en una experiencia nueva y diferente serían:
a- Que los niños poco habituados a la lectura “descubran” el libro. b- Ayudar al lector pasivo a transformarse en lector activo. c- Ayudar al niño para que descubra y desarrolle el placer de leer. D- Que el niño lector pueda descubrir la variedad de libros.
Hoy más que nunca necesitamos la voluntad del maestro. En la actualidad son muchas las familias que han tenido que aceptar una realidad social para la cual no estaban preparadas, nos encontramos con padres y madres que tienen que alejarse de los hogares por mucho tiempo para lograr la subsistencia, con una televisión que atrapa por horas la atención de los chicos y un Estado que no propone un plan educativo más claro y eficaz. Ante este panorama le queda al maestro, hoy más que nunca, la tarea de educar al niño. Para ello necesitamos maestros que hayan retornado a la fuente de la genuina vocación.
Aunque las condiciones sociales sean duras, el salario bajo, el lugar de trabajo poco apto; las cuatro o cinco horas que el docente le dedique al alumno deben estar total y literalmente al “servicio” de él. Sin excusas esas horas de trabajo tienen que ser de dedicación exclusiva y aprovecharlas en tareas que acrecienten el interés del niño por aprender, la curiosidad por conocer, la aventura de descubrir. Ya el diario vivir le resta horas preciosas como para que la escuela no le brinde lo que debe. Los decentes hemos sido educados para educar y esa tarea es misión pues tratamos con niños y jóvenes que se están formando. Si los padres están ausentes, la televisión los atrapa, el trabajo los hace vivir en la calle, el ocio los entretiene, a los educandos sólo les queda la escuela, el docente, para que se ocupen del niño. Entonces, en este hoy donde también se está desvirtuando la misión educadora abramos conciencias para que el maestro que toma su tarea como sólo un trabajo remunerativo vuelva a la fuente, ocupe cada minuto de su tiempo escolar en ayudar al educando a crecer, acompañarlo, sentarse a su lado y aclarar las dudas que tenga, interesarse en su vida, ser lo que era: su segunda mamá.
El futuro
La identidad del niño de hoy se encuentra inmersa en una confusión producto de las culturas populares. Tanto la televisión, el cine, las revistas, los recitales de música, los centros de comerciales, la radio y los diarios modifican la percepción que los niños tienen de la realidad, incluso el conocimiento que tienen sobre ellos mismos se ve alterado por el modo en como se los define socialmente. Retornar al conocimiento de que tanto los niños como los jóvenes tienen experiencias, lenguajes y culturas propias que les dan voz, y que esa voz no puede ser negada debería importarnos. Encontrarla en los medios de comunicación, en el Estado, en las políticas públicas y en la sociedad podría ser el primer paso para modificar la representación a la que aludía.
Hoy, ni todos los padres ni todos los maestros son como los de nuestra infancia que nos abrían las puertas para acceder al conocimiento y al mundo. Transmitir valores, guiar en la vida social se ha hecho para ellos una actividad compartida con los medios y la publicidad que se han encargado de desvirtuar la tarea formadora.
Un niño de hoy ve un promedio de 4 horas diarias de televisión que lo ubican como sujeto consumista. Si la escuela y la familia no enriquecen su imaginario con propuestas diferentes a las de los medios de comunicación y ceden a la mercantilización de la cultura, la sociedad del futuro tendrá ciudadanos empobrecidos con gran entusiasmo consumista. Padres y maestros tendrán que aportar su atención para contrarrestar la presión consumista que confunde los deseos de niños y jóvenes, abrirles nuevas puertas, expandirles la curiosidad y ponerles límites para que el interés no esté en el último juguete o accesorio de moda.
Gustavo López realizó una encuesta en el COMFER en 2001 en la cual ya se vislumbraba el poder absorbente de la televisión. El 52,5% de niños de 9 a 12 años mira entre 4 y 6 horas diarias de televisión “Esta exposición se incrementa a medida que aumenta la edad y empeora el nivel de ingresos…el estudio ha comprobado que la existencia de un límite familiar disminuye el tiempo de exposición y la ausencia de ese límite la aumenta”.
Ante este panorama habría que debatir de qué manera esos medios podrían ayudar a los chicos que terminan estando en riesgo. Con excesiva frecuencia los problemas que se padecen en la educación derivan de la falta de iniciativa o de la falta de acuerdo y entendimiento entre quienes tienen la misión de resolverlos. Es hora de que la familia, la escuela, la sociedad y los medios de comunicación desempeñen un papel activo en el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos.


VILMA BRUGUERAS

vilmabrugueras@infovia.com.ar

 


Bibliografía:
“El mercado de la infancia”: Carolina Arenas. “La Nación” 18-06-2003
“Dilema frente al televisor”: Gustavo López. “La Nación” 18-06-2003
“El encuentro gozoso con los libros” Antonio Manuel Fabregat. Editorial Cincel.
Universidad Complutense de Madrid.