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El rincón de los bajitos LA SOMBRA MISTERIOSA Con
infinito amor para Esta es una historia, que le pasó a mi primo Ernesto
cuando tenía 8 años; estaba por cumplir los nueve. |
Sí... la sombra misteriosa había vuelto a
las andadas. Ernesto empezó a temblar y corría sudor por
su frente. Tragaba saliva para deshacer el nudo que tenía en la
garganta. Quiso avisarle a sus compañeros de tienda lo que estaba
ocurriendo allí afuera, pero la voz no le salía. La sombra
estaba merodeando alrededor de las carpas, era tal cual, como la había
descrito el papá de Nelson. Andaba por arriba y por abajo, se hacía
grande y chiquita. Mi primo cerró los ojos fuerte, respiró
muy hondo y con apenas un hilito de voz pudo decir _¡Chicos!¡Afuera
... ESTÁ LA SOMBRA MISTERIOSA!. Cecilia Mollica |
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LA MIRADA Los ojos de ripio del soldado Pablo Nuñez no son los de un chico
de diecinueve años; en ellos retumba la mirada de un viejo. Son
los ojos de un hombre que han visto más de lo que podían
ver. |
Sería por el calor que se filtraba durante las noches
heladas cuando velaban conversando muy bajo y las confidencias se agitaban
en la oscuridad como mariposas nocturnas. Ya no se fumaba, no había,
así que el sargento Ramirez comenzó a hablar. Lo hizo aplastando
con una voz gruesa y monocorde los murmullos de Pablo y el capitán,
arrasando con los restos de la conversación, como si tampoco le importara
ser escuchado por alguien. Fue directo al tema que desde hacía años
rumiaba en su mente militar de pocas palabras. Con frases cortas habló
de su estancia en el Azul, cuando conoció al Deolindo Nuñez;
rememoró cuando lo había ido a visitar a Olavarría
a recordar viejos tiempos. Lo bien que lo pasaron. Lindas chicas en Olavarría,
sobre todo una, la que le hizo saber un tiempo después que estaba
preñada. Pero el sargento no era un hombre de emociones y le importó
un rábano cuando supo que había sido chancleta y otro rábano
cuando supo que se llamaba Roxana. Y ahora estaba tan solo que no tenía
ni dónde llorar. La mañana en que el capitán no despertó, los ojos de Pablo fueron otros, eran grises como el cielo del Atlántico Sur, como la metralla, como el plomo. Pablo rasgó el aire helado con su grito y los ingleses contestaron con un tiro al viento porque ellos también podían entender el idioma del dolor. Como si recién descubriera que tenía hambre, como si recién sintiera la tos que le desgarraba el pecho desde hacía días, comenzó a quejarse. Entre maldiciones aprendidas desde soldado escupía sobre la imprevisión de los jefes que los obligaban a resistir casi sin munición e imprecaba sobre el táctico superdotado que decidió una invasión a las Malvinas en otoño; mientras tanto se mordía los nudillos para hacerlos entrar en calor dentro de las hilachas verdes de los guantes hasta que se sacaba sangre, y envejecía minuto a minuto. En el amanecer se rindieron. Los uniformes maltrechos eran una metáfora de sus almas. Entregaron los fusiles que para lo único que servían desde unos días atrás era para quebrar la costra de hielo que se formaba cada noche sobre el suelo. Marcharon bajo la lluvia hasta un hangar y Pablo maldijo el primer momento seco en casi dos meses. Al día siguiente los llevaron a las trincheras. Pensó que los fusilarían allí para enterrarlos en los socavones y comenzó a reír. Se dio cuenta de que durante toda esa pesadilla, después de cruzar el mar, sortear campos minados, esperar la nada cubierto de barro, a pesar del hambre y el frío, nunca se le había ocurrido que podía morir. Ahora que miraba desde arriba las trincheras en que habían durado tantos días, con el espectáculo de los cadáveres de sus compañeros, algunos tan jóvenes, expuestos o pudorosamente tapados, ahora sí sabía que estaría muerto por el resto de su vida. Y rió. Tan fuerte que los ingleses se miraban entre ellos, alertas, buscando el cruce de una seña entre los prisioneros. Tan fuerte que sus camaradas temieron despertar la ira enemiga. Rió mientras cavaba y las lágrimas marcaban estrías rosadas entre la mugre. La risa le duró mucho después de terminar con el entierro y sólo cesó cuando por el cansancio, y más abrigado que en mucho tiempo, se durmió en el hangar. A partir de esa noche su mirada se volvió fría y fina, tanto que penetraba como un estilete, limpia y sin una pizca de hipocresía pero tan dura que hería todo lo que miraba. Sus compañeros comenzaron a evitarlo. El sargento era el único que se esforzaba por mantenerse a su lado; intentaba ignorar los ojos grises, como el paisaje, que le hacían acordar, curiosamente, a esa hija que, aun rechazada, existía en algún lado. Pablo entendió de inmediato su soledad; él también podía ver sus ojos en los de todos y cada uno de sus compañeros; algo de su propio mirar se reflejaba y volvía a Pablo aumentado con crudeza brutal. Sin embargo, y a pesar de ser absolutamente consiente, no llegaba a sentir el dolor que transmitía pero no era una sorpresa porque Pablo, el de los ojos de ripio, se iba de la guerra con la certeza de que no podría sentir nunca más. El sufrimiento se había vuelto algo tan natural, pensó, que era inevitable que esos chicos volvieran a sus casas con la mirada rota. Hasta disfrutaba demorándose en su propia perplejidad cuando notaba entre los ingleses algunos que no disimulaban la pena que les inspiraba el grupo, como si el hecho de haber arrasado con tanta juventud de ojos hundidos, yermos, convirtiera la victoria en un chiste macabro. Nunca supo cuantos días pasaron, fueron todos iguales, hasta que, después de ser transferido varias veces de una nave a otra con un grupo de soldados, recaló en el continente. En algún punto lo separaron de Ramirez, no pudo despedirse, decirle vengasé a Olavarría conmigo, mi sargento, que allá sí va a tener dónde llorar. Una noche perdió la cuenta de cuántas eran las bases y regimientos por los que había rodado y se durmió por primera vez, aliviado de poder cerrar los ojos y descansar por unas horas del poder de su mirada. Ésa que ya no lo abandonó, ésa que espantaba a la gente a su paso, que lo hacía caminar como un barco, abriéndose camino entre las caras que se apartaban mirando para otro lado, como si no hubiera una historia que contar. Y con el tiempo se fue poniendo peor. Fue así como volvió a Olavarría, decidido a no mirar más las cosas que amaba para no lastimarlas. Todo el mundo comentaba el cambio en Pablo, su cuerpo flaco, estriado, la piel quemada y reseca, los ojos punzantes que se habían vuelto de color gris acero, pero no se le acercaban, nadie se atrevía a enfrentarlo cara a cara. A pesar de estar tan solo trató por días y días de no mirar a Roxana hasta que se enteró por alguien que ella había quemado el mechón de pelo, regrabado el cassette y llenado con alcohol el frasco donde supuestamente guardaba el aliento de Pablo. Había aprovechado bien los meses para emparejarse con otro. Entonces sí la buscó, para mirarla una vez, una sola y última vez; y la encontró, a lo lejos, en la plaza; y le clavó los ojos en la nuca y ella, sobresaltada, se dio vuelta; y se miraron unos segundos largos, pesados, hasta que Roxana bajó la vista, y se tapó la boca con las manos y se fue corriendo. Tampoco volvió a mirar a su padre, Don Deolindo, que desde que empezó la guerra desaparecía misteriosamente cada noche con excusas que todos fingían creer a pesar de saber. Y a su vieja, sí que estaba seguro, no podría mirarla nunca más porque ella tenía siempre los ojos llenos de lágrimas y eso, era lo único, lo lastimaba a él. LAURA MONCLÁ |
¿Por qué poesía? Si el
poema no excita, no pasa nada; No es nada fácil contestar esta pregunta. Es más, estoy
convencido de que no existe una respuesta material hecha verbo que pueda
acercarse al menos- a la existencia primaria de la poesía. Paul Eluard en Senderos y rutas de la poesía dijo: El poeta, al igual que cualquier otro, al acebo de las oscuras noticias del mundo y del inverosímil problema de las hierbas, de los caracoles, de la mugre, del esplendor que se extiende bajo sus pasos, nos devolverá las delicias del lenguaje más puro, tanto el del hombre de la calle o del sabio como el de la mujer, el niño o el loco. Escuchémoslos sin pensar y contestemos; seremos escuchados. En definitiva, el poeta debe ser un comunicador (común-unión). Aquellos que manifiestan escribir para sí mismos, mienten. Los poetas escriben para no morir de soledad, para que la gente sepa de aquello que les duele, y fundamentalmente por qué les duele. La historia universal de la literatura ha demostrado, y cómo, que lo más hondo que ha escrito la humanidad es aquello que habla de desgarramientos, de pérdidas, de soledades. |
Ya sea a través de la Biblia o el Islam, nos dan las
pautas de la posición del hombre en relación a su entorno
y frente a las culturas orientales. Su referencia es el preludio de Dante
Petrarca, Homero, Virgilio y los cantores de las gestas. La mágica aparición de dioses de una medida casi humana y hombres casi divinos se entremezclan en hazañas prodigiosas. La sátira aparecerá como una burla diplomática a las costumbres viciadas. En cualquier caso, detrás de la obra se presiente al Individuo, eterno protagonista de la historia. El Renacimiento, apunta a la recreación y traduce la capacidad a la libre iniciativa. El individualismo, tiende al hombre, ávido de conocimientos y generador de esencia y sangre. La atmósfera del Barroco muestra la amargura del desenfreno mundano; Cervantes y Shakespeare exploran el alma. El clasicismo alcanza plenitud en el reinado de Luis XVI. Voltaire es Clasicismo e Ilustración. Al margen de este racconto la palabra fue más allá de las virtudes de lo temporal y lo místico, que no supo desprenderse de lo verdaderamente humano. Imagínense por un momento que nos robaran todas las palabras. Con ellas la capacidad para entender la realidad a través del sentido propio de la belleza que enseñaba Platón. No habría una sola cosa, por ínfima que sea, ajena a los ojos del poeta. Y muchas veces nos han robado las palabras: cuando nombramos cosas distintas a las que nos referimos, o cuando usamos muchas palabras sin entender el eje de nuestro discurso. Hablar mucho bien puede significar no decir nada, o lo que es peor: querer esconder el sentido real de lo que decimos. Como decía el filósofo E.A. Cuando nos roban las palabras bienvenidos los poetas. Llega el verso en forma casual, dispuesto a ser cimiento de vida, de sensaciones. Germen y levadura de la esencia humana, mucho más que una simple vibración intima, la poesía es aquello inmaterial, inoloro, que se mueve en el hermetismo del silencio absoluto. Resulta ser, muchas veces, la justificación solidaria de la soledad, casi como una consecuencia animada de la literalidad primitiva. Es espontánea y visceral, todas sus formas concluyen con el propósito que se plantea el escritor. Más de una vez quise en mis versos- hacer sufrir y gozar a mis personajes, matarlos, volverlos a matar, y si esto no saciaba mi ánimo, les devolvía la vida para matarlos de nuevo. Otras veces, fui prosa de las cosas simples, material o filósofo, víctima de mi pulso, generador de frases surgidas de las entrañas, del alma. Recuerdo la historia de un escritor, un austriaco excéntrico que desaprovechó buena parte de su vida buscando fama. Sabemos que el destino del poeta no es necesariamente el éxito. Este escritor entró a una de esas librerías de poco nombre, buscando cualquier libro, como quien busca algo que no precisamente tiene que ser concreto, y encontró su libro en la mesa de saldos. Fue tanta la indignación, tanta la impotencia, que dejó de escribir para siempre. Hoy vende herramientas en el metro. Olvidó ser espontáneo, no advirtió que la poesía es algo que tiene que ver más con la pasión que con un número matemático. De eso se trata, de los bolsillos flacos, de las entrañas pegadas a los huesos, del hambre de mundo. Rara vez un poema será lo suficientemente entero para llenar al escritor, de esta búsqueda a través de los tiempos se nutren los lectores, una búsqueda eterna que pueden alcanzar toda una vida. Yo no sé por qué elegí la poesía. Sí puedo decirles que se puede encontrar en ella la sensación más humana que nos permite sentir la vida: emocionarse. DANIEL LUJAN |