El rincón de los bajitos

LA SOMBRA MISTERIOSA

Con infinito amor para
mis hijas Renata y Mora

Esta es una historia, que le pasó a mi primo Ernesto cuando tenía 8 años; estaba por cumplir los nueve.
Cuando comenzó el verano, se fue de campamento a Tandil un fin de semana con nueve amigos y algunos papás. Estaban entusiasmadísimos con la idea de dormir en las carpas que armaron muy cuidadosamente alrededor de un fogón que dejaron listo para encender a la noche. Mi primo compartió la suya con cuatro de sus amigos. Era un día de sol brillante y la naturaleza lucía en todo su esplendor. Hicieron un montón de actividades: pescaron, jugaron a la escondida, a mancha agachada, también juntaron ramitas y hojas secas para encender el fuego, treparon a un árbol que tenía un tronco enorme y su ramaje era como largos brazos entrelazados... , jugaron a los indios pintándose la cara con barro y de plumas usaban un ramillete hecho con hojas de los árboles.
Cuando comenzó a caer la tarde, los papás les dijeron que se fueran a higienizar porque iba a anochecer en poco tiempo y tendrían que prender el fogón. Así lo hicieron mi primo y sus amigos. Luego, ya limpitos y muertos de hambre se sentaron alrededor del fuego y comieron unos “sanguches de chorizo” que estaban sabrosísimos y de postre una manzana y un chocolate. Uno de los papás sabía tocar la guitarra, entonces cantaron un buen rato y después contaron algunas historias. Recordaron a “ La Sombra Misteriosa” que antiguamente habían descubierto unos lugareños de Tandil a la que nunca pudieron atrapar hasta el día de hoy. Era inofensiva pero el pueblo estaba aterrado. También se la vio por otros lugares deambulando: en San Antonio de Areco, en San Nicolás, en el mismísimo Buenos Aires, siempre por la noche. Cambia de tamaño a cada instante, se mueve por arriba y luego por abajo, se escurre por debajo de las piedras y vuelve a aparecer. Pero nadie, nunca más supo de esa sombra. Hace años que no aparece.
Era muy tarde y Ernesto y todos los demás cabeceaban vencidos por el cansancio y el sueño. Apagaron el fogón. A pesar de eso, había una claridad increíble porque la luna llena parecía un farol. Era una noche apacible. Había una brisa cálida que hacía mover todo lo que pendiera: las ramas de los árboles, la ropa tendida, la campanita que llevó el papá de Luisito para llamar a todos ...” A comeeeeer”. Mi primo y sus amigos se fueron a la carpa. Dentro de la carpa se sentía golpear al viento en los caños que la sostenían. Allí comenzó lo terrible de esta historia.
Estaban los cinco acostados en sus bolsas de dormir cuando Carlitos, el más miedoso de todos, les dijo a los chicos que escucharan con mucha atención los “ruidos del silencio”. Ayyyy mamita!!! Los grillos se habían puesto de acuerdo para cantar todos juntos, los sapos croaban tan fuerte que parecía que estaban adentro de la carpa. También se escuchaba el ronquido del papá de Nelson. A lo lejos se oían los ladridos de los perros, posiblemente salvajes, y algún aullido lastimoso. Esto se estaba poniendo feo y nada divertido. Mi primo Ernesto y sus amigos se taparon la cabeza con la manta para no escuchar más nada ... pero cada vez se sumaba un ruido nuevo a todos los anteriores. Espiaban por entre las cobijas porque estaban pasmados por el miedo. El cierre de la carpa estaba abierto para que entre la brisa por esa hendija ¡Y no saben lo que vio mi primo! ¿NO SE LO IMAGINAN....???



Sí... la sombra misteriosa había vuelto a las andadas. Ernesto empezó a temblar y corría sudor por su frente. Tragaba saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta. Quiso avisarle a sus compañeros de tienda lo que estaba ocurriendo allí afuera, pero la voz no le salía. La sombra estaba merodeando alrededor de las carpas, era tal cual, como la había descrito el papá de Nelson. Andaba por arriba y por abajo, se hacía grande y chiquita. Mi primo cerró los ojos fuerte, respiró muy hondo y con apenas un hilito de voz pudo decir _¡Chicos!¡Afuera ... ESTÁ LA SOMBRA MISTERIOSA!.
Los amigos de mi primo pensaron que Ernesto les estaba haciendo una broma, pero se dieron cuenta que no lo era, cuando vieron que no podía parar de temblar, que tenía los ojos más abiertos que nunca y además estaba empapado en transpiración. Se pusieron uno encima de otro para espiar por la hendija del cierre abierto de la carpa y corroborar lo que Ernesto decía. En eso vieron que de la ropa que estaba tendida y que se movía por la brisa, salió como disparada la sombra misteriosa y se escondió adentro de la campana que no dejaba de sonar. Se cayeron todos de cola al suelo por el susto. Ramiro que ya tenía nueve años trató de calmar a sus amigos, aunque estaba tan asustado como ellos. Les dijo que tenían que pensar un plan para ahuyentar a la sombra definitivamente de allí. Se sentaron como indios en ronda e hicieron una torre de 10 manos, una sobre otra y a la cuenta de tres levantaron los brazos y se abrazaron fuerte. Ahora sí estaban preparados para pensar en algo.
Rody sugirió atar las mantas y en cuanto la sombra pasara cerca de la carpa se la lanzarían encima y así la atraparían. Pero Carlitos le recordó que era muy escurridiza. Entonces Nelson propuso _ Si esperamos que se haga chiquita la atrapamos con un frasco ¡ y listo !_ y Ramiro, inteligentemente, dijo _¿Y si justo, justo se hace grande cuando la vamos a atrapar?... Ni pensarlo!. No era una buena idea.
Mientras pensaban y pensaban, la sombra entraba y salía de las carpas de enfrente como Pancha por su casa. De repente desaparecía entre los árboles y volvía a aparecer dividida en varias sombras. Los chicos estaban agotados por el cansancio pero no se animaban a dormir. En eso cuando menos la esperaban... la sombra entró enorme dentro de la carpa ocupando cada centímetro. Los chicos no se veían ni las caras de lo oscuro que estaba allí adentro. Carlitos empezó a llorar porque no podía controlarse. Rody se hizo pis encima del susto. Eso estaba fuera de control hasta que Ernesto, agarró la linterna que tenía en la cabecera de su bolsa de dormir y la encendió sin saber lo que podía ocurrir. ¿Y saben qué pasó?... La sombra se esfumó... Mi primo, sin querer, había encontrado una solución para hacer desaparecer de su carpa, a la sombra misteriosa. Inmediatamente, Rody, Ramiro, Carlitos y Nelson prendieron sus linternas y no quedaba rastro alguno de aquella sombra. Espiaron por el cierre abierto de la carpa nuevamente y vieron cómo la sombra misteriosa se iba por arriba y por abajo haciéndose grande y chiquita por los árboles y los caminos del lugar.
Ahora sí que iban a poder dormir tranquilos, bueno... no tan tranquilos porque podía volver en cualquier momento. Pero ahora ellos sabían que teniendo sus linternas a mano tendrían dominio sobre la sombra misteriosa.
Es el día de hoy que la sombra anda suelta visitando diferentes lugares. No hace mucho se la vio cerca de aquí, pero nadie encontró todavía la manera de atraparla. Por las dudas tengan sus linternas a mano... NUNCA SE SABE .

Cecilia Mollica
RAMOS MEJÍA- PCIA BS. AS.

LA MIRADA

Los ojos de ripio del soldado Pablo Nuñez no son los de un chico de diecinueve años; en ellos retumba la mirada de un viejo. Son los ojos de un hombre que han visto más de lo que podían ver.
Abandonó su casa a la fuerza para cumplir con el servicio militar. No lloraba porque era grande, pero casi afloja cuando, antes de partir, su vieja le dio el último beso mientras le ponía en la mano una bolsa de plástico con milanesas para el camino. Estaba desesperada, la semana anterior la Armada Argentina había tomado las islas Malvinas y tenía terror de que su Pablito fuera a parar a la guerra. El padre no. Muy satisfecho de su experiencia, basada en un insignificante servicio militar en el Azul, Don Deolindo Nuñez, natural de Olavarría, sostenía que era de locos suponer que los conscriptos iban a ir al frente habiendo tanto soldado de carrera, y capacitado, para más.
Lo que ambos padres maliciaban era que ésta era una oportunidad macanuda para que su Pablito dejara de verse con la Roxana ésa. A los Nuñez no les gustaba la chica, ni la madre, siempre soltera aunque ya contara el marido número no sé cuántos. A los Nuñez no les gustaban estas dos mujeres, salvo a Pablo Nuñez que amaba a Roxana con un amor tan grande como sólo puede ser el amor que recién se estrena. Roxana también. Desde varios días antes se la vio como perdida. Pablo no se había ido y ella ya no podía medir el hueco en el pecho que se le iba formando lento pero incontenible, como una inundación, de sólo imaginar el tiempo sin él; entonces le cortó el pelo y se guardó un mechón, lo oyó cantar y grabó su voz desafinada en un casete, lo obligó a soplar en un frasquito con la ilusión de atrapar algo de su aliento. Por estar las últimas horas con Pablo inventó mil excusas que su madre no creyó aunque se hizo la zonza porque faltaba poco, porque ya se iba, porque no lo quería, porque era Nuñez. Hijo del Deolindo. La vida, como siempre, se tomó revancha y condujo a su Roxana hasta enamorarla del hijo del único hombre casado, realmente casado, con el que había compartido la cama.
Hacía tanto que sólo recordaba gracias al rencor. Por suerte ahora Pablo se iba muy lejos, a la colimba.
En la terminal de ómnibus, los parientes, más o menos allegados, hicieron fila para besar a Pablo que devolvía el abrazo con la bolsa de milanesas en la muñeca. Última la dejó a la Roxana que quedó colgando de su cuello como un pañuelito húmedo. Todos se ablandaron menos los padres que contenían la respiración. Desde la esquina también la madre de Roxana aguantaba la escena con los ojos semicerrados, un poco por miopía, otro poco por odio.
El colectivo dio vuelta por la calle San Martín con el reflejo de un Pablo incierto saludando con la mano. La última imagen que vieron los ojos de Pablo, unos ojos marrones comunes, al dejar su pueblo por primera vez, fue una Roxana reducida, minúscula, apoyada en la farola de la terminal con la cabeza quebrada hacia el piso; su vieja caminando vencida del brazo de una tía hacia la derecha y Don Deolindo con la cabeza hacia la izquierda, hacia la madre de Roxana que estaba enfrente, apoyada en la vidriera de un bar que todavía no había abierto. Don Deolindo aun se ahogaba entre los vientos del colectivo cuando adivinó la figura lejana y familiar. Se clavaron. Él trancó el mentón entre su cuello de toro y la mujer estiró el suyo como un pájaro alerta. Ella dio media vuelta desafiándolo con la espalda y Don Deolindo, después de hablar corto con su mujer, le dio un beso en la mejilla y se fue caminando detrás de la madre de la Roxana que ya estaba a una cuadra de distancia; mientras, Pablo aun no había abandonado la ciudad.
Pablo conoció al sargento Rómulo Ramirez el mismísimo día en que llegó al regimiento. De primera nomás, el sargento preguntó si estaba emparentado con Deolindo Nuñez, de Olavarría. De ahí en más Pablo pasó a ser el protegido del sargento que había quedado enganchado en el ejército después de su servicio militar en el Azul. Por eso, a pesar de las desdichas que conlleva todo adiestramiento militar, no la pasaba tan mal, y cuando el sargento Ramirez le comunicó que el regimiento salía para Malvinas, no se inquietó demasiado. Puso un telegrama y se preparó como cuando salían con su viejo a pescar. Programa de hombres solos: mate amargo, fogón, comer a cuchillo y nada de ducha.
Fue, tal vez, por la ilusión en que vivía que tardó en sentir el vacío en el estómago perforado de hambre, el frío que le dormía los pies. Fue por eso que tardó en quejarse del rancho escaso y de los pertrechos elementales que no llegaban nunca. Combatió minuto a minuto con valor, tal vez exagerado para su juventud, pero su sargento le inspiraba una seguridad ilimitada, casi insana. Pablo había visto a algunos soldaditos llorar, pero él se sentía lejos, como si lloraran por algo absurdo. Él sólo necesitaba pensar en su casa, en su mamá, en su Roxana, para sentirse invencible y a la más mínima orden de Ramirez, saltar, feroz, y ejecutarla. Fue así que rescató a su capitán de la trampa de barro en que había quedado aislado. Pablo no midió esa acción pero recordará siempre los ojos celestes del capitán rubio estrellados en la cara quemada por el frío, en medio de la expresión de horror más completa que nunca volvería a ver. Cuando la trinchera estalló y, después de los primeros silencios ingrávidos, se abrieron paso los gritos pidiendo auxilio, no dudó un instante y se lanzó, omnipotente, a rescatar a los que todavía estuvieran con vida. En ningún momento se sintió especial, el destino lo convirtió en héroe; hizo, nada más, lo que se esperaba de él.
La poca guerra que siguió, Pablo estuvo siempre al lado del capitán. Se sentía responsable por él. Se sentía poderoso, adulto, casi su padre. El capitán estaba lastimado aunque su herida no valía una vida, pero en esa trinchera sepultada en la turba la infección lo cercaba hora tras hora. Pablo lo lavaba, le charlaba, le conseguía algo que masticar, o chupar, mientras el tiempo se comía al endeble Ejército Argentino. Durante esos momentos emergieron los recuerdos del capitán, hijo de italianos radicados en Mendoza, con una esposa y un bebé que lo esperaban entre las vides. El capitán contaba de su casa y Pablo de su Roxana, aunque ambos hablaban de lo mismo. Sin mirarse, con la vista fija en un punto perdido en la nada, como si a ninguno le importara si realmente el otro escuchaba, como si ninguno de los dos hablara realmente frente a otra persona. Una noche se acercó el sargento. Sería porque el capitán, tan joven, le recordaba lo que él nunca llegaría a ser. Sería por la obsesión que Pablo había desarrollado por el capitán.

Sería por el calor que se filtraba durante las noches heladas cuando velaban conversando muy bajo y las confidencias se agitaban en la oscuridad como mariposas nocturnas. Ya no se fumaba, no había, así que el sargento Ramirez comenzó a hablar. Lo hizo aplastando con una voz gruesa y monocorde los murmullos de Pablo y el capitán, arrasando con los restos de la conversación, como si tampoco le importara ser escuchado por alguien. Fue directo al tema que desde hacía años rumiaba en su mente militar de pocas palabras. Con frases cortas habló de su estancia en el Azul, cuando conoció al Deolindo Nuñez; rememoró cuando lo había ido a visitar a Olavarría a recordar viejos tiempos. Lo bien que lo pasaron. Lindas chicas en Olavarría, sobre todo una, la que le hizo saber un tiempo después que estaba preñada. Pero el sargento no era un hombre de emociones y le importó un rábano cuando supo que había sido chancleta y otro rábano cuando supo que se llamaba Roxana. Y ahora estaba tan solo que no tenía ni dónde llorar.
La mañana en que el capitán no despertó, los ojos de Pablo fueron otros, eran grises como el cielo del Atlántico Sur, como la metralla, como el plomo. Pablo rasgó el aire helado con su grito y los ingleses contestaron con un tiro al viento porque ellos también podían entender el idioma del dolor. Como si recién descubriera que tenía hambre, como si recién sintiera la tos que le desgarraba el pecho desde hacía días, comenzó a quejarse. Entre maldiciones aprendidas desde soldado escupía sobre la imprevisión de los jefes que los obligaban a resistir casi sin munición e imprecaba sobre el táctico superdotado que decidió una invasión a las Malvinas en otoño; mientras tanto se mordía los nudillos para hacerlos entrar en calor dentro de las hilachas verdes de los guantes hasta que se sacaba sangre, y envejecía minuto a minuto.
En el amanecer se rindieron. Los uniformes maltrechos eran una metáfora de sus almas. Entregaron los fusiles que para lo único que servían desde unos días atrás era para quebrar la costra de hielo que se formaba cada noche sobre el suelo. Marcharon bajo la lluvia hasta un hangar y Pablo maldijo el primer momento seco en casi dos meses. Al día siguiente los llevaron a las trincheras. Pensó que los fusilarían allí para enterrarlos en los socavones y comenzó a reír. Se dio cuenta de que durante toda esa pesadilla, después de cruzar el mar, sortear campos minados, esperar la nada cubierto de barro, a pesar del hambre y el frío, nunca se le había ocurrido que podía morir. Ahora que miraba desde arriba las trincheras en que habían durado tantos días, con el espectáculo de los cadáveres de sus compañeros, algunos tan jóvenes, expuestos o pudorosamente tapados, ahora sí sabía que estaría muerto por el resto de su vida.
Y rió. Tan fuerte que los ingleses se miraban entre ellos, alertas, buscando el cruce de una seña entre los prisioneros. Tan fuerte que sus camaradas temieron despertar la ira enemiga. Rió mientras cavaba y las lágrimas marcaban estrías rosadas entre la mugre. La risa le duró mucho después de terminar con el entierro y sólo cesó cuando por el cansancio, y más abrigado que en mucho tiempo, se durmió en el hangar.
A partir de esa noche su mirada se volvió fría y fina, tanto que penetraba como un estilete, limpia y sin una pizca de hipocresía pero tan dura que hería todo lo que miraba. Sus compañeros comenzaron a evitarlo. El sargento era el único que se esforzaba por mantenerse a su lado; intentaba ignorar los ojos grises, como el paisaje, que le hacían acordar, curiosamente, a esa hija que, aun rechazada, existía en algún lado. Pablo entendió de inmediato su soledad; él también podía ver sus ojos en los de todos y cada uno de sus compañeros; algo de su propio mirar se reflejaba y volvía a Pablo aumentado con crudeza brutal. Sin embargo, y a pesar de ser absolutamente consiente, no llegaba a sentir el dolor que transmitía pero no era una sorpresa porque Pablo, el de los ojos de ripio, se iba de la guerra con la certeza de que no podría sentir nunca más. El sufrimiento se había vuelto algo tan natural, pensó, que era inevitable que esos chicos volvieran a sus casas con la mirada rota. Hasta disfrutaba demorándose en su propia perplejidad cuando notaba entre los ingleses algunos que no disimulaban la pena que les inspiraba el grupo, como si el hecho de haber arrasado con tanta juventud de ojos hundidos, yermos, convirtiera la victoria en un chiste macabro.
Nunca supo cuantos días pasaron, fueron todos iguales, hasta que, después de ser transferido varias veces de una nave a otra con un grupo de soldados, recaló en el continente. En algún punto lo separaron de Ramirez, no pudo despedirse, decirle vengasé a Olavarría conmigo, mi sargento, que allá sí va a tener dónde llorar. Una noche perdió la cuenta de cuántas eran las bases y regimientos por los que había rodado y se durmió por primera vez, aliviado de poder cerrar los ojos y descansar por unas horas del poder de su mirada. Ésa que ya no lo abandonó, ésa que espantaba a la gente a su paso, que lo hacía caminar como un barco, abriéndose camino entre las caras que se apartaban mirando para otro lado, como si no hubiera una historia que contar.
Y con el tiempo se fue poniendo peor. Fue así como volvió a Olavarría, decidido a no mirar más las cosas que amaba para no lastimarlas. Todo el mundo comentaba el cambio en Pablo, su cuerpo flaco, estriado, la piel quemada y reseca, los ojos punzantes que se habían vuelto de color gris acero, pero no se le acercaban, nadie se atrevía a enfrentarlo cara a cara. A pesar de estar tan solo trató por días y días de no mirar a Roxana hasta que se enteró por alguien que ella había quemado el mechón de pelo, regrabado el cassette y llenado con alcohol el frasco donde supuestamente guardaba el aliento de Pablo. Había aprovechado bien los meses para emparejarse con otro. Entonces sí la buscó, para mirarla una vez, una sola y última vez; y la encontró, a lo lejos, en la plaza; y le clavó los ojos en la nuca y ella, sobresaltada, se dio vuelta; y se miraron unos segundos largos, pesados, hasta que Roxana bajó la vista, y se tapó la boca con las manos y se fue corriendo. Tampoco volvió a mirar a su padre, Don Deolindo, que desde que empezó la guerra desaparecía misteriosamente cada noche con excusas que todos fingían creer a pesar de saber. Y a su vieja, sí que estaba seguro, no podría mirarla nunca más porque ella tenía siempre los ojos llenos de lágrimas y eso, era lo único, lo lastimaba a él.

LAURA MONCLÁ
(MDP de la PALABRA)
lauram@copetel.com.ar


¿Por qué poesía?

“Si el poema no excita, no pasa nada;
si las palabras del poeta los sobrecogen, todos se apartan de él, en silencio,
bajo el mandato de un horror sagrado. Sienten que lo ha tocado el espíritu;
nadie hablará con él, ni siquiera su madre.
Ya no es un hombre, sino un dios y cualquiera puede matarlo.”

J. L. Borges (El informe de Brodie)

No es nada fácil contestar esta pregunta. Es más, estoy convencido de que no existe una respuesta material hecha verbo que pueda acercarse –al menos- a la existencia primaria de la poesía.
Todos hemos sido muchas veces poetas y locos. Es raro sentirse aprehendido por la palabra que va más allá de la imagen, y que al fin y al cabo termina siendo canción en nuestros oídos. No a menudo recurrimos a ella, sin el subjetivo pensamiento propio de la apariencia muerta en las estrofas. Por más que reneguemos de aquellos que la practican, es difícil imaginarse un mundo sin poesía. Y digo esto porque alguna vez he sido poeta, y he sentido la esencia mágica que emiten mis ojos cuando la palabra es causal generadora de emociones.
He ahí el tema, la emoción sublime del éxtasis que provoca el mundo sonámbulo de la metamorfosis. Algo puro y semántico semejante a las onomatopeyas que describen los más diversos estados de ánimo. Al principio fue el verbo, dice la Biblia. Más allá de la palabra queda un interrogante ajeno a nosotros, sólo existente en la línea gris del quehacer urbano. ¿Por qué poesía?
Poesía es el resplandor intimo del sentido de belleza que podemos tener de las cosas, luego el poeta se encargará de separar el verso de la carne, y quedará simple y huérfana la frase durmiendo sobre el papel. No hay poesía sin emoción, sin conmoción, no hay poesía que no conmueva, esto es, moverse con, moverse junto con el otro.
Por eso siempre se exige a los poetas

escaparse de la materialidad de la vida cotidiana. En esa misma impudicia nacen los best sellers. El escritor Aldo Cocca se hallaba en una conferencia en Ginebra donde eran invitados autores Best Sellers. Un japonés manifestó que sus libros eran fruto de computadora. La rigidez sajona defendiendo el arte humano, lo exhortó a retirarse. Por otro lado, Marilin Von Salvat es best seller y resultó la mujer más inteligente según una medición de Stanford Benet. Abandonó a sus dos hijos del segundo matrimonio, no cocina, no habla con mujeres y aconseja desensibilizarse. Es un ser computarizado que lamentablemente terminó por automatizar su escritura. Y no hay nada más alegre que el arte, por él nos olvidamos de nosotros mismos y nos incorporamos al mundo. Y el mundo termina por acomodarse en los regazos del poema.
Paul Eluard en “Senderos y rutas de la poesía” dijo: “El poeta, al igual que cualquier otro, al acebo de las oscuras noticias del mundo y del inverosímil problema de las hierbas, de los caracoles, de la mugre, del esplendor que se extiende bajo sus pasos, nos devolverá las delicias del lenguaje más puro, tanto el del hombre de la calle o del sabio como el de la mujer, el niño o el loco. Escuchémoslos sin pensar y contestemos; seremos escuchados.”
En definitiva, el poeta debe ser un comunicador (común-unión). Aquellos que manifiestan escribir para sí mismos, mienten. Los poetas escriben para no morir de soledad, para que la gente sepa de aquello que les duele, y fundamentalmente por qué les duele.
La historia universal de la literatura ha demostrado, y cómo, que lo más hondo que ha escrito la humanidad es aquello que habla de desgarramientos, de pérdidas, de soledades.

Ya sea a través de la Biblia o el Islam, nos dan las pautas de la posición del hombre en relación a su entorno y frente a las culturas orientales. Su referencia es el preludio de Dante Petrarca, Homero, Virgilio y los cantores de las gestas.
La mágica aparición de dioses de una medida casi humana y hombres casi divinos se entremezclan en hazañas prodigiosas. La sátira aparecerá como una burla diplomática a las costumbres viciadas. En cualquier caso, detrás de la obra se presiente “al Individuo”, eterno protagonista de la historia. El Renacimiento, apunta a la recreación y traduce la capacidad a la libre iniciativa. El individualismo, tiende al hombre, ávido de conocimientos y generador de esencia y sangre.
La atmósfera del Barroco muestra la amargura del desenfreno mundano; Cervantes y Shakespeare exploran el alma. El clasicismo alcanza plenitud en el reinado de Luis XVI. Voltaire es Clasicismo e Ilustración.
Al margen de este racconto la palabra fue más allá de las virtudes de lo temporal y lo místico, que no supo desprenderse de lo verdaderamente humano.
Imagínense por un momento que nos robaran todas las palabras. Con ellas la capacidad para entender la realidad a través del sentido propio de la belleza que enseñaba Platón. No habría una sola cosa, por ínfima que sea, ajena a los ojos del poeta. Y muchas veces nos han robado las palabras: cuando nombramos cosas distintas a las que nos referimos, o cuando usamos muchas palabras sin entender el eje de nuestro discurso. Hablar mucho bien puede significar no decir nada, o lo que es peor: querer esconder el sentido real de lo que decimos.
Como decía el filósofo E.A. “Cuando nos roban las palabras bienvenidos los poetas”.
Llega el verso en forma casual, dispuesto a ser cimiento de vida, de sensaciones. Germen y levadura de la esencia humana, mucho más que una simple vibración intima, la poesía es aquello inmaterial, inoloro, que se mueve en el hermetismo del silencio absoluto.
Resulta ser, muchas veces, la justificación solidaria de la soledad, casi como una consecuencia animada de la literalidad primitiva. Es espontánea y visceral, todas sus formas concluyen con el propósito que se plantea el escritor. Más de una vez quise –en mis versos- hacer sufrir y gozar a mis personajes, matarlos, volverlos a matar, y si esto no saciaba mi ánimo, les devolvía la vida para matarlos de nuevo. Otras veces, fui prosa de las cosas simples, material o filósofo, víctima de mi pulso, generador de frases surgidas de las entrañas, del alma.
Recuerdo la historia de un escritor, un austriaco excéntrico que desaprovechó buena parte de su vida buscando fama. Sabemos que el destino del poeta no es necesariamente el éxito. Este escritor entró a una de esas librerías de poco nombre, buscando cualquier libro, como quien busca algo que no precisamente tiene que ser concreto, y encontró su libro en la mesa de saldos. Fue tanta la indignación, tanta la impotencia, que dejó de escribir para siempre. Hoy vende herramientas en el metro.
Olvidó ser espontáneo, no advirtió que la poesía es algo que tiene que ver más con la pasión que con un número matemático.
De eso se trata, de los bolsillos flacos, de las entrañas pegadas a los huesos, del hambre de mundo.
Rara vez un poema será lo suficientemente entero para llenar al escritor, de esta búsqueda a través de los tiempos se nutren los lectores, una búsqueda eterna que pueden alcanzar toda una vida.
Yo no sé por qué elegí la poesía. Sí puedo decirles que se puede encontrar en ella la sensación más humana que nos permite sentir la vida: emocionarse.

DANIEL LUJAN
ARTE JOVEN MDP
daniellujan@yahoo.com.ar