MIEDOS

Un desgarro de luz parte el cielo en dos. Oscuros volúmenes, densos, olvidan rumbos en el instante mismo en que la explosión engendra el miedo.
Quieta, expectante espero el tardío bramar del rayo y cuento: uno, dos… diez; diez kilómetros me digo, aún está lejos. Tiemblo al pensar en que esa descarga fugaz pueda apoderarse de un cuerpo en espasmo y muerte.
No puedo sustraerme de pensar con aprensión en mi hija regresando del colegio. La imagino caminar por la vereda mojada, el paraguas abierto con su mínimo atrapa rayos que juega a ser valiente en la inclemencia.
Que llegue, que llegue pronto, que llegue ya. A diez kilómetros brotó la última ira, ¿a cuántos la siguiente?
Estoy con inquietud, abierta a los miedos. Cuando era niña, durante las tormentas, sólo conseguía observarlas porque el pánico me ataba las piernas.
Sobre el cielo opaco los veo, se deslizan rápidos, voluptuosos y siniestros, son serpientes ondulantes de escama y luz, me miran con ojos de hielo negro y se burlan con su lengua bífida. Me estremezco. Siento que se enroscan alrededor de mi garganta y me amordazan el grito, anulan mi voz que se estrangula antes de nacer.
¿Cuánto falta para que llegue mi hija? Con el último rayo conté hasta tres. Indiferentes a mí ellos avanzan, bailan y se burlan de mi pulso acelerado. ¿A dónde fueron las serpientes de ira?
Que mi hija llegue. Que llegue ya.
Suerte que mis brazos aún están fuertes para protegerla y mi cuerpo es escudo vivo para el suyo. Suerte que por ella venzo el miedo. Digo miedo y otra vez vuelve a asaltarme; entonces temo no ser más escudo, tener brazos débiles que ya no protejan, depender de alguien cuando esté vencida por un enemigo invisible que se apodera de mi cuerpo, que encierra mi voluntad en una carcasa inútil. ¿Cómo será sufrir ese despojo, no ser dueña de los actos, ser sólo mente avergonzada de una carne muerta?
Y la tormenta me atormenta y percute como suplicio chino que orada el pensamiento; y la muerte me aterra e imagino la tumba que apaga la luz. ¿Y si la muerte no es muerte? ¿Y si todo lo que creemos es mentira y a pesar de que el cuerpo no responda la mente siga viva dentro de la tumba? ¿Tendrá dolor la muerte? ¿Tendrá conciencia? ¿Y miedo?
¡Al fin! Los pasos de mi hija resuenan en el porche y el rayo se hace sol.

VILMA BRUGUERAS
SEGA (MIRAMAR)
vilmabrugueras@infovia.com.ar

AUTOPSIAS
 
¿Qué habrá hallado
el bisturí - vengativo
cuando abrió el cerebro
del poeta Jacobo Fijman
en la morgue del Hospicio
en aquel verano de 1971?
¿Qué puede encontrarse
en la disección prolija
del cerebro de un poeta?
¿Los restos de una rosa,
los fragmentos del ala de un ángel
caído en las aproximaciones
que generan ciertas lágrimas
o la belleza indeclinable
de una estrella o pájaro
entrevisto en gravedad lunar?
O, tal vez, las destrucciones programadas
de los electroshoks,
la miseria del dolor
suministrado a los «otros»
y la tristeza de un cartel
que oscila con una brisa
que viene del absurdo
atado al dedo gordo de un pie
que dice: Jacobo Fijman,
72 años. Y yo agrego:
a quien Dios o algún ángel mensajero
rozó, como suele decirse,
en algún día señalado
a su espíritu abierto.
 
Santiago Bao
(del libro "Pendientes", 2002)
VILLA GESELL


El espacio vacío

 

La mesa sin patas se sostiene sobre ella, manos dislocadas aprietan vasos de papel crónica. El líquido no filtra hacia fuera. Las letras mojadas de un crimen planean hacia el fondo del whisky. Los zapatos danzan solitarios sobre el piso de madera. Washington Sierra entra insolente, un jazz lejano llama hacia dentro de la taberna. Algo acecha, algo atrae. El cuadro colgado detrás de la mesa sin patas muestra un rectángulo cuadriculado. En cada uno de esos espacios se debaten torsos sin identidad.
Uno de los cuadros permanece vacío. Mientras una melodía suave salpican el silencio, se acerca al aparato y lo apaga. Nunca el vacío es tan palpable, tan vivo. Las manos resbalan hacia el piso. Los zapatos abren sus bocas y el whisky bebe sequedades. Washington amaga un ademán de escape, mientras la puerta entrecierra su mandíbula chorreando saliva por la cerradura. Cuando la mira, la única ventana prohibe la luz. Un abrazo frío lame su miedo. Los ademanes de los adentros balbucean un llamado. El torso se dibuja en el cuadrado vacío, detrás de la mesa sin patas.

 

SUSANA TRAJTEMBERG
(MDP de la PALABRA)
sushka1970@hotmail.com

EL ANGEL DE JUAN

Juan ha tenido un día radiante y su sol interior brilla como el del hermoso día de primavera.
Llega a su casa exaltado, ansioso. Si la firma para la que trabaja le confirma al día siguiente que él es el elegido, deberá ir a Milán para estudiar el funcionamiento de las nuevas máquinas adquiridas.
Mañana puede ser ése gran día que Juan espera desde hace mucho.
—¿Retiraste el traje de la tintorería?
—Sí viejo, está todo en la pieza con la camisa, la corbata y los zapatos lustrados.
—Antes de comer tengo que preparar el portafolio.
—No olvides preparar tu espíritu, pensá que todos tenemos un ángel de la guarda que nos protege.
—¿Por qué no se lo pedís al tuyo? A lo mejor te da bola.
—Sí, te prometo que se lo voy a pedir. ¿Me dejás de embromar un rato, que tengo que pensar?
Juan prepara el portafolio con los dibujos de las maquetas. Revisa las recomendaciones para la planta de montaje, vuelve a leer las características de los nuevos equipos y por último separa el pasaporte que acaba de tramitar.
Aunque no es un hombre de fe, piensa en su ángel de la guarda, después de todo no estaría mal convocarlo por las dudas. Lo invoca en sus pensamientos y le pide que no se aparte de él por lo menos hasta que termine el día siguiente.
Se ducha, se pone el pijama y cena con pocas ganas, está demasiado ansioso para pensar en comida. Se va a dormir.
Se acuesta mientras Laura termina de trajinar en la cocina. Al llegar ella a la pieza, Juan todavía está despierto.
—Abrí un poco la ventana, hace calor.
—Sí Juan, pero es porque estás nervioso, tratá de descansar.
—Gracias Laura por estos 20 años de paciencia. Si me mandan a Milán, será con un ascenso, entonces lo que podemos hacer...
—No pienses más, encomendate y dormí que te hace falta.
Se dicen hasta mañana con un beso, pero Juan duerme poco, le da sueño justo cuando se tiene que levantar. Se sobrepone y salta de la cama a la ducha. Se afeita con esmero, se pone el pantalón, la camisa y la corbata.
—¡Un poco de café solo! Estoy apurado.
—Aunque sea café solo, sentate ¿Invocaste a tu ángel?
—Te juro que sí, varias veces, para darte el gusto (dice justificándose).
Al sentarse, la corbata aún sin traba, se balancea y la punta se sumerge en el café, salpicando también la camisa.
—¡Pero la reput... esto es culpa tuya! ¿Por qué tengo que sentarme?
—Andá viejo, cambiate la camisa, la corbata marrón es más vieja pero no queda mal. ¿Te caliento el café?
—¡Me dejás de joder con el café, no quiero nada!


Juan se vuelve a cambiar y sale apurado para el garaje con el portafolio. Laura lo sigue para abrirle las puertas.
—¡Pero será posible, justo ahora la podrida goma está baja!
—¿Te pido un remisse?
—¡No me pedís un carajo!
Juan toma el portafolio pensando en un taxi y sale apurado por la puerta del frente. Laura lo ve tan nervioso, que decide irse a la cocina.
—Juan pega un portazo y sale. Al llegar al medio de la vereda resbala. Ágilmente apoya la mano pero no puede evitar caer de costado, levantando instintivamente el portafolio. Se incorpora rápidamente y ve que el pantalón, el codo y la mano que apoyó están sucios y con un olor espantoso.
—¡Laura! Laaaura!¡Mirá como estoy! ¿Ese perro de al lado, por qué carajo quiere...cagar acá? Apurate, planchame el traje viejo mientras me lavo, pero la reput...
—Basta viejo con es boca no arreglás nada
—Al que tengo que arreglar de una piña es al cara de nada éste de al lado. Él sabe que ése perro de 50 kilos viene a cagar acá y se hace el boludo. ¿Qué pasa con el baño? Se me apagó la luz.
—Viejo al enchufar la plancha hizo un fogonazo en el cable y se cortó la corriente...
—Desenchufá, olvidate de la plancha y apretá el disyuntor ¡Apurate!
Finalmente Juan con el traje viejo, arrugado y los zapatos sin lustrar, pero oliendo mejor que antes, sale en un taxi. Mira el reloj, las 9.40. Ya lleva 40 minutos de atraso y no va a llegar antes de las 10 y cuarto.
Cuando llega, el portero lo saluda y le comunica que Tomietto, (el gerente) quiere verlo.
—Juan, lo lamento, no pude esperarlo más. Los italianos están apurados y al obligarme a decidir, el beneficiado fue Federico Imparatto que se encontraba presente. Vaya por favor, siga atendiéndolos usted, que conoce más el tema. Créame que lo lamento.
—Juan cierra la puerta de sus más caras ilusiones y se va cabizbajo. Es el día más negro de su vida.
A las 5 de la tarde se retira. El portafolio pesa una tonelada. Le duele todo el cuerpo como si lo hubieran apaleado. Toma un taxi, pero al subir siente que necesita aire y se baja a 6 cuadras de su casa para caminar. Trata de serenarse y poner sus pensamientos en orden.
—¡Ja! ¿Se puede saber dónde está mi ángel de la guarda?
—Shit, Shit... acá estoy, me pediste que no me alejara en todo el día.
Si en lugar de llamarme, me hubieras solicitado un consejo, tal vez, te lo hubiese dado.
—Ah...sí? ¿Qué consejo?
—Como sabrás, hay angelitos buenos y angelitos malos. A vos no te conviene llamarme, porque tuviste mala suerte en el reparto. Te tocó el jodido.

Elba Tesoriero
(MDP de la PALABRA)

Haikus

 

La métrica no
es exacta la vida
tampoco es.
         
La tristeza es
el pan de estos días
brilla alegre.
 
En la unicidad
habitat del tiempo
soy solo mar.

 

RICARDO GIMÉNEZ
Buenos Aires
richipantuso@yahoo.com.ar

RECUERDOS

Llueve en la memoria
tose el viento,
llueve en la palabra 
muerde.
En la soñolienta solidez de la nada
el sabor del pasado
zigzaguea la curva del retorno.
Un ritual que es danza de despojos
carcome el tiempo vivo,
lame el salitre de las noches
y las incrusta de muerte.
Cenizas,
tributo del silencio navegando el vacío,
verdugo de impresencia
epitafio eterno
fluye inaudible...

impalpable

se disipa.


BEATRIZ SILVA
(MDP de la PALABRA)
bombinibetty@hotmail.com

METEMPSICOSIS

Filomena se enojó mucho cuando le dije que traería un gato a casa. No cesó de murmurar durante toda la semana. Paradójicamente realizaba las tareas del hogar con súbito ahínco, pero un sufrimiento heroico se había instalado en sus ojos.
Cuando llegué con Mommo lo recibió indiferentemente e hizo una serie de advertencias respecto del gato. Mientras Mommo jugueteaba entre mis manos, repitió varias veces que me abandonaría si no respetaba las condiciones.
A mi edad cualquier posibilidad de cambio produce terror, y más en este caso, donde lo que estaba en juego era el funcionamiento de ese mecanismo de rituales y repeticiones que rigen mi vida.
Debo reconocer que a partir de aquel día, Filomena se esforzó por mejorar la calidad de sus servicios, inclusive comenzó a satisfacer pueriles manías mías a las que antes ni siquiera prestaba atención.
Un deber de reciprocidad (que también era culpa) me obligó a moderar las naturales expansiones del gato, que prácticamente quedó a mi cuidado y circunscrito a un mínimo número de movimientos.
La casa relucía, las comidas fueron cada vez más puntuales y sabrosas, el cuidado de la ropa jamás mereció la menor crítica, pero Mommo al poco tiempo ya dormía en el jardín.
A través de la ventana me miraba melancólicamente, pero en sus ojos habitaba un residuo que nunca pude comprender.
En mi mente se balanceaban las variables de la situación, y siempre terminaba cediendo ante la convicción de que nadie me brindaría lo que Filomena me brindaba. Que no existía en este mundo un ser capaz de satisfacer mis caprichos y rituales del modo en que lo hacía.
Con el tiempo, ella también se hizo cargo del cuidado del jardín, entonces Mommo fue a dar a la calle.
Yo jamás le hice faltar comida o atenciones, pero en los ojos del gato se aglutinaba un alarmante rencor.
Los fines de semana que Filomena se tomaba libres. Recibía a Mommo con grandes fiestas que él rehuía. Prefería quedarse en el jardín; se negaba a dormir en mi cama o en el living. Moroso y reflexivo caminaba entre las plantas, como poniendo en evidencia mi pobre conducta hacia él.
Fue en un mes de enero cuando Mommo estuvo muy enfermo; Filomena supo que moriría pronto e intuyendo que yo le prestaría cuidados en casa, aprovechó para adelantar sus vacaciones.


Un sábado a la mañana, y tras una prolongada serie de convulsiones, el gato murió. Sus ojos conservaron hasta el final ese terrible encono.
Le pedí a mi exjardinero que lo enterrara junto al rosal.
-Le va a venir fenómeno a la planta –dijo el hombre- este es un abono de primera. Además en la tierra húmeda el gato se va a ir rápido.
Cuando Filomena regresó, la impuse de las novedades. Simulando indiferencia le dije que había enterrado a Mommo en uno de los baldíos cercanos a la estación de tren. “El hombre cobarde, pensé, está obligado a mentir”.
Una tarde me entretuve viendo cómo Filomena desinfectaba los rosales trepada a una banqueta. Era una mujer considerable, sin dudas en su juventud habría sido enérgica pero ahora se la veía vieja, gastada, sola. Ya había derrotado a Mommo y ahora embestía con el pulverizador contra los tiernos pimpollos.
Me demoraba en estas cosas cuando un estrépito me apartó de las cavilaciones. De pronto vi a Filomena, que yacía en el piso, sobre el rosal. Fui a socorrerla, su cara se había deshecho en un intenso gesto de pánico. Apenas tenía un golpe, leves magulladuras y una que otra espina clavada.
Por la noche tuvo fiebre y dolores agudos. Había en esa mujer algo de empecinamiento valeroso que me conmovía. Velé su desparejo sueño. Su descanso parecía hundirse a veces en profundos abismos que desembocaban en accesos de sudor acompañados de delirios, donde repetía incoherencias en tono amenazador.
Al día siguiente el médico insistió en que no era nada de gravedad; solo las secuelas del mal trago. Sin embargo los síntomas persistieron a lo largo de la semana.
Desde el momento del golpe Filomena no había podido articular nada coherente. El doctor alarmado decidió por fin trasladarla al hospital.
Allí los estudios no hallaron nada que justificara semejante estado.
Una mañana me citaron con urgencia: Filomena se moría y deseaba verme.
Algo confundido, penetré en la piadosa habitación. La mujer me tomó de las manos. Parecía extraño que sintiese algo por mí, no obstante, con real congoja le acaricié el rostro. Bruscamente el vínculo cobró inusitada fuerza y con inquebrantable voluntad, me obligó a inclinarme sobre ella.
Recién en ese momento lo comprendí: Mommo estaba allí, ocupando el cuerpo de Filomena, manifestándose desde el brillo de sus ojos, advirtiéndome con singular gravedad, que no me había olvidado

DANIEL HERRERA (MDP)