LA LLUVIA ES UNA VOZ DE ESPINA

Llueve.
Sobre vidrios de ausencias y pocillo
resbala un vaho de café.
Acodado en la mesa
todavía me tiembla entre los labios
el hálito del beso
que selló tu partida.

Desde el borde del tiempo
el silencio en los ojos
me llueve bandoneón,
como tango que clava
puñales entre cortes.

Llueve el domingo
sin encontrar tu rouge
pintado en alegrías de almanaque,
porque yo, oscuro solitario
me confundí en la piel
dormida de tu seno,
cuando juntos creímos
en promesas eternas.

Llueve el suburbio
del bar donde me creo
a salvo de la vida,
mientras afuera llueve
y el adentro me llueve.

Percute en mis oídos
el agorero filo de la lluvia
que edifica y dispersa realidades
con obstinada voz de espina.

Las miradas de otros
acercan el pasado, recodo antiguo
donde en alguna noche
la caricia no supo
vislumbrar el acaso.

Llueve.
El agua que me inunda
insensible repite su stacatto:
Llueve, llueve.

VILMA BRUGUERAS
vilmabrugueras@infovia.com.ar


Somos frutos


(de la tierra que habremos de guardar)
cuerpos frágiles despertando a sensaciones
libres
con el alma que responde como la esperanza
espera que  habita nuestros cuerpos
fe
que estuvo entre nosotros en forma de espiga naciente
de sol
a colores
en la comunión de nuestros propios pasados
en la victoria a solas
(la ausencia se refleja en el cuerpo que se lamenta
en los ojos que procuran las lágrimas)
El día aguarda
el abrazo
(quizá mamá en su andar eterno detrás de sus vidas
retarde las lágrimas)
hasta que renovemos viejas inocencias

MIRTA NUÑEZ


NO HAY RASTROS
Caemos en el secreto de las aguas
entre esas manos desnudas
sobre un badajo
Rodeado de todos
el grito se contempla a si mismo
y esa verdad
recobra el infinito
donde todo era agua
En los hilos de la lluvia
vamos palpando el ser de las palabras
después gota a gota
en la boca de un eclipse
nos besa cada secreto
Caemos vientre a vientre
entre el pecho y el grito
Y nos abrazamos
en ese espejo de mariposa
que se disuelve
como olas rotas
Busco la verdad
y me río entre las miradas
que resuenan
como una campana
que cierra sus párpados
El espacio no es más
que un claro cielo oscuro
donde cada palabra
se enciende hasta ahogarse

LUIS ESCOBAR luislupreste@yahoo.com.ar

Mi identidad
es lo que me permite
ser quién soy y no otra cosa.
Puede que me haga perdurar en el tiempo.
Se basa en un juego de saberes
del que debo estar dispuesto a participar.


Construir sobre superficies sólidas
me ayudará a armar este rompecabezas
que es mi propia historia.
Evitare falsas realidades.
a través de distintas estrategias
descubriré verdades que duelen
que podrán cambiar mi rumbo
Y que me permitirán crecer.
En esa lucha me enfrentaré
si fuera necesario conmigo
y con los demàs.

Mi identidad
es mi número de documento,
una huella dactilar,
ojos de colores heredados
grupo de sangre y ADN.

Pero también se construye
son presencias de padres,
a través de caricias y besos.
Algunas desapariciones.
Aromas de comidas de abuelas.
Peleas y reconciliaciones
Entre hermanos y amigos.
Personajes invisibles.
Mi casa, las plazas y el olor a mar
de mi ciudad
Mi país, el tango y el arrabal.
Lo que pienso, vivo y amo.


Mi identidad
Es lo que me hace una persona única.
sin clonación de vivencias posible
y aunque con errores,
SER HUMANO

TUQUI RODRIGUEZ el_tuquini@yahoo.com

Viaje

El horizonte
se disuelve
en espacio infinito.
Mi alma
es elástico
que va con rumbo ciego
a encontrarte.
Terrón de tierra
que bosqueja
a mi silueta nueva
en sus límites
me planto
y te custodio
guardiana
del valle de tus miedos.
Te viajo
una y mil veces
a deshoras.
Regreso al eco
de mi tiempo inocente.
Soy ángel invisible
tanteando tu olor
a la distancia
¿será el mismo olor
que me consiste, indeleble?
¿ese salado de musgos y corales
que aún aspiro?
El tránsito del tiempo
intensifica su perfume en mí.

Se ha mudado
mi cielo interno
Escalando lejanías
arribo.
Te habito otra vez.

SILVIA TRINCAVELLI

UN PELO DEL HOCICO

Alertada por el olor nauseabundo que se esparcía en el corredor y al no obtener respuesta a sus repetidos llamados en el departamento, la portera llamó a la policía.
Tuvieron que forzar la puerta del 2 A para poder ingresar ya que el dueño no había dejado copia de la llave en portería. El olor hizo retroceder a las personas.
Tirado en el piso, al costado de la cama, estaba el cuerpo de Antonio Torres. Sin esfuerzo el forense constató su muerte y dispuso su traslado a la morgue judicial. Luego clausuraron la entrada hasta la llegada del fiscal de turno
A pesar de los recaudos ordenados por la autoridad, el mal olor persistía, por lo que se dispuso una amplia inspección del lugar. En un estante del placard, acurrucado, encontraron un gato muerto.
La autopsia reveló que la causa de la muerte de Torres había sido por envenenamiento desde hacía aproximadamente 72 horas. Igual informe se obtuvo de la efectuada al gato.
Una detallada inspección del departamento, no arrojó ninguna luz esclarecedora. No apareció el recipiente que podría haber contenido el veneno; el departamento mantenía el orden. Pero ¿por qué matar también al gato? ¿ Sería un suicidio?
El inspector Durban, a cargo de la causa consideró muy intrincado el caso.
El dormitorio estaba en orden, la cama tendida, la ropa colgada; sobre la mesa de luz, un paquete de pastillas de menta. En el comedor, se veía la mesa con una frutera y en ella, peras y uvas. En el aparador sólo vajilla limpia. La cocina ordenada sin restos de comida. El cubo de la basura con restos también se analizaron sin resultado alguno. Sobre el escritorio ubicado en la habitación contigua al comedor, correspondencia recibida, un block de cartas y una agenda. De ella se extrajeron los teléfonos de los amigos y conocidos de Torres. Todos los entrevistados estaban sorprendidos por lo que consideraban había sido la inexplicable decisión del amigo.
La ropa de Torres fue minuciosamente revisada, en busca de la cápsula o recipiente portador del veneno. ¿Y si lo hubiera tomado fuera de su domicilio? ¿Y el gato? No cerraba.

Durban volvió al domicilio e interrogó a la portera:
- Dígame señora ¿quién visitó al señor Torres los últimos días? O para ser más claro ¿Quién tuvo acceso al departamento?
- Yo iba los lunes para hacerle una limpieza general.
-El lunes ¿cómo estaba? ¿ lo notó preocupado o raro?
-No, estaba bien, como siempre. Me pidió que a la tarde fuera mi hijo para mandarle unas cartas. Juntaba varias y mi hijo se las llevaba al correo. Siempre lo hacía.
-¿Quién más estuvo en el departamento?
- El señor Funes, que era muy amigo, pero eso fue el domingo. Cenaron juntos. Esa misma noche mi marido le arregló la canilla de la cocina.
-¿ Hacía mucho que tenía al gato?
-Y sí... cuatro o cinco años. Lo quería mucho. Es decir, se querían mucho. Era muy limpito. En el cajoncito con aserrín que está en la cocina hacía sus necesidades. Mire que yo limpiaba y nunca encontré suciedad de gato en otro lado. Siempre le ponía su plato con leche al costado del escritorio
-¿ Recuerda a alguna otra visita?
-Sí, a la sobrina que vino a despedirse. Se fue a Italia, pero eso fue hace varios días
-¿Sabe cómo se llama la sobrina?
-Sí, Cristina Torres Es hija de un hermano del señor.
-¿Le han avisado de la muerte de su tío?
-No sé, porque la hermana vive en Córdoba y no tengo la dirección.
-Gracias señora
-Quizás vuelva a pedir su colaboración.

Eduardo Funes reveló algunos detalles sobre la vida de su amigo.
- Muchas veces me dijo que se encontraba muy solo. Tal vez por esa causa quería tanto a su gato. Las sobrinas lo visitaban muy de tarde en tarde. En realidad, desde que quedó viudo sólo contaba con los amigos: José Miccio y yo. Nos veíamos seguido pero no debe haberle bastado.
-¿Cómo era su situación económica?
-Buena, tenía tres o cuatro propiedades y depósitos bancarios además de la jubilación. Por eso no me explico cuál fue la causa para que tomara esa determinación. Su salud era buena, no sé, no sé...
-¿Le conocía enemigos?
-¡Qué va! Si era más bueno que el pan. Ayudaba a todo el mundo. A amigos y parientes. Pregúntele si no a la sobrina que está en Córdoba. Pregúntele. Les terminó de pagar la casa y el auto y a la hermana le bancó el viaje a Italia. Él me lo contó. Estaba feliz por poder hacerlo. Yo mismo le debía dinero y se lo pagaba cómo y cuando podía. El pobre quiso irse junto con quien le demostraba más cariño, su gato
Algo le decía a Durban que Torres no se había suicidado.
Puso todos los elementos que tenía sobre el escritorio y dejó que sus ojos viajaran de uno a otro. Releyó el testamento ológrafo por el que dejaba todos sus bienes a las sobrinas, dejando cancelado lo que a él le adeudaran. Repasó la agenda... Hasta que algo le llamó la atención: un pelo adherido a uno de los sobres que había levantado del piso del departamento. Lo tomó con una pinza y cuidadosamente lo introdujo en un sobre de plástico.
El análisis no demoró. El pelo pertenecía al gato y presentaba gran cantidad de veneno. Era del hocico del animal.

Precipitadamente recogió los sobres que dejara sobre el escritorio y los mandó analizar. En
la solapa de los mismos, en la zona engomada, había veneno.
Recorrió varias librerías en busca de sobres de la misma marca, para corroborar si la goma poseía veneno, con resultados negativos. Entonces se le aclaró el panorama. Habían envene
nado los bordes calculando que al pasar la lengua para humedecerlos, el veneno quedaría en ella. La muerte del gato había sucedido en la misma forma, al lamer los sobres caídos en el plato que contenía leche.
Se interrogó nuevamente a todos los que habían estado con Torres en los últimos quince días. Las sobrinas, que habían regresado se mostraban dolidas y extrañadas, remarcan su lejanía del escenario de los hechos. La portera había sido la última persona en estar con él y fue mostrada como la principal sospechosa.
El inspector Durban consideró que debía jugarse una última carta.
-¿Sabe señorita? Su tío antes de morir estuvo con la portera y le contó que usted le había regalado el block de cartas con los sobres. En la librería donde usted los compró, ningún sobre contenía veneno. Pero cometió un grave error. El empleado de la droguería donde compró el veneno, describió a la compradora con muchos detalles. Eso ha sido lapidario para usted Basta ya de negar su participación.
Quebrada por las evidencias no tuvo más remedio que confesarse culpable.
Reunido con los otros investigadores, Durban reía al comentarles:
-Es cierto que el pobre hombre murió solo. Pero si no se me ocurre la treta de la conversación con la portera y con el empleado de la droguería, se habría tardado mucho más en conseguir la confesión.


Edith Ruz de Colombo

FINAL DE DUELO

La muerte de Horacio me deja con 25 años de casada, maduramente joven, enamorada y sin marido.
No obstante, no lo vivo como una tragedia, más bién es un duelo que se prolonga en el tiempo, más allá del luto estipulado por la costumbre.
Es imprescindible pensar y repensar mi vida.
Cierro voluntariamente las puertas de las relaciones de pareja. La viudez resguardada, cobijada, abrigada por el dolor, no necesita explicarse.
Poco a poco retomo mi existencia fértil en el plano laboral, social, afectivo, salvo en lo que se refiere a relaciones personales, ya que no tengo inquietud ni vibración que indique, que ésa parte de mí, pueda ser recuperada.
Es viernes, por lo tanto al salir de trabajar, estaciono el auto en las cocheras del supermercado, tomo el ascensor para acceder al nivel de compras, retiro un carrito y empiezo a recorrer las góndolas buscando lo que quiero.
Me parece a mí, ó está muy fuerte la refrigeración? No, soy yo. Siento un escalofrío que me recorre la espalda y sube hasta la nuca.
Instintivamente me doy vuelta y una mirada gris y prepotente, se clava en mis ojos. Desvío la vista, pero el estómago, acusa el encuentro.
Es la primera vez que me ocurre. Que es esto? Soy una señora viuda, me digo. Hace siete años que la partida de Horacio cerró ése capítulo. Pero que me pasa? Levanto la vista sabiendo y ojos grises está al lado mío. Nos volvemos a mirar intensamente, sin decir palabra.
Mi torre fortificada se está desmoronando, él se acerca seguro, arrasando mis intenciones, intuyendo lo que pasa conmigo.
Camino sin pensar en la compra. No se que más necesito ó sí y no me quiero enterar. Me dirijo a las cajas para poner distancia. El camina también y se para al lado mío. Pago y me voy hacia el ascensor.
Guardo las pocas cosas que compré en el baúl y lo cierro. En ése momento se abre la puerta del acompañante en el auto de al lado y yo, yo.! la viuda, la del dolor eterno, la que no atiende, subo como una autómata, envuelta en ésa mirada de acero que me arde como un bisturí penetrando en mi entrañas.
En el auto, su conductor y yo, entregada sumisamente, nos dirigimos hacia la calle que sale a la ruta. Entra en un parque muy arbolado, hasta una construcción lujosa con revestimiento de piedra. Franquea la entrada, frena suavemente ante un vidrio tratado, donde una voz femenina pregunta algo que no alcanzo a entender, él contesta:
Lo mejor.

Ahí escucho por primera vez su voz, profunda y segura. Paga, sigue despacio, rodea el edificio y se detiene ante una puerta hermética que se levanta y entramos con el auto.
Unos pocos escalones y pasamos de la cochera a una sala con sillones, luego una bañera con hidromasaje grande, una cama inmensa y luz ténue, se oye música suave, mas allá, semi abierta, la puerta de un espacioso cuarto de baño.
Estoy temblando y no es de frío, ni de miedo. Ambos nos aferramos uno al otro sin hablar. Explorando con las manos, los labios, las piernas. Siete años en mucho tiempo. Sin embargo, se volaron. Se fueron con mi braga y la entrega es tan buena como el disfrute.
El parece satisfecho, pero yo beso su cuello y voy bajando con los labios como una sedienta
que va derecho al bebedero y vuelvo a empezar.
Una vez tranquilizada, miro el torso desnudo y bronceado de ojos grises y sin decir palabra nos vestimos.
Al subir al auto miro el reloj. Este tiempo está diluído como la sombra de una nube al terminar de cruzar por el sol. Creo que pasaron dos horas.
-¿Dónde te dejo.?
-En el supermercado
-No puedo prometer llamarte, pero por las dudas, querés darme tu número.?
-No, creo que no quiero.
El resto del trayecto es en silencio. Bajo del auto y subo al mío, sin darme vuelta.
Al llegar a casa me desvisto, abro la ducha para refrescarme, pero sobre todo dejando que el agua, como a través de los siglos, lave, arrastre, axpulse de mi cuerpo todo vestigio de «ojos grises».
Luego de rasparme con la toalla para borrarlo como se quita lo escrito de una hoja de papel, camino hasta la mesa de luz. Tiro trabajosamente de la alianza que hace treinta y dos años que está en mi dedo anular y con movimiento no premeditado abro el cajon y dejo caer el anillo, para siempre.

Elba Tesoriero

 

Cuento ganador del concurso Manos Solidarias 2003

Subterráneos

Hay una similitud en todos los transportes públicos, en todos ellos hay un punto en el cual con diferentes aspectos se llega al mismo indicio. La tristeza. El sólo hecho de entrar en estos lugares provoca que el ser humano cambie su compostura. Esta bien que los diferentes horarios influyen en el estado de ánimo, las circunstancias del entorno, y la compañía es fundamental, pero la mayoría de los viajantes son solitarios.
El subterráneo es el ejemplo más claro, uno cambia al bajar por las escaleras y entrar a este mundo de poco aire, sin luz, sin brillo, mágico. La cara parece transformase, uno se esfuerza pero parece que los músculos están atrofiados. Uno parece encorvarse. Mira a todos de reojo. Piensa que pasaría si empuja a ese señor a las vías..., o si uno mismo se tirara.... El gran ruido. Parece estremecer los oídos, todos se ubican en algún lugar del borde de este precipicio. Es lo más parecido a una fila militar. Sin mover un músculo, las manos a los costados, la frente en alto. Se abren las puertas. La triste pelea de los que entran con los que salen. Un par de asientos disponibles. Chau amabilidad. Nada de mujeres y niños primero. Acá es la ley de la selva. Nada de yo lo vi. Poner cara de pocos amigos. Ahí hay que sentarse y listo. Casi siempre esta lleno, y esas manijas minúsculas no sirven para mucho. Uno siempre trastabilla. Las caras son peores que las de la entrada. Los ojos se achinan, uno parece entrar en trance, dormirse, examina muy

minuciosamente a todos los presentes. Apuesta cuando se baja el de al lado, o aquel tipo que esta sentado cerca de la puerta, uno sabe que ese lugar es para uno. Se lo merece. Se transforma en una cacería, hasta que uno se sienta. Enseguida a uno le preocupa donde bajarse. Todos los días lo mismo. Uno puede cerrar los ojos y sabe donde detenerse. Pero siempre existe el temor de confundirse. Y más cuando uno se sienta. No se acostumbra a viajar de espaldas. Uno ve las propagandas de siglos y siglos pasados, que nunca cambian que son siempre iguales. El tiempo no pasa.
La combinación. Salen todos expulsados, ágiles, parecen volver a vivir. Uno se sigue enterrando más y más en estos túneles. La carrera comienza. Todos llegan a la par, salvo con mucha suerte. Pero a uno no le interesa. Corre desaforado. El de al lado tuyo es tu rival. La carrera termina. De nuevo parados en la misma línea. Los mismo pensamientos malignos. Cambian las personas. O son las mismas. El ruido comienza desde el fondo. La lucha empieza. Los que entran vs los que salen. De nuevo los asientos. De nuevo las manijas. Las caras largas. Las rivalidades. Los cambios de persona. Los ojos achinados. Los carteles de las paradas.

Milos

PESADILLA


Es de noche, un haz de luz imaginario que cae del cielo me señala. Un hilo invisible me lleva a ese lugar. Una casa grande, de dos plantas, a media luz, ambigua, oscura, misteriosa.
Subo una pequeña escalera que me condena al hall de entrada y toco el timbre. La voz de una alegre muchacha rompe el hechizo y me saluda con naturalidad. ¡Adelante! Entro con cierta timidez y sin saber con certeza el motivo de mi visita. Ella me mira expectante. Las palabras salen de mi boca: Me dijeron que en esta casa hay fantasmas… ¿es cierto?
Para mi sorpresa ella me contesta con normalidad: Sí, ¿quisieras verlos? Por acá…
Salimos por la puerta trasera de la casa, apenas estaba anocheciendo. Un camino de piedra gris, con objetos semiderruidos a su lado. Al final del camino una arcada de piedra. Al cruzarlo veo un cementerio, aparentemente abandonado. Hay pabellones familiares, grises, destruidos. No hay verde, no hay vida. No cantan los pájaros, no entra el sol. El aire parece estar quieto. La actitud de mi guía contrasta con el contexto. Despreocupada y casi divertida me indica una cueva en la cual me dice que hay espíritus. Me acerco. Veo oscuridad. Esfuerzo la vista. Espero. Veo un movimiento, una sombra que se mueve. Cierta fascinación se apodera de mí. Necesito ese mensaje. De pronto el aire comienza a girar y pequeñas sombras blancas, esqueléticas bailan a mi alrededor. ¿Se divierten conmigo? ¿Se burlan de mí? ¡Hablen! ¡Díganme algo! ¿Qué hay detrás de tanta muerte? ¿Hay vida? ¿Hay bondad?
Una profunda insatisfacción me hunde el pecho al no encontrar respuesta. Despierto.

VERÓNICA (MARKAS)
Taller interdisciplinario