Espera

Muere la tarde
en mansas aguas,
cobijo de escandalosos brillos.
Verdes se visten de oro
envueltos en silencios de paz.

Muero yo.
Te fuiste tras tu senda de luz,
quedan los brazos abiertos
aleteo de morriñas,
palabras sin decir.

Yo sé,
despuntarán amaneceres,
pájaros eufóricos volarán.
Sabré que te acercas,
abrazo de seda
tendrá nuestro encuentro.

Claudia Samter (MIRAMAR) claudia.samter@fernandezprieto.us


Eslabón De La Tierra

El cielo canta sobre las avenidas
Aunque no entiendas
ni este sitio siquiera
que invade los rostros
entre lágrimas desafinadas
que huyen de los párpados
No importan
ni esta imagen prendida
a los tiempos apagados
ni los pañuelos que escapan
hacia el mar del instante
perseguidos por los pájaros
Hay paisajes que retornan
a desnudarme porque no soy
otra cosa que un acorde vagabundo

LUIS ESCOBAR
(MDP de la PALABRA)
luislupreste@yahoo.com.ar


La comunión de Tina

La casa está engalanada en blanco y amarillo, tiras de papel crepé cruzan el comedor de pared a pared y algunos refrescos y confituras hacen marco a la torta que adorna la mesa. La tía Herminia y su hija se encargan de servir a los invitados, mientras sus padres distribuyen la bebida que corre con fluidez ante el calor sofocante del mediodía. Tina ha tomado su primera comunión y disfruta su protagonismo. Por momentos juega con sus amigos, en otros se cuelga del brazo de su padre o sube y baja las escaleras en un andar alegre y dinámico. Algunas mujeres hablan entre ellas mientras los hombres hacen lo mismo en otro rincón del living.
Su madre no se cansa de enumerar cualidades y su padre no deja de observarla. Un grupo de amigos la rodean haciéndola reír tanto que le parece que se le va a reventar la vejiga. Los largos meses de catequesis han terminado y se podría decir que un ángel dirige su vagar errante por la casa. Corriendo sube las escaleras hasta el baño, entra y apenas alcanza a bajar su bombacha.
A las siete de la mañana ha revolucionado la casa modelando su vestido blanco. Sus hermanos la han acosado ante lo inapropiado de la hora, mientras su madre no se ha cansado de verter elogios por la mano de la tía Herminia para la costura. Su padre apoyado en la puerta del escritorio la ha mirado sin ocultar su admiración.
Luego, sentada junto a sus compañeras en la segunda de las tres filas reservadas ha esperado el comienzo de la ceremonia. Lleva aun en sus sentidos el olor mezcla a cirios quemados con incienso y su boca registra la sequedad de la hostia pegada contra el paladar. Recuerda las manos del sacerdote acercándose a sus labios y la regocija pensar en las miradas a hurtadillas que ha cruzado con su padre.
Terminada la misa, el cura ha despedido a la congregación y Tina conmovida ha saludado a sus familiares. Su canastilla se ve rebosante de dinero que ha canjeado a cambio de las estampitas de María Virgen y el Niño Jesús y por primera vez ante un abrazo ha sentido pudor de apoyar su pecho en el de su padre.
El calor del orín corriendo entre sus piernas alivia la presión de la urgencia, piensa en eso cuando la puerta se abre y ella se tapa sorprendida, luego se sonríe al darse cuenta que es su papá. Percibe el olor a alcohol y observa cómo se moja la cara varias veces en el lavabo.

Sin darle importancia toma un trozo de papel y se seca. Es en ese instante que encuentra su mirada en el espejo.
Él la observa a través del cristal y su inocente admiración se convierte en algo oscuro y confuso. Sin saber por qué, se apresura a subirse la bombacha y trata de bajar la pollera de tul blanco mientras escucha el ruido de la tela áspera acomodándose a su cuerpo, luego intenta salir. Él se lo impide, la mirada vaga insiste hasta que una voz casi desconocida rompe el instante.
¿Sabés que sos muy linda? - Tina no contesta. – ¡Vos no me hagás caso! – Sus dedos le aprietan la cara obligándola a abrir la boca y a sentir como él juega con su lengua entre sus dientes, luego la acaricia y la vuelve a besar mientras le trata de explicar – Esto no es malo ¿Comprendés? Soy tu papá y te quiero mucho... ¿Entendés? – Tina muda responde al beso y las caricias paralizada por un miedo extraño - ¿Te puedo mirar? – propone él mientras sus dedos finos levantan la pollera y bajan su bombacha con delicadeza
- ¿Te das cuenta...? No te hago nada, te miro... Sólo te miro... ¡Me gusta tanto mirarte! Además soy tu papá ¿No es cierto? – Ella asiente con un gesto y no puede evitar el ardor que siente ahí abajo. Él no la ha tocado y sin embargo le arde de una manera rara, como si deseara que ese juego terminara de una vez por todas, o no terminara nunca. “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre...” La oración que murmura con voz entrecortada desciende sobre su corazón como una diabólica burla.
El llamado de su madre irrumpe el momento y como en un acuerdo previo se deshacen de la ligadura y al unísono contestan - ¡Aquí estamos mamá! ¡Aquí... en el baño! - Él la mira y de su boca surgen palabras que se le hacen muy lejanas - Esto... ¡No se lo vamos a contar a nadie! ¿Verdad...? – Luego la besa suave en los labios y sale para integrarse a la fiesta como buen padre que es. La madre se complace de verlos tan compinches y Tina corre escaleras abajo, cruza el living entre la algarabía de sus compañeritos y se pierde en el jardín en busca de aire. Necesita mucho aire para enfriar ese calor que ha inaugurado, que la consume entera y la ahoga y del cual, presiente, no podrá escapar jamás.


ALEJANDRO GÓMEZ
(MDP de la PALABRA)
halegomez2003@yahoo.com.ar

Sin regreso

Me integro al barro
entretejido en sombras
de opuestos confines
e inmaterial desvarío
Mi existencia se aplaca
languidece
en nocturnales apatías

El reloj fracciona
cuadrantes de aridez
La eternidad de los minutos
comprime mi pulso
ahuecan mis sienes
inhumanos acordes

Se escurre la luz
se cuela el paisaje
por una ranura de mis tinieblas
Me abandonan adagios

Infértiles y mustias
en un rincón
mis heredades
ceñidas al rito traidor del abandono

Me sobrevivirán
los ecos del aire que brota del polvo
el vuelo de un colibrí
y en ultratumba
tu voz

Daniela Riccioni
(MDP de la PALABRA)

Manuelita en la Patagonia
 
«Manuelita vivía en Pehuajó
pero un día se marchó...»
para otro  país se fue
a buscar yo no sé qué
la cuestión es que volvió
extrañaba su región.
 
Ya de vuelta y caminando
por las rutas argentinas
se enamoró de un tortugo
en una verde banquina
y los dos pusieron juntos
Patagonia en la mira.
 
Manuelita y Don Torcuato
ya eligieron el lugar
hay trabajo y buena gente
para poder disfrutar.
 
Manuelita y su familia
ahora viven en Trelew
y es porque allí descubrieron
que no existe la vejez
y que en el sur todavía
tienen mucho para hacer.
 
Sí la quieres visitar
en el Touring Club está
y el duende de Exupery
que anda siempre por allí
te saludan si te ven
recorriendo tu niñez.
     
Cristina Larice de Roura
(SADE MDP)
cristinalarice@hotmail.com

Las madres de Augusto
Por alguna razón que en realidad nada tenía que ver con Augusto, desconfiaba de los espejos. No sé bien por qué era, pero sí sé que cada vez que pasaba por un vidrio espejado o por el hall de algún banco movía el paraguas despacio, para asegurarse de que lo que veía solo fuera un reflejo. Así, como cuidándose de algún posible Drácula, llevaba su vida normalmente. Su vida era Augusto. Augusto había quedado en estado vegetativo hacía mucho tiempo y ella era la única que lo visitaba. Mi hijo no puede estar solo pobrecito, si no lo cuido yo no lo cuida nadie, Dios lo bendiga me tenga piedad Virgencita santa, pobrecito, decía. En el hospital ya la conocíamos, iba día por medio. Le hablaba, le leía cosas, le secaba la baba. Una vez se alteró completamente y armó un escándalo: lo encontró todo cagado y se puso como loca... bueno, estaba loca. Después de ese griterío todos lo tenían bien cuidado al pibe. Sí, sí, era un pibe, casi un nene, o por lo menos era un nene cuando lo internaron. Lo cuidaban tanto que ella apenas si tenía que acomodarle un brazo que la enfermera le dejara torcido o tratar de sacarle ese gesto de muerte que tenía, una expresión que se le marcaba mucho más a la mañana. Alguna vez me pareció tétrico el pobre, parecía que el mismo lugar en que está condenado a dormir fuera necesariamente el lugar donde lo encontrarían muerto, como un vampiro con su ataúd.
La cosa es que un día, casi al mismo tiempo que ella llegaba, se despertó. Es muy raro, pero sí, se despertó.

Estas cosas casi nunca pasan, bueno, no pasan y punto, pero pasó. Se sentó en la cama, pálido, y se puso a hablar con alguien. Entonces entró ella y cuando lo vio se puso a llorar. Un doctor que estaba ahí fue y se la presentó, por decirlo de alguna manera. Se la recordó. No, esa no es mi mamá, yo a ella no la conozco. Y dio el nombre de alguien, de otra persona, que después nos enteramos que era realmente su madre. Ella estaba roja, pero roja de odio, o de algo, dicen que tenía los ojos inyectados, que se parecía a la muerte; con el paraguas golpeó un espejo que había en la pared y lo astilló, y con una astilla quiso cortarse las venas. No solamente quiso, se las cortó, llenó el piso de sangre; pero qué lugar menos adecuado para suicidarse que un hospital. No sé por qué me quedó muy grabado en la mente que lo que le salía de los cortes no parecía su sangre, mas bien parecía la sangre de otra persona, como si se la hubiera sacado a alguien.
A Augusto nadie lo vino a buscar y solo sabemos de su familia por lo que él dice y por algún que otro dato que se pudo averiguar. El pobre no se anima ni a salir de día. El sol le hace mal. Ella, en cambio, ahora dice que visita a su hermana, y no cree que no puede irse. Todos los días le escribe algo, pero con las letras dadas vuelta, espejadas, para que lo entienda desde allá, dice; porque la quiere como a la hija que nunca tuvo.

Agustín Vispo (MDP)

Padre final. Ceniza con sentido
confianza que cobija desamparos.
Rayo que surge del pavor del trueno
con ala de relámpago en espera.
Abrazo protector, espejo doble
que refracta la voz de los que luchan
en batallas de llanto sin escudo.
Ciego que cruza el mar, en cuya copa
antiguos adversarios se confirman
en canto transversal de hermana muerte.
Último nombre al que se llega sólo
por deseo de amar. Cuando se acude
al encuentro del ser, vida aceptada.
Mientras, el viento va borrando el viaje...

 

MARÍA DEL MAR ESTRELLA
Del libro: "Último Nombre"
(Buenos Aires)

Amor guerra

Días oscuros
horas urgentes
dos quizás más cuerpos

luchan
enloquecen bebiendo
de  arroyos
savia de amor
sexo

Su vida es noche
guerra sudor
encuentros

Gimen de dolor
arrastran sus cuerpos
sin penas
resistiendo

No sienten
no esperan

corren en el tiempo
hacia desiertos
sin memoria

OCTAVIO MORETE
(MDP de la PALABRA)
octaviomorete@hotmail.com