Cancionistas
Sus voces agudas cortaron al tango
y en aquella herida vos supiste entrar
como esos malevos, que muy altaneros
muestran cicatrices, pequeños trofeos,
de coraje y existencia, de pasión y libertad
donde vive el tango reo y la femineidad.
Donde están ahora nuestras cancionistas
Muchachas de barrio, minas de arrabal
La calle Corrientes ya duerme tranquila
Las luces no brillan, sus voces no están.
Mercedes Simone nos dice cantando
Rosita y su perro que sarnoso está.
Pepita Cantero, una mocosita y
Tita Galatro un tango sin letra
nos quiere cantar
Libertad Lamarque con sus
besos brujos.
Reclama p' el pobre pan
La Montemar.
En el cambalache que es la vida diaria
la escucho a “La Negra” Sofía Bozán.
También La Maizani solo haya consuelo
en el Buenos Aires, está su ciudad.
Recorriendo calles con olor a barrio,
melodías porteñas
Tania entonará.
Y Tita Merello, con todo su genio,
no es por hablar mal,
no importa a quién sea lo manda a volar.
Son graves las voces, de nuevas pebetas,
que hoy cantan el tango, suenan casi igual,
aunque el tango es macho y estampa de hombre.
Dulces heroínas, voces personales,
yo quiero escuchar.
Tuqui Rodríguez (Mar del Plata)
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Despedida de un marinero
Mar:
aquí me ves, viejo y erguido,
capitán en una piedra oscura que te obstinas en golpear.
Golpea, que esta vez no vencerás.
Marinero en tierra firme, encontré por fin mi ancla,
amarrada en el mismo centro de la tierra.
¿Quieres voltear mi nave?.
Inténtalo. Esta vez no la voltearás.
Vienes a lamer la cubierta.
Suave, espumoso y deslizante como un reptil.
¿Qué pretendes? ¿Arrastrar al grumete confiado e ignorante?
Ya no existe.
No, esta vez no lo llevarás.
¿Y esta ola, subyugante cual sirena, que me tienta con el azul profundo?
No, tampoco ella podrá. Esta vez no podrá.
Tú mismo me templaste.
Ya no te temo
En verdad, cuando huérfano de todo afecto decidí navegar,
fuiste padre severo en las noches tormentosas;
madre complaciente en las tardes luminosas,
acunándome con canciones de gaviotas,
arpegios de olas y calor de sol,
camarada alegre brindando tus frutos que saciaban mi gula,
amante silencioso y romántico bajo la luna llena .
Te amaré siempre.
Vuelvo a mi origen,
donde el verde reemplazará tu azul;
el mecer de las espigas, tu ondular;
el dulzor de las flores, tu sal;
la firmeza del suelo, tu tambalear.
Adiós. Volveré en mis cenizas a fundirme en tu caudal.
Adiós. Adiós, mar.
Nilda Prieto de Sanza |