Sólo un Ejercicio Siempre desaparecía la luz, siete días, diez días, y lo único que observaba era mis pies. Tenía esa maravillosa condición de despertarme y desenvolverme como un poema. Yo, su memoria, su espejo de cristales rotos, el enfermero de la nostalgia, de sus miserias. Como un culto a un muro. Conocía el placer que le producía saber el tramo que yo debía recorrer, porque sólo ella escuchaba mis pasos; cuando me acercaba a la celda, la llamaba por su nombre. Se encontraba en esclavitud, desde hacía años, con los militares. Ellos, que no se convencían con la palabra, ni siquiera del otro lado escuchaban mi voz arañada que suplicaba que no la mataran, que era su otro hermano. Pero no me veían, y la puerta se me abría disipando la sombra, otro mundo, otro reino lleno de Santas Copas, de Pan carnoso e infinita agua, de tiendas con libros de recuerdos, donde la veía en multitud roja, reclamando libertad. Pensaba: ya voy a nacer nuevamente, la voy a ver en otro lado, es parte del aprendizaje. Valentín Quintaié - (14 años - delapalabra - MDP) |
San Telmo Mariana tiene 2 pesos en la cartera. Cartera negra que si la hay negra. Esas brillantes como bolsa de morgue. Mariana camina sobre un piso rengo donde prospera la música y ella al ritmo de Mores suelta las caderas. Mariana sonríe con su pollera roja vaca, camisa de tango y ojeras de cartón. Mariana saluda y habla tres idiomas: español, argentino y lunfardo. Mariana negocia con corazones vagos, rojos y usureros. Mariana les lustra su humanidad y vuelve a caminar. Mariana 2 pesos regresa a su casa con la cartera vacía, donde otro día San Telmo la quiere ver chispear. Martín Arregui |
Platón, la Diosa y las curitas Julio Alfonso - (Mar del Plata) |
‘Descartes también solía opinar sobre ese tema. Decía que entre la tierra y el cielo existía una estación llamada fuego'. ‘Claro –refutó el de las ristras– ¡cualquier alumno de EGB lo sabe! ¡El hombre se refería al infierno, según mi saber!'. ‘Los agnósticos no pensaban así –retrucó el de las curitas–. Además, disculpe, pero está Ud. muy confundido; una cosa es la filosofía y otra su sabiduría de bachillero'. El señor de los ajos sintió el impacto y dijo: ‘Cualquier chabón sabe que la filosofía es la contemplación reflexiva del Universo, así como mi sabiduría es el conocimiento de la verdad , la ciencia absoluta adquirida por la reflexión, señor pórfido'. |
Besos que matan... Karen Guerra Ahí estábamos los dos. La cafetería por fin se había vaciado. Sólo quedábamos nosotros y nuestra charla. Entones vi mi oportunidad. Hacía tiempo que la estaba esperando y ahí estaba, no podía desperdiciarla. Hacía tiempo que había dejado de prestarle atención a sus palabras. Ya no miraba sus ojos, sólo me concentraba en su boca. Sí, en su boca, esa boca tentadora, que deseé desde que la vi por primera vez y nunca me animé. Me pasaba mis horas imaginando como sería tocar esos labios carnosos y tibios, que calentaba la sangre que corría por debajo de su piel. Imaginaba lo sabroso que sería ser la dueña de esa boca, que era mi obsesión. Vi mi oportunidad y decidí no desaprovecharla. Me acerqué lentamente. Como una leona acechando a su presa. Él notó el clímax y también se acercó. Conforme nos aproximamos, sentía su respiración entibiar mi aire. Exhalé mi último aliento y caímos bajo el hechizo. Por fin, nuestros labios hicieron contacto, por fin estaba logrando lo que tanto deseaba. Abrí bien grande mi boca y luego la cerré, repentinamente. Sentí su pulso aumentar a mil. Sus ojos se abrieron y sus pupilas se dilataron. La presión en sus ojos asustaba, creí que iban estallar. Me alejé, muy despacio. Sequé la sangre en mi boca. Sus ojos aún permanecían desorbitados cuando cayó desmayado al piso. En su rostro había quedado un hueco. Me aseguré de que nadie más pudiera besar esos labios, que finalmente me pertenecían... |
Luis Fernando Ayala Bajo, pelado, ojos claros, mirada rara. Sus movimientos son comunes, habituales, pero observando más, se notan rígidos. Mueve los labios, como si murmura algo. Mira hacia atrás, apunta la vista. Nadie se ve en toda la cuadra. Sus labios se sacuden mas fuerte, pareciera que hablara. Llega a la esquina con sus movimiento mas angulosos. Espera el semáforo. El del auto aminora la marcha y lo mira extrañado. Qué hace ese en la esquina bailoteando, acelera. Cruza con grandes zancadas, a los saltos, pisando todas las rayas de la senda. En el supermercado lo de siempre, lata de sardinas, lata de arvejas, lata de porotos, lata de jardinera, lata de choclos, una gaseosa grande de oferta, pan y leche. La cajera y el supervisor fichan todo, atentos. Saca del pantalón sus bolsas, con un gesto rechaza las nuevas. Guarda, paga y se va. El custodio abre la puerta cerrándosela detrás. Elige la vereda de la sombra. La señora del quiosco siente un frío correr su espalda, esa mirada cruda, impersonal, como si contemplara a través de ella. Al doblar la esquina, detrás del árbol, come con voracidad el chocolate, asustado. Frente a la entrada del edificio, duda, mira hacia ambos lados. Espera. Ya nadie hay, no es fácil embocar la llave, aparece una joven, intenta acelerar sus movimientos, lo logra. Entran. Corre al ascensor, mira hacia sus espaldas desesperado, manotea el picaporte, abre la reja, cierra una puerta, luego la otra. La chica, como avisada, sonríe y se queda atrás. Ya seguro en su departamento, se relaja. Ahí está solo con los suyos. Acomoda lo comprado. Dobla las bolsas. Se sienta, y empieza a hablar con sus malditas voces. |
Jorge Garri Plumas |
Pelos La espera |
Sobre EL LOBO ESTEPARIO Luis N. Fabrizio - (Mar del Plata) El viejo profesor leyó párrafos de «El Lobo Estepario» de Herman Hesse. Agregaba sus consideraciones a los conceptos que se desprendían de la lectura, cuando un joven estudiante lo interpeló |
-Es que yo no lo hago, otro lo hará y es más que seguro, a ese otro lo miraran con admiración aun sabiendo que su proceder no fue limpio, llegaran a rendirle pleitesía |
| Breve historia de amantes imposibles Nombre de los amantes: Néstor y Estela Beatriz Pezzati |
El Árbol de los Deseos Increíblemente límpido fue el atardecer en que tomé tu cintura y te alcé en un intento de acercarte un poco más a la copa de aquel árbol que pretendimos fuera mágico. Sergio R. Aznar - <alasvidasalvaje@hotmail.com> |
Ahora los prismas |
Lo que supiste de ella fue que un día desapareció, pero no porque quedó embarazada del gordo. Ella no se habría mandado a mudar por algo así. A Mimí no le interesaba rajar, ni mantener una imagen de mujer de una sola palabra. Me acuerdo que una vez fueron a felicitarla unos tipos al diario por la nota que escribió sobre ellos, creo que eran músicos de jazz. ¿Sabés lo que les dijo? Que se ahorraran las felicitaciones porque mañana podría pensar exactamente lo contrario, y lo escribiría sin ningún cuestionamiento ético. Mimí se fue a Mendoza con un dolor terrible, no le daba lo mismo dejar a sus amigos, pero lo hizo. Una porque le había salido un laburo interesante con el turismo. Otra, por esa cosa que tenía con las montañas. Así fue el asunto. No como te lo contaron. Y vos, también sin asa, aunque no te acuerdes de Mimí ni sepas la versión correcta de los hechos, mal barajado como dice Raúl, no perdés tu condición de naipe en absoluto. Vas y venís por una ciudad gigante a veces y de miniatura otras, pantalón emparchado y sucio algunos días, y pinzado, saco y corbata otros. Llorás como los demás, reís como los demás, te perdés y encontrás como todos, todos los demás. Vos decís que para qué querés balance a los sesenta y cuatro años, y yo te aplaudo. No sé cuándo deja de balancearse la vida. No sé tampoco si es mejor la cresta, el túnel o el rompimiento de la ola y que se vaya todo a la puta que la parió así empieza algo nuevo. ¿Mimí te quería mucho sabés? Nunca te lo dijo, pero cómo te quería esa mujer. Ya sé que es una picardía enterarse por terceros, pero ella aceptaba sus limitaciones y silencios por más que no supiera de dónde venían. Espero que intentes lo mismo con ella y con vos. Gustavo Ortiz – ( delapalabra – MDP) |
El tiempo no alcanza
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El sueño es el hermano gemelo de la muerte4... Vilma Brugueras |
1Goethe. |
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Una falcada de centauros, sátiros y ninfas Federico Bruno Gabarró - (San Miguel de Tucumán) Las Ninfas Los Sátiros |
Otro gusto distinguido es Piazzolla, no falta sátiro que en plenario crepúsculo agarre los vinilos, encienda el tocadiscos y rayonée cacofónicamente las pistas con la púa: oda para un hippie , obra que, como ellos mismos dicen, los delata; fuga y misterio , composición cuyo ágil hechizo colma los odeones; tangology , conocido cabaret bailable donde juegan a perseguir ninfas y al que le deben su patronímico de tangología; pulsación , café 1930 y burdel 1900, entre mucho más tango, alientan sus festivales en aclamación a los excelsos telúricos. Los Centauros |
Desde la infamia Oprimo con fuerza sobre los bordes arrugados del plástico, la bolsa se infla por un momento y luego se pliega contra el agujero dentoso en busca de aire. El cuerpo desnudo desespera dentro de las ataduras y deja caer un fino hilo de orina que salpica mis zapatos. Es obvio que me molesta ese líquido sanguinolento y la patada le entra en medio de las piernas. No se mueve. Quizás desmayado por el golpe. Me erotiza esa inmovilidad y no me sorprende mi erección, no es la primera vez, pero aún falta un buen rato para terminar. Aflojo mis manos de la bolsa de plástico y observo con placer la cara sudada que tose con ojos desorbitados, el pendejo está bien amarrado al poste y me he cuidado de no dejar marcas ni hacerlo sangrar, pero no puedo evitar su vómito que chorrea por su pecho, ni los hilos húmedos que los mocos dibujan en sus labios, ni sus ojos que buscan una salida aunque sea en su propia muerte. Respira con dificultad, pero respira y ese aliento forzado me calienta. Acaricio sus nalgas y le doy unas palmadas suaves al principio hasta que no puedo evitar mi contenido y lo chirleo fuerte hasta que reviento de placer. No debe tener mas de quince años. Lleno el fuentón con agua mientras lo vuelvo a interrogar, ruego que no conteste y no lo hace. |
Apenas si respira cuando lo mojo de arriba abajo. Lleno de nuevo el recipiente y meto sus pies en él. Lo interrogo mientras manoseo sus tetillas pero el pendejo ya no responde. Hace horas que gozo de su silencio. Levanto el volumen de la radio, enchufo el cable al tomacorriente y hago una pequeña prueba mientras apoyo los hilos de cobre sobre uno de sus párpados entreabiertos. Casi no se queja. Extasiado dejo caer el cable al agua que chisporrotea por un momento, luego humo se desprende de algunas partes de su cuerpo que se retuerce en extraños espasmos. El olor a mierda inunda el lugar. Excitado cierro los ojos y eyaculo. El interrogatorio ha terminado. Alejandro Gómez - ( delapalabra - MDP) |