Avispa 27 Cuentos

Sólo un Ejercicio

Siempre desaparecía la luz, siete días, diez días, y lo único que observaba era mis pies. Tenía esa maravillosa condición de despertarme y desenvolverme como un poema. Yo, su memoria, su espejo de cristales rotos, el enfermero de la nostalgia, de sus miserias. Como un culto a un muro. Conocía el placer que le producía saber el tramo que yo debía recorrer, porque sólo ella escuchaba mis pasos; cuando me acercaba a la celda, la llamaba por su nombre. Se encontraba en esclavitud, desde hacía años, con los militares. Ellos, que no se convencían con la palabra, ni siquiera del otro lado escuchaban mi voz arañada que suplicaba que no la mataran, que era su otro hermano. Pero no me veían, y la puerta se me abría disipando la sombra, otro mundo, otro reino lleno de Santas Copas, de Pan carnoso e infinita agua, de tiendas con libros de recuerdos, donde la veía en multitud roja, reclamando libertad. Pensaba: ya voy a nacer nuevamente, la voy a ver en otro lado, es parte del aprendizaje.

Valentín Quintaié - (14 años - delapalabra - MDP)

San Telmo

Mariana tiene 2 pesos en la cartera. Cartera negra que si la hay negra. Esas brillantes como bolsa de morgue. Mariana camina sobre un piso rengo donde prospera la música y ella al ritmo de Mores suelta las caderas. Mariana sonríe con su pollera roja vaca, camisa de tango y ojeras de cartón. Mariana saluda y habla tres idiomas: español, argentino y lunfardo. Mariana negocia con corazones vagos, rojos y usureros. Mariana les lustra su humanidad y vuelve a caminar. Mariana 2 pesos regresa a su casa con la cartera vacía, donde otro día San Telmo la quiere ver chispear.

Martín Arregui
<www.martinarregui.8k.com>
- delapalabra - (MDP)

Platón, la Diosa y las curitas

Julio Alfonso - (Mar del Plata)

 
De las muchas tareas que en la cocina se realizan, pocas son tan gratas e impregnadas de suspenso como hervir leche. Pelar papas requiere cierto grado de concentración que no ostenta partir un tomate al medio. Lo reconozco, no soy necio. También sé que cortar cebollas es una tarea que linda con las lágrimas. Todos los trabajos en la cocina son importantes –que quede establecido–, pero ninguno como hervir leche. Se me dirá que no es necesario el hervor, que Pasteur (1857) dejó establecido que la fermentación se debe a micro emprendimientos de gérmenes en desarrollo. Está bien, pero, por favor; no se me quite el beneficio bien ganado de la ignorancia, así como el derecho de estancarme en el tiempo, atributo que sólo era patrimonio de algunos políticos y que ahora está al alcance de casi todos.
En esa tarea estaba (no la de política estanco, sino hirviendo leche) cuando alguien golpea la puerta de casa. Abro y aparece un señor de traje y corbata blandiendo un paquete de curitas. Antes que promocionara su mercancía alcancé a decirle ‘espere un momento, buen hombre, tengo el fuego encendido'. ‘La Diosa Vesta', dijo el hombre. Cerré la llave del gas y regresé donde aguardaba el vendedor. No con cierta amabilidad, sino careciendo parcialmente de ella, le pregunté con voz de bajo: ¿Me pareció o Ud. me proclamó Diosa? El hombre –sin bajar el brazo que enarbolaba curitas– contestó ‘No, señor. La Diosa Vesta, como es de conocimiento público, tenía a su orden las Vestales, jóvenes bellas y castas que Zeus, por entonces capo del Olimpo, había encomendado cuidar el fuego, pues era creencia que si éste se extinguía terminaba la vida. ¿Aclarado?' –‘Perdón por la intromisión –dijo un vendedor de ajos que se ubicó detrás del otro ambulante–; si mal no recuerdo, esas niñas cumplían esa tarea hasta los treinta años. Luego, al ser reemplazadas por jóvenes doncellas, quedaban en libertad'. El de las curitas respondió sin mirarlo:

‘Descartes también solía opinar sobre ese tema. Decía que entre la tierra y el cielo existía una estación llamada fuego'. ‘Claro –refutó el de las ristras– ¡cualquier alumno de EGB lo sabe! ¡El hombre se refería al infierno, según mi saber!'.Los agnósticos no pensaban así –retrucó el de las curitas–. Además, disculpe, pero está Ud. muy confundido; una cosa es la filosofía y otra su sabiduría de bachillero'. El señor de los ajos sintió el impacto y dijo: Cualquier chabón sabe que la filosofía es la contemplación reflexiva del Universo, así como mi sabiduría es el conocimiento de la verdad , la ciencia absoluta adquirida por la reflexión, señor pórfido'.
Desde su palidez, el vendedor de curitas levantó su voz como para ser oído por todo el vecindario, que a esta altura de la discusión alentaba a su preferido sobre tribunas compuestas de mesas, sillas, inodoros en condición de trueque y banquetas colocadas en la vereda: ¿Sabe qué cosa es usted? Un positivista, eso es, un discípulo de Augusto Comte'.
Peor es lo suyo –replicó el otro–; usted es ¡platónico! Lo supe desde que lo vi. Es como algunos gobernantes: buscan la República abstracta, la urbe donde no existan los artesanos y se expulse a los poetas. Esa era su filosofía del bien común: beneficio para unos pocos'.
¿Y qué me cuenta de Nietzche –dijo el otro mirando de soslayo a su barra brava–, cuando dice que hay un poder superior al poder, el deseo de poder?'.
Sus hinchas lo ovacionaron mientras arrojaban papelitos al aire. Luego aparecieron las pancartas.
Yo, cerré la puerta. Aún así oía gritos como ‘Sócrates, Platón, un solo corazón' o la tribuna contraria con cánticos como ‘se siente, se siente, los racionalistas están calientes'. Luego todos se fueron llevando consigo su pasión de multitudes.
Yo encendí la hornalla y me dediqué a hervir leche, cosa que me apasiona. Pelar papas requiere cierto grado de concentración que no ostenta partir un tomate al medio, lo reconozco, no soy necio. También sé que cortar cebollas es una tarea que linda con lo culinario–trágico, como si comer, en estos días, tuviera el costo de las lágrimas.
 

Besos que matan...

Karen Guerra

Ahí estábamos los dos. La cafetería por fin se había vaciado. Sólo quedábamos nosotros y nuestra charla. Entones vi mi oportunidad. Hacía tiempo que la estaba esperando y ahí estaba, no podía desperdiciarla. Hacía tiempo que había dejado de prestarle atención a sus palabras. Ya no miraba sus ojos, sólo me concentraba en su boca. Sí, en su boca, esa boca tentadora, que deseé desde que la vi por primera vez y nunca me animé. Me pasaba mis horas imaginando como sería tocar esos labios carnosos y tibios, que calentaba la sangre que corría por debajo de su piel. Imaginaba lo sabroso que sería ser la dueña de esa boca, que era mi obsesión. Vi mi oportunidad y decidí no desaprovecharla. Me acerqué lentamente. Como una leona acechando a su presa. Él notó el clímax y también se acercó. Conforme nos aproximamos, sentía su respiración entibiar mi aire. Exhalé mi último aliento y caímos bajo el hechizo. Por fin, nuestros labios hicieron contacto, por fin estaba logrando lo que tanto deseaba. Abrí bien grande mi boca y luego la cerré, repentinamente. Sentí su pulso aumentar a mil. Sus ojos se abrieron y sus pupilas se dilataron. La presión en sus ojos asustaba, creí que iban estallar. Me alejé, muy despacio. Sequé la sangre en mi boca. Sus ojos aún permanecían desorbitados cuando cayó desmayado al piso. En su rostro había quedado un hueco. Me aseguré de que nadie más pudiera besar esos labios, que finalmente me pertenecían...

Luis

Fernando Ayala

Bajo, pelado, ojos claros, mirada rara. Sus movimientos son comunes, habituales, pero observando más, se notan rígidos. Mueve los labios, como si murmura algo. Mira hacia atrás, apunta la vista. Nadie se ve en toda la cuadra. Sus labios se sacuden mas fuerte, pareciera que hablara. Llega a la esquina con sus movimiento mas angulosos. Espera el semáforo. El del auto aminora la marcha y lo mira extrañado. Qué hace ese en la esquina bailoteando, acelera. Cruza con grandes zancadas, a los saltos, pisando todas las rayas de la senda. En el supermercado lo de siempre, lata de sardinas, lata de arvejas, lata de porotos, lata de jardinera, lata de choclos, una gaseosa grande de oferta, pan y leche. La cajera y el supervisor fichan todo, atentos. Saca del pantalón sus bolsas, con un gesto rechaza las nuevas. Guarda, paga y se va. El custodio abre la puerta cerrándosela detrás. Elige la vereda de la sombra. La señora del quiosco siente un frío correr su espalda, esa mirada cruda, impersonal, como si contemplara a través de ella. Al doblar la esquina, detrás del árbol, come con voracidad el chocolate, asustado. Frente a la entrada del edificio, duda, mira hacia ambos lados. Espera. Ya nadie hay, no es fácil embocar la llave, aparece una joven, intenta acelerar sus movimientos, lo logra. Entran. Corre al ascensor, mira hacia sus espaldas desesperado, manotea el picaporte, abre la reja, cierra una puerta, luego la otra. La chica, como avisada, sonríe y se queda atrás. Ya seguro en su departamento, se relaja. Ahí está solo con los suyos. Acomoda lo comprado. Dobla las bolsas. Se sienta, y empieza a hablar con sus malditas voces.

Jorge Garri
<cybergarri@copetel.com.ar>
delapalabra - (MDP)

Plumas  
Desde que quedó viuda, desde que sus hijos se fueron a la ciudad, desde que el tren dejó de parar en la estación; ella, la casa, el pueblo, todo parecía morirse un poco cada día. Únicamente las gallinas ocupaban sus horas: las dos batarazas y la catalana.
Entró al gallinero, metió la mano en la bolsa y esparció el maíz. Se sorprendió al no oírlas. “Cocorocó, cocorocó”, empezó a llamarlas, “cocorocó”. No vinieron. Chasqueó la lengua cuando vio el tejido roto, las marcas de las uñas clavadas en la tierra, las huellas que iban hacia el monte.
Esa noche durmió mal y, por la mañana, temprano, mateando bajo la parra, imaginó a un ángel desalado, allá arriba, estrenando alas. Y los mates, entonces, le resultaron un poco menos amargos.

Pelos  
Terminó de afeitarse, se secó la cara y mientras enjuagaba la hoja bajo el chorro tibio, de reojo, se vio en el espejo. Los pelos empezaban a asomarle nuevamente. Volvió a afeitarse presionando un poco más. Esta vez ni tiempo de agarrar la toalla tuvo. Los pelos florecían y él podía verlos crecer. Se afeitó otra vez y otra vez y otra vez. La barba no le crecía, ¡le brotaba! Probó con la navaja, con fuerza, con rabia. Los pelos se le enredaban en las manos, le trepaban por los codos, por el cuello... Como pudo buscó la cuchilla.
Lo encontraron esa noche en el piso del baño. Cara no tenía. Sólo dientes y huesos astillados.

La espera  
La única explicación que encuentro es que se hartó. Se pudrió de esperarlo. Sé que la encontraron en el portal, en el sillón de mimbre, mirando hacia la loma. Estaba hinchada, supuraba. Le asomaban bichos por el hueco de los ojos, por debajo de las uñas. Una cola peluda, finita, le caía movediza por un costado de la boca entrecerrada. La piel violácea tenía. La carne expuesta, dicen. ¿Moscas?, ¡enjambres! Y un olor, ¡un olor!, dijeron.

Sobre EL LOBO ESTEPARIO

                             Luis N. Fabrizio - (Mar del Plata)

El viejo profesor  leyó párrafos de «El Lobo Estepario» de Herman Hesse. Agregaba sus consideraciones a los conceptos  que se desprendían de la lectura, cuando un joven estudiante lo interpeló
-Se me ocurre Señor Profesor que es usted muy absoluto, casi rayano en la ortodoxia. No todo es blanco, tampoco todo es negro, debe admitir que hay matices, que los grises existen, que todo es relativo.
-Lo relativo puede ser aceptado en las cosas materiales. Una puerta puede ser relativamente alta o baja, ancha o estrecha, de un gran espesor o de uno menor, pero cuando la puerta se cierra, el resultado es absoluto. Dejará de entrar por el espacio el aire o el frío, o el intruso que no queremos que ingrese.
-Habla usted de cosas materiales, pero cuando consideramos cuestiones de nuestro propio accionar, no siempre podemos hacer nuestra voluntad. Creo que es menester  ser más flexibles, adaptarse a los tiempos.
-¿Está usted pensando que soy un conservador?
-No me atrevería a calificarlo así, simplemente que no comparto algunas de sus apreciaciones. Entiendo que las circunstancias determinan nuestras conductas. Aquellas que hoy parecen incorrectas, frente a nuevas situaciones, forzadamente deben ser  aceptadas.
-Si aceptamos que la conducta es el comportamiento que nos impone nuestra conciencia, que razones pueden existir para modificar drásticamente una conducta.
-Puede ser que por razones apremiantes acepte algo que las cubra en parte, ¿cuánto puede violentar mi conciencia? No resultaría más grave dejarlas sin atender, que el tiempo hiciera crecer mis apremios, para finalmente terminar por corromper mi conducta en su integridad.
-Usted me dice que aceptaría desvirtuar normas, incumplir compromisos para satisfacer necesidades, mejoras personales, hasta placeres si la ocasión se presenta Entienda que no se puede ser medio honesto, medio bueno, aquí vale Hamlet: «ser o no ser”.

-Es que yo no lo hago, otro lo hará y es más que seguro, a ese otro lo miraran con admiración aun sabiendo que su proceder no fue limpio, llegaran a rendirle pleitesía
-Sí, puede que, como usted dice, haya admiración y pleitesía, pero téngalo por seguro que ese alguien, en algún momento no se salvará de ser señalado. Comprendo el apremio de las necesidades y las satisfacciones de los placeres, pero suelen terminar en manchas imborrables
-Pero la realidad es la que manda Señor Profesor
-La realidad no es producto del Espíritu Santo, con perdón de los católicos, la realidad es la suma de las circunstancias que los hombres elaboran. Puede que la naturaleza se encargue a veces de modificarlas, pero inevitable, para retornar las cosas a su origen, a su estado anterior, será necesario la voluntad, la decisión y el esfuerzo del hombre. Nada se nos regala y si parece que alguien que lo tiene lo ha recibido graciosamente, seguro, otro lo perdió con dolor.
-Cree entonces que la conciencia manda.
-Debiera mandar, pero sé que no hay un código universal para la conciencia, aunque las grandes virtudes son comunes a todas las religiones. Que en su nombre puede matarse por torpeza o por irracionalidad, y seguros que ambos, el torpe y el irracional afirmaran que obran por dictados de su conciencia.
-Pero entonces nada es absoluto. Usted lo acepta.
-Acepto que hay verdades desvirtuadas, pero espero que las haya en el menor número posible, ninguna mejor. Yo no podría ser a mi edad un revolucionario o un violento, creo que fue Anatole France quién lo dijo:»ay del joven que no piensa en la revolución, pero cuidado del viejo que hace alarde de revolucionario». No soy conservador, en esta permanente lucha  entre la conciencia y la realidad, solo pretendo cada día hacer algo para que la vida sea mejor. Aspiro que todos cumplan a conciencia su rol, y al cabo del camino, por encima de nuestras debilidades,- que las tenemos -, y los buenos propósitos que supimos lograr, quedemos ubicados lo más cerca posible de estos últimos.
La clase terminó, los alumnos se dispersaron, el viejo docente se dirigió a la sala de profesores, el joven tomó el camino de la puerta. Uno a desempolvar los sueños acumulados en aquel recinto, el otro cargado de sueños nuevos, perderse por las calles de la vida.

Breve historia de amantes imposibles

Nombre de los amantes: Néstor y Estela
Lugar de los hechos: la peluquería del pelado.
Hora: las 24 horas del día y la noche
Clima: lluvias permanentes.
Temperatura mínima: -45º
Temperatura máxima: 58º a 75º

Diálogo: -“No te creo nada”- le dice él.
-“Yo ya no pierdo mas mi tiempo con vos” -dice ella.
El mantiene viva la ilusión y le dice:
-“Estas vieja, fea y flaca, además no me gusta el rock, pero igual te amo”.
Ella responde:
-“Yo no te amo y afortunadamente la casa estaa mi nombre. Quiero la separación”.

Beatriz Pezzati
<mariabety2005@hotmail.com>
- delapalabra - (MDP)

El Árbol de los Deseos

Increíblemente límpido fue el atardecer en que tomé tu cintura y te alcé en un intento de acercarte un poco más a la copa de aquel árbol que pretendimos fuera mágico.
En abierta conexión creativa con la naturaleza, y unidos desde la tierra hasta la rama que nuestro alcance declaró más elevada, tus dedos enlazaron el cordel que mantenía la tarjeta con nuestros pedidos manuscritos.
La savia alimentaría los deseos, fortificándolos y haciéndolos crecer en plenitud, al igual que los incipientes frutos y hojas, entibiando sus caras con el preciado sol de aquella primavera.

Más tarde partimos embelesados y satisfechos, mientras la noche iba haciendo su aparición, sin advertir que escondida en su siniestra sombra llegaría una lluvia intensa, irremediable, extrema.
El cartón acabó por desgarrarse. Húmedo y frío cayó desde lo alto.
Los deseos dieron, al fin, por tierra.

Sergio R. Aznar - <alasvidasalvaje@hotmail.com>

Ahora los prismas

 
Se decía de Mimí que no tenía asa, que había que abarcarla con las dos manos como a un cuenco. Su versatilidad hacía que fuera imposible clasificarla como a cualquier otra mujer. Vos no te acordás porque eras chico. Yo también, pero estaba mejor informado. Yo siempre hablo con varios un tema y así armo un panorama más confiable sobre lo que quiero saber, aunque sea para llegar a una esquina: uno te puede mentir, cinco ya es más difícil. Vos te parecés bastante a ella, las cosas se te dieron de una manera que cada tanto manejás buenas cantidades de plata y el que no te conoce piensa que naciste en cuna de oro. Y cuando la ola rompe y ya no hay más cresta, solés dormir en los bancos óseos de las plazas como si ésa fuera la única forma de vivir para todos. Raúl dice que viniste mal barajado, que a esta altura deberías tener los meniscos hechos pelota de tanto hacerles «María se fue a París» a tus no llegados nietos. Que algo te pasa dice, que todos se casaron menos vos, que todos tienen la cuestión económica re suelta menos vos. Yo creo que te envidia en secreto, que a él también le gustaría tu libertad y esa intuición para no perderte en semejante espacio. Raúl no sabría qué hacer en la cresta de la ola ni en ese caos de visibilidad cero cuando rompe. Raúl no sabe qué hacer con su propia vida, y eso que no le pasa nada y vino bien barajado. Mimí tampoco se casó ni tuvo hijos. Sabía vender, tenía títulos de esto y aquello, pero no soportó pasar treinta años en un mismo trabajo por una jubilación. No era capaz de castigarse de esa manera (porque habría sido un castigo para ella). No sé si no era capaz o no quería; por ahí las dos cosas. Intelecto le sobraba, me refiero a otra clase de discapacidad. Igual sé que te afecta tener los meniscos sanos y los botones de las camisas cosidos con hilo negro aunque sean blancas. Pero si tuvieses botones con hilo blanco en camisas blancas, y apenas pudieses caminar de tanto upa y caballito, te afectaría lo mismo. Mimí no era superior ni estaba eximida de las emociones por las que pasamos todos. Pero sí, había una diferencia con respecto a los demás. Por lo menos, esos demás del círculo que integrábamos.

Lo que supiste de ella fue que un día desapareció, pero no porque quedó embarazada del gordo. Ella no se habría mandado a mudar por algo así. A Mimí no le interesaba rajar, ni mantener una imagen de mujer de una sola palabra. Me acuerdo que una vez fueron a felicitarla unos tipos al diario por la nota que escribió sobre ellos, creo que eran músicos de jazz. ¿Sabés lo que les dijo? Que se ahorraran las felicitaciones porque mañana podría pensar exactamente lo contrario, y lo escribiría sin ningún cuestionamiento ético. Mimí se fue a Mendoza con un dolor terrible, no le daba lo mismo dejar a sus amigos, pero lo hizo. Una porque le había salido un laburo interesante con el turismo. Otra, por esa cosa que tenía con las montañas. Así fue el asunto. No como te lo contaron. Y vos, también sin asa, aunque no te acuerdes de Mimí ni sepas la versión correcta de los hechos, mal barajado como dice Raúl, no perdés tu condición de naipe en absoluto. Vas y venís por una ciudad gigante a veces y de miniatura otras, pantalón emparchado y sucio algunos días, y pinzado, saco y corbata otros. Llorás como los demás, reís como los demás, te perdés y encontrás como todos, todos los demás. Vos decís que para qué querés balance a los sesenta y cuatro años, y yo te aplaudo. No sé cuándo deja de balancearse la vida. No sé tampoco si es mejor la cresta, el túnel o el rompimiento de la ola y que se vaya todo a la puta que la parió así empieza algo nuevo. ¿Mimí te quería mucho sabés? Nunca te lo dijo, pero cómo te quería esa mujer. Ya sé que es una picardía enterarse por terceros, pero ella aceptaba sus limitaciones y silencios por más que no supiera de dónde venían. Espero que intentes lo mismo con ella y con vos.
Por mi parte, todo sin grandes novedades. Esther se llevó los nenes a la plaza porque Laurita tenía que hablar algo con el marido. Así que aprovecho que estoy solo para ponerte al tanto de algunas cosas. Laurita me dijo que te diera el regalo de tu cumpleaños cuando te viera. Si estuviese más en contacto con vos habría comprado una versión en alemán, así para cuando llegaras estarías más canchero con el idioma. Pero no tiene por qué saber que la Selva Negra te puede, que la ola entera te puede. No tiene por qué abarcarte con las dos manos, no quedan muchos cuencos hoy en día.

Gustavo Ortiz – ( delapalabra – MDP)

El tiempo no alcanza


Varios trabajos, horas estiradas porque hay que terminar a tiempo, nervios extremos. ¿Por qué tenemos que padecer esto? Porque el sueño nos acorta la productividad. Ante esta premisa el aviso OTORGUE UTILIDAD A TODAS LAS HORAS, me llevó, con esperanza y curiosidad, a tomar un curso anti-sueño.
Cuando llegué al lugar en donde se desarrollaba me encontré en un enorme recinto triangular, sin ventanas; el público estaba sentado en sillas colocadas sin orden fijo. El disertante, de pie sobre un pequeño escenario ubicado en uno de los ángulos, nos prometía tener al destino atado por la cola, dominándolo con la voluntad de imponerle al cuerpo la eliminación del sueño.
-Bien dijo Nietzche, refiriéndose al aprovechamiento del día, que: Cuando hay mucho que poner en ellos, un día tiene un centenar de bolsillos. -Comenzaba bien, poner este pensamiento en práctica resolvería para mí un centenar de horas. Si la noche es la mitad de la vida, y la mitad mejor1 ¿por qué la voy a desaprovechar durmiendo? Claro que también pensaba en si había tomado una decisión acertada al hacer este curso; tan mal no me iba en la vida pero, me atraía la idea que después del mismo podría usar el tiempo extra para hacer otro trabajo o dilapidarlo simplemente. Disfrutar de casi ocho horas de ocio no es poca cosa.
-El sueño no es más que una muerte corta; la muerte un sueño más largo2 -continuó el disertante- entonces con qué necesidad van a aceptar esa muerte si podrán vivir la noche en provecho propio.
Luego de oír estas palabras nuestra meta se hizo clara, ya habría tiempo para dormir: toda la eternidad. Aquí y ahora deberíamos permanecer despiertos, lúcidos, provechosos. Seríamos seres perfectos dedicados al trabajo y al ocio más tiempo que cualquier mortal; el nuestro no estaría anulado por el sueño.
Me imaginaba andar por la vida como un ser supremo, alejado de los vulgares dormilones que gastan la vida en esa inutilidad.
El disertante, siempre de pie, nos hablaba con convicción y sin demostrar signos de cansancio mientras nosotros, ya en las primeras horas oscilábamos en los asientos como péndulos. El hombre continuaba su salmodia con voz grave; como un médium nos encantaba con las palabras que abrían un porvenir venturoso. Después de culminar los cinco días de curso venceríamos las tentaciones del sueño y nos regodearíamos en nuestra propia obra.
Cuando terminó la primera parte de la alocución para iniciar un corto recreo, nos miramos algo intimidados, nos reconocimos en los gestos cuando se nos cayó la mandíbula por admiración, apretamos la boca de miedo, enmudecimos de indecisión, nos desanimamos, recobramos el ánimo, actuamos con viveza, como autómatas, aplaudimos, despertamos a los que cabeceaban un incipiente sueño que luego lo disimularon con movimientos de aprobación. No habíamos terminado de acomodar nuestros pensamientos cuando la voz nos interrumpió:
-El día que todas las personas comprendan que el sueño es una inutilidad tendremos una sociedad mejor. Sabremos que somos los elegidos para ser amos del mundo. ¿Qué es el sueño sino la imagen fría de la muerte?3

El sueño es el hermano gemelo de la muerte4...
Había alzado la voz. Su figura parecía elevarse ante las aseveraciones, de ella emanaba un aura de grandeza.
¿Hacia dónde nos llevaría con la prédica? ¿Seríamos capaces de afrontar el desafío? ¿No nos estaríamos exigiendo algo irrealizable?
Si bien es cierto que grandes hombres del ayer aseguraban que el sueño es un escollo para el desenvolvimiento productivo y ocioso, no teníamos noticias de que esa idea hubiera fructificado en el pasado. Aparte de las citas referidas no conocíamos ejemplos de personas que habían pasado su vida en total vigilia. ¿Podría realmente cambiar la humanidad sin depender del sueño? ¿Sería la vigilia la apertura al progreso del mundo?
El primer día, aunque deambulamos para desentumecer el cuerpo y comer, aguantamos estoicamente el peso de los párpados, el agotamiento de la columna vertebral, la mente obnubilada; íbamos a ser superhombres y mujeres, los primeros seres capaces de dominar al sueño. Los días siguientes comenzamos a sentirnos como zombies. Si bien el disertante nos advirtió que ese estado significaba que estábamos evolucionando comenzamos a manifestar también algunas alteraciones: llanto, risas, irritabilidad. Cada mínima acción podía ser mal interpretada y producía en el otro como un rayo eléctrico anunciante de tempestad. Parecía que nuestra piel se había transformado en nitroglicerina y al más leve contacto estallaría.
En las pausas el hombre permanecía de pie, como atornillado al piso, impávido, sin gesticular ni moverse, la mirada perdida al frente, observando más allá de la simple mortalidad. Nosotros deambulábamos como atrapados en un laberinto, en un dédalo desconocido en donde la salida, con un masoquismo no atendible, nos la habíamos prohibido. Ese hombre que planeaba los ojos por sobre nuestras cabezas sería acaso nuestro minotauro?
Personalmente me fugaba por los laberintos de la memoria, entre las sillas y personas que me rodeaban, en mi propia materia física para escaparle al sueño en donde habitaba el diablo del octavo círculo de los condenados, el mismo que ideó Dante Alighieri y al que yo, por momentos, creía ver burlándose de mi flojera.
Regresábamos a la realidad cuando el disertante salía de su estatismo y nos traía con su voz diciendo:
Arriba haraganes!, no desperdiciéis la vida, ya dormirán bastante en la sepultura5. Pronto sentirán cómo los poderes de la vigilia los favorecerán.
Yo sentía un enorme deseo de vomitar el alma misma.
-El poder de la vigilia los resarcirá del sacrificio de hoy ¿No sienten ya una energía que pugna por salir?
Algo muy distinto era lo que pugnaba por salir de mí.
El quinto día conformábamos el magma de un volcán en ebullición. Estábamos finalizando el curso y sólo escuchábamos la mitad de las palabras del disertante, la otra se perdía vaya a saber por dónde. Nos mirábamos como alucinados, los ojos fijos, por momentos muertos, o violentos a punto de ataque; Sólo nos frenaba la posibilidad de ser diferentes, superiores, que renaceríamos como los nuevos reyes de la Creación, Adanes y Evas que serían el ejemplo para la evolución de la humanidad.
-Hoy realizaremos un ejercicio para alcanzar el supremo poder -dijo-. Después de él se transformarán en seres nuevos. Póngase de pie, eleven las manos y repitan conmigo: Nosotros somos los nuevos seres, los elegidos de… los elegidos de… los elegidos de… los…
Cuando nos dimos cuenta salimos de allí sintiéndonos los más estúpidos de los mortales pero, ya no era importante, nos alentaba una cama mullida en donde volveríamos a recobrar la felicidad y la cordura.
¡Oh, bálsamo precioso del sueño, alivio de los males, cómo te agradezco que acudas a mí en los momentos de necesidad!6

Vilma Brugueras
-<vilmabrugueras1@yahoo.com.ar> - (Miramar)

1Goethe.
2Fletcher.
3Ovidio.
4Homero.
5Benjamín Franklin.
6Eurípides.

Una falcada de centauros, sátiros y ninfas

Federico Bruno Gabarró - (San Miguel de Tucumán)
relatos breves de su libro “Un requilorio Fabular Más”

Las Ninfas


En el bosque bailan las ninfas, y Fausta La puttana, una de las irrisorias y portentosas mujerzuelas, no es como su robusta progenie: su indómito torso desnudo se sume entre hebras que aguaitan cada ultrajado raudal de hopos en su cutis, por eso es que nunca se arruga ni pierde osadía en el éxtasis erótico. Ninfa es sinónimo de afrodisíaco, ademán soporífero de un rito popular que se festeja en las verbenas carnales o libertinas. Singularmente todas estas galas se hacen alrededor de una fogata, danzando en gesta o cántico hacia los uparticios dioses de la mitología griega: Zeus, el supremo del Olimpo; Apolo, el ufano primo de Deméter, apólogo del ridi y los circos; Afrodita, la venus de la dilección y la beldad que tiende a encomiar a las fitigias brujas (tal como se dice que lo hizo con Fausta) y vilipendiar a las remolonas y justas ninfas; Poseidón, un casi Jehová que reina los mares, etcétera, son protagónicos deudos o mecenas espiri-tuales de sus almas. La diosa Afrodita es la eximia divinidad de la algazara o, mejor dicho, del tributo. Sus adagios de lucro para las molicies ninfas, las titereras mujeres que venden su cuerpo por dinero y las brujitas refractarias, próceres de la herejía y la macumba; así como la punición a las más impolutas, fríamente estranguladas en el cadalso, son dignos ejemplos del poder omnisapiente que Afrodita tiene ante sus manos.
 
 

Los Sátiros

 
Se presume de una bocamanga de Sátiros muy disolutos, exageradamente sinvergüenzas y mujeriegos, diría yo. Pero más que dedicarme a subrayar lo generalizado, vale la pena enfilar la escritura a un sátiro en especial: Serfrigio, nombre de un popular compañero de Dioniso, matutino cornudo mitad párvulo mitad pierna de macho cabrío que, embebido en vino como tal drope, atraca a la resaca sin siquiera llegar antes a la borrachera. Serfrigio no es mayúsculo ni somero y mucho menos un imberbe, la oda de locura, musitada en antístrofas y epodos, sucede por ese desencanto de beber vino, danzar y tocar la siringa, las gaitas u otros flautines todo el tiempo (¡pero por Dioniso, qué vida la suya; de qué quejarme si la única renuncia es la de mi juicio y mi cordura!).  

Otro gusto distinguido es Piazzolla, no falta sátiro que en plenario crepúsculo agarre los vinilos, encienda el tocadiscos y rayonée cacofónicamente las pistas con la púa: oda para un hippie , obra que, como ellos mismos dicen, los delata; fuga y misterio , composición cuyo ágil hechizo colma los odeones; tangology , conocido cabaret bailable donde juegan a perseguir ninfas y al que le deben su patronímico de tangología; pulsación , café 1930 y burdel 1900, entre mucho más tango, alientan sus festivales en aclamación a los excelsos telúricos.

Los Centauros

 
Regodean los monstruillos en cada café, candileja o tramoya indocta que encuentren; virtuosos no son, pues por lo visto escarban en las más inadvertidas y desvirtuadas tertulias. Pedestremente su cabeza es humana, asimismo sus brazos, los hombros y todo lo que está antes de las piernas; lo que sigue, según dramaturgos eremitas, constituye la morfología común de un jamelgo. Por desgracia, la parva faena de los mediocres posmodernos (tupida en imaginación por tanto locuelo medio masivo y demás blablaes, etcétera) los ha parodiado al punto de transmutar sus controvertidos portes hípicos en un atrabiliario dromedario. Pero los carajos nunca faltan; ¿estás vos, lector sesgo, viendo al estoico y conocido centauro Gachasmigas como el inocuo del entremés? Si así fue, muy equivocado estabas al pensarlo. Los batracios de esta horma eran feroces, descompaginaban sus pezuñas en los frisos y metopas de los bares de San Telmo; moraleja clásica la historia del frenético y ya nombrado Gachasmigas, echado a patadas del Café Currundungo por su dipsomanía hacia la grapa, el vodka y otros vinos añejos bien fermentados.
Pintores, escribas, tragicómicos, ilustran a estos rucios, deplorables púgiles tan pero tan presumidos, como compatriotas revolucionarios de Dioniso, el dios del vino que, venerado también por los Sátiros, no cumplía orden todopoderoso alguno más que el panegírico réspice hacia la bebida. Distraídamente, la joda lujuriosa de un día para el otro se acabó: un centauro prófugo, mejor dicho desertor, plasmó santurrones apostolados en la sociedad lúbrica que hasta ese momento tanto proliferaba y, paulatinamente, gracias al lábaro aprendizaje del credo, el libertinaje se eclipsó entre los centauros.

Desde la infamia

Oprimo con fuerza sobre los bordes arrugados del plástico, la bolsa se infla por un momento y luego se pliega contra el agujero dentoso en busca de aire. El cuerpo desnudo desespera dentro de las ataduras y deja caer un fino hilo de orina que salpica mis zapatos. Es obvio que me molesta ese líquido sanguinolento y la patada le entra en medio de las piernas. No se mueve. Quizás desmayado por el golpe. Me erotiza esa inmovilidad y no me sorprende mi erección, no es la primera vez, pero aún falta un buen rato para terminar. Aflojo mis manos de la bolsa de plástico y observo con placer la cara sudada que tose con ojos desorbitados, el pendejo está bien amarrado al poste y me he cuidado de no dejar marcas ni hacerlo sangrar, pero no puedo evitar su vómito que chorrea por su pecho, ni los hilos húmedos que los mocos dibujan en sus labios, ni sus ojos que buscan una salida aunque sea en su propia muerte. Respira con dificultad, pero respira y ese aliento forzado me calienta. Acaricio sus nalgas y le doy unas palmadas suaves al principio hasta que no puedo evitar mi contenido y lo chirleo fuerte hasta que reviento de placer. No debe tener mas de quince años. Lleno el fuentón con agua mientras lo vuelvo a interrogar, ruego que no conteste y no lo hace.

Apenas si respira cuando lo mojo de arriba abajo. Lleno de nuevo el recipiente y meto sus pies en él. Lo interrogo mientras manoseo sus tetillas pero el pendejo ya no responde. Hace horas que gozo de su silencio. Levanto el volumen de la radio, enchufo el cable al tomacorriente y hago una pequeña prueba mientras apoyo los hilos de cobre sobre uno de sus párpados entreabiertos. Casi no se queja. Extasiado dejo caer el cable al agua que chisporrotea por un momento, luego humo se desprende de algunas partes de su cuerpo que se retuerce en extraños espasmos. El olor a mierda inunda el lugar. Excitado cierro los ojos y eyaculo. El interrogatorio ha terminado.
 
“El verdadero objetivo de la tortura es aterrorizar, y no sólo a la gente que está en las celdas de diferentes lugares del mundo, sino también, y sobre todo, a la comunidad que oye hablar de tales abusos. La tortura es una máquina pensada para quebrar la voluntad de resistir, tanto la voluntad del detenido como la voluntad colectiva.” Noemí Klein – Periodista canadiense – Revista Ñ – 28 de mayo de 2005

Alejandro Gómez - ( delapalabra - MDP)