La mirada femenina en la literatura argentina (1980-2005)
Por Francisco Romero (Chaco)
El lugar de percepción, escucha, lectura y escritura cambia decisivamente la interpretación y el sentido de lo observado, oído, leído y escrito. Vamos a internarnos en lo indecible histórico, en lo indecible cultural, en lo indecible propio u ontológico de la condición humana en un tiempo y espacio precisos, pero lo haremos a través de una mirada diferente, desde las marcas de esa otredad que aparece con fuerza en la literatura argentina precisamente cuando orillaba el fin de la dictadura militar y empezaba a balbucearse la reapertura democrática. Esa otredad es la fuente nutricia de la mirada femenina.
Vamos a dejarnos conducir en este viaje estético e histórico no por un Virgilio sino por los versos de una Ariadna poeta, Ana María Donato1 :
Creación
«El juego quizás sea ponerse
en el centro
de uno mismo y mirarse como
quien mira un espejo
sin marco
también se puede optar por el contrario
(un marco sin espejo)
lo importante
quizás esté en el gesto
en el movimiento de esa masa de energía
que te permite encontrar
todavía
el otro lado de la página en blanco
entonces, también quizás,
esa pesadilla,
la del abandono de la palabra
no exista.»
Ana María Donato, Holocaustos y Salvatajes .
Sonidos y dibujos
«Nace la tarde
(tu tarde)
en el desollado
cuerpo
que camina a paso lento
Dibujando otro horizonte aparece
un colibrí y bebe
en la cascada barroca patinada
de olvidos
esa misma pátina que puedes ser vos
sin colibrí
ni agua
Entonces eliges
deslizarte
por el interior de ese
zumbido
disparada por la intensidad
del leve plumaje
y eres vos y el pájaro
el leve pájaro
picoteando
cuello
labios
nuca
vientre
(el mapa de la antropofagia erótica
circunvalando
la imago mundi de tu inequívoca
historia personal)
zumbando mantras
para conjurar el olvido
como mordisco nocturno
mientras la tarde cae
sobre el mítico
río
de tus angustias
latinoamericanas.»
Ana María Donato, Holocaustos y Salvatajes .
El origen de esta charla hay que buscarlo en el poder subyugador de un milenario río de relatos orientales, que primero fue rodando de boca en boca y de oreja en oreja hasta alcanzar el primer papiro, los ojos y la lectura. O mejor dicho, parte de la culpa de que yo esté hoy acá para hablar con ustedes sobre mujer, violencia, erotismo y escritura (y de la mirada femenina en la literatura argentina actual), hay que adjudicarla a mi pasión por Las mil y una noche y en especial por su narradora, Scheherezade. El resto de las responsabilidades las comparto con Juan Gelman y Luisa Valenzuela.
En fin, la secuencia de lecturas que me fueron conduciendo a mi interés por la literatura argentina escrita por mujeres en las últimas dos décadas, no se explica a través del principio clásico, es decir, no puede entenderse y por ende relatarse a partir de un orden cronológico.
El iniciador de esta historia es el poeta Juan Gelman. Recuerdo que en una contratapa2 de Página 12 respondió con una sola palabra, con un nombre de mujer, Scheherezade, a la tan consabida pregunta de qué es la literatura. La literatura según Gelman es Scheherezade . Estoy completamente de acuerdo. Porque Scheherezade elige poner en riesgo su vida, exponerse a la muerte tan segura hasta ese momento, porque casarse con el sultán –insaciable en su sed de venganza contra la mujer que lo engañó, perpetrada noche a noche contra todas las mujeres de su reino- equivalía a amanecer cadáver. Pero tiene el coraje de poner el cuerpo porque conoce el arte del relato y el poder de las palabras. Porque sabe narrar para no morir y para que no mueran otras, porque sabe mantener en raya al señor de la muerte. Símbolo de la vieja voluntad de no morir que en el libro se desdobla en pliegues sucesivos, nos dice Gelman. “La prolongación de la vida noche a noche gracias a la capacidad de narración de la presuntamente efímera sultana, siempre en el umbral de la decapitación, habla de la eternidad de la palabra y de su infinito paralelo al del tiempo”.
Y no puedo dejar de evocar entonces un verso memorable de “Arte poética” de Gelman: “ Nunca fui dueño de mis cenizas, mis versos, / rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte”.
La narración como voz y perspectiva femenina, como tratamiento del lenguaje y punto de vista. El poder de las palabras frente al señor de la muerte, poner el cuerpo porque hay un discurso que lo funda y sostiene. Eso en fin, quería decir Gelman, lacónica y poéticamente, que es la literatura.
¿Cómo continúa la secuencia?
La secuencia ahora me acerca lecturas sobre una poética tanto narrativa como lírica con fuerte presencia en los ´60 y primeros años de los '70, la poética de la narración de los cuerpos, fundada en un erotismo configurado a partir de la mirada masculina. George Bataille, figura intelectual clave para entender el concepto de erotismo entonces vigente, hegemónico, sostiene que el principio radical de lo erótico está dado por la puesta en escena de la violencia básica y constitutiva del coito, ejercida por el varón. Y el cuerpo femenino es el lugar donde esa violencia se lleva a cabo. Por esa época relatar las experiencias de los cuerpos en pugna equivalía a intentar mostrar cómo a través de lo sexual, en forma privilegiada, se revelaba también o sobre todo, el ejercicio violento del poder. Quince años después, asomados ante el abismo de las experiencias que el terrorismo de estado había grabado en los cuerpos, desaparecidos o sobrevivientes, a la pregunta de cómo narrar lo indecible quedará por lo menos en claro que ya no se podía hacerlo como casi dos décadas atrás. Surge entonces otra narración o relato de los cuerpos y otro concepto de erotismo, más conocido como neoerotismo, concebido ahora como poética y manifestación del deseo como impulso vital básico, como ruta de exploración y autoconocimiento, donde lo sexual y sus ritos y símbolos son fundamentales pero no excluyentes, es decir, no alcanzan por sí solos para comprender la verdadera dimensión del deseo. En todo caso, ya veremos, se trata de otro modo de impugnar al poder de los señores funestos de la muerte.
Pero vayamos por partes. Antes de todo esa revelación, mi secuencia de lecturas presenta la confrontación entre dos relatos límites, uno histórico, que en realidad era una burda ficción, y el otro ficcional, que en verdad es un conmovedor testimonio literario y político de cómo hablar de lo indecible respetando la inteligencia del lector. Por un lado, entonces el relato metáfora por excelencia de la dictadura militar, el de la patria enferma, cancerígena, en el quirófano; por otro, el de un magnífico cuento de Luisa Valenzuela, La Llave , considerado como la narración clave, fundadora, en nuestro país, de la poética de la mirada femenina.
La patria como cuerpo de mujer joven en el quirófano. No habla, no tiene voz propia, es culpable por acción u omisión, por dejarse penetrar y corromper.
La llave de Luisa Valenzuela
Una muere mil muertes. Yo, sin ir más lejos, muero casi cotidianamente, pero reconozco que si todavía estoy acá para contar el cuento (o para que el cuento sea contado) se lo debo a aquello por lo cual tantas veces he sido y todavía soy condenada. Confieso que me salvé gracias a esa virtud, como aprendí a llamarla aunque todos la llamaban feo vicio, y gracias a cierta capacidad deductiva que me permite ver a través de las trampas y hasta transmitir lo visto, lo comprendido.
Ay, todo era tan difícil en aquel entonces. Dicen que sólo Dios pudo salvarme, mejor dicho mis hermanos –mandados por Dios seguramente–, que me liberaron del ogro.
Me lo dijeron desde un principio. Ni un mérito propio supieron reconocerme, más bien todo lo contrario.
Los tiempos han cambiado y si he logrado llegar hasta las postrimerías del siglo XX algo bueno habré hecho, me digo y me repito, aunque cada dos por tres traten de desprestigiarme nuevamente.
Tan buena no serás si ahora te estás presentando n la Argentina, ese arrabal del mundo, me dicen los resentidos (argentinos, ellos).
Aun así, aun aquí, la vida me la gano honradamente aprovechando mis condiciones innatas. Me lo debo repetir a menudo, porque suelen desvalorizarme tanto que acabo perdiéndome confianza, yo, que tan bien supe sacar fuerzas de la flaqueza.
De ésto sobre todo hablo en mis seminarios: cómo desatender las voces que vienen desde fuera y la condenan a una. Hay que ser fuerte para lograrlo, pero si lo logré yo que era una muchachita inocente, una niña de su casa, mimada, agraciada, cuidada, cepillada, siempre vestida con largas faldas de puntilla clara, lo pueden lograr muchas. Y más en estos tiempos que producen seres tan aguerridos.
Dicto mis seminarios con importante afluencia de público, casi todo femenino, como siempre casi todo femenino. Pero al menos ahora se podría decir que arrastro multitudes. Me siento necesaria. Y eso que, como dije al principio, una muere mil veces y yo he muerto mil veces mil; con cada nueva versión de mi historia muero un poco más o muero de manera diferente.
Pero hay que reconocer que empecé con suerte, a pesar de aquello que llegó a ser llamado mi defecto por culpa de un tal Perrault –que en paz descanse– el primero en narrarme.
Ahora me narro sola.
Pero en aquel entonces yo era apenas una dulce muchachita, dulcísima, ni tiempo tuve de dejar atrás el codo de la infancia cuando ya me tenían casada con el hombre grandote y poderoso. Dicen que yo lo elegí a mi señor y él era tan rudo, con su barba de color tan extraño... Quizás hasta logró enternecerme: nadie parecía quererlo.
Cierto es que él no hacía esfuerzos para que lo quisieran. Quizá por eso mismo me enterneció un poco.
No trato este delicado tema en mis seminarios. Al amor no lo entiendo demasiado por haberlo rozado apenas con la yema de un dedo. En cambio de lo otro entiendo mucho. Se puede decir que soy una verdadera experta, y quizá por eso mismo el amor se me escapa y los hombres me huyen, a lo largo de siglos me huyen los hombres porque he hecho de pecado virtud y eso no lo perdonan.
Son ellos quienes nos señalan el pecado. Es cosa de mujeres, dicen (pero tampoco quiero meterme por estos vericuetos, hay sobre el tema tanta especialista, hoy día).
Digamos que sólo intento darles vuelta la taba, como se dice por estas latitudes; o más bien invertir el punto de vista.
Desde siempre, repito, se me ha acusado de un defecto que si bien pareció llevarme en un principio al borde de la muerte acabó salvándome, a la larga. Un “defecto” que aprendí –con gran esfuerzo y bastante dolor y sacrificio– a defender a costa de mi vida.
De esto sí hablo en mis grupos de reflexión y seminarios, y también en los talleres de fin de semana.
Prefiero los talleres. Los conduzco con sencillez y método. A saber:
El viernes a última hora, durante el primer encuentro, narro simplemente mi historia. Describo las diversas versiones que se han ido gestando a lo largo de siglos y aclaro por supuesto que la primera es la cierta: me casé muy muy joven, me tendieron lo que algunos podrían considerar la trampa, caí en la trampa si se la ve de ese punto de vista, me salvé, sí, quizá para salvarlas un poquito a todas.
Hacia el fin de la noche, según la inspiración, lo agrando más y más al ogro de mi ex marido y le pinto la barba de tonos aterradores. No creo exagerar, de todos modos. Ni siquiera cuando describo su vastísima fortuna.
No fue su fortuna la que me ayudó a llegar hasta acá, me ayudó este mismo talento que tantos me critican. La fortuna de mi marido, que naturalmente heredé, la repartí entre mis familiares más cercanos y entre los pobres. Al castillo lo dejé para museo aunque sabía que nadie lo iba a cuidar y que finalmente se derrumbaría, como en realidad ocurrió. No me importa, yo no quise ensuciarme más las manos. Preferí pasar hambre. Me llevó siglos perfeccionar el entendimiento gracias al cual realizo este trabajo con concientización, como se dice ahora.
El viernes por lo tanto sólo empleo material introductorio, pero las dejo a todas motivadas para los trabajos que las esperan durante el fin de semana.
El sábado por la mañana, después de unos ejercicios de respiración y relajamiento que fui incorporando a mi técnica cuando dictaba cursos en California, paso a leerles la moraleja que hacia fines de 1600 el tal Perrault escribió de mi historia:
“A pesar de todos sus encantos, la curiosidad causa a menudo mucho dolor. Miles de ejemplos se ven todos los días. Que no se enfade el sexo bello, pero es un efímero placer. En cuanto se lo goza ya deja de ser tal y siempre cuesta demasiado caro.”
¡La sagrada curiosidad, un efímero placer!, repito indignada, y mi indignación permanece intacta a lo largo de siglos. Un efímero placer, esa curiosidad que me salvó para siempre al impulsarme en aquel entonces –cuando mi señor se fue de viaje dejándome el enorme manojo de llaves y la rotunda interdicción de usar la más pequeña– a develar el misterio del cuarto cerrado.
¿Y nadie se pregunta qué habría sido de mí, en un castillo donde había una pieza llena de mujeres degolladas y colgadas de ganchos en las paredes, conviviendo con el hombre que había sido el esposo de dichas mujeres y las había matado seguramente de propia mano?
Algunas mujeres de los seminarios todavía no entienden. Que cuántas piezas tenía en total el castillo, preguntan, y yo les contesto como si no supiera hacia dónde apuntan y ellas me dicen qué puede hacernos una pieza cerrada ante tantas y tantas abiertas y llenas de tesoros y yo las dejo no más hablar porque sé que la respuesta se las darán ellas mismas antes de concluir el seminario.
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Las hay que insisten. Ellas en principio hubieran optado por una vida sin curiosidad, callada, a cambio de tantas comodidades.
¿Comodidades?, pregunto yo, retóricamente, ¿comodidades, frente a la puerta cerrada de una pieza que tiene el piso cubierto de sangre, una pieza llena de mujeres muertas, desangradas, colgadas de ganchos y seguramente un gancho allí, limpito, esperándome a mí?
Todas ellas fueron víctimas de su propia curiosidad, me dicen los manuales y muchas veces también me lo señala la gente que participa en los talleres.
¿Y la primera?, les pregunto tratando de conservar la calma. ¿Curiosidad de qué tendría la primera, y qué habrá visto?
Es mis épocas de joven castellana prisionera –sin saberlo– del ogro, la suerte, mejor llamada mi curiosidad, me ayudó a romper el círculo. De otra forma tengan por seguro que habría ido a integrar el círculo. La sola existencia de ese cuarto secreto hacía invivible la vida en el castillo.
Se genera mucha discusión a esta altura. Porque yo presento las opciones, y entre todas escarbamos en las opciones, y curioseamos, y nos entregamos a actividades bellamente femeninas: desgarramos velos y destapamos ollas y hacemos trizas al mal llamado manto del olvido, el muy piadoso según dice la gente.
Antes de terminar el trabajo del sábado retomo el tema de la llave, y así como mi ex esposo me entregó cierto remoto día un gran manojo de grandes llaves, yo les entrego a las participantes un gran manojo de grandes llaves imaginarias y dejo que se las lleven a sus casas y duerman con las llaves y sueñen con las llaves, y que entre las grandes llaves permitidas encuentren la llavecita prohibida, la de oro, y descubran qué habitación prohibida cierra esa llavecita, y descubran sobre todo si con la llave en la mano le dan la espalda a la habitación prohibida o la encaran de frente.
El domingo transcurre generalmente en un clima cargado de espera. Las mujeres del grupo me cuentan sus historias, el momento de la llavecita prohibida se demora, aparecen primero las puertas abiertas con las llaves permitidas, las ajenas. Hasta que alguna por fin se anima y así una por una empiezan a mostrar su llavecita de oro: está siempre manchada de sangre.
Hasta yo a veces me asusto. A menudo afloran muertos inesperados en estas exploraciones, pero lo que nunca falta es el miedo. Como me sucedió a mí hace tantísimo tiempo, como les sucede a todas las que se animan a usarla, la llavecita se les cae al suelo y queda manchada, estigmatizada para siempre. Esa mancha de sangre. En mi momento yo, para salvarme, para que el ogro de mi señor marido no supiera de mi desobediencia, traté de lavarla con lejía, con agua hirviendo, con vinagre, con los alcoholes más pesados de la bodega del castillo. Traté de pulirla con arenisca, y nada. Esa mancha es sangre para siempre. Yo traté de limpiar la llavecita de oro que con tantos reparos me había sido encomendada, todas las mujeres que he encontrado hasta ahora en mis talleres han hecho también lo imposible por lavarla, tratando de ocultar su trasgresión. ¡No usar esta llave! Es la orden terminante que yo retransmito el sábado no sin antes haber azuzado a las mujeres. No usar esta llave... aunque ellas saben que sí, que conviene usarla. Pero nunca están dispuestas a pagar el precio. Y tratan a su vez de limpiar su llavecita de oro, o de perderla, niegan el haberla usado o tratan de ocultármela por miedo a las represalias.
Todas siempre igual en todas partes. Menos esta mujer, hoy, en Buenos Aires, ésta tan serena con la cabeza envuelta en un pañuelo blanco. Levanta en alto el brazo como un mástil y en su mano la sangre de su llave luce más reluciente que la propia llave. La mujer la muestra con un orgullo no exento de tristeza, y no puedo contener el aplauso y una lágrima.
Acá hay muchas como yo, algunos todavía nos llaman locas aunque está demostrado que los locos son ellos, dice la mujer del pañuelo blanco en la cabeza.
Yo la aplaudo y río, aliviada por fin: la lección parece haber cundido. Mi señor Barbazul debe estar retorciéndose en su tumba.-
¿Qué clase de puertas abre en nosotros esa llave de Luisa Valenzuela? Apela a la intertextualidad para testimoniar la doble opresión y nos muestra elípticamente una teoría tácita de la lectura como llave comprometida hacia lo indecible personal o histórico. Ejercicio de la propia conciencia voz representada en forma alusiva elusiva en las figuras históricas y literarias de las mujeres transgresoras que restituyen humanidad y con su rebeldía desafían lo absurdo-cruel de leyes autoritarias: Antígona y las madres y abuelas plazas de mayo, Scheherezade y la palabra literaria como disparos en la oscuridad contra la muerte.
Llegamos en este punto a dos hipótesis de lectura de esta nueva narrativa:
- Por un lado, la ensayista argentina Carmen Perilli buscará las claves de interpretación en las Relaciones entre experiencia, espacio, memoria y lenguaje ( o escritura), atravesadas, por la tensión entre las imágenes de la letra ( cuerpo de la ficción ) y el cuerpo (zona o territorio de escritura o marcación de la historia). Se trata de un nuevo modo de revincular la vieja tensión fundacional de nuestras letras: ficción e historia, literatura y política.
- ¿Cómo se narran los cuerpos o las experiencias de los cuerpos en los textos de las escritoras argentinas de 1980-2002? Por otro lado, se dirá que el nuevo relato de los cuerpos o sobre los cuerpos, lo indecible de la dictadura militar y los sobrevivientes marcados a fuego por la cultura del terror, encontrará en el neoerotismo y su poética del deseo un nuevo lenguaje para reconstruir los cuerpos prisioneros de tanta violencia y culturicidio.
- Otra Hipótesis de lectura: “Escribir con el cuerpo”, nos dirá Luisa Valenzuela. Neoerotismo. Poética de la narración de los cuerpos, poética de las marcas que tanto eros como el tánatos de la dictadura y el desencanto, hastío y fugacidad posmodernos grabaron en los cuerpos individuales y colectivos. Reinventar el lenguaje mientras se rememoran las fiestas del cuerpo y el verbo que fuimos, tartamudear el renacer de las palabras rotas en tanto las manos y la imaginación tantean en el silencio y la luz recobrada o semipenumbra de tregua, tejido por tejido, músculo por músculo, hueso por hueso, órgano por órgano, el cuerpo del deseo acallado amordazado desaparecido por tanto tánatos.
Ahora la secuencia de lecturas va encontrando su brújula estética, ética y existencial para no naufragar ni extraviarse en este territorio de odiseas sin orillas a la vista, todavía, o tapada por tanta bruma, que damos en llamar Argentina. Como decía, el primer instrumento para construir la brújula me lo dio la lectura de Luisa Valenzuela. Ella me condujo a tres descubrimientos:
◊ Primero, a las nociones de mirada femenina y género; a las teorías de feminismo de la diferencia, a Derrida y a los conceptos de diferencia, otredad y deconstrucción.
◊ Luego a la comprensión de su perspectiva teórica: el feminismo de la diferencia (cuyos nombres más relevantes son Luce Irigaray, Lucía Guerra, Sigrid Weigel, Francine Masiello, Cangiano y Dubois y Luisa Muraro, entre las más destacadas).
- Mirada Femenina: “ La “mirada femenina” no es una esencia preexistente y no depende del sexo biológico de quien escribe o lee, es más bien algo a construir, un punto de llegada, un producto histórico, un hito político de características inimaginables hasta que no surge, algo que crece en una práctica social no necesariamente consciente de sí misma, algo –en suma- a lo que pueden acceder mujeres o varones. Entendemos por “mirada femenina” ese punto de vista en el cual la lucha de géneros no se niega o minimiza, sino que queda evidenciada, esa perspectiva que aprovecha el lugar lateral desde donde observa para ver algo que desde un lugar céntrico no se ve. Por lo tanto, la mirada femenina es casi siempre vacilante y contradictoria, es más bien un momento, un atisbo, un ojo bizco que observa, en una sociedad donde las mujeres “ya no” son tan masivamente las que tratan de obedecer a los modelos masculinos que la cultura les obligó a internalizar, pero “todavía no” son mujeres libres de ellos.” 3(Elsa Drucaroff, Pasos nuevos en espacios diferentes).
- Concepto de género: “un saber sobre la diferencia sexual que no está biológicamente prefijado sino que se va conformando cultural e históricamente y ordena las relaciones sociales. En la articulación del género convergen los símbolos culturales de lo femenino y de lo masculino, las normativas y las doctrinas que interpretan estos símbolos y pautan las conductas, las instituciones sociales, económicas y políticas, y la identidad subjetiva (Cangiano y Dubois, De mujer a género. Teoría, interpretación y práctica feminista en las ciencias sociales , Centro Editor de América Latina, B. As, 1993.
◊ La llave me abrió, en los ochenta y después, durante los infames ´90, la cantera de lectura de otras narradoras (Angélica Gorodischer, Reina Roffé, Ana María Shúa, Libertad Demitrópulos, María Rosa Lojo, Elsa Osorio, Elvira Orpheé, Sara Gallardo, Liliana Heker, Silvia Iparraguirre, Vladiy Kociancich, Graciela Cabal) y así comprobé que casi todas ellas pertenecían a las generaciones sesentistas y setentistas, es decir, las que más habían sufrido en carne propia las marcas del terrorismo de Estado. La marcas del exilio. Hablamos entonces de sobrevivientes, sujetos sociales, históricos y culturales, que sobre todo en el exilio descubrieron en esas teorías del feminismo de la diferencia, no sólo una particular manera de reflexionar y sacar a luz las marcas de la opresión milenaria sobre el género, sino sobre todo, la revelación de que la voz propia emerge cuando se tiene la capacidad de redescubrir en lo indecible histórico, en lo indecible cultural y en lo indecible propio, que esa conquista de la voz propia sólo es posible si se sabe o aprende a mirar, leer, escribir y hablar desde otro lugar, lugar que no sólo es un espacio, sino en especial una ética y una estética diferentes.
◊ Llegamos entonces a las preguntas que terminan de acomodar y explicar mi secuencia de lecturas: ¿ Cómo tradujo estéticamente la literatura argentina lo indecible de la experiencia límite de la dictadura cívico militar?; y ¿cómo esa literatura narra los cuerpos a partir del hiato histórico de la dictadura?
◊ Por supuesto que hay más de una respuesta y que cada una de ellas representa un determinado modo de concebir la literatura. Pero personalmente creo que a partir del abismo nace una nueva poética cuya perspectiva estética se funda en la mirada femenina : elipsis, mirada bizca, ironía, humor, erotismo y desacralización como deconstrucción de los discursos que hicieron y hacen posibles el poder totalitario.
◊ Para ellas, para estas escritoras, escribir en los '80, significó enfrentar una doble encrucijada opresiva.
Quiero compartir con ustedes dos relatos históricos que atestiguan la lucha cultural de la mujer latinoamericana contra la violencia del terrorismo de estado y la estupidez humana.
1976, Libertad: pájaros prohibos, de Eduardo Galeano.
Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.
Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas , recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel.
Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas: –¿Son naranjas? ¿Qué frutas son? La niña lo hace callar: —Ssshhhh. Y en secreto le explica: —Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.
1978, La Paz: Cinco mujeres, de Eduardo Galeano.
El enemigo principal, ¿cuál es? ¿La dictadura militar? ¿La burguesía boliviana? ¿El imperialismo? No, compañeros. Yo quiero decirles estito: nuestro enemigo principal es el miedo. Lo tenemos adentro.
Estito dijo Domitila en la mina de estaño de Catavi y entonces se vino a la capital con otras cuatro mujeres y una veintena de hijos. En Navidad empezaron la huelga de hambre. Nadie creyó en ellas. A más de uno le pareció un buen chiste:
—Así que cinco mujeres van a voltear la dictadura.
El sacerdote Luis Espinal es el primero en sumarse. Al rato ya son mil quinientos los que hambrean en toda Bolivia. Las cinco mujeres, acostumbradas al hambre desde que nacieron, llaman al agua pollo o pavo y chuleta a la sal, y la risa las alimenta. Se multiplican mientras tanto los huelguistas de hambre, tres mil, diez mil, hasta que son incontables los bolivianos que dejan de comer y dejan de trabajar y veintitrés días después del comienzo de la huelga de hambre el pueblo invade las calles y ya no hay manera de parar esto.
Las cinco mujeres han volteado la dictadura militar.
Invierno de 1921, Puerto de San Julián, provincia de Santa Cruz, el ejército que asesinó a más de 200 obreros patagónicos, que acalló con los fusilamientos masivos las históricas huelgas de 1920-1921, van a ser premiados con prostíbulo gratis por la Sociedad Rural Patagónica, que luego de cantar en inglés “porque eres un buen amigo”, al teniente coronel Varela, a cargo del regimiento represor, decide premiar a sus soldados con el uso a gusto y piacere de las rameras más hermosas del país, afirman, hasta que sus nobles miembros guerreros aguanten. La tarde y la noche, y por supuesto las prostitutas, les pertenecen, dicen los nobles señores de la sociedad rural a su teniente coronel Varela. Y Varela los conduce a los burdeles de Puerto San Julián, pero se encuentra, y sus soldados se encuentran con una resistencia inesperada: Las mujeres prostitutas de San Julián, los ven llegar y ordenan a su madama que cierren puertas y ventanas y le gritan que ellas no se acuestan con asesinos, que conocían a los hombres fusilados , o no los conocían pero los respetaban y que no era de verdadera mujer llevar a su cama a los asesinos del pueblo. Las madamas insisten, pero las mujeres que son argentinas, que son chilenas, que son polacas, francesas e irlandesas, les dicen que no, y cuando los soldados irrumpen a culatazos y bayoneta, los echan a escobazo. Y entonces las mujeres y los hombres decentes de San Julián se encierran en sus casas y maldicen a las prostitutas porque temen la reacción de los soldados. Y las instituciones las repudian y las juzgan y las condenan y expulsan del pueblo y del país. Y yo me emociono –como me emociono con “Los héroes de la Patagonia Trágica”, el magnífico texto histórico de Osvaldo Bayer, en el cual se cuenta esto- y las homenajeo por su notable coraje, a estas queridas marías magdalenas, que no niegan y se atreven a mirar y desafiar lo que otros no quieren mirar ni enfrentar.
Por último, hay dos frases que me marcaron profundamente, son dos gestos y prácticas éticas diametralmente diferentes: Una, nos viene diciendo desde la dictadura cívico militar del '76 “No te metás” –o “por algo será” o “en algo habrá andado”-, la otra arranca desde los mismos años infames, nace de la boca de mujeres, madres y abuelas, porque ante el agujero sin fondo de las desapariciones preguntaban presentándose, QUIÉN TE FALTA y así empezaban y siguen empezando las otras historias que también son las nuestras donde la vida arranca pequeñas derrotas a la muerte. Quién te falta, quién nos falta, me pregunto y les pregunto ahora, Argentina, Mar del Plata, mayo de 2005.
Tal vez la escritura de la mirada femenina sea buen punto de apoyo para enfrentar tamaños interrogantes.
1 Ana María Donato, poeta nacida en Bahía Blanca y residente en el Chaco hace cuatro décadas. Autora entre otros libros de “Las sales y los fuegos”, “Memoria blanca”, “El mar de cada uno” y “Holocaustos y salvatajes”.
2 Juan Gelman, “Voluntades”, Contratapa, Página 12, 9 de marzo de 1997.
3 Sigrid Weigel, “La mirada bizca: sobre la historia de la escritura de las mujeres”, Gisela Ecker (compiladora), Estética feminista, op, cit.
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