| LECTORES UNÍOS: EL MUNDO
ESTÁ QUE ARDE.
LECTORES UNÍOS
El tipo era un rebelde con causa, un sentimental de la razón, un ateo a dios gracias. Su vida era una paradoja en movimiento, un futuro en camino, una insignificancia del universo. Era un animal estudiando para humano y, como buen monarca de sí mismo, participaba activamente como militante de los izquierdos humanos.
No estaba bien claro si era un asalariado de sus propias fantasías o un desocupado de la realidad externa. Ni yo que lo invento puedo estar seguro de sí es el protagonista de mi cuento o yo del suyo. El caso es que tanto él como yo, padecemos de serios trastornos de identidad, entre otros documentos. No sabemos, eso sí, si preocuparnos o tomarnos unos mates entre párrafo y párrafo. Comencemos pues a darle paso a su voz para que les cuente su historia, como si fuera la mía.
EL MUNDO ESTÁ QUE ARDE
Érase una noche clara como las aguas del riachuelo, mansa como piquete de ruta a punto de ser desalojado, silenciosa como cacerolas que alimentan renuncias, bohemia como discurso de ministro de economía. Amaneciendo a esa noche de espanto, me dejé llevar por la ignorancia, como quien vota a los vasallos de siempre.
No encontrando mejor depresivo, me fui a ver el noticiero de la televisión. El (des)formador de opinión me informaba que, apretujones y forcejeos provocaron la caía de una anciana a la acera, siendo golpeada levemente en la cabeza por un vehículo. La octogenaria no estaba manifestándose en contra de las injusticias sociales, ni por las altas tasas de mortalidad infantil. Tampoco estaba quejándose por la mísera pensión de $200 que le otorgaba el Estado a cambio de toda una vida de labores. Ni siquiera estaba en esa cola para cobrar las migajas con la cual el sistema la rebajaba, ubicándola en situación de indigente. Estaba formando fila frente a una casa de cambio para trocar sus pesitos a dólares, por temor a la devaluación. Quizás ese pequeño golpe, que por fortuna sólo alcanzó la categoría de susto, le sirva para meditar sobre su consecuente postura personal, frente a la impostura del impersonal y hegemónico sistema.
En Jerusalén, un musulmán entró a un restaurante judío cargado de explosivos y dijo: “¡Por Alá!” Los comensales exclamaron a coro: “¡A-la flauta!”, y ¡Plumm! Diez muertos más un inmolado. En este caso, la religión no procedió como “opio del pueblo”, sino como “crack de los creyentes”.
En Colombia la guerrilla se prepara para la guerra. El gobierno también. Me refiero al de los Estados Unidos, que siempre encuentra (por lo general produciéndolas) excusas para luchar por la paz, a pura violencia. Desde que la O.N.U. los proclamó (no evitándolo) “los policías del mundo”, salen a patrullar sus intereses económicos, por cuanto territorio donde el hambre se rebele.
En el norte, otro chico muere de hambre; en el litoral, las inundaciones arrasaron con un pueblo entero; murió otro obrero en corte de ruta, tras brutal represión de las fuerzas de seguridad; desocupados quemaron neumáticos frente a la legislatura de…
¡El mundo está que arde! -me dije, mientras me encendía un cigarrillo. Mejor me voy a perseguir un anhelo por los recónditos pasadizos del ensueño. Debo escribir un cuento con final feliz, si no me va a resultar difícil dormir esta noche, pensando que el mundo se está cayendo a pedazos y yo aquí, subido a mi impotencia. ¿Podrá ser que nos, los Homo-Estúpidus, estemos haciendo de este mundo un inmundo transitar por él? ¿Podrá ser que no seamos capaces de darnos cuenta de adónde vamos? ¿Y aún sabiéndolo, será posible que nos quedemos impávidos, viendo como todo se destruye?
Salí a la calle y comencé a gritar; ¡Hay que hacer algo! ¡Hay que hacer algo pronto! ¡Nos estamos destruyendo entre nosotros y ya es hora que nos demos cuenta y paremos esto! ¡Hay que hacer algo para terminar con esto!
Y la gente hizo algo para terminar con esto: llamaron a un patrullero que me llevó a la seccional. Me levantaron cargos por “agitador social”, “disturbios en la vía pública”, “estado de ensoñación como producto de consumir altas dosis de T.V.”.
Cuando comprendieron que no era más que un estúpido soñador, me devolvieron al caos, no sin antes entregarme una citación judicial. La misma me intimaba a presentarme el día 28 de diciembre en dependencias del Juzgado en lo Utópico y Correccional en lo Ideológico. Me volví a casa con la idea marchita, los miedos del tiempo cayendo por mi sien… Remonté la idea de escribir un cuento con final feliz y lo logré. El mismo comenzaba diciendo: “Érase una noche clara como las aguas del riachuelo…”
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- Todos somos una comunidad de irresponsables, verborrágicos, demagogos, incoherentes, hipócritas… No hacemos otra cosa que no hacer nada; nada más que mugir y seguir la manga. Tanto él, personaje-relator, como yo, relator-personaje, y hasta usted, lector-pasivo. Sí, usted, que ahora se está preguntando por qué lo incluyo en esta historia. ¿O cree que usted, él y yo, no somos también responsables de estos sucesos, los cuales no se saben a ciencia cierta si son, fantasía o realidad, hechos literarios o sociales. Usted, que se emociona frente al tevé viendo los animalitos del África, se le escapa una lágrima por los niños desnutridos de Bangladesh y hasta putea cuando ve a un viejo político esbozando nuevas promesas. Pero cuando ve a los obreros cortando rutas los maldice, porque le hacen llegar tarde a su junta empresarial, a su congregación religiosa o a su clase de aeróbic. Los trata de vagos, revoltosos, violentos… ¿Hay algo más frustrante que la desocupación, o la ocupación de todos aquellos a los que se le adeudan tres y cuatro meses de su salario? ¿Hay algo más violento que las injusticias? ¿Hay algo más holgazán que la ausencia de solidaridad? ¿Cuánto hace que no se da una vueltita por el barrio Lavalle para ver la cola de niños y gente mayor que van en busca de la comida de la noche, que los presos de la U. 12 no consumen? Y ya que está en las cercanías, arrímese hasta el basural y vea cómo familias enteras recogen desechos para luego trocar por alimentos, vestimenta…
- ¡Pará, no le hables así a mi lector que lo vas a correr!
- ¿Tú lector? ¡Ni siquiera es “nuestro lector”! Es lector de sí mismo. Se lee a sí mismo en los otros, intentando encontrarse, y, al final, termina perdiéndose.
- ¡Esperen un momento! ¿Por qué me hablan así, tan livianamente, sin siquiera conocerme? ¿No se han puesto a pensar que yo puedo estar haciendo algo en beneficio de mis prójimos?
- ¡Bien! ¡Así me gusta, señor lector! Que se aleje de la lectura pasiva y se una a esta lectura de la realidad, que intenta activar la realidad, a través de su lectura. Necesitamos de usted que esta del otro lado del mensaje, para que congregue a más lectores de sueños, para que juntos podamos escribir una realidad más solidaria, más comprometida con los necesitados. El poder es nuestro y es el de poder ayudar. La justicia está en nuestras manos, cuando éstas se abren al marginado, al excluido. El mejor plan económico está confeccionado por el derroche de nuestros corazones abiertos al prójimo.
- ¡Eh, relator-personaje, esto ya no es literatura sino un manifiesto panfleto!
- ¿Y vos qué sabes, personaje-relator lo que es literatura, si naciste a ella en medio de una de mis creaciones? La literatura que no alerta, son párrafos que no aciertan. Ésta debe estar al servicio del bien general. Debe inspirar a construir un mundo mejor. ¿De qué sirve escribir para entretener, mientras el mundo está que arde?
- ¡El mundo está que arde desde que nació! ¿Qué creés vos que podes hacer por él, desde éste cuento de cuarta? - ¡No, un momento! No es un cuento de cuarta, a mi me gusta. De otra forma me hubiera quedado en mi actitud pasiva y no hubiera entrado en él. - Con el permiso de ustedes, yo también quiero opinar. Estaba leyendo el relato con mi esposo y nos pareció interesante. - Si, a mí también, por más que sea un adolescente, tengo derecho a opinar. - Y yo también. Soy madre y ama de casa, lo que me da derecho a exigir ser escuchada. - Y yo, que trabajé toda una vida y tengo mi punto de vista. - Y a mí no me vayan a dejar afuera. - Ni a mí.
- Yo tampoco quiero perdérmelo. - Ni yo… - Che, relator-personaje, ¿por qué no dejamos que ellos continúen la historia? - Sí, personaje-relator, vayamos a leer. Preparáte unos mates. - ¿Qué mates? ¡Vamos a trabajar! - ¿Trabajar en qué?
-¿Cómo en qué? En escribir más cuentos para sumar lectores a la causa. - ¿Qué causa? - ¿Cómo qué causa? La de lograr que por fin seamos uno. - ¿Vos y yo?
- ¡¡¡No biliterato, TODOS!!! Hay que apagar el fuego y la literatura es el agua.
- Sí, vamos que tengo sed.
- Pusieron manos a la obra el, relator-personaje, el personaje-relator y esa masa de lectores que se fue sumando página a página. De esta forma culmina esta historia de ficciones reales y realidades de ficción. Una de las tantas con la cual, los seres de éste planeta, intentan salir del laberinto en el que ellos mismos se metieron.
Seguramente vosotros, estaréis preguntando quién soy yo. Mis amigos, hay cosas que aún deben permanecer en el infinito espacio de vuestras ignorancias.
Miguel Abud - (de Uruguay en Viedma) |