Avispa 26 Cuentos

El pozo

Silvia Alejandra García - (San Carlos de Bariloche)


Amasaba el barro acuclillado junto al pozo. Era un pozo pequeño a la vera del camino. Más abajo, el arroyo se deslizaba entre las rocas. Hacia arriba, el bosque. Adelante, la cumbre. Era un extraño pozo, con sus aguas claras y el fondo de arcilla.
Amasaba figuras, casi sin pensar en ellas. Las deshacía al instante, como si un impulso que no gobernaba lo llevara a seguir buscando.
Amasó la arcilla y el agua, hasta dejar al descubierto el fondo rocoso de la hoya, curiosamente liso, inexplicablemente ocupado por ese barro y esas humedades.
Amasó una pieza antropomorfa, pensando en otra cosa. Dejó vagar sus manos sobre la figura, dotándola de rostro, equilibrando el peso para que se mantuviera erguida. Comprobó, al fin, que la estatuilla se le parecía en algún rasgo. Y se demoró observándola, mientras la llamaba por su nombre.
Entre la voz del artesano y de la brisa que ascendía desde el arroyo, el hombrecillo sintió el hálito de vida. Abrió los ojos y ensayó sus movimientos.
Corrió de un lado a otro, saltó sobre las piedras, olió el pasto, alzó la vista hacia las copas de los árboles y la resguardó, herida por un rayo de sol que se filtraba entre las hojas. Se vio a sí mismo reflejado en un charco, probó su voz, descifró el aletear de los insectos. Por fin, se demoró observando al alfarero, al tiempo que en su interior crecía el hambre.
Entre el llamado de su vientre y de la carne del otro, el hombrecillo adivinó la saciedad. Se abalanzó sobre la víctima y ensayó la violencia.
Desgarró, mascó, trituró. Sintió la sangre inundándole la boca, el sendero vertical dentro del cuerpo, el primer trozo llegando hasta el vacío. Prolongó el placer hasta agotar la presa.
Suspiró hondamente pensando en otra cosa. Dejó vagar sus sentidos por el valle. Comprobó, al fin, que una voz le hablaba. No sabía de dónde provenía pero se parecía a la suya en algún rasgo: “¡Imbécil!” le decía. “Has descubierto la corrupción humana. Te alimentaste de ella. Desde ahora, por siempre, la llevarás enquistada.”
Lloró lágrimas que le desfiguraron el rostro, hollaron su cuerpo, formaron un charco a sus pies, donde empezó a deshacerse.
Lloraba sin saber por qué lloraba, como si un impulso que no gobernaba lo llevara a seguir buscando algo en el llanto.
Lloraba deformándose en sus lágrimas junto a un pozo de piedra a la vera del camino. Era un pozo pequeño, curiosamente liso, que se llenaba con su arcilla y con su llanto. Más abajo, el arroyo se deslizaba entre las rocas. Hacia arriba, el bosque. Adelante, la cumbre.
Es un pozo que invita a detenerse, a amasar figuras con su arcilla sin pensar demasiado en qué se hace.

Sin título

Valentín Quintaié - (14 años - delapalabra - MDP)


Qué nos pasó el día de ayer. La historia siempre nos cuenta que el ser humano fue una mierda, y nunca le bastó con los equipajes de un mago o con ciertos poderes, sólo esconderse en la fantasía los hizo y los sigue haciendo más vulnerables.
La vida y la muerte se frustran ante la hipocresía de algunos que se dicen hacer arte y de los hambrientos pajarracos que comen esas porquerías, delante y detrás de cámara. Los espíritus y los demonios los condenan por las noches haciéndolos sangrar y vomitar, y comerse sus vómitos de drogas, para que al pasar el tiempo se consuman aún más en revistas de caras que generalizan la idiotez de un capitalismo-consumista-devorador creado por la Bota del Medio y aceptado por los Estados Cuadrados del Norte, las tierras de la mentira, de la justicia quebrada.
Inventan bestias que los versos de Marilyn cuentan con exactitud gótica mientras muestra reproducciones de Gente Hermosa aún sin olvido entre la sociedad que odia a Hitler, pero se dispone a criticar sin pretender demostrar noticias de autodestrucción y fotos de justos atrasados.
En todo caso digamos que el padre, el hijo y el espíritu santo son tres, pero en realidad son todos en uno ante la vista de sanguinarios mortales criados por el diablo puritano conservador de odio y racismo. ¡Oh, tu estructura se cayó! La pérfida prostituta del amor te engañó, te mostró otra verdad fuera del Apocalipsis y el dragón de tantas cabezas del que se habla con miedo, con miedo porque es hablar de ellos mismos. Al acto de realizar pecados se los llamó indulgencia una vez que pagaste en Avignon y entre viejos se guardaron tus monedas, ¡Idiota! Sin embargo abajo el tridente te pincha, que no es nada más ni nada menos que ese tacto con el umbral de la depresión existencial, a morir del mar no saldrás , dispuso una voz. Los piojos te quitarás antes de que veas los ojos de serpiente . A pesar de todo, la cuestión es querer o no querer, no existe la obligación, ¿quién la da?, ¿para qué? De nuestra no escapás y saltás la reja de obstáculos prepotente, creyendo que zafaste, sin sal el bife no es rico, cuidado con los golpes. Entonces los senos de Afrodita vas a ver en el establo de Zeus, esperándote en cada esquina en la que por cultura tengas que ver a esos feos europeos locos que inventaron la vida dolorosa que llevamos en el Oeste. Al caer de la reja a nadie le importa verte desarmado en carne, en cambio ver a los Susanos en lo de Susana Giménez, en contexto, queda mejor que socorrerte. Sabios viejos deliraban frente a sus momentos finales de vida, a veces les gustaba decir la verdad: el sacrificio era que los demás no los entendieran. ¡Ven, ven a quemarte en el infierno, araña! De esta manera vas a sudar, ¡pero qué poca atracción que hay a hacer lo mejor! No te importa nada de la apreciación al artista, tu mente queda encerrada bajo los miedos de tus ínfulas a las que nunca quisiste asesinar con la reflexión.

Demasiado muerto

Jorge Lemoine y Bosshardt - (Mar del Plata)


La siesta latía en un viejo despertador. Era la hora densa y opaca de la tarde amarilla y caliente. Un calor opaco y fétido se espesaba sobre el campo.
El aire estaba desmayado, inerte como un mar impalpable, que se hubiera depositado sin poder olear.
Apenas había unos flecos de viento que arrastraban unos harapos calientes.
Imperceptiblemente pestañeaban las hojas del paraíso, y un aleteo más hirviente aplaudía en la cima de los plátanos.
La efervescencia del mosquerío se freía sobre las bostas y los huesos frescos del asado.
Una mariposa desteñida parpadeaba epiléptica sobre el pasto.
Alguna que otra abeja hacía su misa sobre el alfiletero de un cardo y otras siseaban la efe de su vuelo afelpudado y monótono.
(Un grito se me agarrotó en la garganta.)
El reloj se quedó dormido en las tres y veinte.
Serían ya las siete.
La tarde retumbaba de un ocaso turbio que se diluía como los pergaminos.
Las nubes, alargadas, eran humos de despedidas que empezaban soledades; perecían amortajadas sobre estelas que las dejaban atrás.
Los árboles mutilados parecían acalambrados en gestos epilépticos.
Había un pavor tácito en la hora.
El viento se enhebraba en los campanarios de la iglesia, y empujaba los molinos del oleaje de los árboles.
Ese día, pensé, podría empezar una novela. (No supe contestarme cómo terminaría.)
Las novelas siempre empiezan con cosas importantes.
Un grito endurecido y agrio rajó la quietud. Pensé en un relámpago. Luego de un instante el grito había sido de mi madre.
El espanto de la tarde se ahuecó en mi estómago y una lluvia me gateó por la columna vertebral.
Nunca me gustó el esqueleto de los árboles retorcidos como las manos de un muerto.
Eran candelabros del horror.
El grito de mi madre me había dado la espalda y dejó suspendido el silencio más intenso y cóncavo que antes, como la vigilia de los que presienten su propio asesinato un instante antes de morir.

Las imágenes y las preguntas se adelantaron al segundo. Esperé otro grito, deletreé la arenilla de mi escalofrío que me dejaba un rastro. Ni me había movido y otro grito más desteñido y roto como una sábana rasgada o un hachazo. Y tuve la noción del segundo y luego cuando lo estábamos velando me pareció como haberlo presentido en ese momento, y el miedo o el deseo de no querer saberlo para retrasar una certeza.
Sí, creo que lo había visto como una piedad y rezo tardío que quise adelantar al momento.
Papá estaba allí inmenso y de madera con la transparencia de los bordes en las velas, que le volvían mármol los dedos.
Los ojos cicatrizados como la boca.
Estaba muy muerto. Demasiado muerto.
Era la primera vez que se moría papá. Y yo ya estaba acostumbrado a verlo como a esos árboles que no me han gustado nunca, así, parado en el último instante como el reloj a las tres y veinte, acalambrado todo y frío como los vidrios de la ventana en el invierno.
Mamá había llorado mucho desde ese grito por la tarde.
Todos habíamos llorado, menos papá.
Pensé que siempre que alguien se moría los demás se quedan con ese vacío que es más que todo recuerdo como única manera de presencia.
Pensé que siempre los muertos que acaban de nacer a la muerte dejan esa duda de mañana en los que quieren suponer el futuro, y sólo logran llorar como a carcajadas.
Es muy lógico que papá no vaya a estar más con nosotros. ¡Si está muerto! Y es lógico que se muriera. ¿Por qué ahora? Porque siempre sería ¿por qué ahora?, en cualquier momento.
La noche tiritaba de grillos y descascaraba el chisporroteo de las ranas. La luna era un túnel de sombras blancas y las estrellas pestañeaban con pulso de reloj.
Había grillos en todas partes. El cielo mismo estaba lleno de grillos, mi espalda como el camino de mi escalofrío, que era un puñado de grillos, que era la lluvia de las noches desveladas en las chapas del techo, que era el chorro de arena de los relojes antiguos.
Mamá tenía grillos en los ojos. Y las velas que le sacaban la lengua a las sombras que arredraban.
Papá no tenía grillos. Estaba clausurado y más papá que nunca.
Yo me comía las uñas, y veía tiritar la sombra del cajón sobre el suelo que emitía la llama temblona de las velas.
Un día ya no sabré que hoy miré las velas, no sabré estas velas y supondré algunas, y habré olvidado el gusto acartonado y trapiento de la boca seca, y sólo recordaré que papá murió un día.
Y sabré que olvidé mucho.

Espectro
Como cada tarde desde hacía más de tres años pasó entre lápidas y cruces, entre nichos, y salió a la calle. Caminó a través de la gente y los coches, llegó hasta la puertita de hierro, pasó por ella, evitó el jardín y se detuvo frente a la puerta de su casa. Como cada tarde desde entonces cruzó los dedos y se deseó suerte. Entró, caminó por el living vacío, por el pasillo oscuro, llegó hasta la habitación, se paró en la entrada y como cada tarde vio el zapato dado vuelta sobre la alfombra, la soga atada a la viga y el cadáver, su cadáver, seco, momificado, colgado sobre la silla caída. Se lamentó con un gesto, bajó la cabeza y con la liviandad de un suspiro regresó a su tumba.


El jardinero
Su sueño era un jardín. La tierra del fondo de su casa era árida y dura pero su sueño era un jardín: de un sólo golpe enterró la pala hasta la mitad y al querer sacarla no pudo, quedó como fundida con el suelo. Fue hasta el galpón y trajo un pico: de un solo golpe enterró un cuarto del pico y al querer sacarlo no pudo, estaba como sellado con la tierra. Fue hasta el galpón y trajo una azada: de dos golpes enterró tres cuartas partes de la azada y al querer sacarla no se movía, estaba como derretida entre los surcos. Entonces fue hasta el galpón y trajo una manguera y comenzó a regar: ¡Cómo crecieron esas plantas!. Y mírenlo ahora, ahí está, sentado a la sombra del palar, comiendo frutos del piquero y oliendo a flores del azadal. ¡Vaya jardín!


Aquella fauna
Llevaba años haciéndolo. Después de todo era su trabajo. A veces eran ancianos, a veces asesinos, suicidas, accidentados, enfermos. Víctimas siempre de algo o de alguien.
No estaba mal. Por las noches llegaba a su casa, se lavaba las manos, besaba a su esposa, abrazaba a su hijo, cenaba, se dormía.
Esta vez fue distinto. Lo tenía ahí, frente a él, desnudo sobre la mesa de chapa con ese rictus semejante a una sonrisa. Parecía dormido, soñando la belleza. Empezó a abrirlo. El tajo fue profundo, limpio, mecánico pero, sorprendido, se detuvo un poco más abajo del esternón.
Primero fue una bandada de caricias que brotó por la grieta del pecho y se quedó revoloteando en una esquina de la habitación. Después fue un enjambre de labios enmarañados en besos; dieron tres vueltas alrededor de la luz y anidaron en el cielorraso. Y así se fueron sucediendo cardúmenes de mimos, madejas de carantoñas, ovillos de abrazos, palabras, miradas, guiños. Tiró el instrumental dentro de la pileta y escribió: Nombre: NN. Edad: desconocida. Lugar: la vida. Causal del deceso: amor.
Firmó, se sacó el delantal, lo colgó con cuidado y abrió las ventanas.

Jorge Garri
<cybergarri@copetel.com.ar>
delapalabra - (MDP)

El justiciero

Ernesta Campos - (Mar del Plata)

 

 


Jorgelina y su amiga entran como una tromba mientras yo estoy dobladito. Hay que poner la mesa dice el dueño de casa. La invitada de siempre, Carmen, obedece el mandato. Se mueve con agilidad, tanto que sorprende a María Lía.
Albergo copas y fuentes, escucho - Qué rápido está listo.-Sí aquí hacemos magia, se trata de atender bien a los que llegan. Gerardo, tus dotes de cocinero trascienden, cada vez somos más a la mesa.- Tengo que cumplir bien mi papel, el dueño de casa se acerca – Ya está todo a punto… a comer…
Todos se sientan a mi alrededor. Estela alza la cabeza blanca y con paso lento se dirige a su lugar, mira con agrado el plato que sostengo bien derecho y humeante. Las manos del hombre acarician mi cuerpo y estiran un pliegue indiscreto que sombrea mi blanco.
Carmen con habilidad reparte las porciones.
Escucho un poco dormido - ¿Te gusta este trozo Jorgelina?- Es muy grande.- Lo corto, no hay problema.- Esta vez, hijo, compraste una carne muy dura.
Me sobresalta una voz altisonante – Claro… ella siempre se queja, comé…- No empiecen- Gerardo algo nervioso corta la conversación de abuela y nieta.
Se hace un silencio y escucho – Al final te saliste con la tuya a pesar de la gravedad de tu pariente. – Por supuesto. No me iba perder el baile del sábado… y la tonta se murió el domingo como lo deseaba.

Mientras la amiga recibe esa contestación esboza una sonrisa
y mira todos mis detalles, puntadas, bordados. Jorgelina me martilla con los codos y da puñetazos para imponer su voz. Estoy alerta. Llega la hora del café. Carmen pregunta a María Lía si ella también quiere una taza.
La pequeña agradece, no acostumbra a tomar café. Una voz más fuerte pide – Trae el pan madrileño.
Estoy un poco mareado pero me llega la queja – Cómo me estafó la empleada, me vendió uno viejo. Me dejé engañar. La próxima vez… esa… no me atiende.
Jorgelina se levanta y va a ponerse el vestido nuevo. Desde la habitación indica – qué idiota, no se lo hubieras comprado. A mí no me pasa eso.
Carmen disimula su indignación con una mueca y vuelve con las tazas servidas y la torta.
Tieso, otra vez tengo que soportar los pinchazos de las cáscaras de pan que despedaza la chica. No para de hablar del festejo de sus quince años. Debe ser en el lugar más caro de la ciudad. Sólo habla de sus ojos, sus adornos, su figura. El padre la mira con esa postura estúpida de los que creen que su hija es lo máximo. Está dispuesto a gastar lo que sea para el lucimiento de la estrella.
Otra vez soporto su voz disonante - Loca. ¿Con quién vamos a salir esta tarde…? No seas pelotuda… vamos Nos encontramos con los idiotas de anoche.
Se me están haciendo arrugas. No soporto esa charla. Estas van a colegios pagos… pero ¿qué aprenden? Insoportable... Eso debe pensar su abuela que entorna los ojos en señal de desaprobación.
No aguanto más, estos instantes son interminables. Un nuevo codazo de Jorgelina. Es el colmo. Aprovecho el temblor que me produce y deslizo la copa de gaseosa teniendo cuidado de no salpicarme. Ella obediente resbala y derrama todo el líquido sobre el vestido de la diva.
La poderosa y soberbia se levanta llorando.
Bien… que sufra…que aprenda…Cuando uno actúa mal debe ser castigado. Yo quedo limpito y satisfecho.

La Foto

Yamil Al-Jakim - (Mar del Plata)

Parado en el umbral observó una vez más su obra de arte.
La vacía habitación había sido preparada cuidadosamente durante meses. Desde el momento que la compró, estuvo ocupado retirando muebles, lijando las paredes, barriendo, pintado, lustrando el piso sólo para destinarla a contener en su interior una jaula.
La celda tendría pronto en su interior al huésped seleccionado para tan importante ocasión.
Pronto todo estuvo listo. Cuando su amigo llegó, fue inmediatamente encerrado tras los terribles barrotes.
Retrocedió para observar de lejos esa metáfora de la vida que es la incomunicación, el aislamiento y la falta de libertad representada por ese hombre desnudo, esa pulcra y estéril sala y la jaula. Quedó satisfecho.
Durante un minuto hizo un recorrido por su vida pasada. El curso de fotografía, sus capacitaciones posteriores en el manejo de la cámara, los seminarios a los que había asistido y su sueño de ser famoso.
Ahora estaba parado frente a la obra que le daría el reconocimiento deseado. Disparó, y el flash iluminó el recinto.
Con las fotos en mano recorrió galerías, salones, exposiciones y siempre le cerraron la puerta en la cara.
Fue entonces cuando deprimido y desilusionado decidió que nada tenía importancia; que nadie entendería jamás su arte; que de nada valía estar vivo.
Volvió entonces a esa habitación. Del blanco cielorraso colgó una soga. Llorando arrastró un cajón y lo colocó debajo. Elevó una plegaria y pidió a Dios que ayudara a todos los que bien lo querían. Subió a la caja y armó el lazo al final de la gruesa cuerda. Lo colocó alrededor de su cuello y pateó su único sustento.
Tuvo tiempo antes de morir de ver una luz que por un segundo iluminaba el lugar.
Dos días más tarde las fotos de su muerte estaban expuestas en una prestigiosa galería. Había logrado por fin el sueño de la inmortalidad.

Las Piedras de Yoko


Yoko dejó preparado el cantero con la arena cuidadosamente alisada. Sobre la misma ubicó piedras de diferentes tamaños, formas y texturas. Simbolizaba el presente. Delicioso, casi perfecto...
La idea consistía en ir cambiándolas de lugar, de posición. Modificar la realidad hacia otro presente en un cambio dinámico impuesto por las opciones y la búsqueda de los propios caminos, usando la lógica del raciocinio y la ilógica de los sentimientos, de las emociones. Lamentablemente, no previó el lado humano, o tal vez sí, con esa variable suma de elecciones, aciertos, decisiones, errores.
Algunos agruparon piedras haciendo bellas o amorfas escaleras hacia la nada. Otros juntaron piedritas de a dos con el fin de inmortalizarlas, sin saber que todo tiene un  final. Otros pisotearon el cantero dejando horrendas marcas de suelas de calzado, a modo de sociedad consumista. Luego llegaron dos niños que ubicaron en él una hiedra. Y otros dos que la regaron diariamente.
Al cabo de un par de meses, el lugar se había transformado en un verdadero pandemonium. Y en unos meses más se lo relegó al olvido.
Al regresar, Yoko descubrió que la hiedra lo había cubierto todo. Apartó cuidadosamente las ramas y fue juntando piedra por piedra. Volvió a alisar la arena, y ubicó un cartelito que rezaba: Aprende a honrar tu presente. Armónicamente intenta prever tu futuro.
Entonces nuevamente volvió a marcharse.
Y ya no se supo más nada de ella.

Sergio R. Aznar
- <alasvidasalvaje@hotmail.com>

La mujer del vestido celeste

Diego Orcoyen - (Capital Federal)

La noche arcana y gélida envolvía los campos con un silente manto de oscuridad. Una leve brisa acariciaba en irregulares susurros a la vegetación que callaba expectante. En el aire, una fuerza inmaterial se cernía entre las negras sombras cayendo sin conmiseración sobre aquel yermo paisaje exánime. Del límpido cielo colgaban funámbulas un puñado de estrellas que aunque fulgentes, parecían desentenderse en la distancia de lo que más abajo sucedía. Más allá, en sempiterna vigilia, lloraba el mar un murmullo blanco de fantasmales formas y rompían impetuosas las furibundas olas en tersas espumas, fundiéndose en leal cofradía con inexpugnables acantilados de dura roca.
Paula miró por la ventanilla. Afuera las sombras parecían cobrar vida escurriéndose por entre las luces que despedían los faros del auto y los árboles que cubrían la banquina izquierda. Los espectros se hacían y deshacían entre los pastizales a medida que el automóvil avanzaba. Los árboles permanecían en exasperante quietud al igual que todo lo que los rodeaba. Sólo el mar movía sus blancas espumas en la lejanía, lentamente, despidiendo apenas un rumor sombrío y apagado que lo mismo era silencio en aquella fría noche que callaba como aguardando algo. De pronto se sobrecogió, un escalofrío recorrió su cuerpo.
-Matías-dijo casi en un susurro-¿No falta mucho, verdad?
-No, apenas unos pocos kilómetros-respondió fatigado.
-Sabés que no me gusta viajar de noche-dijo y la voz le tembló.
-¿Tenés miedo?-murmuró entre risas mientras le daba una palmada en la espalda-No falta mucho mi amor.
Ningún otro coche transitaba aquella ruta en esas horas de la madrugada. Era invierno y el frío se hacía sentir traspasando las desvencijadas chapas del Renault 12. Paula comenzó a temblar y cogiendo una manta se ovilló en su asiento. Luego volvió a mirar hacia fuera. Todo lo que los rodeaba parecía mirarlos, la noche observaba cada uno de sus movimientos. De un lado el mar, del otro árboles y campo, la ruta desierta, y la noche que los cercaba por delante y por detrás. De pronto algo saltó desde la banquina -¡Ah!- gritó Paula aferrándose a su marido, que del susto movió bruscamente el volante. El auto perdió el control y se pasó al carril contrario. Matías pisó el freno hasta el fondo, el Renault hizo medio trompo y finalmente se detuvo.
-¡¿Qué pasó?!-gritó con tono duro a su mujer-¡¿no ves qué casi nos matamos?!
-¡Allá!, ¡allá!-balbució con la voz entrecortada por el miedo a la vez que señalaba con su mano hacia atrás.
-¿Allá?, ¿qué viste mi amor?- dijo Matías ahora con dulzura, abrazándola al mismo tiempo.
-Algo saltó de la... -y la voz se convirtió en un jadeo ininteligible. Paula comenzó a llorar.
-Shhh, tranquila, no pasa nada, ya pasó-la consoló él mientras le acariciaba el pelo de arriba hacia abajo en un movimiento regular.
-¡No!, algo saltó desde la banquina por allá, lo juro... -y prorrumpió nuevamente en llanto.
-Bueno, bueno; a ver, mostrame por donde- le dijo Matías con tono paciente.
Ambos giraron su cuerpo y observaron por la ventana trasera.
-A ver, está toda empañada... esperá que le paso un trapito- se quejó él. Abrió la guantera, sacó una franela, y en un ágil y rápido movimiento se pasó al asiento trasero. Acomodó el trapo en su mano y comenzó a limpiar el vidrio de manera circular. No bien dejó una parte limpia observó hacia fuera. De pronto su cuerpo se paralizó, su rostro empalideció, y perdió el habla. Una persona corría desenfrenadamente por en medio de la ruta a escasos metros y se dirigía hacia ellos.
-¡¿Qué pasa Matías?!, ¡¿qué pasa mi amor?!- gritó Paula, que abrió su ventanilla y se asomó afuera mirando hacia atrás.- ¡Ahhhh!, ¡ahhhh!, ¡auxilio!, ¡Matías, arrancá!, ¡arrancá!
Matías volvió en si y tropezando con el asiento se dirigió hacia la butaca del conductor. Paula cerró su puerta con violencia -¡Arrancá, carajo, arrancá...!-gritó desesperada. Matías se puso al volante y miró por el espejo retrovisor. El sujeto ya estaba casi sobre ellos. Giró la llave de arranque pero el motor no respondió.
-¡¿Qué pasa?!, ¡arrancá! -chilló Paula dominada por la histeria.

Matías lo intentó de nuevo aunque sin éxito.
-¡No arranca!, ¡no arranca, carajo! -rugió encolerizado.
Una mano asió la puerta del auto pero Matías cerró el seguro al instante.
-¡Ahhh!, ¡ahh!-gritó Paula horrorizada-
El rostro de una mujer se asomó en la ventanilla. Matías intentó encender el auto pero el motor no arrancó. La mujer se colocó delante del Renault y comenzó a gritar y a llorar desesperadamente. Llevaba un vestido celeste hecho harapos y el cabello largo y suelto que se confundía entre sus brazos agitados con vehemencia de un lado hacia el otro.
-¡Vamos!, ¡arrancá! -gritó Paula.
La mujer continuaba llorando y gritando como enloquecida. Matías giraba la llave de arranque una y otra vez y el auto seguía sin responder. La mujer se colocó nuevamente delante de la ventanilla de Matías y ahora él pudo distinguir algo de lo que decía. Un accidente, su hija atrapada en el auto. Observó sus ropas y advirtió que estaban entintas en sangre. Luego fijó su vista en aquel rostro desesperado inundado en lágrimas.
-¡Oh, por Dios!, ésta mujer ha sufrido un accidente. Debemos ayudarla-dijo Matías de pronto.
-¡Pero qué decís!, ¿te volviste loco?- replicó Paula sobresaltada.
La mujer del vestido celeste proseguía su súplica exasperada, yendo de un lado hacia el otro alrededor del Renault, moviendo sus brazos, gritando, llorando. La noche mantenía un silencio de muerte ensombreciendo con su color aquellas almas; desde lejos el mar murmuraba en inagotables blancos y grises una cadencia de horror y misterio; los árboles, el campo, callaban también cómplices de las tenebrosas sombras.
-¡Escuchála, Paula!, tuvo un accidente. Espérame acá que voy a ayudarla -dijo y volteó para abrir la puerta.
-¡No, Matías, no vayas!-intentó inútilmente.
Matías abrió la puerta lentamente y con cierto temor. Enseguida la mujer corrió a su lado repitiendo su ruego con insistencia. Por un momento el miedo lo invadió y amenazó con cerrar la portezuela, más luego se dominó. Ahora la señora estaba con él cara a cara y pudo ver su rostro. Estaba repleto de cortes y magulladuras; sus ojos cansados y llenos de lágrimas; una expresión de desesperación se dibujaba en sus facciones. Tenía un profundo corte en su pierna derecha del que manaba sangre a borbotones. Sus manos, también ensangrentadas, señalaban hacia atrás persistentemente.
-¡Allá!, ¡por favor!, ¡mi hija quedó atrapada en el automóvil!, ¡rápido!, ¡se lo suplico!- gritaba la mujer que de pronto echó a correr hacia la banquina.
Matías siguió sus pasos y se internó entre los matorrales. Dejó atrás una pequeña zanja y corrió hacia delante unos cien metros. Allí imploraba a gritos la mujer del vestido celeste al lado de los restos destrozados de un auto. Se hallaba incrustado en un árbol de gran tamaño en el que la trompa había casi desaparecido. Matías apartó a la señora y se arrodilló al lado del auto asomándose por la ventana trasera. Todo el interior estaba repleto de un espeso humo negro que dificultaba la visión. Los asientos delanteros se encontraban aplastados por el motor, que por la fuerza del impacto se hallaba dentro del coche. Un entramado de hierros retorcidos formaba una pared en lo que había sido el asiento del conductor. Se introdujo por detrás y enseguida vio un brazo tendido. Allí estaba la pequeña; se acercó a ella y observó que aún respiraba, ¡estaba viva!
-¡Está viva!, ¡está viva!-gritó con fuerza.
Con cuidado la tomó por debajo de los brazos y comenzó a jalarla hacia atrás en cortos y reiterativos movimientos. Ya casi estaban afuera cuando Matías vio aquello. –No, no es posible-pensó horrorizado. El humo era cada vez más denso. Miró una vez más, incrédulo, y salió con la chiquilla en sus brazos. Estaba confundido y perturbado por lo que había visto. No podía creer lo que sus ojos le habían mostrado. Pero era cierto, era real. Dejó a la niña a salvo a un lado y se asomó nuevamente por la ventana trasera de aquel destrozado automóvil. Sí, sus ojos no lo habían engañado y no creía estar alucinando. Definitivamente era verdad. Allí, aplastada entre hierros y plásticos, con el rostro cubierto de sangre y con una profunda herida en su pierna derecha, yacía sin vida la mujer del vestido celeste.

Pequeña tonelada

Gustavo Ortiz – (Mar del Plata)

Si alguna vez fuiste uno de esos que juntan puchos del piso, y pasaste varias noches en colchones de amigos, notás que algo cambió en tu mirada, basurita que molesta en el ojo.
Si alguna vez codiciaste la mujer de tu prójimo, y no sólo su mujer, sino también su casa, sus hijos y su vida, por no encontrar la puerta del hombre que hay en vos, y pasabas las tardes sentado en el banco de una plaza, como quien espera un colectivo, de pronto entendés al perro que rompe las bolsas y se va tal como llegó: despacio y tranquilo. Despacio y tranquilo.

Si esa boca que pronuncia -pan- grita también -¡fuego!-, si los ojos que se humedecen son los mismos que se inyectan en sangre, de a poco te acostumbrás a caminar con piedritas en los zapatos.
Si al haberte embarcado ayer con una mujer en el crucero del amor, hoy te ves arriba de un portaaviones, ya sin recordar por qué, con una media sonrisa te das la bienvenida al mundo de los que vuelven.
Sobre todo lo aprendido, aprendiste a nadar en un mar de insensatez e ignorancia sobre las cosas. Al fin aprendiste algo. Hoy te basta caminar bajo la lluvia mirando los aros concéntricos en el agua, un buen culo frente a una vidriera, y quedarte con ganas de una campera, o los abrazos de un hijo, o el calor de una mano en la oscuridad de un cine. Lo importante es quedarte con ganas de algo. Porque te das cuenta de que caminás erguido como girasol, llevando una pequeña tonelada bajo el sombrero.

Hasta Cuando

Mi nombre llevo, confieso, con un destino de óxido en los dedos. Pocas monedas caen de mi boca abierta a la muda arena de mis huesos. De dos en tres, impar, voy dejando la lucidez para mañana. Camino de lado, con el recuerdo mordiéndome las uñas. Con el sudor de las manzanas y el aroma a sexo, a cigarro pintado con carmín y resaca. Rebasado de pájaros y asfalto. Cubierto de miel, de barro. Sangrando.
Lo admito. Fuerzo mi nombre a arrastrarse, hierro, por veredas de piedra y espaldas de veinte pesos. Consumido por la lluvia que preña tus ojos, rimel, y el café aguado de tu voz, salero de mis penas. Derrochando calles, sin perro ni luna, esperando que regresen mis pies, mis manos, mi cabeza.
Lo siento. Una cadena de besos sujeta mí lengua y el corazón rendido, late en el fondo, prisionero de un billete cruzado de brazos. Cada pedazo envuelto en un silencio de sogas y tenazas. Amordazado con un pañuelo de pétalos y plumas. Envejecido de sol. Carbonizado.


 
Por abril que lo intente, mayo llega. Cubierto de sueños, de leyendas. De agosto comiéndose el invierno. De septiembre, que ahoga más que el vino más oscuro y octubre, que muere en marzo sin saberlo.

Ángel que reza y resopla, febrero empuja, rechina, golpea y maldice el cabezal de bronce, la chata con cirrosis, la cama con patas de roble y dos ladrillos. El vaso sin dientes. El velador. El gato.
Y luego enero que fuma de pie, poco más que humo, que ilusión. Casi una burla. La hoja de afeitar ideas sobre el mármol. El espejo de lamer heridas, con la idiotez partida en dos y la entereza de un bidet que pregunta, los ojos en blanco y la corbata amarilla del descuido, una pregunta que es siempre la misma.
Hasta cuando.

Gustavo Fogel - ( delapalabra - MDP)