La mujer del vestido celeste
Diego Orcoyen - (Capital Federal)
La noche arcana y gélida envolvía los campos con un silente manto de oscuridad. Una leve brisa acariciaba en irregulares susurros a la vegetación que callaba expectante. En el aire, una fuerza inmaterial se cernía entre las negras sombras cayendo sin conmiseración sobre aquel yermo paisaje exánime. Del límpido cielo colgaban funámbulas un puñado de estrellas que aunque fulgentes, parecían desentenderse en la distancia de lo que más abajo sucedía. Más allá, en sempiterna vigilia, lloraba el mar un murmullo blanco de fantasmales formas y rompían impetuosas las furibundas olas en tersas espumas, fundiéndose en leal cofradía con inexpugnables acantilados de dura roca.
Paula miró por la ventanilla. Afuera las sombras parecían cobrar vida escurriéndose por entre las luces que despedían los faros del auto y los árboles que cubrían la banquina izquierda. Los espectros se hacían y deshacían entre los pastizales a medida que el automóvil avanzaba. Los árboles permanecían en exasperante quietud al igual que todo lo que los rodeaba. Sólo el mar movía sus blancas espumas en la lejanía, lentamente, despidiendo apenas un rumor sombrío y apagado que lo mismo era silencio en aquella fría noche que callaba como aguardando algo. De pronto se sobrecogió, un escalofrío recorrió su cuerpo.
-Matías-dijo casi en un susurro-¿No falta mucho, verdad?
-No, apenas unos pocos kilómetros-respondió fatigado.
-Sabés que no me gusta viajar de noche-dijo y la voz le tembló.
-¿Tenés miedo?-murmuró entre risas mientras le daba una palmada en la espalda-No falta mucho mi amor.
Ningún otro coche transitaba aquella ruta en esas horas de la madrugada. Era invierno y el frío se hacía sentir traspasando las desvencijadas chapas del Renault 12. Paula comenzó a temblar y cogiendo una manta se ovilló en su asiento. Luego volvió a mirar hacia fuera. Todo lo que los rodeaba parecía mirarlos, la noche observaba cada uno de sus movimientos. De un lado el mar, del otro árboles y campo, la ruta desierta, y la noche que los cercaba por delante y por detrás. De pronto algo saltó desde la banquina -¡Ah!- gritó Paula aferrándose a su marido, que del susto movió bruscamente el volante. El auto perdió el control y se pasó al carril contrario. Matías pisó el freno hasta el fondo, el Renault hizo medio trompo y finalmente se detuvo.
-¡¿Qué pasó?!-gritó con tono duro a su mujer-¡¿no ves qué casi nos matamos?!
-¡Allá!, ¡allá!-balbució con la voz entrecortada por el miedo a la vez que señalaba con su mano hacia atrás.
-¿Allá?, ¿qué viste mi amor?- dijo Matías ahora con dulzura, abrazándola al mismo tiempo.
-Algo saltó de la... -y la voz se convirtió en un jadeo ininteligible. Paula comenzó a llorar.
-Shhh, tranquila, no pasa nada, ya pasó-la consoló él mientras le acariciaba el pelo de arriba hacia abajo en un movimiento regular.
-¡No!, algo saltó desde la banquina por allá, lo juro... -y prorrumpió nuevamente en llanto.
-Bueno, bueno; a ver, mostrame por donde- le dijo Matías con tono paciente.
Ambos giraron su cuerpo y observaron por la ventana trasera.
-A ver, está toda empañada... esperá que le paso un trapito- se quejó él. Abrió la guantera, sacó una franela, y en un ágil y rápido movimiento se pasó al asiento trasero. Acomodó el trapo en su mano y comenzó a limpiar el vidrio de manera circular. No bien dejó una parte limpia observó hacia fuera. De pronto su cuerpo se paralizó, su rostro empalideció, y perdió el habla. Una persona corría desenfrenadamente por en medio de la ruta a escasos metros y se dirigía hacia ellos.
-¡¿Qué pasa Matías?!, ¡¿qué pasa mi amor?!- gritó Paula, que abrió su ventanilla y se asomó afuera mirando hacia atrás.- ¡Ahhhh!, ¡ahhhh!, ¡auxilio!, ¡Matías, arrancá!, ¡arrancá!
Matías volvió en si y tropezando con el asiento se dirigió hacia la butaca del conductor. Paula cerró su puerta con violencia -¡Arrancá, carajo, arrancá...!-gritó desesperada. Matías se puso al volante y miró por el espejo retrovisor. El sujeto ya estaba casi sobre ellos. Giró la llave de arranque pero el motor no respondió.
-¡¿Qué pasa?!, ¡arrancá! -chilló Paula dominada por la histeria.
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Matías lo intentó de nuevo aunque sin éxito.
-¡No arranca!, ¡no arranca, carajo! -rugió encolerizado.
Una mano asió la puerta del auto pero Matías cerró el seguro al instante.
-¡Ahhh!, ¡ahh!-gritó Paula horrorizada-
El rostro de una mujer se asomó en la ventanilla. Matías intentó encender el auto pero el motor no arrancó. La mujer se colocó delante del Renault y comenzó a gritar y a llorar desesperadamente. Llevaba un vestido celeste hecho harapos y el cabello largo y suelto que se confundía entre sus brazos agitados con vehemencia de un lado hacia el otro.
-¡Vamos!, ¡arrancá! -gritó Paula.
La mujer continuaba llorando y gritando como enloquecida. Matías giraba la llave de arranque una y otra vez y el auto seguía sin responder. La mujer se colocó nuevamente delante de la ventanilla de Matías y ahora él pudo distinguir algo de lo que decía. Un accidente, su hija atrapada en el auto. Observó sus ropas y advirtió que estaban entintas en sangre. Luego fijó su vista en aquel rostro desesperado inundado en lágrimas.
-¡Oh, por Dios!, ésta mujer ha sufrido un accidente. Debemos ayudarla-dijo Matías de pronto.
-¡Pero qué decís!, ¿te volviste loco?- replicó Paula sobresaltada.
La mujer del vestido celeste proseguía su súplica exasperada, yendo de un lado hacia el otro alrededor del Renault, moviendo sus brazos, gritando, llorando. La noche mantenía un silencio de muerte ensombreciendo con su color aquellas almas; desde lejos el mar murmuraba en inagotables blancos y grises una cadencia de horror y misterio; los árboles, el campo, callaban también cómplices de las tenebrosas sombras.
-¡Escuchála, Paula!, tuvo un accidente. Espérame acá que voy a ayudarla -dijo y volteó para abrir la puerta.
-¡No, Matías, no vayas!-intentó inútilmente.
Matías abrió la puerta lentamente y con cierto temor. Enseguida la mujer corrió a su lado repitiendo su ruego con insistencia. Por un momento el miedo lo invadió y amenazó con cerrar la portezuela, más luego se dominó. Ahora la señora estaba con él cara a cara y pudo ver su rostro. Estaba repleto de cortes y magulladuras; sus ojos cansados y llenos de lágrimas; una expresión de desesperación se dibujaba en sus facciones. Tenía un profundo corte en su pierna derecha del que manaba sangre a borbotones. Sus manos, también ensangrentadas, señalaban hacia atrás persistentemente.
-¡Allá!, ¡por favor!, ¡mi hija quedó atrapada en el automóvil!, ¡rápido!, ¡se lo suplico!- gritaba la mujer que de pronto echó a correr hacia la banquina.
Matías siguió sus pasos y se internó entre los matorrales. Dejó atrás una pequeña zanja y corrió hacia delante unos cien metros. Allí imploraba a gritos la mujer del vestido celeste al lado de los restos destrozados de un auto. Se hallaba incrustado en un árbol de gran tamaño en el que la trompa había casi desaparecido. Matías apartó a la señora y se arrodilló al lado del auto asomándose por la ventana trasera. Todo el interior estaba repleto de un espeso humo negro que dificultaba la visión. Los asientos delanteros se encontraban aplastados por el motor, que por la fuerza del impacto se hallaba dentro del coche. Un entramado de hierros retorcidos formaba una pared en lo que había sido el asiento del conductor. Se introdujo por detrás y enseguida vio un brazo tendido. Allí estaba la pequeña; se acercó a ella y observó que aún respiraba, ¡estaba viva!
-¡Está viva!, ¡está viva!-gritó con fuerza.
Con cuidado la tomó por debajo de los brazos y comenzó a jalarla hacia atrás en cortos y reiterativos movimientos. Ya casi estaban afuera cuando Matías vio aquello. –No, no es posible-pensó horrorizado. El humo era cada vez más denso. Miró una vez más, incrédulo, y salió con la chiquilla en sus brazos. Estaba confundido y perturbado por lo que había visto. No podía creer lo que sus ojos le habían mostrado. Pero era cierto, era real. Dejó a la niña a salvo a un lado y se asomó nuevamente por la ventana trasera de aquel destrozado automóvil. Sí, sus ojos no lo habían engañado y no creía estar alucinando. Definitivamente era verdad. Allí, aplastada entre hierros y plásticos, con el rostro cubierto de sangre y con una profunda herida en su pierna derecha, yacía sin vida la mujer del vestido celeste. |