EDUCACIÓN Y SALUD MENTAL
Analfabetismo intelectual y espiritual
A pesar de que cada uno de nosotros debe aspirar a un alto nivel de educación, no es posible permanecer satisfechos con nuestro estado de vida intelectual, moral o espiritual. Si fracasáramos individualmente al intentar elevar los logros espirituales o intelectuales, nuestra sociedad estaría condenada a la esterilidad.
La enfermedad que padece la sociedad de hoy es el analfabetismo tanto intelectual como espiritual; analfabetismo que lleva a la ignorancia y a la idolatría de falsos valores. Sentimos con dolor que la vida pasa por nosotros, pero que nosotros no pasamos por la vida.
Estamos perdiendo comprensión del sentido de la existencia y lo humano se aleja cada vez más de sus esencias. En nuestra vida diaria pasamos la mayor parte del tiempo en una atmósfera obsesionada por el éxito a cualquier precio, por la ostentación y el cinismo.
Este ambiente no es favorable para el desarrollo de la persona ni para otra empresa destinada a exaltar los valores superiores del humanismo. No ignoramos, sin embargo, que nuestra condición humana es siempre precaria, que está permanentemente a prueba y expuesta a riesgos de toda clase y siempre en peligro de traicionarse a sí misma.
Audacia espiritual, coraje intelectual y poder de desafío
Cultivar ciertos valores que nos ayuden a preservar esta humanidad no debe considerarse un lujo del espíritu sino una insoslayable defensa frente a esa aterradora perspectiva que amenaza nuestro planeta -cada día más poblado de seres- enfrentado al homicidio del espíritu y a la destrucción sistemática del hombre como persona, con la solapada intención de componer una sociedad de idiotas intelectuales
El individuo debe aprender a sobrevivir a pesar y a causa de condiciones espirituales adversas. Lo que un individuo necesita desarrollar no son tranquilizantes de información, ni emociones fugaces como diversión, ni otras formas de erudición como entrenamiento del aprendizaje, sino audacia espiritual, coraje intelectual y poder de desafío.
Una educación que considerara a la persona como una suma de comportamientos; o lo que es peor, como un sistema de costumbres o hábitos estereotipados; una educación que evadiera los problemas intelectuales y que ignorara el embotamiento emocional, también estaría condenada al fracaso
Relación con el mundo de los valores
Es deseable que la educación que se administra desde la infancia tenga en cuenta la introducción y el ejercicio de una relación con los valores, pues de otro modo la persona dejaría de existir como tal. Nuestra posibilidad para responder a la existencia depende en gran medida de la habilidad para ser sensibles a la presencia de estos valores en nuestra casa intelectual y espiritual y de la sensibilidad para reconocerlos y apreciarlos en las palabras y luego aplicarlos a nuestra conducta.
El coraje de asumirlos, en último análisis, no es más que la respuesta afirmativa a los sacudimientos de la existencia que son necesarios para la actualización de nuestra propia naturaleza. Lo opuesto al coraje no es la cobardía, sino más bien la conformidad autómata y dependiente: no ver ni sentir nada.
Otro objetivo no menos importante de la educación es orientar al educando en un sistema de referencia con respecto a los problemas fundamentales de la existencia. Por ejemplo, cómo iluminar la conciencia para descubrir el caos interior, cómo afrontar los males en que se desangran algunas sociedades contemporáneas, cómo debe ser la relación con nuestros prójimos, qué debemos hacer con respecto a la envidia, cuál es el significado de la honestidad y la justicia, cómo debemos enfrentar el problema de la soledad, qué respuestas damos a la violencia, a la indiferencia, al compromiso.
Un encuentro significativo
La dificultad más importante reside en que la gran mayoría de las personas no tienen conciencia de sus verdaderos problemas; perciben el sufrimiento de una dolorosa ansiedad pero no de lo que realmente los amenaza. La meta de esta educación es lograr que el niño llegue a ser persona. En manos de un maestro torpe esta evolución puede ser desastrosa. En manos de un educador competente los resultados de su desarrollo deseable serán espléndidos.
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En cada uno de nosotros está la llave capaz de abrir las puertas al ideal de una educación integral, representada por la toma de conciencia de ese universo extraordinario que es la propia identidad. Es preciso tener en cuenta que lo más precioso no está latente dentro de nosotros, sino que tiene lugar en el encuentro con lo que es más grande que nosotros. ¿Qué encuentro más alto en nuestra educación que responder a la verdad, a la sabiduría y al compromiso?
Sólo se puede influir en una persona si se llega hasta el corazón de su vida interior, nivel en que todo ser humano es inseguro y se siente incompleto. Es importante, pues, esforzarse por lograr una educación capaz de promover un sentido de la maravilla y del significado de la existencia y que ofrezca también la posibilidad de que puedan emerger problemas capaces de ser contestados desde el interior del ser.
El ideal de la educación
En los libros de psicología se sostiene que es inútil trabajar terapéuticamente sobre los valores morales. Será, tal vez, porque de todas las disciplinas dentro del campo de la filosofía la psicología es la menos avanzada y la más insegura.
Sin embargo, el hombre nace para enfrentar conflictos y tomar decisiones, nace para insistir, así como para resistir. Y no existe ni la fe, ni la integridad sin conciencia de la dificultad de la fe y de la dificultad de la integridad.
La educación del carácter no puede realizarse como educación del carácter únicamente; tampoco el problema moral puede tratarse separadamente de la educación del ser humano. Los valores que no debemos descuidar son los antecedentes del compromiso moral, aquellos actos que tienen lugar en la profundidad de la persona, pues de su revelación y desarrollo dependerá el compromiso de esos valores morales y el diálogo con su conciencia.
Lo que el hombre piensa de sí mismo, de la sociedad y de la humanidad, determina su manera de tomar una decisión y también puede influir sobre el desarrollo de su salud o de su enfermedad. El ideal de esta educación es dar norma, finalidad, significado, dirección y profundidad a lo que puede ser considerado uno de los valores supremos de la educación en general como es el mayor desarrollo posible del individuo.
Este desarrollo debe reconocer la dialéctica de la situación humana, el cuidado máximo de la persona y su entorno social, la disciplina y la espontaneidad, el compromiso y su ejemplo, la pauta y la poesía, la interiorización y la exteriorización.
Debe enseñar a cultivar tanto la piedad intelectual como la observancia de las formas, la quietud como la actividad, la importancia de la paciencia como la manera de escuchar, el rechazo de la complacencia y de la arrogancia, la necesidad vital del crecimiento interior, la edificación de la responsabilidad y la participación activa en ayudar al prójimo, así como un sentido de autenticidad. Todo lo cual no implica una reverencia por el hombre en general, sino reverencia por este ser humano completo en particular
La educación no puede ser adquirida de cualquier manera
Vivimos una de las grandes horas de la historia. Los falsos dioses se están derrumbando y los corazones están hambrientos de un sentimiento que ahogue nuestro nihilismo. La educación inspirada en los principios de la filosofía humanista no es una fórmula; es la adquisición de una actitud permanente de la cual dependerá la alegría de vivir una vida comprometida con ciertos valores que se encuentran más allá de nosotros mismos.
Esta educación no es un logro fácil; tampoco es una habilidad que se adquiere de la noche a la mañana. Puede llevar algún tiempo el dominio de esta educación. Es posible cultivarse y crecer en una etapa de la vida para ver que sus resultados pueden surgir en momentos precisos y oportunos.
También nos enseñará a seguir esforzándonos por el perfeccionamiento de nuestra personalidad, porque nunca será punto de llegada; será siempre estar en camino tratando de escapar de la insensibilidad como medio para soslayar los problemas. La educación comienza como autodesarrollo y luego nos alienta constantemente.
Quien busque una educación que estimule su astucia, exalte su vanidad, o satisfaga sólo su curiosidad, encontrará una ficción como proceso de maduración psicológica. Quien encamine sus esfuerzos para lograr el desarrollo de su talento sin compromiso con otros valores del espíritu, adquirir conocimientos sólo como erudición y vivir el éxito sin humildad, habrá tendido un puente de construcciones abstractas en torno de sí mismo y un castillo en el aire llamado frustración.
Luis César Guedes Arroyo – (Bs As)
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