Avispa 25 Dar la cara

LA PALABRA MALDITA

Juan Carlos Cárdenas
ecosjcc@hotmail.com
 

Nos acechan, como seduciéndonos. Nos seduce el tono con el que son expresadas, el sentido, y cómo nos acarician la espalda. En otros momentos, abandonan la seducción y arremeten contra nosotros. Asestan el golpe con cierta ingenuidad como si al mismo tiempo que nos abren el pecho nos estuvieran bendiciendo.
Cuando llegan, son capaces de paralizarnos, al punto de dejarnos inmóviles en el preciso momento que cruzamos una calle, como si de pronto, una serpiente se nos hubiera subido al cuello. Es inútil callar o enmudecer, porque allí mismo, adquiere la fisonomía de un grito, de lo que no queremos que se sepa o de lo que irremediablemente estaremos diciendo al callar. Han encontrado en nosotros un refugio, aunque no sepamos muy bien, quién es el refugiado. Por qué no decirlo, aunque resulte una obviedad y hasta una redundancia: La palabra.
Pero no la palabra que de tanto ir de boca en boca, termina por construir su propia trampa, sino, la que al escribirla o pronunciarla nos maldice.
La palabra maldita, no aquélla con los atributos del insulto, sino aquélla que haría del sol una linterna o de la noche un abismo. Sólo estas palabras serían capaces de acecharnos con el instinto de un animal hambriento y de seducirnos a tal punto, que hasta nuestra muerte quedaría justificada.
Pero después de todo, ¿es posible hoy encontrarnos con una palabra maldita, en el oficio absurdo de algunos de escribir o de pronunciar palabras como si lustraran un par de zapatos, o de tantos otros que creyéndose “transgresores” revalorizan el insulto como genuina imagen de posmodernidad?

Por momentos, uno imagina que el mundo no tendría nombre ni apellido, sino tan sólo un titubeo o un sonido gutural, sin la primer palabra maldita de la que se tiene memoria: Amor.
Maldita porque es inútil resistirse, abandonarla o negarla y aunque podemos tomar ciertas precauciones y distancias, por ella volvemos una y otra vez, como un niño a los brazos de su madre. Maldita porque, con ella nos miramos al espejo confirmando la maldición de ser uno mismo, aunque nos hayan ofrecido un exorcismo.
Los hechos afirman que para encontrarse con este tipo de palabras, no con un manojo de simulacros, sino de auténticas palabras malditas, no es necesario ningún acto o gesto de heroísmo, sino simplemente tener la voluntad de ser maldecido por una palabra que no se sustenta ni se sirve de nosotros.
Una palabra capaz de conservar la memoria de todas las voces que la han pronunciado y de todos los idiomas en la que ha sido escrita. Una palabra de tales características, sólo será concebible cuando reconozcamos que no hemos sido nosotros los que la hemos rescatado del olvido y de la ignorancia, sino que ha sido ella, la que nos ha ido construyendo la memoria de un tiempo que no hemos vivido y rescatado de aquella ignorancia desde la cual pregonamos saberlo todo.
Algunos dirán que no existen tales palabras capaces de maldecirnos la conciencia con el sólo hecho de leerlas. Es de suponer que estos refutadores temen por tantas maldiciones repartidas, en un mundo donde hasta hoy, se creía que ya no existían los conjuros ni los brujos de palabras malditas.
En estos casos, es preferible darse por enterado de tales existencias y no oponerse a la creencia de que mientras alguien escriba, aunque sea con errores o una caligrafía defectuosa, y hasta incluso, aunque nadie lo lea, estará latente la posibilidad de despertar aquella palabra que habrá de maldecirnos para toda la vida.
Ser un maldito con una palabra tan maldita que al pronunciarla nos estemos mordiendo la lengua, es un acto de confesión frente a quién nos lee. Confesamos que por ella estamos aquí, aunque nos refuten, aunque al escribirla nos hayamos condenado a la hoguera.

HISTORIETAS ¿POR QUÉ NO?

Ubaldo Rodríguez - Bibliotecario - (MDP)

 

Cuando el bibliotecario dialoga con los padres de los chicos que concurren a la Sala Infantil de una biblioteca pública o una biblioteca barrial éstos presentan una preocupación común. Ellos plantean que fuera de los manuales o textos de estudio no leen otra cosa que HISTORIETAS.
La historieta siempre ha sido considerado un género menor, se las ha tratado peyorativamente y se las acusa de no brindar ningún beneficio al niño. Sin embargo, es el primer material al que ellos acceden si se los deja elegir libremente.
Si nosotros lo que pretendemos es formar un buen lector, debemos estar abiertos ante su elección.
Los chicos son atrapados por las historietas, a mi entender, por la posibilidad que da la interpretación de las imágenes y un texto corto y atractivo que los motiva a seguir leyendo.
Para el 1º y 2º ciclo de EGB son ideales. A los primeros, les llama la atención los dibujos, imaginan nuevas situaciones y son de fácil lectura y comprensión; los segundos, si bien les llaman la atención las imágenes, hacen una mejor lectura de ellas, pueden recrearlas e inclusive crear nuevas historias.
Las historietas son beneficiosas ,según mi experiencia, porque hace que el lector recurra al diccionario a buscar aquellas palabras del texto de las que no conoce su significado, consulte el título de un libro que se menciona en ella o pone en su conocimiento situaciones políticas, sociales, económicas, científicas, a nivel mundial, nacional o local que lo lleva, muchas veces, a consultar a sus padres o bibliotecarios que más allá de darle una respuesta, también pueden remitirlo a otras fuentes bibliográficas.
Leer debe ser un placer y no una obligación. Si los obligamos a leer una novela larga porque nos atrapó a nosotros cuando éramos chicos, quizás esa experiencia, anule su interés por la lectura.
Si aceptamos la historieta, después podemos ofrecerle un cuento no muy largo con algunas imágenes o un cuento, novela o biografía en formato de historieta para posteriormente ofrecerle una biografía o una novela.
Tanto padres como bibliotecarios debemos respetar el tiempo de los chicos y compartir con ellos la lectura de libros e historietas (que nos permitirán recordar personajes e historias ligadas a nuestra niñez). De esta manera, lograremos formar un buen lector.
 

HISTORIETAS PARA DISFRUTAR
Este material se puede consultar en la Sala Infantil de la Biblioteca Leopoldo Marechal (25 de Mayo y Catamarca) y en algunas Bibliotecas Barriales dependiente de la Subsecretaria de Cultura de la Municipalidad de Mar del Plata
 
HISTORIETAS
MAFALDA QUINO
CLEMENTE CALOI
YO, MATIAS SENDRA
GARFIELD DAVIS, J.
OLAF, EL VIKINGO BROWNE, D.
ASTERIX GOSCINNY, R.
LUCKY LUKE GOSCINNY, R.
LAS AVENTURAS DE INODORO PEREYRA R. FONTANARROSA
 
HISTORIETAS BASADAS EN CUENTOS O NOVELAS
SORIA, CARLOS MOBY DICK
LOS 3 MOSQUETEROS
LOS VIAJES DE GULLIVER
ROBINSON CRUSOE
(PARIS; BUENOS AIRES : LAROUSSE, 1982)
REDONDO, NESTOR DRÁCULA
DOCTOR JEKYLL Y MISTER HYDE
(MÉXICO : OMGSA, 1983)
LAVANDEIRA, SANDRA EL FANTASMA DE CANTERVILLE Y OTROS CUENTOS DE OSCAR WILDE (BUENOS AIRES : LIBROS DEL QUIRQUINCHO, 1994)
LE GALL, YVON LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DIAS (BARCELONA : JUNIOR, 1981)
 
BIOGRAFIAS EN FORMATO DE HISTORIETA
GRAU, SILVIA
LAS AVENTURAS DE ALFONSINA STORNI
(BUENOS AIRES : ERREPAR, 1999)
MANTINI, ADA
ISADORA DUNCAN : PARA JÓVENES PRINCIPIANTES
(BUENOS AIRES: LONGSELLER, 2000)
REPUN, GRACIELA
VAN GOGH: PARA JÓVENES PRINCIPIANTES
(BUENOS AIRES : LONGSELLER, 2001)
ATAHUALPA YUPANQUI PARA JÓVENES PRINCIPIANTES
(BUENOS AIRES : ERREPAR, 2000)

EDUCACIÓN Y SALUD MENTAL

 

Analfabetismo intelectual y espiritual
A pesar de que cada uno de nosotros debe aspirar a un alto nivel de educación, no es posible permanecer satisfechos con nuestro estado de vida intelectual, moral o espiritual. Si fracasáramos individualmente al intentar elevar los logros espirituales o intelectuales, nuestra sociedad estaría condenada a la esterilidad.
La enfermedad que padece la sociedad de hoy es el analfabetismo tanto intelectual como espiritual; analfabetismo que lleva a la ignorancia y a la idolatría de falsos valores. Sentimos con dolor que la vida pasa por nosotros, pero que nosotros no pasamos por la vida.
Estamos perdiendo comprensión del sentido de la existencia y lo humano se aleja cada vez más de sus esencias. En nuestra vida diaria pasamos la mayor parte del tiempo en una atmósfera obsesionada por el éxito a cualquier precio, por la ostentación y el cinismo.
Este ambiente no es favorable para el desarrollo de la persona ni para otra empresa destinada a exaltar los valores superiores del humanismo. No ignoramos, sin embargo, que nuestra condición humana es siempre precaria, que está permanentemente a prueba y expuesta a riesgos de toda clase y siempre en peligro de traicionarse a sí misma.
 
Audacia espiritual, coraje intelectual y poder de desafío
Cultivar ciertos valores que nos ayuden a preservar esta humanidad no debe considerarse un lujo del espíritu sino una insoslayable defensa frente a esa aterradora perspectiva que amenaza nuestro planeta -cada día más poblado de seres- enfrentado al homicidio del espíritu y a la destrucción sistemática del hombre como persona, con la solapada intención de componer una sociedad de idiotas intelectuales
El individuo debe aprender a sobrevivir a pesar y a causa de condiciones espirituales adversas. Lo que un individuo necesita desarrollar no son tranquilizantes de información, ni emociones fugaces como diversión, ni otras formas de erudición como entrenamiento del aprendizaje, sino audacia espiritual, coraje intelectual y poder de desafío.
Una educación que considerara a la persona como una suma de comportamientos; o lo que es peor, como un sistema de costumbres o hábitos estereotipados; una educación que evadiera los problemas intelectuales y que ignorara el embotamiento emocional, también estaría condenada al fracaso
 
Relación con el mundo de los valores
Es deseable que la educación que se administra desde la infancia tenga en cuenta la introducción y el ejercicio de una relación con los valores, pues de otro modo la persona dejaría de existir como tal. Nuestra posibilidad para responder a la existencia depende en gran medida de la habilidad para ser sensibles a la presencia de estos valores en nuestra casa intelectual y espiritual y de la sensibilidad para reconocerlos y apreciarlos en las palabras y luego aplicarlos a nuestra conducta.
El coraje de asumirlos, en último análisis, no es más que la respuesta afirmativa a los sacudimientos de la existencia que son necesarios para la actualización de nuestra propia naturaleza. Lo opuesto al coraje no es la cobardía, sino más bien la conformidad autómata y dependiente: no ver ni sentir nada.
Otro objetivo no menos importante de la educación es orientar al educando en un sistema de referencia con respecto a los problemas fundamentales de la existencia. Por ejemplo, cómo iluminar la conciencia para descubrir el caos interior, cómo afrontar los males en que se desangran algunas sociedades contemporáneas, cómo debe ser la relación con nuestros prójimos, qué debemos hacer con respecto a la envidia, cuál es el significado de la honestidad y la justicia, cómo debemos enfrentar el problema de la soledad, qué respuestas damos a la violencia, a la indiferencia, al compromiso.

Un encuentro significativo
La dificultad más importante reside en que la gran mayoría de las personas no tienen conciencia de sus verdaderos problemas; perciben el sufrimiento de una dolorosa ansiedad pero no de lo que realmente los amenaza. La meta de esta educación es lograr que el niño llegue a ser persona. En manos de un maestro torpe esta evolución puede ser desastrosa. En manos de un educador competente los resultados de su desarrollo deseable serán espléndidos.  

En cada uno de nosotros está la llave capaz de abrir las puertas al ideal de una educación integral, representada por la toma de conciencia de ese universo extraordinario que es la propia identidad. Es preciso tener en cuenta que lo más precioso no está latente dentro de nosotros, sino que tiene lugar en el encuentro con lo que es más grande que nosotros. ¿Qué encuentro más alto en nuestra educación que responder a la verdad, a la sabiduría y al compromiso?
Sólo se puede influir en una persona si se llega hasta el corazón de su vida interior, nivel en que todo ser humano es inseguro y se siente incompleto. Es importante, pues, esforzarse por lograr una educación capaz de promover un sentido de la maravilla y del significado de la existencia y que ofrezca también la posibilidad de que puedan emerger problemas capaces de ser contestados desde el interior del ser.
 
El ideal de la educación
En los libros de psicología se sostiene que es inútil trabajar terapéuticamente sobre los valores morales. Será, tal vez, porque de todas las disciplinas dentro del campo de la filosofía la psicología es la menos avanzada y la más insegura.
Sin embargo, el hombre nace para enfrentar conflictos y tomar decisiones, nace para insistir, así como para resistir. Y no existe ni la fe, ni la integridad sin conciencia de la dificultad de la fe y de la dificultad de la integridad.
La educación del carácter no puede realizarse como educación del carácter únicamente; tampoco el problema moral puede tratarse separadamente de la educación del ser humano. Los valores que no debemos descuidar son los antecedentes del compromiso moral, aquellos actos que tienen lugar en la profundidad de la persona, pues de su revelación y desarrollo dependerá el compromiso de esos valores morales y el diálogo con su conciencia.
Lo que el hombre piensa de sí mismo, de la sociedad y de la humanidad, determina su manera de tomar una decisión y también puede influir sobre el desarrollo de su salud o de su enfermedad. El ideal de esta educación es dar norma, finalidad, significado, dirección y profundidad a lo que puede ser considerado uno de los valores supremos de la educación en general como es el mayor desarrollo posible del individuo.
Este desarrollo debe reconocer la dialéctica de la situación humana, el cuidado máximo de la persona y su entorno social, la disciplina y la espontaneidad, el compromiso y su ejemplo, la pauta y la poesía, la interiorización y la exteriorización.
Debe enseñar a cultivar tanto la piedad intelectual como la observancia de las formas, la quietud como la actividad, la importancia de la paciencia como la manera de escuchar, el rechazo de la complacencia y de la arrogancia, la necesidad vital del crecimiento interior, la edificación de la responsabilidad y la participación activa en ayudar al prójimo, así como un sentido de autenticidad. Todo lo cual no implica una reverencia por el hombre en general, sino reverencia por este ser humano completo en particular
 
La educación no puede ser adquirida de cualquier manera
Vivimos una de las grandes horas de la historia. Los falsos dioses se están derrumbando y los corazones están hambrientos de un sentimiento que ahogue nuestro nihilismo. La educación inspirada en los principios de la filosofía humanista no es una fórmula; es la adquisición de una actitud permanente de la cual dependerá la alegría de vivir una vida comprometida con ciertos valores que se encuentran más allá de nosotros mismos.
Esta educación no es un logro fácil; tampoco es una habilidad que se adquiere de la noche a la mañana. Puede llevar algún tiempo el dominio de esta educación. Es posible cultivarse y crecer en una etapa de la vida para ver que sus resultados pueden surgir en momentos precisos y oportunos.
También nos enseñará a seguir esforzándonos por el perfeccionamiento de nuestra personalidad, porque nunca será punto de llegada; será siempre estar en camino tratando de escapar de la insensibilidad como medio para soslayar los problemas. La educación comienza como autodesarrollo y luego nos alienta constantemente.
Quien busque una educación que estimule su astucia, exalte su vanidad, o satisfaga sólo su curiosidad, encontrará una ficción como proceso de maduración psicológica. Quien encamine sus esfuerzos para lograr el desarrollo de su talento sin compromiso con otros valores del espíritu, adquirir conocimientos sólo como erudición y vivir el éxito sin humildad, habrá tendido un puente de construcciones abstractas en torno de sí mismo y un castillo en el aire llamado frustración.

Luis César Guedes Arroyo – (Bs As)

 

 

 

 

 

 

 

 

Avispa 25 Correos

Oniel Moisés Uriarte
Sergio Colantonio La Ñ no responde a cartas como ésta
Karel Raymundo Morales Ríos

 

Hola Marcela:

Te cuento que me llegó la revista a la casa en Madrid, de hecho te estoy muy agradecido por tu gentileza, me encantó el nuevo formato, es muy manuable y útil de llevar en la cartera de trabajo, he leído casi todo su contenido y es como si quisiera que durara mas tiempo en acabarse. No imaginas cuanto honor me hace que hayas publicado mi articulo al lado del escrito por Gustavo Ortiz, con quien de hecho me identifico, en forma de pensar y manera de expresarlo y en una revista que recoge tanto material de calidad, algo que tanta falta nos hace en estos tiempos donde casi apenas nos dan tiempo para pensar, mas que en facturas, necesidades y consumo.
Bueno, por mi parte estoy siempre dispuesto a colaborar y sabes que me tienes a mano. Tenme al tanto en lo posible de la próxima publicación, y de todo corazón, ve pensando si te interesa que esta revista se publique acá. Porque a la verdad, cuesta mucho encontrar algo parecido, al menos a mí.
Te envió un saludo grande y afectivo. Saludos a Carlos  y su Tropa. Estemos en contacto.

Oniel Moisés Uriarte

Saludos desdé México. Yo di con la web delapalabra buscando en yahoo.com e-books. Quiero felicitarlos a uds(y a los argentinos en general), por quela manera en la que promueven literatura y en la que se preocupan por la educación y cultura, hecho que en Mexico (lo digo con mucha tristeza) sucede realmente muy poco.

P.D. Gracias, los estaré frecuentando.

 

Karel Raymundo Morales Ríos

La Ñ no responde a cartas como ésta *
 
El lunes pasado, en la nota central de la revista Ñ me asomó un personaje llamado Virilio, Paul Virilio. No sé si fue mi falta de percepción o el desinterés lo que me hizo ignorar por completo el mensaje de tapa que aparecía debajo de la foto de ese personaje, y que algo anticipaba de lo que uno podría esperar que hubiera dentro.
Paul Virilio, personaje al fin, reacomodaba su imagen en la tapa y era texto de la nota central. Juro que no lo podré olvidar tan fácilmente. La culpa fue mía, eso lo reconozco. Y digo que la culpa fue mía, porque ese mensaje de tapa que yo ignoré) venía adornado por la foto) esa foto algo seria, casi mística y que opacaba el mensaje allí escrito, y yo me quedé con la foto. El sábado caminé las dos cuadras que Separan el kiosco de mi casa mirando la tapa con la foto de Paul, esa foto con mucho negro donde resalta la cara sacerdotal de hombre serio.
Pero nada pasó a ser relevante en ese momento. Pienso ahora, que algún motivo hubo (o hay) no lo sé) para que yo postergara esa lectura hasta el lunes siguiente. Se me ocurre pensar que fue algún motivo lúdico, y algo de razón hay en ello: El sábado a la tarde me fui a jugar al fútbol. Por supuesto que el domingo me olvidé de mi amigo Paul, digo me olvidé de leerlo porque a cada instante lo recordaba; mientras tomaba unos mates a la orilla de la laguna de Mar Chiquita. .
El lunes fue insostenible faltar a la cita. Paul nuevamente me impresionó con su seriedad (la de la foto, ya vale aclarar) y olvidé (o ignoré) por tercera vez leer el mensaje de tapa y me sumergí en las páginas centrales.

«El pánico es el argumento central de la política” dice el notero Pablo Rodríguez (¿notero?) que dice Paul Virilio en su libro «Ciudad Pánico'), titulo traducido por el mismo Pablo.
Sería exagerado afirmar que con esa primera frase quedé impedido pero cierto es que seguí leyendo algo rengo (¿cojo suena feo, no?). La cuestión es que mi renguera no me impedía la lectura, pero si dificultaba mi comprensión (la rima interna es gratuita).
Siguiendo el orden de ideas (que no son mías), esa primera frase voló del papel a. mis ojos y de allí hacia algún recóndito lugar de mi cerebro, y entre chispas y apagones (imagino) volvieron repelidas, chocándose entre paredes húmedas, y secas nuevas y gastadas (sigo imaginando) un tropel de palabras y frases, de ideas (que ya lo dije, no son mías), que involuntariamente me desacomodaba de lo que estaba leyendo. Igualmente proseguí, rengo de comprensión leyendo esa gran capacidad para inventar palabras, asociar ideas, imágenes, estructuras, y la ingeniosa capacidad (gracias Jorge Luis) de olvidar, de olvidar como se desprecia un choripán en restaurante cinco estrellas negando su «clásica' existencia.
No vale la pena intentar una refutación para mi personaje, pues todo lo que se pueda decir, lo ensuciaría y él podría enojarse y decir barbaridades, como que causa y consecuencia es la misma cosa, terror y pánico, Ibarra y Aznar...

Sergio Colantonio Loitey

* La Ñ es la revista cultural del diario Clarín (Capital).