ISIDORO *
Sergio Colantonio Loitey - delapalabra - (Uruguay en MDP)
La primera hoja, la primera página, la comenzó el viernes a la noche y la terminó el sábado a la madrugada. Nada sospechó de la liviandad que experimentó al escribirla. «Demasiado fácil» se dijo, porque no sintió el esfuerzo, al contrario, se habían desgajado fluidas las palabras que alguna vez le fueron demoradas.
Pensaba, y eso sí, fue estricto con su pensamiento; principalmente con ése que le permitía convencerse que a la noche las voces lo asaltaban con su mejor literatura.
«Las voces en la noche» - decía, y así, siendo estricto y consecuente con esa rigidez, se negaba a escribir durante la luz del día el resto de la novela.
A esta página, algo confusa en las ideas pero clara y sensible a la hora de los sentimientos, la vio musical, afinada «como un violín, violín de tango» que le soplaba la música de la siguiente partitura. Y le siguió otra. Otra página donde un nuevo episodio se abría y cerraba tomando la forma de capítulo. «Muy acelerado» -pensó- mientras dejaba el borrador sobre su mesa de trabajo. Se levantó y escuchó el gemido de la despanzurrada poltrona y cuántos años, cuántos años ya que lo acompaña en las largas noches de escritura, cuando llegan las sombras y los ángeles, cuando «las voces en la noche» lo atrapan y lo iluminan y él trasciende y se vitaliza.
El día es otra cosa. Dormir, dormir cuando todos se levantan y eso sí, prepararse un buen mate a las once de la mañana. A las once, ni más ni menos: a las once porque a las doce y media correrá (una forma de decir porque ya no corre) a la calle en busca de un taxi. El taxi que lo llevará hasta San Juan y Esmeralda. ¿Es ahí no? No, no es ahí. San Juan y Boedo, adónde si no. Dónde si no es a la vieja librería en la que comparte las horas con sus amigos.
Ahora, mientras viaja, se me ocurre qué puede estar pensando y en realidad no se me ocurre, yo sé qué está pensando. Qué piensa, porque ahora que va a la librería, comienza a recordar los libros y termina preguntándose en quién, en quién fue el tipo que dijo ese montón de cosas y todas esas frases hechas que no hacen más que joder y nos dan vueltas en la cabeza. Como «esa boludez de que el amor remedia todas las cosas» y se repregunta sin decirlo, quién. Y quién fue que dijo «atmósfera pesada» o «un sólo día entero de paz». Y trata de responderse pero con las respuestas le viene un miedo que sabe a duda y un poco a misterio, un miedo a no saber, porque ahora sigue pensando en por qué estas obsesiones, esta perversa manía de las frases hechas.
Y claro, lo piensa y de nuevo las frases: «Siempre llegando tarde a todas partes» o «la puntualidad es la cortesía de los reyes» Pero quién, se dice; quién fue el que las tomó y las hizo suyas, las inmortalizó.
Las respuestas quedan varadas junto a él porque ya no es tiempo de respuestas. Ahora que escapa a los consejos y prende su primer cigarrillo, allí, parado frente a la librería donde permanecerá el resto de la tarde y serán otras vaguedades las que atrapen su día. Claro, cuando digo vaguedades sólo me limito a pensar en sus gustos, no en sus rechazos. Yo comparto algunos de esos gustos pero son sus rechazos los que me acercan y me ligan a él, y aunque parezca algo simbiótico, nos unimos en esa franca diferencia vital por la cual transitamos. Diferencia vital que nos arrima cuando llega la noche y el misterio y la escritura.
«Las voces en la noche» - dice.
Toma el libro de extrañas figuras y lo abre en la página marcada, la misma página que marcó hoy a la tarde, sentado en la butaca alta de la librería.
«Las voces en la noche» - repite, y comienza a leer el párrafo del arte Zen en el libro de extrañas figuras en la tapa.
“Si se siente irresistiblemente impulsado hacia esa meta tiene que encaminarse una vez más por el sendero del arte sin artificio...”
Cierra el libro y queda dormitando un rato, allí, recostado en la poltrona, pero no duerme, yo sé que no duerme.
Piensa.
Piensa y otra vez piensa sobre frases y obsesiones. Y las frases, que de nuevo retumban en la cabeza, frases sueltas como la que le quedó del libro de extrañas figuras en la tapa.
Y en ese confuso vaivén de imágenes y frases hechas comienza a escribir: “Anselmi acababa de salvarse por un pelo. Mejor dicho, por una palabra, unas cuantas palabras”. Y sigue pero él ya no es él y las voces en la noche lo atrapan y lo iluminan, y él trasciende y se vitaliza. |
Y por qué, se pregunta mirando la cantidad de hojas que llevaba escritas. Por qué tanta prisa, tanta celeridad en la vida de ese personaje del cual todavía no sabe el nombre. Ese personaje del cual él nunca sabrá el nombre.
Y las frases.
“Tiene que dar el salto hacia el origen para que viva desde la Verdad como quien se ha identificado íntegramente con ella...”
Detiene su atención en ella y la repite, intuye que algo hay en esa frase que le pertenece como si fuera propia pero no acierta en la conclusión de ese pensamiento. Salta del «salto al origen» hacia la «Verdad» señalada con mayúscula, pero la frase sigue, sigue enlazando palabras y más palabras y se le hace imposible elucidar la Verdad en esta frase. En esta frase y otras que le asoman «así como así, de la nada» cuando decide contarle a alguien qué le sucede, y esas perversas obsesiones, esa manía de las frases hechas, que le traen un mensaje cifrado que él debe descubrir.
Cuando llegó a las trescientas páginas tuvo una sensación de angustia. Poco esfuerzo le había costado resumir la vida de ese personaje un tanto chiflado, que deambulaba por la ciudad con algo de veneno para dárselo al hombre que pretende matar la literatura. Poco esfuerzo le costó ese personaje del cual ni siquiera sabía el nombre, pero que, íntimamente, sentía la necesidad de tenerlo cerca. De tenerlo muy cerca.
Y la angustia. La angustia de no saber porqué.
Él no lo sabe, pero yo sí lo sé.
Lo sé porque luego (y cuando digo luego me refiero a unos tantos días), él percibirá un cúmulo de intuiciones, como un puñado de agua fría que recorre su piel y se sentirá desnudo, indefenso.
A la rapidez con que escribió la novela le siguieron días de incertidumbre, de cierta soledad. Sólo la demora inesperada de la publicación, le permitió la gracia de esa vigilia.
Porque él nada supo de su propia angustia, pero sí de algo que había detrás de las percepciones que experimentaba, como ese sentir de la humedad, del aire de Buenos Aires como una «atmósfera pesada», un encierro en el cual iba cayendo «demasiado fácil» y «muy acelerado». O también esa campana de alerta que sonó en su cabeza cuando contando su tristeza, alguien le dijo divertite, “que el amor remedia todas las cosas” o las palabras que escuchó en la presentación del libro, esas palabras que se le mezclaban, confusas, y ya no recordaba si era “tarde pero seguro” o “siempre llegando tarde a todas partes”.
Algo sabía, aunque no era puro ni algo cognitivo, no. Todas las vaguedades recorrían su cuerpo como siempre lo habían hecho, pero algo lo hizo sentirse distinto. Eran las mismas frases que ahora sonaban diferente.
Y fue esa noche, esa noche en la que él presentía que estaría solo, repasando los haikus y el libro de extrañas figuras en la tapa, esa noche en que esperó en vano y las voces se demoraron, esa noche en que su personaje dejó de deambular por Buenos Aires buscando al ignoto asesino de la literatura. Fue esa noche cuando recordó que “la puntualidad es la cortesía de los reyes”. Y porque la recuerda ahora se dice, y se hunde en la poltrona como hundiéndose en el barro, pero despacio, con armonía “como un violín, violín de fango” - piensa- y se sumerge en el libro del arte Zen y entonces ve que “su destino se consumará en el enfrentamiento con la Verdad no refractada, la Verdad que está por encima de todas las verdades, el amorfo origen de todos los orígenes: la Nada que lo es todo, la Nada que le devorará y de la cual volverá a nacer.”
“Vean a qué cosas se aferran los seres humanos” – dice. Y recuerda: “Un solo día entero de paz”
Y las frases siguen y siguen.
Y seguirán, porque ellas son eternas.
* Isidoro Blaisten nació en Concordia, Entre Ríos. La esperanza de una vida mejor lo trae con su madre y hermanos a Buenos Aires, y devenido porteño, comienza en la literatura escribiendo poesía. Llega a ser redactor publicitario, fotógrafo, periodista, vendedor de libros. Se vuelca a contar historias, y sus personajes transitan por la angustia, la desesperación, contados desde un fino humor del absurdo, que nos devuelve inermes ante esa mirada. Luego de su vasta obra poética y narrativa, incluyendo ensayos, Isidoro muere el 30 de agosto del 2004, tan sólo a un mes de su “demorada” y única novela escrita, “Voces en la noche”, y fue quizá, como una más de las pequeñas e innumerables burlas que hizo para vencer la muerte; digo, una más que le hace, que le hará a la muerte, porque seguirá estando entre nosotros. Entre otros : “Sucedió en la lluvia” “El mago” “Dublin al sur” “Cerrado por melancolía” “Cuando éramos felices” “Al acecho” “Anticonferencias” “Voces en la noche” |