Avispa 25 Cuentos

Duendes

Gustavo Suárez - (Mar del Plata)
 

Según cuenta una vieja historia, los duendes blancos; tan intangibles y narigones, como dulces y sonrientes; viven en algunas almas privilegiadas.
Dicen que su apariencia no es maravillosa, pero eso no tiene ninguna importancia.
Ellos gustan de reunirse a jugar, y festejar así el milagro de la vida. Aparecen en ocasiones que nadie puede predecir; y parece ser, que tampoco necesitan precisar buenos motivos; ya que esas cosas de la razón, no son de su competencia.
Sobre su historia no hay muchas precisiones. Han vivido una vida lo suficientemente larga como para no poder medirla; y han formado tantos hogares como almas generosas hay en este Universo.
Los motivos por los cuales eligen un alma, son un verdadero misterio, ya que sólo ellos conocen sus razones, que según parece, tienen mucho de amor y muy poco de lógica.
Lo cierto es que sin previo aviso, alguno de ellos se desliza desde una emoción, con su valijita invisible. Y de buenas a primera; uno descubre que misteriosamente, algo inusitado le ha ocurrido a su alma.
Ellos sólo se ocupan de jugar y sonreír, y con cada uno de esos gestos, se reproducen hasta convertirse en una verdadera legión de alegría.
Es cierto que a veces, parece que todos se hubieran ido a dormir a la vez: es cuando sentimos que una parte -muy adentro- de nuestro cuerpo, se estruja de angustia, de indignación o de impotencia frente a algún episodio de esos que abundan en la vida cotidiana.
Pero si sólo somos capaces de hacer una pausa silenciosa en medio de la ansiedad, e intentamos mirar o escuchar para adentro, estarán allí, riéndose más que nunca para aumentar las filas de su ejército.
Siempre estarán dispuestos a darle muchos besos a nuestra alma cuando ella se esté muriendo de miedo de sufrir; o a alentar al corazón cuando se aterrorice ante la idea de latir más fuerte sólo porque estamos a punto de enamorarnos.
Lucharán junto a nosotros para que no nos sorprenda el abatimiento en medio de la lucha; para que ninguna búsqueda nos aleje de la serenidad; para que seamos capaces de disfrutar sin culpa; para que sepamos dar y recibir; para que no confundamos fortaleza con omnipotencia, ni compasión con lástima.
Ellos son duendes, pero llevan tanto tiempo viviendo en medio de las emociones humanas; que así como enseñan, también han aprendido.
Por eso saben que no puede pretenderse la perfección. Tampoco se les ocurre establecerse desde las absurdas pautas del «siempre» o del «jamás». Conocen los tiempos humanos. Por eso se empeñan en reír, porque saben que más allá de todo lo que pueda estar ocurriendo alrededor, éste, y sólo éste, es el momento exacto de festejar el milagro de la vida. Por eso serán capaces de sostenernos en todas nuestras penas y debilidades; nos ayudarán a aliviar nuestras culpas, y hasta serán condescendientes con nuestros peores defectos. Pero nunca aceptarán que dejemos de luchar honestamente por un ratito de felicidad.

CUTEX

Te dije que no miraras más que un minuto, que era peligroso, que te enceguecerías, que no lo soportarías. Pero no quisiste o no supiste que la realidad no es para el que pasa sino para el que tiene agallas para quedarse y subir por esa cuesta interminable sin mirar para atrás, sin oír cómo el corazón se sale por la boca.
Supe todo lo que él quería de mí, pero me gustaba elegir el lado donde mirar sin interpretaciones ajenas. Lo lúdico hubiera sido fácil, pero esto no era joda. La propuesta, no puedo decir que no me gustara, pero unir cinco destinos no era fácil siendo que todos veníamos de distintos puntos cardinales, con mambos diferentes. Primero deberíamos elegir un lenguaje que nos uniera y después ver cómo hablar esta utopía que nos sueña.
Te dije que dos era suficiente, que cinco complicaría todo. Cada uno se piensa por un camino diferente. Cinco climas, cinco idiomas, cinco razas.
Te dije, muñeca, que esto así no va, solo vos podés unirnos. Animate, llenate el perímetro de pulseras, de perlas, de cadenas oxidadas, de “ a” de abecedarios, de tapitas de gaseosa. Todo círculo tiene un principio y un final. Bueno, muñeca, decidite. Amontonanos arriba tuyo. No importa si el más chico queda detrás o adelante. Pero que las uñas todas estén pintadas de rojo, por favor... Vos sabés cómo me gustan las manos de mujer con un toque de rojo Cutex. Separados es el abismo, juntos, somos la diestra.

INCERTIDUMBRE
 
Como si fuera poco, como si fuera, como si, como... Destruyo las sílabas, las compagino, las desarticulo.
Lleno el espacio que deja el tiempo. Vuelvo del mercado, lavo cada hoja tratando de que ninguna larva quede en los resquicios de las nervaduras. Mis hijos se sientan a la mesa. El silencio es total. La mirada en el plato.
Ráfagas de ametralladoras desbastan el aire.
El mayor reparte el pan cuidadosamente cortado .Nadie recibe mas que otro. Las ratas chillan y se multiplican en la trinchera. Cada uno lava su plato. La mesa queda sin rastros de comida ni de hogar.
Una granada a lo lejos, produce una nube de humo.
Cada uno se dirige hacia sus recuerdos, la habitación, la cama, la foto de el cuando éramos familia.
La grieta en la pared, cada vez más profunda, deja ver centímetros de horizonte. En cada pestañeo recibo más vacío del exterior. Desconozco el paisaje que cada día ofrece esa pequeña luz a través de los ladrillos. Hoy el mercado ya no existe, vuelvo con las manos vacías. Desde afuera la casa es una grieta. El horizonte gana espacio. Abro la puerta, a mis pies la carta del estudio LOPEZ y ASOCIADOS... Se acabó la guerra, comienza el éxodo. El pubis joven colonizó la avanzada.

Ambos cuentos de Susana Trajtemberg
- delapalabra - (MDP)

SOLITARIO

No sé bien porqué, si el día, la temperatura, la humedad o cualquier motivo inofensivo como el que más. Pero vivo uno de esos momentos de la vida en el que me detengo a punto de hacer algo crucial. Hablo en presente. Un presente de ya, ahora, en este instante. Sé que me noto incómodo, tenso, inquieto como en una mesa de examen con tres profesores, pero los tipos no están, sólo la pared desnuda me interroga sin una mueca. La ventana que da al jardín me acerca una brisa leve. La necesito. Me siento casi asfixiado. El aire está pesado. Mi propio aire. Me sé solo en este pequeño rincón. Mi quietud me desespera, aumenta el ahogo. La puerta cerrada. No puedo abrirla, no debo. No es lógico. Sólo un enfermo egoísta los obligaría a compartir esta pesadumbre. Miro mis manos, las investigo ansiosamente. Buen momento para revisar venitas, lunares, las arrugas que se amontonan en el dorso. La cicatriz de la palma derecha me saluda. Es una vieja conocida. Me duelen las piernas. Miles de arañitas suben impacientes, ya alcanzan mis rodillas. Me muerden con esmero. La incomodidad se acentúa. Me quiero ir. No puedo. Un dolor oscuro me atraviesa.

Un calambre abusivo. Me doblo en un inútil ensayo de evitarlo. El ahogo se mezcla con una lágrima apenas disimulada. Cierro los ojos. Me veo sentado en una blancura dura y helada. Sin embargo no me asusta. Quiero seguir allí. Perderme en ese silencio blanco y húmedo, y frío. Algo está pasando conmigo y no quiero escapar. Sé muy bien que no. Lo siento en mis entrañas. Debo atravesar este camino de lágrimas para llegar a una sonrisa, a la paz. A pesar de mi temor atávico al sufrimiento, al mínimo tormento, voy a hacerlo. Sé que puedo. Voy a encontrarme conmigo mismo. El terapeuta me lo dijo. Debo darme cuenta. Encontrar mi armonía....

Todo terminó. Respiro lentamente a pesar del encierro. Culminé entero este trance tan personal. Mis manos todavía tiemblan, las uñas recuperan su color. Me sirvo de la blancura. La uso. Arreglo mi ropa. Aprieto el botón. Ya relajado tomo el picaporte. Abro la puerta del baño y corro a buscar el desodorante.

Gustavo J. Araujo
delapalabra - (MDP)

PAPEL CARTA

Lidia B. Castro Hernando
castrolidia@hotmail.com - delapalabra - (MDP)


Camila me mira pensativa. No sabe qué más puede decirle a su mamá. Ya le contó que temprano el abuelito está esperándola en la cocina con los buñuelos de banana que le gustan; que fueron a la plaza con la abuela y se subió solita al tobogán; que el loro Felipe tiró con el pico una planta y en castigo se quedó sin comer; que pintó un caballo, una casa y un árbol con lápices de cera; que duerme la siesta acostada entre los abuelos; que el papá llamó por teléfono anoche y le prometió que el domingo cuando cumpla 5 años van a ir al zoológico; que hasta hace un ratito estuvo jugando y se puso en los ojos y la boca las pinturas que ella se olvidó cuando se fue de viaje.
Se anima a preguntarle por qué no llama nunca, ni manda una carta, que sabe que está muy lejos, pero que extraña su beso de las buenas noches, el cuento antes de dormir, ese lugar calentito ahí en el cuello en donde siempre se acurrucaba, verla entrar corriendo desde la calle para levantarla en el aire, el avioncito con la cuchara llena de sopa, su perfume a frutas…
 Le pide una foto porque la abuela tapó las que colgaban en las paredes y guardó las que estaban sobre la cómoda y entonces no puede darle un beso; que la mande a casa de papá; que él seguro se la va a dar cuando vayan a ver los animales. Que no le alcanza con rezar todas las noches por ella como le enseñaron los abuelos.
Dos lágrimas oscuras por el maquillaje caen de los ojos de Camila sobre mí. Me dobla como puede y me introduce en esa caja que cuelga en el portón. Se acuerda que el abuelito dice que ahí siempre hay cartas y cuentas.
Más tarde la abuela abre el buzón y me encuentra a mí, un simple papel blanco con dos manchas de color negro, entre facturas y propagandas. Molesta con «esos chicos del barrio que tiran cualquier cosa en cualquier lado», me convierte en un bollito y me arroja a la basura.

Casi un tango

Edith Colombo - delapalabra - (MDP)
 

Vos no querías que ella trabajara allí. Tu negativa cedió ante su tozudez. Siempre consideraste que un bar no era lugar para que estuviera tu mujer. Pero la veías feliz; y vos también lo eras. Sobre todo cuando te hacia arrumacos. Entonces te derretías.
Recuerdo tus manos. Manos grandes de trabajo rudo.
Volvías de la obra, te bañabas, te perfumabas y algo insólito: encremabas tus manos. Para que no estuvieran ásperas, para que fueran dignas de acariciar su piel. ¡Cuánto amor encerraba tu cuerpo! Cuerpo de oso que se transformaba en cordero al lado de ella.
Desde mi lugar veía cómo rociabas con miradas y caricias ese cuerpo. Le pasabas la mano sobre sus cabellos como si fueran pétalos y con la yema de tus dedos gordos le redibujabas los labios hasta recibir una sonrisa. Te confieso que me conmovías.
Cada noche pasaste a buscarla. Pedías un café y te acodabas sobre mí. Después, con tu brazo como chal sobre sus hombros, se iban.
De tanto verse se hicieron amigos vos y el dueño. Charlaban sobre fútbol. Los dos hinchas del mismo club. Yo prestaba atención mientras sentía el empuje de tus codos. Si se la llevó con la mano, si había sido off-side, si el referí los bombeó y el gol ¡qué golazo! Así, hasta perderse el último parroquiano tras la puerta.
Por eso mi asombro. Todavía no puedo creerlo.
Ella tardó más de lo acostumbrado en cambiarse y él entró a buscarla. Más demora. Y fuiste vos. Y con tus manos que olían a crema apartaste la cortina. Allí, los cuerpos entrelazados como en un serpentario.
La barreta se hizo pluma en tu brazo. Corrieron por el salón y en un remolino de cuerpos, mesas y sillas, cayeron los tres sobre mí. Seguiste descargando golpes hasta no distinguirse un cuerpo del otro. Sólo eran una masa sanguinolenta que salpicó la escena.
Dos manchas amarronadas por el tiempo todavía persisten adheridas a mis chuecas patas de madera. No me limpiaron bien.

ISIDORO *

Sergio Colantonio Loitey - delapalabra - (Uruguay en MDP)

La primera hoja, la primera página, la comenzó el viernes a la noche y la terminó el sábado a la madrugada. Nada sospechó de la liviandad que experimentó al escribirla. «Demasiado fácil» se dijo, porque no sintió el esfuerzo, al contrario, se habían desgajado fluidas las palabras que alguna vez le fueron demoradas.
Pensaba, y eso sí, fue estricto con su pensamiento; principalmente con ése que le permitía convencerse que a la noche las voces lo asaltaban con su mejor literatura.
«Las voces en la noche» - decía, y así, siendo estricto y consecuente con esa rigidez, se negaba a escribir durante la luz del día el resto de la novela.
A esta página, algo confusa en las ideas pero clara y sensible a la hora de los sentimientos, la vio musical, afinada «como un violín, violín de tango» que le soplaba la música de la siguiente partitura. Y le siguió otra. Otra página donde un nuevo episodio se abría y cerraba tomando la forma de capítulo. «Muy acelerado» -pensó- mientras dejaba el borrador sobre su mesa de trabajo. Se levantó y escuchó el gemido de la despanzurrada poltrona y cuántos años, cuántos años ya que lo acompaña en las largas noches de escritura, cuando llegan las sombras y los ángeles, cuando «las voces en la noche» lo atrapan y lo iluminan y él trasciende y se vitaliza.
El día es otra cosa. Dormir, dormir cuando todos se levantan y eso sí, prepararse un buen mate a las once de la mañana. A las once, ni más ni menos: a las once porque a las doce y media correrá (una forma de decir porque ya no corre) a la calle en busca de un taxi. El taxi que lo llevará hasta San Juan y Esmeralda. ¿Es ahí no? No, no es ahí. San Juan y Boedo, adónde si no. Dónde si no es a la vieja librería en la que comparte las horas con sus amigos.
Ahora, mientras viaja, se me ocurre qué puede estar pensando y en realidad no se me ocurre, yo sé qué está pensando. Qué piensa, porque ahora que va a la librería, comienza a recordar los libros y termina preguntándose en quién, en quién fue el tipo que dijo ese montón de cosas y todas esas frases hechas que no hacen más que joder y nos dan vueltas en la cabeza. Como «esa boludez de que el amor remedia todas las cosas» y se repregunta sin decirlo, quién. Y quién fue que dijo «atmósfera pesada» o «un sólo día entero de paz». Y trata de responderse pero con las respuestas le viene un miedo que sabe a duda y un poco a misterio, un miedo a no saber, porque ahora sigue pensando en por qué estas obsesiones, esta perversa manía de las frases hechas.
Y claro, lo piensa y de nuevo las frases: «Siempre llegando tarde a todas partes» o «la puntualidad es la cortesía de los reyes» Pero quién, se dice; quién fue el que las tomó y las hizo suyas, las inmortalizó.
Las respuestas quedan varadas junto a él porque ya no es tiempo de respuestas. Ahora que escapa a los consejos y prende su primer cigarrillo, allí, parado frente a la librería donde permanecerá el resto de la tarde y serán otras vaguedades las que atrapen su día. Claro, cuando digo vaguedades sólo me limito a pensar en sus gustos, no en sus rechazos. Yo comparto algunos de esos gustos pero son sus rechazos los que me acercan y me ligan a él, y aunque parezca algo simbiótico, nos unimos en esa franca diferencia vital por la cual transitamos. Diferencia vital que nos arrima cuando llega la noche y el misterio y la escritura.
«Las voces en la noche» - dice.
Toma el libro de extrañas figuras y lo abre en la página marcada, la misma página que marcó hoy a la tarde, sentado en la butaca alta de la librería.
«Las voces en la noche» - repite, y comienza a leer el párrafo del arte Zen en el libro de extrañas figuras en la tapa.
 
“Si se siente irresistiblemente impulsado hacia esa meta tiene que encaminarse una vez más por el sendero del arte sin artificio...”
 
Cierra el libro y queda dormitando un rato, allí, recostado en la poltrona, pero no duerme, yo sé que no duerme.
Piensa.
Piensa y otra vez piensa sobre frases y obsesiones. Y las frases, que de nuevo retumban en la cabeza, frases sueltas como la que le quedó del libro de extrañas figuras en la tapa.
Y en ese confuso vaivén de imágenes y frases hechas comienza a escribir: “Anselmi acababa de salvarse por un pelo. Mejor dicho, por una palabra, unas cuantas palabras”. Y sigue pero él ya no es él y las voces en la noche lo atrapan y lo iluminan, y él trasciende y se vitaliza.

Y por qué, se pregunta mirando la cantidad de hojas que llevaba escritas. Por qué tanta prisa, tanta celeridad en la vida de ese personaje del cual todavía no sabe el nombre. Ese personaje del cual él nunca sabrá el nombre.
Y las frases.
“Tiene que dar el salto hacia el origen para que viva desde la Verdad como quien se ha identificado íntegramente con ella...”
Detiene su atención en ella y la repite, intuye que algo hay en esa frase que le pertenece como si fuera propia pero no acierta en la conclusión de ese pensamiento. Salta del «salto al origen» hacia la «Verdad» señalada con mayúscula, pero la frase sigue, sigue enlazando palabras y más palabras y se le hace imposible elucidar la Verdad en esta frase. En esta frase y otras que le asoman «así como así, de la nada» cuando decide contarle a alguien qué le sucede, y esas perversas obsesiones, esa manía de las frases hechas, que le traen un mensaje cifrado que él debe descubrir.
 
Cuando llegó a las trescientas páginas tuvo una sensación de angustia. Poco esfuerzo le había costado resumir la vida de ese personaje un tanto chiflado, que deambulaba por la ciudad con algo de veneno para dárselo al hombre que pretende matar la literatura. Poco esfuerzo le costó ese personaje del cual ni siquiera sabía el nombre, pero que, íntimamente, sentía la necesidad de tenerlo cerca. De tenerlo muy cerca.
Y la angustia. La angustia de no saber porqué.
 
Él no lo sabe, pero yo sí lo sé.
Lo sé porque luego (y cuando digo luego me refiero a unos tantos días), él percibirá un cúmulo de intuiciones, como un puñado de agua fría que recorre su piel y se sentirá desnudo, indefenso.
A la rapidez con que escribió la novela le siguieron días de incertidumbre, de cierta soledad. Sólo la demora inesperada de la publicación, le permitió la gracia de esa vigilia.
Porque él nada supo de su propia angustia, pero sí de algo que había detrás de las percepciones que experimentaba, como ese sentir de la humedad, del aire de Buenos Aires como una «atmósfera pesada», un encierro en el cual iba cayendo «demasiado fácil» y «muy acelerado». O también esa campana de alerta que sonó en su cabeza cuando contando su tristeza, alguien le dijo divertite, “que el amor remedia todas las cosas” o las palabras que escuchó en la presentación del libro, esas palabras que se le mezclaban, confusas, y ya no recordaba si era “tarde pero seguro” o “siempre llegando tarde a todas partes”.
Algo sabía, aunque no era puro ni algo cognitivo, no. Todas las vaguedades recorrían su cuerpo como siempre lo habían hecho, pero algo lo hizo sentirse distinto. Eran las mismas frases que ahora sonaban diferente.
Y fue esa noche, esa noche en la que él presentía que estaría solo, repasando los haikus y el libro de extrañas figuras en la tapa, esa noche en que esperó en vano y las voces se demoraron, esa noche en que su personaje dejó de deambular por Buenos Aires buscando al ignoto asesino de la literatura. Fue esa noche cuando recordó que “la puntualidad es la cortesía de los reyes”. Y porque la recuerda ahora se dice, y se hunde en la poltrona como hundiéndose en el barro, pero despacio, con armonía “como un violín, violín de fango” - piensa- y se sumerge en el libro del arte Zen y entonces ve que “su destino se consumará en el enfrentamiento con la Verdad no refractada, la Verdad que está por encima de todas las verdades, el amorfo origen de todos los orígenes: la Nada que lo es todo, la Nada que le devorará y de la cual volverá a nacer.”
“Vean a qué cosas se aferran los seres humanos” – dice. Y recuerda: “Un solo día entero de paz”
Y las frases siguen y siguen.
Y seguirán, porque ellas son eternas.
 
* Isidoro Blaisten nació en Concordia, Entre Ríos. La esperanza de una vida mejor lo trae con su madre y hermanos a Buenos Aires, y devenido porteño, comienza en la literatura escribiendo poesía. Llega a ser redactor publicitario, fotógrafo, periodista, vendedor de libros. Se vuelca a contar historias, y sus personajes transitan por la angustia, la desesperación, contados desde un fino humor del absurdo, que nos devuelve inermes ante esa mirada. Luego de su vasta obra poética y narrativa, incluyendo ensayos, Isidoro muere el 30 de agosto del 2004, tan sólo a un mes de su “demorada” y única novela escrita, “Voces en la noche”, y fue quizá, como una más de las pequeñas e innumerables burlas que hizo para vencer la muerte; digo, una más que le hace, que le hará a la muerte, porque seguirá estando entre nosotros. Entre otros : “Sucedió en la lluvia” “El mago” “Dublin al sur” “Cerrado por melancolía” “Cuando éramos felices” “Al acecho” “Anticonferencias” “Voces en la noche”

Variaciones sobre el fuego

Dardo Festino - dardofe@gmail.com - delapalabra - (MDP)

Todo en el departamento era antiguo. El comedor soltaba olores de cera, humedad, roble y casi podría decirse lo mismo de su propietaria, la señora Steinmann. A excepción de la velita encendida a San Expedito, el resto de la luz entraba con fuerza por la ventana del quinto piso. El hombre observó y juzgó que había suficiente claridad para trabajar.
-Tal vez tenga que ensuciarle un poco el piso, señora.
-No se haga problema Don Víctor, usted dele tranquilo; con tal de que lo arregle.
El hombre apoyó una rodilla en el parquet y abrió una caja metálica.
-Vamos a ver qué le pasa.
-Y... el pobre esta viejo como la dueña. Hace una semana que dejó de funcionar y ando muerta de frío.
El hombre, ahora recostado, mostraba su culo gordo bajo el overol azul.
-Creo que hoy se lo dejo andando.
-¿En serio? No sabe cuánto se lo agradezco.
-Me parece que está sonando un teléfono.
-Tiene razón voy para el dormitorio.
Si había algo que lo hacía bueno para el oficio era su olfato, capaz de separar entre muchos olores una mínima pérdida de gas. Seguro que es la termocupla que no está cortando. Cerró la llave de paso cercana al calefactor y comenzó a desarmar. Desde el dormitorio, la conversación avanzaba quebrada por el ruido de las herramientas.
-No me digas querido. ¿Otra vez te agarro esta mañana? ¿Y que te dice el sicólogo?
La termocupla está bien. Estos tiro balanceado me tienen podrido, seguro que el viento lo apagó.
-¿Y por qué no me llamaste, hijo?
De cualquier manera esto no explicaba la pequeña pérdida. ¿Habrá una fuga en el regulador?
-Bueno mi amor, no te preocupes. Ahora estoy con el gasista en casa, cuando termine voy para allá.
Ya me parecía, el cable del encendedor eléctrico está desconectado. El viento lo apagó y después no hubo chispa para encenderlo .
-¿ Cómo va eso Don Víctor? dijo la señora Steinmann con la voz apagada.
-Necesito un poco de agua y jabón para hacer espuma.
-Venga que tengo en la cocina.
El gasista se balanceó con torpeza. Se incorporó mostrando un bigote raído y los ojos redondos, turbios, de bulldog.
-¿Qué le pasa señora?
-Estoy destrozada Don Víctor, mi hijo me llamó recién para contarme que esta mañana le dio otro ataque de pánico. Desde que enviudó el año pasado que no puede recuperarse.
-Pobre, que barbaridad.
 
Sacó una brocha del overol y comenzó a frotarla contra el pan de jabón mojado.
-Sí, está muy mal y lo entiendo. Imagine que yo es el día de hoy que todavía no me repongo de lo de mi marido, y ya van para diez años...
-A las pérdidas hay que darles solución definitiva porque son peligrosas.
Tal vez con un poco de cinta de teflón todo se solucione, ahora le paso espuma al regulador y a las conexiones. Donde haga burbujas lo sello y listo
-Tiene mucha razón, hay que resolverlas porque traen problemas de todo tipo.

-Sí, se baja la presión y después se apaga.
Eso es.. Seguro que hay una fuga y al bajarse la presión del gas el viento lo apagó.
-Sin duda, es lo que le pasa a mi hijo. Comienza con que se le baja la presión hasta quedar apagado con una tristeza que parte el alma, y después le vienen los ataques de pánico.
-Voy para el comedor.
-Qué suerte Don Víctor que vino usted, no podría llamar a otros, no les tengo confianza.
Las conexiones, la caja estanca, las juntas; la brocha lamía todo dejando una baba blanca, pero nada. Ni una pérdida. Sin embargo su olfato no lo engañaba. Comenzó a recorrer el delgado caño de bronce empujando sus anchas y doloridas caderas. Observó que después de la llave de paso, el caño se metía detrás de un zócalo reparado recientemente.
-¿Y cuánto hace de esto?
-¿De los ataques? Y hace como una semana que le volvieron, lo que pasa es que la soledad lo mata.
 
Lógico . La nariz aguzada había llegado al punto de fuga; un clavo nuevo en el zócalo de madera estaba colocado justo a la altura del caño. Una semana atrás lo habían cambiado, cuando el calefactor se apagó, todo cerraba.
-Ahí esta el problema señora, hay que abrazarlo.
 
Eso, una abrazadera con cemento en el caño y adiós fuga, pero para eso hay que levantar todo el zócalo.
 
-Ya lo sé Don Víctor. Yo trato de darle cariño, de abrazarlo, pero él se empecina en estar solo. Ya no sé qué hacer, si hasta le prendo velitas a San Expedito para que me lo sane.
 
Un poquito de espuma en la cabeza del clavo y ahí estaba la pequeña burbuja; justo cuando un destello de dolor también le avisó de su lumbalgia criada en tantos años de estar tirado en los pisos. Hasta acá llegamos , no voy a levantar el zócalo, le abro un poco más la válvula al regulador para compensar la presión y listo .
-Bueno señora, ahí está funcionando. Se lo dejo prendido.
-Muchas gracias Don Víctor usted siempre tan eficiente. Ah, disculpe, hoy es veinticinco y estoy sin dinero. ¿Le pago cuando cobre?
-Pero sí, doña, no se haga problema, después me llama.
-Muchas gracias...¡Qué bestia! Hoy es veinticinco de Junio, con razón; hoy se cumple un año de la muerte de mi nuera por eso estaba tan mal. Tengo que salir volando a lo de mi hijo. ¿Ya tiene todo listo?
-Sí, bajemos.
Ya en la calle se despidieron, el hombre le dio la mano áspera y la señora Steinmann, sus dedos flacos y helados.
Cada tanto Víctor paraba en alguna vidriera para aplacar su lumbalgia; pensaba en cuánto tarda un insignificante clavo de hierro en oxidarse y agrandar la fuga. ¿Veinte días, un mes? La humedad de la pared es implacable. Vieja puta, no llamás a otro porque con el cuento del fin de mes y el cobro de la conchuda jubilación, yo soy el único boludo que hace dos años te trabaja gratis. Vieja de mierda, ni olfato te queda para oler una pérdida de gas. ¿Veinte días, un mes? La fuga se condensa y mientras dormís se pone en contacto con la llama. Vos seguí rezándole a San Expedito sabés. Prendéle muchas, muchas velitas que te va a solucionar todos tus problemas.
Un nuevo tirón en la cintura lo obligó a comprar cigarrillos en el kiosco. La vereda estaba helada, tranquila. Comerciantes aburridos corrían los perros de sus puertas mientras los niños pasaban concentrados en monopatines. Un día de paz, una tarde sosegada, como esas en las que puede estallar un desastre. Nadie ignora que después de una gran explosión sobreviene el pánico.