Avispa 24 Dar la cara

SINDROME DE PETER PAN

Elba Tesoriero - SADE MDP

Así parece definir la nueva corriente psicológica a los hijos que se quedan a vivir con sus padres y las razones que se esgrimen son diversas: falta de posibilidades de independizarse, falta de aprendizaje de roles de adultos (Dra. Graciela Peyrú), educación sin responsabilidades ni exigencias, rodeada de mimos tanto como de soledad (Dr. Aquilino Polaino Lorente) y falta de una perspectiva clara de futuro que los convierta en adultos (Dr. Héctor Basile). Todas estas teorías se enumeran en un artículo de La Nación Revista del 3 de octubre de 2004 bajo el título “La eterna adolescencia” que analiza cada uno de los enunciados anteriores para finalizar agregando: el hecho de no tener ideales volvió a las nuevas generaciones más pragmáticas y eso es positivo para la construcción de una trama social con ideales más concretos, más reales, que no se tientan con utopías y generan vínculos más sólidos. (Clarisa Volochin).
Esta afirmación me indica que la articulista eligió un final que no lo compromete; por lo tanto, como “adulta mayor”, sitio al que me empujan las necesidades clasificatorias de la época, y ya que cuento con ese sólo título para emitir opinión, me atreveré a mezclarme entre profesionales por mi cuenta y riesgo: ¿No será hora de hacer un mea-culpa? Bien por Aquilino Polaino Lorente.

Estos jóvenes son un producto que nosotros fabricamos, así como en su momento lo fuimos de otra sociedad en que se nos impusieron responsabilidades que nos hacían crecer, evolucionar y posicionarnos en un término relativamente corto. Los que a los 30 no teníamos un oficio o una profesión, un trabajo con el cual progresar y aun no cargábamos con la responsabilidad de matrimonio e hijos, no éramos ni Peter Pan, ni Wendy.
En esa época (tengo 64 años) los hombres que no formalizaban eran prototipos de “solterones empedernidos”, y esto distaba mucho de ser un cumplido. La mujer que no conseguía casarse era una “bruja en potencia” condenada a ser la modista de la familia o la tía solterona que arreglaba entuertos y tapaba agujeros allí donde hiciera falta. Si pertenecía a la clase media acomodada y había llegado a la educación terciaria se le tenía más respeto; en ese caso era culta, tal vez fina pero feúcha o poco atractiva, lo que hacía que se la mirara con disimulo como “remanente de saldos”.
Esa familia que destetaba a los cachorros y protegía a los viejos era otro modelo de familia. Si nosotros añoramos aquel, donde la palabra geriátrico no existía ni como concepto, creo que somos los grandes fracasados. No supimos transmitir o no pudimos. Ahora es inútil que intentemos buscar culpables mientras silbamos mirando para otro lado.

OTRO AÑO PARA LA ESPERANZA

Oniel Uriarte – (España)


Comienza el año 2005 y con él un nuevo periodo, donde nos plantearnos metas, propósitos, continuar proyectos o iniciar otros más ambiciosos. Trescientos sesenta y cinco nuevos días tenemos por delante para demostrarnos que aún con el paso indetenible del tiempo, tenemos la fuerza física necesaria para asumir retos y romper limitaciones y que tenemos suficiente fuerza moral para intentar ser mejores como seres humanos. Siempre que comienza un nuevo año, desearíamos que fuera mejor para todos, que en su desarrollo se nos plantearan formas de vida más equitativas y que el hecho de vivir en un espacio común no signifique divisiones materiales, donde valen los que brillan y se apagan los desvalidos. Este año pudiera ser mejor si realmente estuviera asumido por los humanos su igualdad de condiciones y de derechos.
Este año que comenzó convulsionado para muchos, bien pudiera aliviar en su dolor en la medida que cada uno interiorice el papel que le corresponde ante sus semejantes, no se trata de ser caritativos, la caridad es el don de los posesivos, se trata de interiorizar que tenemos los mismos derechos, pero para ello, primero se debe tener acceso al conocimiento de esos derechos y luego acompañando a la miga de pan que le ofrecemos al desposeído, debe ir la exposición clara y profunda del derecho que le asiste por formar parte de este gran conjunto que formamos todos. El mundo.
Pudiera éste ser un año mejor si se acabaran las guerras, y esto no sucederá por obra y gracia de ninguna justicia divina, sucederá cuando seamos capaces de enfrentar tanto odio y hayamos crecido ante él, demostrando que no tienen cabida entre nosotros, los que arrebatan el derecho a nacer y vivir en paz, los que imponen sus caprichos en nombre de una civilización y de una

falsa democracia, porque la verdadera democracia sería una doctrina política partidaria de la intervención de un pueblo en su gobierno, el gobierno de un pueblo ejerciendo su soberanía, menuda burla, cuando nos quieren hacer creer lo bien intencionado de la presencia imperial en Medio Oriente, para garantizar el proceso de paz y democracia, a punta de pistola.
Pudiera ser éste el mejor de todos los años si se acabaran los inescrupulosos que sólo miran sus arcas, si realmente la riqueza estuviera en manos de los que la merecen, si el hambre fuera solo un reflejo y una sensación después de cumplir la faena diaria, de haber quemado calorías y pudieran ser repuestas con un plato llevado dignamente a la mesa y no la necesidad de revolver basurales para encontrar un bocado de crueldad y descomposición.
Sería un buen año si los niños cumplieran su verdadero rol, siendo la esperanza del mundo y no la desesperada carrera por dejar atrás la cándida inocencia que los convierte en monstruos desbordados de resentimientos.
Sería un buen período de tiempo éste que tenemos por delante, si cada uno de nosotros asumiéramos la responsabilidad que nos acude al ponernos frente al volante de un coche moderno y sofisticado, de esos que nos hacen sentir extraterrestres y muchas veces volar sin retorno al seno de aquellos que nos aman y nos esperan de ese viaje sin regreso que la velocidad, el alcohol y las drogas nos regala.
Sería el comienzo de una nueva era si realmente nos propusiéramos vivir sin guerras, sin odio, sin drogas, sin hambre, sin muertes inútiles, pero con amor y justicia social.
Si no lo hemos intentado antes, es que debe ser muy aburrido ¿NO?

INTELIGENCIA

Gustavo Ortiz – (Mar del Plata)




A usted, que quiere gobernar, empiece por tirar el envoltorio de su chocolate en el tacho de basura y no en la vereda, empiece por decir buen día al barrendero anónimo. Si no está dispuesto a gobernar su caos interno, mejor dedíquese a otra cosa.
A usted, que quiere un país mejor, que se informa concienzudamente sobre quién es el candidato más confiable, empiece por detener su auto sobre la senda peatonal y no en las rampas para discapacitados. Vea en su superior, sea del trabajo, de la clínica o de la facultad, también una persona como lo es usted. Si no está dispuesto a considerar opiniones diferentes a las suyas, haga un avioncito con su voto, su receta o sus apuntes: le será de mayor provecho.
A mí, que me creo mejor que otros porque manejo algunos datos que ellos no, y a eso le llamo soy inteligente y profundo, que digo querer mejorar para después, cuando me siento mejor ensoberbecerme, que me comparo con otros que tienen o pueden lo que yo no y me siento inferior, olvidando toda mi historia de vida, me sería más conveniente reflexionar sobre la naturaleza de mi mejoría y de mi inferioridad.
 

A nosotros, que establecemos leyes y reglas para esto y lo otro y no somos capaces de cumplirlas, y tampoco queremos cumplirlas, ¿de qué nos sirven gobernantes? ¿de qué nos sirven ciudadanos? Basta con desear un mundo mejor para empezar a destruirlo. Basta con desear ser mejor para empezar a deformarse.
Sin embargo, habrá quien, aún sin semáforo, disminuya la velocidad por las dudas, y ceda el paso al otro. Habrá quien, sin siquiera pensar en gobernar un barrio, tire el envoltorio de su chocolate en el tacho de basura y no en la vereda. Habrá quien se enoje por alguna acción de su superior sin dejar de ver a la persona, y tomará medidas en contra de esa acción, pero no en contra de esa persona. Habrá quien busque conocerse un poco más y aliviar su dolor, sin que ello le signifique hacerse mejor de lo que siempre fue, y sin necesidad de levantar su autoestima hundiendo a otros que no pueden o no quieren «mejorar».
Aún somos niños: necesitamos figuras parentales de autoridad sólo para gritarles: «¡no quiero! / ¿y qué pasa si no lo hago?» total, la culpa siempre va a ser del otro, siempre habrá algo que justifique nuestro desinterés en recordar quiénes somos, en qué consistimos. Mientras tanto, en Nuevo México, veintisiete antenas parabólicas apuntan al cielo buscando inteligencia extraterrestre, buscando otros seres inteligentes, además de nosotros...