Avispa 24 Cuentos

Invitación

Gustavo Fogel - (Mar del Plata)

 


Mar del Plata. Enero

Mecida en brillante silencio, la tarde enjuaga su rostro a orillas de un sueño verde aguamarina. Un alborotar de niñas se adelanta a mis pasos. Tomadas de las manos, juegan a correr descalzas por piedras oscuras, cubiertas de musgo y sonrisas de olas negadas de vida.

A lo lejos, el sol se escapa. Abandonándose en un sordo vuelo de gaviotas.

No esperan abrazos ni existe hogar que avive los rescoldos. 20:08hs de un púrpura profundo. Desde el principio, desde lo más profundo de la mañana, caigo de rodillas, ciego hasta la sed.

La sombra de un edificio me asesina.

Brutal intensidad.

El mar corrompe con su lamento de siglos y el cielo va tomando un color a hierro engangrenado, a vino tinto. Un color que deben tener los sueños de los poetas que todavía sueñan. Algunos a riesgo de nunca más dormir. De morirse sobrios, lapicera en mano, mirando la mitad vacía del vaso volcada sobre la mesa.

Aquí abajo, en la arena (para gloria del César) los pequeños se van y olvidan la pelota y las parejas se abrazan con más fuerza, a medida que la noche los incluye con sudarios de bruma.
Los invito a un juego… ¿Qué les parece si nos teñimos el alma de turquesa? ¿No quedaríamos preciosos? Dando abrazos que nos dejen encendidos como vírgenes luminiscentes, cuando se ahogan los besos y se escucha la noche mordisqueando los postigos de las ventanas.

Podríamos cambiarnos sin ser vistos. Usar ropa liviana para poder volar. Olvidarnos de estos pesados trajes de pernil y simiente, tan fuera de moda, y jugar todo el día a la mancha venenosa. (Aunque siempre me atrapen, aunque siempre termine llorando porque todos hacen trampas).

Lloraríamos lágrimas dulces de acuarela y miel y nos pondríamos pálidos a medida que nos diluímos, alejándonos suavemente. Mudándonos en ángeles. Cicatrizando cada dolor con una pluma de nuestras alas.

Renunciando a comenzar una vez más.

De manera que aquí me quitaré el calzado.

En este lugar de apretado mediodía, fundaré mi iglesia, privada de luz y espacio, y a medida que avance el horizonte y se angoste mi voz, como por milagro iré quedando solo. Como si alguna vez no lo hubiera estado. Como si se pudiera estar de otra manera.

Fieles a su destino, las huellas de mis pies se apresuran a darme alcance, temerosas porque las abandone.

Cuánta obsecuencia.
Cuánta ingenuidad.

MEA CULPA

Beatriz Silva – (Mar del Plata)

Se sabía culpable. Sentía que la humanidad con el tiempo lo juzgaría y su dictamen no variaría de su propio sentimiento. Desde su construcción, una decena de puentes levantaba en vano sus patas sobre un lecho seco.
El dique los había dejado sin trabajo y él era el causante.

INDEFENSO

Beatriz Silva – (Mar del Plata)

Se adentraba igual que un cometa rasgando el cielo. Como un rayón en la hoja pálida le deformó la cintura rebosada, se introdujo en su cuerpo poco a poco. Durante un tiempo él se pudo defender con sus embates pero se rindió desfalleciente. Un tatuaje de dios acometió sus entrañas piedra a piedra, hasta concluir el espigón.

RELEVO

Juan Manuel Tasada - Movimiento Literario Argentino MDP

Ya habían pasado cinco semanas y tres días de la usurpación de las islas del Atlántico sur y a mí como a gran parte de mis compañeros nos tocó el contraproducente trabajo de relevar a un numeroso conjunto de personas que habían sido heridas en un intento más por recuperar la soberanía en nuestro archipiélago.
Eran las 5:30 de la mañana y yo que solamente podía esperar que las agujas del reloj siguieran rotando hasta el punto de inicio. Ese momento no se hizo esperar y entonces, preparado y bien aseado me encaminé hacia Ezeiza, lugar de nuestra partida.
Como en todos los viajes anteriores, el teniente no dejaba de caminar de punta a punta del avión tratando de dar aliento, haciendo creer que donde nos dirigíamos no era más que un lugar donde debíamos poner orden, orden en el cual no estaba implícito la violencia hacia las personas totalmente desvinculadas del tema.
En ese lapso siento que donde yo estaba apoyado entraba una leve corriente de aire frío y es ahí donde me doy cuenta que ya habíamos llegado a nuestro nuevo hogar, si Dios quiere, transitorio, ya que teníamos ocho semanas para lograr el objetivo, que si no era cumplido, iba a ser terminado por relevos siguientes.
Por fin nos tocó la primera ronda y en ella se ordena mantener el orden en los hogares civiles de la zona. Nos dividíamos en cuatro grupos y cada uno se asentó en distintos puntos estratégicos de la isla, ya que como las casas estaban muy separadas entre sí, la zona civil era muy grande, tan grande como la isla.
Muy afectado por los hechos ocurridos hasta ese momento, busqué un lugar para acostarme y descansar, elegí un pequeño hueco que se divisaba junto al sitio que había elegido el sargento Fernández del Serro, superior mío en varias batallas, pero que en ésta ya había llegado mucho antes que yo.
Sin pensarlo ni quererlo comenzamos un diálogo, en el cual se daba muestra a la instantánea conversación abierta que se podía tener en ese lugar con personas de mayor rango que el de uno.
Pasaron tres, cuatro, cinco, y muchos días más y yo seguía pegado a esta persona, que sin conocerlo, se había convertido, después del fusil, en otro amigo inseparable, con el que me encontraba sólo en las horas de descanso ya que pertenecíamos a distintos grupos.

No sé como definirlo, si por cuestiones de la vida o por destino, pero en el momento de un combate con ingleses, fue él quien me salvó la vida al avisarme desde las trincheras que habían lanzado una granada cerca mío, con lo cual me dio oportunidad a tirarme hacia una zanja cercana.
Desde ese momento no volví a verlo ni a escuchar de él, pero no estaba preocupado, ya que el sargento tenía mucho más experiencia de la que yo podía demostrar y había muy pocas posibilidades de que el muriese antes que yo.
Solo faltaban dos días para mi regreso a mi Comodoro Rivadavia natal, en donde me esperaba mi esposa y mi hijo recién nacido, ambos la única razón de mi existencia. Es allí donde entran a comunicarme que tenía que hacer mi última ronda, porque luego pasaba a realizar trabajos de mantenimiento dentro de la base, hasta la hora de mi regreso a casa. Esta esperada ronda consistía en la revisación de viejos galpones que se encontraban cerca del límite entre ellos y nosotros.
Yo soy uno de los primeros en entrar a estos odiosos galpones; al dar vuelta la vista puedo ver que uno de los nuestros estaba por entrar a un cuarto del mismo y me encamino a darle mi apoyo; cuando estoy entrando junto a él me doy cuenta de que éste, no era otro que mi amigo, el sargento Fernández, que rápidamente se introdujo en la habitación.
Yo estaba muy nervioso y lo único que atiné fue a meterme con él; en ese momento la puerta se cerró y escuché disparos de distintos tipos de armas, allí me di cuenta que las tropas enemigas habían tomado a los nuestros. Me di vuelta y le dije al sargento que ambos estábamos encerrados y que visiblemente no teníamos escapatoria, a lo que él me contestó que no éramos ambos, sino yo solo, enseguida se encaminó hacia la puerta cerrada y se desvaneció al cruzarla. Cesaron los disparos y yo seguía en ese cuarto esperando que algún superior dé la orden de búsqueda de la tropa y así volver a casa.
Ya han pasado cuatro días... y sigo esperando a mi relevo.

PERDER Y GANAR

Lidia B. Castro Hernando
castrolidia@hotmail.com - delapalabra - (MDP)

Salió de su cueva después de un año de meditación y se recostó sobre la piedra para observar el cielo nocturno. Se dio cuenta de que faltaban algunas de las miles de estrellas que solía ver. Sintió que durante ese año había perdido algunas posesiones. Entró nuevamente a meditar y ayunar. Cuatro noches después salió y acostado en la misma piedra, vio la luna en cuarto creciente y agradeció a quien le había dejado ese regalo. Decidió que debía seguir meditando.

 

UN DESEO

Martín Arregui - (www.martinarregui.8k.com)

Su cara era triste. Su pelo no se mueve al viento. Sus ojos marean a los míos. Me atraganta las orejas mezclando aire con perfume. Sirviendo sangre en lugar de vino.
La contemplé durante horas en mi oscura realidad de hombre donde miraba un sobre áspero, con bordes mordidos de tensión y mojado de transpirar vida. Jadeando cada vez más fuerte. Rápido. Seco. Pensando que todo iba a terminar. Sintiendo la vida más lejana, y dándole una mano a las tinieblas. Las acariciaba, les rendía culto. Sufría por dentro, por fuera y por de más allá que todo. Abro el sobre. Ella llora. Ella se toca el vientre. Las tinieblas se alejan. La sangre se convierte en vino. Su pelo se mueve y una sonrisa toca mi rostro.

Doppelgänger

Diego Monachelli – (España)

Tal vez nunca sepan quien o quienes escribieron esto. Nunca sabrán si en este momento soy un mero personaje o soy yo mismo verdaderamente, o quizás sea un personaje creado por otro personaje, parido en la tinta por una mano sin nombre, tal vez yo mismo nunca lo sepa, pero eso no tiene importancia, no por ahora.
Los hechos pueden ser crueles, parecer de ficción o ser juzgados como una patética mentira, pero nadie puede negar la realidad. Existen acontecimientos comunes a todos, severamente comunes; la calle, la multitud, una sala en silencio, cosas que van grabando en nuestras vidas estigmas que suelen parecer insignificantes o hasta inútiles pero no creo estar hablando de esa realidad. El cúmulo de circunstancias genera un todo y convergen en un segundo, caben en un parpadeo. Cada actitud, cada movimiento y reacción nos delinean un futuro, mas lo único cierto es el ahora, aunque lamentablemente ya es pasado, y, así, es como todo transcurre casi sin ser advertido, ya todo es pasado.
En ese pasado fue que el hoy tomó forma, en un pasado donde mis cabellos aun...No, será mejor no pensarlo, pero estoy afortunadamente condenado a sucederme en el tiempo y ser testigo de mi decrepitud. Pasaba entonces mi tiempo entre libros y de tanto en tanto discurríamos en extensas discusiones con mis dos únicos amigos. Para la gente de mi entorno siempre resulté sombrío, aunque el verdadero motivo de tal repulsión no yacía en mi si no en lo que ellos creían que yo era; nada puede más con una realidad que la obsesión nacida de la ignorancia y así es que todo sucede, siempre fui esa tierra fecunda en la cual todos depositan su semilla de miedo, y desconocimiento, que germina velozmente bajo el azote de los vientos que mueven los más oscuros deseos, inconfesables. Imaginen que en estas circunstancias, ¿a quién podría confesar lo que me sucedía sin alimentar cualquier absurdo?
Una noche, en medio de aquellas conversaciones, creo, fue que todo comenzó, mientras uno de mis amigos hablaba. Lentamente su rostro se tornó pálido, sus ojos parecían rasgarse, su nariz suavemente se encorvaba para luego recomponerse en una rectitud matemática; su voz, es decir, su discurso no menguaba y nuestro otro compañero parecía no advertir tales movimientos. Intente despabilar mis sentidos, bebí algo y creí que era culpa de la fatiga, en esos tiempos acostumbraba no dormir por días, hoy me doy cuenta que es realmente inútil aunque ya no puedo hacer otra cosa. Por unos segundos volví a ver su duro rostro como siempre, tuve la sensación de notarlo más viejo, pero eso no llamó mi atención. El tono de su voz comenzó a tornarse grave, oscilaba, subía a su agudo natural y descendía a una gravedad cavernosa; fue en esos niveles, en esas vibraciones, que mi consternación llegó a su clímax, no era su voz si no la mía la que emitía aquel cuerpo; pero eso no bastó, todas sus facciones comenzaron a moldearse nuevamente y de su rostro al mío hubo una fase horrenda, completamente amorfa, indescriptible. Mi consternación se transformó en fascinación, excitado me veía y me escuchaba hablar sin participar de aquella estructura de ideas, de palabras. Podía escucharme perfectamente y discernir, dividir y contraponer ideas sin siquiera saber cual sería mi respuesta, es decir, la de aquel que ahora era yo sin dejar de ser yo quien era.
La conversación continuó, lentamente retorné a la conciencia ordinaria del yo y al hacerlo comprendí que ninguno de mis camaradas había notado tal suceso por lo cual decidí no comentarlo; cierto es que el tema de conversación había recorrido vastas sendas pero al momento de retornar a mi mismo (por decirlo así) advertí que estábamos hablando del doppelgänger, nada parecía casual, mas a pesar de eso no tuve el valor de explicar lo sucedido, me sentía cansado. Si hubo un comienzo de seguro había sido aquel.

Días después me encontré en la calle con una vieja amiga (aunque dudo de llamarla así) con la que nos detuvimos a hablar y nos sentamos en un banco de plaza. Al despedirnos tuve la sensación de ser testigo de mi propia despedida, su saludo pareció ser el mío, su gesto, su andar al marcharse. Entonces fue que escuché, no yo si no el otro, su voz diciendo por lo bajo lo poco grato que realmente yo le resultaba. Aquel episodio me causó tremenda gracia pero no duró mucho. Un joven que transitaba por aquella enorme plaza me abordó pidiéndome alguna indicación, no recuerdo que, mi consternación fue absoluta; al pedirle que repitiera lo que me dijo lo observé a los ojos y me encontré nuevamente ante mi con una gentil y macabra sonrisa. Mi voz, la suya, que era otra en mi rostro, y la de aquella mujer, resonaron en una triada implacable, una comunión extraordinaria y avasallaste. Salí corriendo, escapando de mi mismo. Al llegar a mi casa todo parecía volver a la normalidad, si es que algo así existe. Pronto la noche se arrellanó sobre los techos y en esa misma noche, en la que siempre me sentí tan cómodo, una desesperación atroz me invadió. Tapé todos los espejos de la casa temiendo lo peor, temiendo enfrentarme al incorruptible portal, al insondable abismo del detenido mercurio. Mis ideas rondaban el oscuro presentimiento, algo, sin quererlo, se me había dado ha saber, algo inaudito. Esa misma noche, casi eterna (aunque en ese momento no poseía la certeza de lo eterno), descubrí en mi casa rincones increíbles, las horas torturaban mi pensar, destruí los relojes; las puertas me estremecían en su rechinar, en el movimiento de su madera, cerré todas las ventanas y corrí cuidadosamente todas las cortinas temiendo su reflejo. Intenté leer pero fue inútil, una sola idea rondaba mi mente y me atormentaba.
Al llegar el alba, que apenas filtraba su luz, me sentí cansado y decidí acostarme, por un instante todo fue calma. Súbitamente, como proveniente de un sueño, escuché el estridente sonido de un reloj, instintivamente acerté un golpe sobre mi costado y me levanté. Caminé unos pocos pasos hasta el baño y lavé mi rostro con agua fría; al alzar la vista me encontré ante el espejo, un terrible espanto me recorrió por completo, no era yo, era otro, era aquel comensal, el de aquella noche donde todo comenzó. Traté de serenarme y difícilmente lo logré, para entonces ya estábamos rumbo a su trabajo e inútilmente yo trataba de regresar a mi. Sentí su sereno andar y su calma, recorrí, con él, todos sus pensamientos, sus emociones, su calambre estomacal de todas las mañanas. Me distraje en su ser, mas recién ahí se me dio ha conocer, por completo, tan increíble trama.
Ya en su trabajo, junto a sus colegas, me di cuenta, no sin horror, cual sería mi destino. Uno de ellos se acercó a nosotros y extendió su mano, alzamos las nuestras, es decir, él alzó las nuestras y en ese instante me esforcé en un nuevo intento de regresar a mi, pero fue inútil. Cuando sus miradas se cruzaron en ese saludo cotidiano un violento movimiento se sucedió, de un cuerpo al otro hubo una fase horrenda, completamente amorfa, indescriptible; pensé, recuerdo, que tal vez era esa la forma real del universo.
Ahora, luego de tanto tiempo, recién ahora he hallado algo de tranquilidad. De aquellos comensales, Anscario y Clodoveo, como de mi, no he vuelto a saber nada y mi destino jamás se detuvo, tan solo ahora un instante. Aquí donde estoy, en este joven, me he encontrado a gusto, sus hábitos y los míos, ya antiguos, son casi los mismos; he vuelto a la lectura, a la música, a las incansables conversaciones y por primera vez, luego de incontables noches, puedo alzar una pluma, aunque seguramente el dará por sentado que esta es una invención de su propio peculio.

AMNESIA

Edith Ruz de Colombo - (MDP)

Mariana llegó a su casa después de dos meses de internación. Había contraído un virus que, alojado en el cerebro hizo que su vida corriera serio peligro. Ya parcialmente recuperada, los médicos decidieron que podía continuar en la casa el tratamiento instituído. Aparentemente gozaba de excelente salud. Lo que preocupaba y mucho era una amnesia pertinaz que la hacía volver a la realidad sólo por unos momentos.
La familia trataba de estimular con conversaciones, fotografías y visitas a esa memoria tan maltrecha. Las sesiones con el psicólogo la fatigaban, pero seguía yendo de buen grado. Cuando recobraba la lucidez, al reconocer a alguien daba muestras de alegría y se emocionaba hasta las lágrimas. Pero esas imágenes que de pronto aparecían se esfumaban rápidamente. Era como si estuviera dentro de una burbuja de aire que al pincharse no dejara nada.
-¡Qué amable que es usted conmigo señorita! Gracias por todo.
-Mamá, soy Estela, tu hija. Mirame bien y tratá de recordar. Sos mi mamá. Te voy a mostrar unas fotografías. Mirá, acá estás vos con papá. En esta otra estamos Ignacio y yo, tus hijos.
-No me acuerdo, no me acuerdo.
-¿De qué te acordás?
-De un jardín muy grande que tenía junquillos contra la pared.
-¿De qué más te acordás?
-Del altillo del abuelo. Allí había una balanza vieja de dos platillos, unas cañas de pescar y paquetes de diarios. De eso me acuerdo.
-Ahora descansá, después te traigo más fotos.
-Gracias. ¿Cómo dijo que se llamaba señorita?
Sus hermanas también trataban de colaborar
-Marina, en esta foto se ve el jardín de casa ¿Te acordás cuando jugábamos allí?
-Sí, pero no recuerdo nombres. Vos sos...
-Hilda y la otra hermana es Delia
-Claro y Mamá nos daba tostadas con manteca y miel.
De pronto se pinchaba la burbuja del recuerdo y quedaba su mente en blanco, con sólo algunas pinceladas difusas.
Luego de estas charlas quedaba muy fatigada, por lo que no insistían hasta después de algunas horas

Paulatinamente fue reconociendo lugares de la casa y a algunas personas. Como gozaba de buena salud física, los cuidados se limitaron a estimular la memoria y a atender sus necesidades. La antigua mucama pasó a ser su dama de compañía. Las ligaba un fuerte lazo afectivo luego de estar juntas por más de quince años. Si la notaba fatigada, con suma discreción les hacía notar a las visitas que la señora debía descansar.
Así transcurrían los días de Mariana con leves adelantos.Ya podía reconocer en Estela a su hija, aunque sin recordar hechos pasados. A Ignacio todavía lo confundía con su marido.
-¿Cuánto hace que entró a trabajar acá?
-Hace quince años señora. Fue el día que Estela empezó quinto grado. ¿Recuerda mi nombre?
-Sí, María. Me acuerdo bien. Y también cómo se llama el gato: Biyú. ¿Está bien?
-Muy bien. Cada día recuerda más nombres y cosas que han pasado.
Se despertó achuchada. La ventana estaba abierta y el aire era más que fresco.
-Vení abrazame que tengo mucho frío. Vení.
El, cerró la ventana, se metió en la cama y se abrazaron. Por un instante recordó las noches de amor pasadas y se sintió feliz. El deseo la envolvió y se entregó con desenfreno, casi sin palabras. Quedó agotada y volvió a dormirse con una sonrisa que saltaba en su boca, a pesar de no haber recordado el nombre de su marido.
María lloraba desconsoladamente, mientras Ignacio y Estela trataban de calmarla.
-Ya pasó María, ya pasó. Calmate que Mamá va a despertarse y no queremos que se entere. Dejá de llorar. Nosotros vamos a ocuparnos de todo.
-Es la primera vez que me alegro de que el señor esté muerto. Así no puede ver a la señora enferma y este saqueo de las cosas que tanto quería. ¡La colección de armas y los cubiertos de plata! Se llevaron todo. ¿Por dónde entraron?