Introducción
Desde hace un tiempo pregunto sobre la poesía y nuestros poetas, no sólo los conocidos, sino todos los poetas. Aquellos que escriben entreverados en su geografía: paisajes de horizontes abiertos, restringidos por los rumores puebleros de las casas o quienes necesitan vivir la agitación de los ascensores en fuga.
Pregunto por los poetas y su palabra, por mi propia palabra. Y necesito encontrarlos, averiguar que sienten, que sentimos, que hacemos y nombramos en este tiempo transido por malestares propios y sociales; en este tiempo de atropellos e invasiva falta de respeto; estrategias no casuales, forzadas por alguien desde las alturas de un loft minimalista y ascético o desde las sombras más cercanas. Cuando este “quien decide” provoca el enfrentamiento entre gente común, una tirria subterránea entre empleados o desocupados, entre el reclamo justo y la profesionalización piquetera. Más grave aún: además de la magnitud y la reiterada metodología del conflicto es su nacionalización mediática, la penetración en los televisores del país de un problema serio pero urbano; un asunto grave pero no generalizado en todas las comunas, que sin sufrirlos sienten la angustia espiritual que los agobia hasta el embotamiento.
En este tiempo de confusión, de perspectivas inciertas e imposición de conductas que nos son ajenas no sorprenden los ataques a la identidad; unas veces evidentes, otras, las más, solapados o vestidos con los ropajes de la indiferencia. Entonces, de nuevo, me pregunto por nuestra palabra, nuestra interpelación y compromiso, nuestra misión. En tanto intelectuales, somos hombres de acción y no seres con callos en las asentaderas, mansos de toda mansedumbre, arrebujados entre la luz de una lámpara sobre el escritorio y un papel más o menos bien escrito.
El abanico de posibilidades que se abre, a la hora de encarar estas cuestiones pareciera interminable, por ello quiero decir que estos pensamientos no agotan el tema, lo disparan; no son enumerativos ni excluyentes. Quieren ser apenas pedregullos desbarrancados que van creciendo con el aporte de otros pedregullos –los necesita coherentes, ligados– hasta estallar en un alud incontenible: nuestra cultura viva, irrenunciable, fundadora. El debate esta abierto.
¿Qué somos los poetas?
Pregunta por demás incómoda. ¿Qué somos?: ¿artesanos de la palabra?, ¿profesionales del buen decir?, ¿nombradores?, ¿profetas y testigos? ¿enamorados incurables?, ¿idealistas utópicos?, ¿activistas?, ¿locos de atar?, ¿o trasnochados perdidos con las neuronas soñolientas por el demasiado vino? ¿somos nosotros mismos vistos por los muchos otros que contenemos y nos miran desde el otro lado del espejo?
“El otro, que al perdurar en su yo la plenitud de sus vísceras,
alertó, con proféticas palabras,
símbolos errantes, en vestíbulos de niebla.”1
En realidad no sé que es un poeta, sólo sé que lidiamos con palabras cargadas de sentidos meta-etimológicos; seres que vivimos un estado de gracia que no nos merecemos, nos ha sido donado. Es un don conspirador proactivo, mezquino en gozos, que nos lleva de la mano con la sensibilidad en carne viva, despelechados a tajos desprolijos. Personalmente lo sufro a mi pesar: compañero agazapado y a veces traicionero; un atentado a las entrañas que nos impele a sacar, de donde no sabemos, un coraje inimaginado para vencernos, muchas veces, a nosotros mismos; y digo. “tengo voces que me importan / y no quiero morir sin pronunciarlas”. Si citarse a sí mismo es un pecado, soy otro pecador irremediable.2
“Yo sé que entonces llega
para irse de nuevo,
igual a la voltereta
–una mariposa–
de hoja en hoja,
o de jazmín del cielo
a otro jazmín esperando
bajo otro azul del mismo cielo del país,
el poema.”3
Tal vez seamos un poco de todo, un batido peligroso de humores impredecibles, infidelidades recurrentes y convivencia difícil.
“Tengo sueños ilusiones pesadillas recurrentes prejuicios
y una falta de disciplina
que me ha convertido en lo que soy:
una pasajera anárquica
de objetivos desdibujados”4
Claude Levi Strauss decía que pertenecemos a esa especie (zoológica, agrego) de “los magos de las tribus que ven más allá. Y ese ver más allá nos obliga. El ver nos obliga, y el más allá nos exige, no sé si respuestas pero, por cierto, preguntas necesarias. Por nuestros pagos, Atahualpa Yupanqui dice:
“Si uno pulsa la guitarra
pa cantar coplas de amor,
de potros, de domadores,
de la sierra y las estrellas
dicen: ¡Qué cosa más bella!
¡Si canta que es un primor!
Pero si uno, como Fierro,
por áhi se larga opinando,
el pobre se va acercando
con las orejas alertas,
y el rico vicha la puerta
y se aleja reculando.” 5
¿Y nuestra identidad?
¿Cuál es nuestra identidad? ¿Podemos definir la identidad del ser argentino? En verdad no logro una respuesta que me conforme. No es fácil responder pero, al menos, puedo aproximarme desde lo que no somos.
El intercambio cultural entre las etnias originales fue restringido aunque no inexistente. Los movimientos expansivos de algunas los llevaron a imponer, y a veces a adoptar, tradiciones propias según la preeminencia del vínculo. Sabemos, por los testimonios existentes, de las interrelaciones entre las comunidades mapuches y tehuelches septentrionales; guaycurúes y guaraníes; querandíes y tehuelches meridionales; incas y wichis y otras que por proximidad geográfica establecieron cruces culturales. Pero mal podríamos definir una identidad común.
Escasas familias pueden contar sus orígenes desde los conquistadores arribados al sur continental entre 1500 y 1600; y otras pocas podemos rastrearlos entre los “mancebos de la tierra”, criollos americanos nacidos por esa misma época. La infinitésima magnitud de la población en 1800 comparada con la actual, no me permite sostener la hipótesis del crecimiento vegetativo; la inmigración ya empezaba a mostrarse como la causa más importante de la expansión demográfica.
Pero la real explosión inmigratoria ocurre a fines del 1800 y se mantiene ininterrumpida por cien años con los aportes de las sangres más diversas. Hay quienes encuentran en este fenómeno, la imposibilidad de consolidar una verdadera identidad nacional. Tal vez, nuestra identidad sea de una compleja pluriculturalidad de mestizaje relativo, y por ello la dificultad de encontrar una identidad convincente.
Es por ello que las raíces folklóricas que emergen de la tierra, enseñan un árbol que no guarece a la mayoría de los argentinos porque no lo sienten como propio. Las opiniones que nuestros más íntimos vecinos tienen de los argentinos, nos indican que existen dos grandes identidades: el porteño (incluyendo al habitante del conurbano bonaerense) y el hombre resto del país.
“Yo nombro contigo la vigilia y el viaje
y el muelle reinventado y el cielo sin las horas
y el largo error y la hierba del río”6
Borges dijo que “los argentinos son europeos en el exilio”. En un acto de irreverencia responsable lo corrijo: “los porteños son europeos en el exilio”, han mirado y siguen mirando a Europa como patria perdida y en ella se reconocen. Incluso la intelectualidad más encumbrada siente necesaria la aprobación de su quehacer por sus colegas – ¿y maestros?– europeos. Más cerca de Rimbaud que de José Hernández, han cerrado sus ojos a los poetas residentes en el corazón de la patria verdadera: eso que ellos llaman –con un dejo de superioridad– “el interior”y es la entraña mismas del país.
Excluyo del disgusto identitario a los españoles y a quienes abrevan en las aguas de la poesía ibérica en su conjunto, por que nos nutre el mismo lenguaje, uno de los componentes más importantes de la identidad de un pueblo.
“Mi barrio fue polvo y neblina hasta que al potrero
lo hicimos basural. Entonces fue llamas y humo, y
la ceniza se convirtió en altura. Así crecimos con
el cuello entornado hacia su sombra, los pies
magullados por la piedra y los abrojos."7
Entonces, ¿qué nombro cuando digo identidad? Creo que nuestra pluriculturalidad convierte en irracional los intentos de segmentarnos por origen geográfico o social. Las leyes de la herencia biológica se cumplen inexorablemente: el fenotipo (lo que demostramos ser) es producto de los aportes genéticos más la influencia del ambiente; y esto es evidente en nuestras particularidades regionales.
La visión holística es la que nos permite abarcar la vasta riqueza, diversidad y amplitud de nuestra herencia poética.
La antropóloga Alicia Martín dice “mientras discutimos sobre estas líneas demarcatorias, las nuevas generaciones se apropian y tradicionalizan la herencia común; siguen siendo la gente y los creadores quienes arman los puentes para unir el pasado con el presente, quienes tienen la sensibilidad para recrear nuestra identidad colectiva”8
Los jóvenes encuentran en la canción el vuelo poético que los contiene y, generalmente, es su única posibilidad ya que la dispersión en nuestro quehacer, la inadvertencia que se ejerce desde los grandes centros de difusión cultural sobre los poetas en general y los no porteños en particular y las malsanas estrategias editoriales (de las que hablaré más adelante) sumado a la dramática desidia de los responsables de imaginar y llevar a la práctica políticas culturales, los ha dejado a ellos –los jóvenes– sin referentes.
“Si las palabras se quebraran...
¿Qué encontrarías dentro de ellas?
Dios
Hazme un regalo.”9
Pero no se puede frenar un río con las manos y afloran los versos de poetas muy jóvenes como Soledad Davies, de Comodoro Rivadavia, Chubut; las canciones de otros, ya populares: Rally Barrionuevo, Peteco Carbajal, Coplanacu, Moyo y Arnedo, Teresa Parodi, Julián Zini, Heredia, Gieco, y otros que seguramente estoy olvidando sin querer.
Juan Falú nos dice: “es hora de recuperar la belleza y la calidez de la madera, hace falta una pausa para entrar en contacto con el mensaje de los silencios y valorizar mejor la nota bien puesta y la palabra bien dicha”10
“Hablar de la naturaleza
en una ciudad rica en accidentes
y en oficinistas lúgubres
a veces es una necesidad”11
continúa arriba |
Entonces la poesía es un acto sagrado, un contradictorio enajenarse lúcido hacia un allá ignoto que se alimenta de nuestros recuerdos, olores, sonidos, visiones y nos atiza entre metáforas que nunca lograremos descifrar, acaso sentir volcándoles nuestra historia y renovar la ceremonia: el temerario oficio de desafiar, inermes, la sensibilidad dormida, la sagacidad en éxtasis, los miedos en retirada. Obscuridades y goces de ese otro que habita nuestro cuerpo.
“vengo de comulgar y estoy en éxtasis,
aunque comulgue como un abogado
mientras en una celda
de mi memoria arrecie
la lluvia del sudeste
igual que siempre
embiste al sesgo un espigón muy largo”12
Amelia Biaggioni, poeta santafecina dice: “La poesía es una auténtica patria del hombre y el camino privilegiado de construcción de su propia subjetividad”. En otras latitudes, la poeta Nelly Sachs, Premio Nobel en 1966 le escribe a Paul Celan: “usted me ha dado, con su poesía, una patria que creí que me sería arrebatada por la muerte. Aquí resisto”.
No adhiero a un chauvinismo poético y, tal vez, no deba dejar de mencionar lo que dice el poeta salteño Santiago Silvestre: “la época de hoy es ecléctica, como dice Yates, el poeta es más de una época que de un lugar”.
“Intemperie final o lumbre pródiga
sólo en tu templo quiero descalzarme
y esparcir las cenizas de este vaso
donde no bebo yo ni bebe nadie”13
La misión de los poetas
Me azuzan palabras que buscan las audacias de la profecía, ya lo dije cuando hablamos del “ver más allá” y anunciarlo. Algunos poetas sufrieron la condena de sus contemporáneos por ejercer su misión profética, y no hablo sólo de poesía política o social, hablo de poesía, comprometida con el amor, la belleza, el hombre, el dolor, la tierra, la vida, Dios. Hablo del acto creador que nos sacude en el torrente que pugna por salir buscando una palabra, una única palabra, esa que, sabemos, nos redime.
“Todos llevamos como Eneas, a nuestro padre sobre los hombros.
débiles aún, su peso nos impide la marcha,
pero luego se vuelve cada vez más liviano,
hasta que un día deja de sentirse
y advertimos que ha muerto”14
También he preguntado si los poetas tenemos una misión y estoy convencido de que la tenemos, si bien será una misión distinta en cada uno, todos compartimos una misma necesidad, un enlace original con la palabra. Pero este vínculo estrecho y único puede abarcar otros aspectos: el de ser ariete que golpee y movilice, ser voz que interpele, que nos acerque a Dios, que nos revele el amor, los dolencias existenciales, la cuestión social, la épica, la historia, las tradiciones y leyendas, la tierra que nos nutre, la civilización.
Éstas no son “temáticas” sino son los lugares desde donde el poeta mira y nos revela su particular mirada, pero seguramente existen tantas opiniones como poetas y el doble que la de la cantidad de críticos (cada uno de ellos suelen tener dos: la que realmente piensan y la que publican).
Héctor Yánover, en el magnífico prólogo que hizo para la “Antología Consultada de la Joven Poesía Argentina”, en 1967, decía: “Estos poetas que aquí van a verse se dedican a contrapitanza al ejercicio sutil, absurdo, fundador de mundos, estupendo, inútil, paradójico en pleno siglo XX, tonto en el mundo técnico, rescatador de las mejores esencias, torremarfileño, inmerso hasta los tuétanos en la vida, que testimonia a Dios de los hombres, que ejercen legisladores no reconocidos del mundo, que no interesa a nadie, que es lo único que importa: la poesía”. Más adelante agrega “y aunque pocos lean poesía, todos (dije todos) le rinden un más o menos ignorado culto por el secular prestigio que emana de la tradición.
La poesía es, para el poeta que lo es desde los riñones, la vida misma. Según opiniones recibidas a través de un cuestionario que involucró a más de cien poetas, muchos coinciden en que las expresiones artísticas –en su diversidad de formas y desde el folklore popular hasta las manifestaciones eruditas– sufrieron un período de confusiones y letargos en la Argentina de los años '80 y en los '90. Pareciera que una nueva energía surge desde fines del 2001, cuando el protagonismo de la gente toma el centro de la escena –y los poetas somos gente, aunque no lo parezcamos–; las preguntas y los cuestionamientos desbordaron los marcos de los foros habituales, tomaron las calles por asalto y, a pesar del desorden y el caos, buscaron encontrar su cauce de “el día después”. Nadie debe estar ajeno a este particular e inédito proceso a menos que se refugie en la nadería de versar sobre “del cielo y las estrellas” y morir en un vaho de mediocridad consumada.
La poesía es vida, obra es algo que se construye, es el hacer, ya sea testimonio o profecía. Incluso el amor, no es igual “el amor en los tiempos del cólera”. De todas formas, mis excitaciones no dejan de ser una expresión de deseo, todavía. Tal vez por las heridas frescas de nuestra historia –-y las heridas palpitantes de la humanidad– las expresiones artísticas no alcancen aún las derivaciones que tuvieron en los '70 y no hablo de poesía panfletaria o arte de barricada, sino aquel que se elevó por sobre las ideologías pero cuya inconveniencia terminó escribiéndose con sangre.
Ellos buscaron subvertir intelectualmente el germen de lo que hoy sufrimos, un capitalismo salvaje bajo una piel de cordero, quisieron poner en crisis las estructuras tradicionales, desde los museos hasta las bibliotecas; desde los recitales de poesía hasta las decisiones de las editoriales y el surgimiento de un cuestionamiento tal que los incluía. Fueron profetas derrotados a quienes les cortaron la lengua, las manos, la vida.
Pero todo se factura, y el vencedor se las cobra sin pudicia alguna. Se publica según el marketing, las necesidades de la globalización, la chatarra chismosa y vernácula: y meta pizza y champán que el circo no se para. De lo contrario publica el que paga, no sólo la edición sino el aparato comercial que hace de una bazofia un best seller.
“A diferencia de los '60 y '70, hoy nadie cree que una pintura o un poema puedan parar una guerra, cambiar el mundo y sin embargo, cuanta belleza hay en ese fracaso”15. Pero algo de pudor (¿fingido?)queda: hace unos meses Collin Powell se para en el salón del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas donde se encuentra el cuadro “Guernica” de Pablo Picasso –oportunamente cubierto con un lienzo azul– para anunciar la invasión a Irak. Tuvo el “buen gusto” de ocultar a las cámaras del mundo las imágenes de piernas y manos amputadas, los cuerpos de niños desechos por la aviación nazi en 1937, en España. “Guernica estaba allí como recordatorio de las atrocidades que la ONU tiene la misión de evitar. Una vez más, Estados Unidos estaba planeando la masacre de un pueblo, el irakí, asumiendo su rol nunca consensuado por la comunidad mundial toda, de supremo juez del mundo.
“y llora porque todo
no es más que la miseria.
Conoce el tiempo,
a los hombres del hueco,
la inundación que los dejó sin agua,
las almas combustibles del infierno.
Dice “no puedo irme
Porque aquí no estoy”16
Epílogo
Unas breves reflexiones para el final. Una de las misiones que debemos asumir es la de involucrarnos en la “educación para la lectura”. Graciela Montes, responsable del Plan Nacional de Lectura dice: “Leer es mucho más que descifrar”. El desafío de leer poesía es mucho mayor aún. El esfuerzo que la “modernidad” ha puesto en dotar de cibernética a la escuela no tuvo en cuenta ¿o sí? el Caballo de Troya que adquiría: el desplazamiento de la lectura. ¿Formar o informar?, esa es la pregunta.
Los intelectuales debemos involucrarnos en la educación escolar, indagar en posibles estrategias que devuelvan el interés por la lectura. Y hay que trabajar con los niños más chicos ya que con los otros tenemos una gran batalla perdida. La lectura adolescente no debe pasar solamente por Harry Potter (y su traducción horripilante al español) ni los modelos de vida por “Chiquititas o Erreway”. Esto debe importarnos y mucho. Buscar propuestas atractivas, no desde la prohibición sino captar la atención de niños y adolescente como una forma de asegurar la lectura en un futuro inmediato.
Por otra parte, al Estado no le interesa en lo más mínimo y no hace nada en disimularlo. Ya es hartante mencionar los casos del Fondo Nacional de las Artes, etc. De cualquier manera, quienes defendimos, oponiéndonos, al levantamiento de los programas de canal 7 “Los siete Locos” y “El rincón de la Cultura” sabemos, positivamente sabemos, que nuestros hijos nunca los verán. Por eso es necesario imaginar la forma de acercarlos a la lectura no como una obligación o castigo, sino como una aventura.
“Hay que aprender a leer las hojas,
sus enjambres
ocultos, su textura, sus oleajes de seda,
sus provisiones
de agua, su temblor y su reino
de terrones desechos”17
Los que hacen la lectura son los escritores, escritores que observan y leen lo que escriben ellos y lo que escriben sus colegas. Fue patética la entrevista a un consagrado (económicamente hablando) escritor argentino que no leía a sus compatriotas ni a autores menores de 35 años. Si no nos leemos entre nosotros y promovemos, con trabajo, tiempo, esfuerzo, horas de sueño, la difusión contra toda esperanza, estaremos dejando a la deriva el barco de la literatura, y condenándolo a su perdición.
Ofrezco este trabajo a Uds. escritores y amigos, para que lo analicen, lo estrujen y si no sirve para nada, lo lleven conmigo a la pira ritual de los sacrificios para purificarlo con el fuego. Antes, les pido que escuchen y entiendan que quiero desterrar mis ignorancias, por eso busco y exijo me azucen con su verbo inteligente mis creencias porque insisto, tengo una visión de un mundo diferente y posible, más justo, sin miserias y en el que los poetas brindemos nuestros frutos del escándalo. Y en una ceremonia irrepetible hagamos de la poesía un culto; de la palabra un hecho y de la vida un sueño realizado “porque tengo palabras que me importan y no quiero morir sin pronunciarlas”.
1 Luis María Sobrón, Nogoyá, Entre Ríos, reside en Mar del Plata, de su poema “El Otro”
2 Alfredo Villegas Oromí (1955) Buenos Aires, del poema inédito “Entre Paréntesis”
3 Néstor Groppa (1928), Córdoba, reside en Jujuy, de su poema Así como vino se irá
4 Iris Alejandra Jiménez (1969) Allen, Río Negro
5 Atahualpa Yupanqui (1908) Pergamino, del poema “El Payador Perseguido”
6 Edgar Bayley (1919 – 1990) Buenos Aires
7 Luis Tedesco (1941) Buenos Aires
8 Alicia Martín, Revista Ñ, 3 de julio de 2004, pp 8
9 Soledad Davies (1983) Comodoro Rivadavia, Chubut, de su libro Azabache.
10 Juan Falú, Revista Ñ, 3 de julio de 2004, pp 9
11 Ramón Signes, (1950) San Juan, reside en Tucumán, de su poema inédito “Crónica de un amor en tiempos de cambio”
12 Héctor Viel Temperley (1933 – 1987) Buenos Aires, de su poema Crowl.
13 Jacobo Regen, (1935) Salta, de su poema “Intemperie”
14 Horacio Castillo (1934) Ensenada, Buenos Aires, de su poema “Anquises sobre los hombros”
15 Ana María Battistozzi y Eduardo Villar. Revista Ñ, 12 de junio de 2004, pp 7
16 Walter Adet (1931 – 1992) Salta, de su libro “El Hueco”, 1992
17 Jorga Boccanera (1952) Bahía Blanca
|