Avispa 23 Cuentos

OBSESION ESTETICA

Silvia se mira en el espejo durante mucho tiempo durante la tarde. No sólo recorre pausadamente su rostro con las manos tratando de detectar alguna imperfección subcutánea imperceptible a la vista; también ejercita sus músculos para retrasar la aparición de arrugas. Sabe bien cómo se hace. Lo enseña a otras mujeres en su programa por cable. Después coloca lociones y cremas para mantener el cutis sano. Y por último, prueba los últimos maquillajes en salir a la venta. Tiene el cabello fuerte, brillante y dócil, y esto le permite cambiar el peinado varias veces y quedarse con el que mejor le sienta. En el cuarto se detiene unos minutos frente al espejo observando en su cuerpo, de frente, de perfil, de espaldas (de paso aprovecha para ejercitar los músculos del cuello), se toma las medidas para controlar que su eterna dieta continúe dando buenos resultados, y pasa a probarse la ropa que se pondrá esta noche, o mañana por la mañana. Conecta la plancha y deja impecable la pollera, el pantalón, la camisa o el suéter. Elige la bijouterie que se acomodará mejor al estilo que usará. Termina justo a tiempo para tomar su baño de inmersión con espuma y aceites. En la bañera practica ejercicios modeladores y reafirmantes y al final se ducha rápidamente con agua fría para estimular sus capilares. Su madre, modelo profesional, le enseñó desde la niñez todo lo que se precisa para ser eternamente joven y bella.
Silvio (nombre que le habían puesto al nacer) nunca consiguió que su padre la considerara una verdadera mujer, como todos lo hacían.

Lidia B. Castro Hernando
castrolidia@hotmail.com

TRIGONOMETRÍA

En clase de Matemáticas cuando por primera vez dimos Trigonometría, las aburridas clases se volvieron muy agradables, oía al profesor hablando de senos, y cuando mi mente estaba muy centrada en los senos y escuchaba eso de los cosenos, pensaba: – Sí, empieza por co , pero para mí no termina igual -. Él proseguía su clase hablando de coger el miembro y operar con él, yo miraba el miembro y ahí estaba un seno al cuadrado, me costaba pensar en un seno cuadrado, en un principio solo pensaba en senos redondos pero con un poco de imaginación, y de eso nunca me faltó, conseguí hacerme una idea de cómo sería un seno cuadrado. Ya había oído algo de tener los huevos cuadrados, pero, ¿un seno cuadrado?, ni en las películas de ciencia-ficción, esas que salen mutantes y marcianos había visto nada parecido. Cuando hablaba de tangentes, me decía para mí. – No te salgas por la tangente y sigue con los senos y cosenos, que no decaiga la orgía de números -. Los demás de mi clase no parecían muy interesados por el tema. Pobres ignorantes, no podían ver el trasfondo sexual de la trigonometría. Me sentía un privilegiado, un portento, el único que podía leer entre líneas las fórmulas matemáticas.

Antonio Izquierdo
Relato extraído del libro «Ideas Encontradas»
Revista Amalgama – (España)

De película

Comencé la búsqueda. Corrí. Salté. Giré a la derecha. Seguí derecho, y corrí más rápido que nunca. Salté. Giré. Corrí. Pisé un charco, era de barro, las botas se me llenaron de esa horrible mezcla y todo parecía inalcanzable. Me levanté. Corrí. Salté. Volví a saltar. Estaba fatigado, pero conciente de mi búsqueda. Se me escapó. Agarré el auto. Aceleré. Frené. Volví a acelerar. Dejé el auto ahí, enfrente de su casa. La esperé. Llegó. Marcó un número en el teléfono. La golpeé. Volví a golpearla. La maté.
Siempre decía lo mismo. Nunca la verdad. Mi madre era actriz, pero estaba enferma. Estaba enferma de muerte. La maté como en una de sus películas. Así quería ella. Siempre decía lo mismo. Creo que los policías no entendieron. Creo que nunca me creyeron. Pero yo estaba encerrado. Y ellos me miraban desesperados.
Comencé la búsqueda. Corrí. Salté. Giré a la derecha. Seguí derecho, y corrí más rápido que nunca. Salté. Giré. Corrí. Pisé un charco, era de sangre, las botas se me llenaron de ese horrible color rojizo, todo parecía inalcanzable. Me levanté. Corrí. Salté. Volví a saltar. Estaba fatigado, pero conciente de mi búsqueda. Se me escapó. Agarré el auto. Aceleré. Frené. Volví a acelerar. Dejé el auto ahí, enfrente de su casa. La esperé. Llegó. Marcó un número en el teléfono. La golpeé. Volví a golpearla. La maté.
A veces cambiaba unas cosas a mi relato. Y se volvían locos. Me tenían grabado. Con cámaras. Con grabadores. Era impresionante. Mi madre nunca hubiera soñado con esta película. Los policías me golpeaban. Y yo les sonreía. Creo que eso los enfurecía mucho más. Me venían a buscar a cualquier hora. Yo nunca dormía. Además estaba encerrado. Sin luz.
Comencé la búsqueda. Corrí. Salté. Giré a la derecha. Seguí derecho, y corrí más rápido que nunca. Salté. Giré. Corrí. Pisé un charco, era de agua, las botas se me mojaron, todo parecía inalcanzable. Me levanté. Corrí. Salté. Volví a saltar. Estaba fatigado, pero conciente de mi búsqueda. Se me escapó. Agarré el auto. Aceleré. Frené. Volví a acelerar. Dejé el auto ahí, enfrente de su casa. La esperé. Llegó. Marcó un número en el teléfono. La golpeé. Volví a golpearla. La maté.
Esta vez no iba a zafar. Los policías se enojaron. Me golpearon. Me dejaron inconsciente. Se me caía un hilo de sangre y goteaba de a poco. Me seguían golpeando. Creo que no les gustaba la mugre que estaba haciendo con mi sangre. Me dejaron un rato solo. Con esas cámaras. Con esos grabadores. Había luces apuntándome. Pero no hablaba. No tenía miedo escénico. Siempre supe dónde tenía que mirar. Y volví con lo mismo.
Comencé la búsqueda. Corrí. Salté. Giré a la derecha. Seguí derecho, y corrí más rápido que nunca. Salté. Giré. Corrí. Pisé un charco, era de sangre, me quité las botas, todo parecía inalcanzable. Me levanté. Corrí. Salté. Volví a saltar. Estaba fatigado, pero conciente de mi búsqueda. Se me escapó. Agarré el auto. Aceleré. Frené. Volví a acelerar. Dejé el auto ahí, enfrente de su casa. La esperé. Llegó. Marcó un número en el teléfono. La golpeé. Volví a golpearla. La maté.
Creo que no lo podían creer. Las cámaras me seguían apuntando. Igual que las luces. Los policías me miraban con rabia. El de pelo colorado me odiaba. Se le veía en los ojos. Entraron y me apuntaron con un arma en la cabeza. Me gritaban. Me amenazaban. Salieron. Pero esta vez no dije nada. Empecé a escuchar una vocecita en mi cabeza: “Nunca la busqué. Nunca corrí. Nunca salté. Nunca giré a la derecha. Nunca pisé un charco. Nunca tuve un par de botas. Nunca tuve un auto. Nunca la golpeé. Ella se mató.”

Martín Arregui


Carta de amor escrita a pedido para incluir en una antología aún inédita.

Debo decirte, querida mía, que nunca entendí esa insistencia tuya por enojarte con Neil Diamond cada vez que discutías conmigo. Sé - lo recuerdo muy bien -, que nos dimos cuenta de que éramos el uno para el otro cuando bailamos (como los dioses, si bailaran) Sweet Carolina en aquella fiesta. Qué curioso: de esa fiesta recuerdo casi todo menos lo que se festejaba. Recuerdo el color de los manteles y el color de tu vestido, la marca del vino que bebíamos y las primeras palabras que te oí decir: “no soy muy buena bailando”. Recuerdo también que después de Sweet Carolina saltamos con Satisfaccion y luego (para que veas de qué manera atesoro ese día en mi memoria) cantamos todos, pero todos los presentes, incluso el que daba la fiesta (Rubén, se había salvado de la colimba y juntó a sus amigos, ahora lo sé), sus padres y nosotros dos cantamos Cocaine de Eric Clapton. Sin embargo no te enojás con ellos (ni con Eric, ni con Mick, ni con Rubén, ni con sus padres que eran los que te habían invitado a la fiesta excusados en un lejano parentesco; yo era amigo de Rubén desde la infancia) sino con Neil al que jamás volvimos a oír cantar porque esa sola canción nos bastó y bastará de lo bien que la bailamos. Luego hubo otras canciones en nuestras vidas. Algunas eran mías y te las presté. Otras eran tuyas y te las robé. (También hubo posiciones irreconciliables que por suerte he olvidado y espero que vos también; es que malas canciones abundan). Otras muchas aparecían de pronto en la radio o en la calle y ya las estábamos cantando o tarareando o bailando. Pero con ninguna de ellas te enojaste jamás. Solo con Sweet Carolina. Tal vez te da un poco de vergüenza haberte enamorado de mí con esa canción tan estúpida de fondo. No sé si es un consuelo pero otras parejas tuvieron menos suerte. Amigos míos se enamoraron con el Pata Pata. Imaginate. Y fueron felices. Creer o reventar. Nunca me lo dijeron pero supongo que nos envidiaban porque Sweet Carolina al menos se puede tararear como hacíamos nosotros cada vez que simulábamos que estábamos de nuevo viviendo esa noche, esa fiesta, este amor. Con el Pata Pata no hay remedio: se agota en cinco segundos y los pataduras quedan demasiado expuestos a la vergüenza. Pero a vos no te importa la comparación (te lo dije cien veces y ya dudo de que sea verdad con tanta insistencia de mi parte; ¿quiénes eran los estúpidos que se enamoraron con el Pata Pata?). Cada vez que llegamos a este punto todo te suena a excusa y yo me veo como un salame defendiendo a un cantante que no me interesa y a una canción que apenas me gustó entonces y ya me aburrió. Entonces, si lo que vos querés es burlarte de Neil y de su peinado sin pensar que el pobre se batía el pelo porque se estaba quedando pelado como al fin nos quedamos todos los hombres hayamos sido felices, infelices o legionarios en la legión extranjera, burlate tranquila. Ya no me importa. Y si querés, luego, enojate con Rubén, con sus padres, con Mick y con Eric. Ahora, querida, cambiemos de tema. Literalmente. Es hora de que dejemos de culpar al pasado cada vez que no nos gusta lo que el otro piensa o hace. Es inevitable. El pasado es inevitable, inconmovible, imborrable, nuestro. Por eso, para recordar este amor que ya lleva como ciento veinte rankings - además de hijos que aman la buena música - y cientos de éxitos absolutamente intrascendentes aunque tan pegadizos como efímeros, quiero ofrecerte un regalo que compré con amor y en créditos. Dudé mucho. Te confieso que no sabía qué regalarte para este nuevo aniversario. La ropa te sobra, los viajes los elegiremos juntos, cosas de la casa no necesitamos ni vos ni yo ni la casa (más hijos ni hablar). Este regalo me lo sugirió la televisión, quién lo diría. Y hasta te lo mandan a tu casa. Por eso no te lo envuelven para regalo aunque el estuche es de lo más coqueto. Elegí. Ahora es tu turno de desquitarte. Supongo que algo interesante vas a poder encontrar ahí adentro. Algo te tiene que gustar lo suficiente como para olvidar Sweet Carolina y dejar en paz al pobre Neil y su entretejido (¿sigue vivo?, ¿sigue cantando?). Y cuando elijas una de esas quinientas canciones de amor seleccionadas por un disc jockey cuyo nombre no recuerdo y agrupadas en diez discos titulados categóricamente “Los grandes éxitos románticos de todos los tiempos” - está Feeling, Summertime, Bésame Mucho, My Way, Garota, Ne Me Quite Pas; pero elegí vos sola, no quiero condicionarte - la bailaremos hasta caer agotados. Aprenderemos a bailar de nuevo si es necesario. Recordaremos. Tararearemos nuestra nueva canción como si estuviéramos en esa misma fiesta festejando algo que no nos importa ni nos incumbe porque lo único que nos importa y nos incumbe es seguir bailando como los dioses si los dioses bailaran.

Javier Chiabrando

RODILLAS DEL REBAÑO

Terminó de recortar la figura cuando el último pedazo de nube se aquietó escondiendo por unos segundos el sol.
Extendió sobre el piso los papeles de colores, las cañas perfectamente medidas y el engrudo; ató las tiras de la sábana vieja una tras otra. Cuando estuvo armado se solazó en su obra. Como último toque le pegó la figura.
Todos los sábados se dirigía a la plaza para el ritual del despegue.
La figura de Jesús se bamboleaba a medida que subía. El viento se insolentó en espasmos hasta que la calma se aposentó en el aire.
La plaza comenzó a mirar hacia arriba. Unos pocos primero, luego como un otoño precoz esparcieron sus rodillas en un rezo común.
El niño, uno con su barrilete, ajeno a la manifestación de fe, a los periodistas que filmaban y a otros tantos que fotografiaban el hecho desde varios ángulos, decidió recogerlo hasta que cayó planeando a sus pies. Desenredó la cola, sacudió su pantalón y se marchó pensando que la próxima semana remontaría a Batman.

Susana Trajtemberg

CREAR-SE

Hay un surco que atraviesa el alma humana. Ese surco es el lecho por donde pasa la corriente del Tao. En los artistas, esta corriente es el arte mismo. Sin embargo, la corriente vital no se circunscribe a una disciplina artística, pues toda la vida puede llegar a ser arte, si la persona se lo permite. La tremenda fuerza de la creatividad nace siempre a partir del caos. Un lienzo o una hoja en blanco, antes de marcar nuestra impronta, reflejan nuestro caos interno; no nos ponemos a trabajar de buenas a primeras, debemos respetar y atravesar un proceso creativo que puede llevarnos un tiempo, desde algunos minutos, hasta algunos años. Y ya no hablo de lienzos ni hojas, hablo del artista mismo como lienzo y hoja: el artista pues, se transforma en su propio trabajo, en su creación, su re-creación. Todo el tiempo estamos transformándonos, quitando y poniendo, cambiando actitudes, modos de pensar y ver el mundo. Hacer esta tarea conscientes, nos emancipa de muchos mandatos y deberes irreales; descubrimos que nuestro principal oficio es recordar en qué consistimos, más allá de sujetos sociales, de padres de familia, de la función que cumplimos para subsistir. Dejamos de identificarnos en función de fulanos y menganos que, aunque amados y necesarios, no dejan de ser compañeros de viaje por los vastos espacios del alma.
No sé bien por qué este mail. Será una necesidad de recordarme ciertas cosas que me saben esenciales, será el típico hambre del que encuentra algo bello y desea compartirlo con quienes le resultan bellos también. En realidad no importa de dónde surgen estas palabras. Ya están acá, ya fueron leídas. Si de verdad somos polvo en el viento, reivindiquemos esta naturaleza efímera e indestructible, y permitámonos la integración a sabiendas, a todo cuanto existe

.                                                                                  Gustavo Ortiz elorni65@hotmail.com

La ventana abierta

Cada noche los ve entrar. Vuelan a su alrededor. Danza viscosa y demencial. La persiguen. Giran y giran.
Ella eleva y curva sus brazos, protegiéndose. Se asoma a la ventana. Hasta allí la acosan. No puede respirar, se empina alargando su torso. Se precipita hacia el infinito.
Los murciélagos desaparecen.

Enriqueta Noemí Borrello
Taller «Con palabras entre manos» - PUAM

«Llueve. Oración unimembre»

Llueve insistentemente. Con bronca, con ganas. Llueve como para agujerear el piso o desmayar a un motociclista.
Llueve y se tapan las bocas de tormenta que burbujean, hacen gárgaras, tratan de digerir tanta agua toda junta, imparable.
Llueve como llovías vos para adentro cuando un truhán te dejó, mojada, sola, con los ojos de almendra y de pescado rabioso después.
Llueve para suplicio de los vendedores de diarios y para solaz de las lombrices que, animadas, buscan una aventura sobre el cemento del jardín de mi casa, velozmente invadido por caracoles.
Llueve grueso y con porfía, como para oxidar recuerdos o bautizar caravanas, como nuestras diferencias o nuestras fantasías.
Llueve mucho, como lo que, supongo, me querías, o como las mentiras que no pude dominar.
Llueve y el agua no logra escurrirse, como cuando no había sábana que nos abarque y nos desbordábamos continua y mutuamente.
Llueve pesado, denso, oscuro, y apenas si distingo la vereda de enfrente, apenas si supe ver qué querías de mí, o qué buscaba yo, o algo.
Llueve como decía Lugones, y purifica y lava. El cielo contuvo sus lágrimas cuanto pudo, pero en dos días se quebró sin decir agua va, y no quiere dejar de llover.

Llueve así, inexorablemente, y pienso que mi alma debe ser de miga de pan o de avena, porque siento que se hincha y que si no para de llover voy a reventar como un sapo después de la lluvia.
Llueve con monotonía y no me aburre, porque es una lluvia intensa y tibia, y mis ojos tratan de contar gotas, imaginar los litros.
Llueve a hachazos, como en «El bar Unión», pero yo no estoy solo ni acompañado y vos no estás alegre ni triste. Llueve y no estamos.
Llueve bíblicamente, pero no me siento un animal, y mucho menos un profeta; y veo que la muerte anda por acá (paraguas en la derecha, botas pampero), pero sé que todavía no me busca, solo pasea porque le gusta mojarse y sentirse como la lluvia, que un día nos abrazará a todos; y ríe como una demente bajo esta lluvia plomiza y férrea. Como una hiena que se aleja riendo porque sabe que regresará y triunfará.
Llueve profundamente, y así te extraño y busco entre estas gotas, obesas y obsecuentes, un aparecer de tus ojos tal vez lluviosos, aunque quizás seas un pájaro desorientado por la lluvia y nunca llegues.
Llueve, a secas, y mientras tanto voy a seguir mirando la lluvia sin más preocupaciones, como quien ve llover.

Alejo Salem
alejosalem@dfyd.com.ar - DFYD

“Yo, el peor de todos”

«¿Me contradigo?...
Pues bien, me contradigo.
Soy vasto. Contengo multitudes.»
Walt Whitman

Los romanos utilizaban siete letras para expresar su sistema numérico. Del mismo modo, puedo usar los siete pecados capitales (pecados de los que soy un fervoroso usuario) para expresar mi autodefinición.
Es ahora la hora de admitirlo: soy mi peor invento.
Me solazo jugando a ser muchos distintos para no tener que responder por ninguno de ellos. Presento al embelesador, que oculta al embelecador. Improviso a un eximio, merecedor de un exilio. Expongo al jacarandoso, pero asoma el jactancioso. Soy -usando un título de Salem- mi mejor Contradicción.
Descreo de todo menos de mi certeza absoluta en la inexistencia de certezas absolutas. Desdeño lo que enseño; aprendí de mí a hacerlo.
Aseguro que nadie me ha visto nunca. Han visto, en cambio, a algunos de los que digo ser. Me place -no lo niego- ser todos los que creé (y no me los creo).
Soy inoportuno e intangible como un fantasma; poco comprador e inconstante como un duende venido a menos; literalmente fantástico, como un dragón en desgracia.
Soy el menos indicado y el más señalado; el que ama y hiere; el que no deja rastros sino cicatrices. Soy el delicioso imperdonable; el que llora en público y ríe en privado; el que otorga cuando habla y el que calla al recibir (y el que da para que tengas).
Soy un vampiro con crucifijo; un escocés con bermudas; un obispo con esposa. Soy la tenue respuesta a la pregunta que nadie hizo; el que se excede en excusas y carece de motivos. Soy el umbral previsible de mi propia conformidad.
Soy el locuaz más silente; el juglar de entrecasa; el Ulises de jardín. Soy el pecador inconfeso; el casto mujeriego: el hereje que ríe en la pira. Soy el soez refinado, el de las lágrimas de reptil; el de la risa socarrona.

Soy uno de los sospechosos de siempre, de los intocables, de los perros de la calle. Soy - también- el bueno de una mala película; el polizón de la vida, el prorrogado; el que pide moratorias para jamás cumplirlas; el desertor de causas nobles.
Soy el sujeto mal predicado; el de adjetivos circunstanciales; el de pretéritos imperfectos. Soy el de lengua literaria y literatura charlatana; el de verbos inconjugables: el de presentes más bien tácitos.
Soy el que sueña con estar entre los primeros, pero tiene debilidad por los cuartos. Soy al que se le hirvió el agua para el mate; la bola ocho entrando primero; el cuatro de copas de mano. Soy el más tramposo de los leales.
Soy el que le puso la tapa a Pandora; Sansón con caspa. Soy por quién Cortéz no hubiera quemado ni una canoa. Soy un denario falso; un paraguas en Sodoma; la toalla de Pilatos; una herradura en Troya. Soy Rómulo alérgico a los lácteos.
Soy el que nadie quiere como yerno y el que algunas desean en su almohada; el que habla con rodeos acerca del grano. Soy el infame, el canalla, el bueno, el último..., y el que menos; el que se emociona sin causa, y el inconmovible.
Soy quien aspira a ser más besado que la sortija papal, la camiseta de la selección o que mi primera novia.
También sé -lo admito- que tengo un lado malo. Pero de eso han de encargarse mis detractores. Yo prefiero seguir pensando en los que soy, además de ser el más analfabeto de todos los que escriben.

 

Martín Aon
martinaon@dfyd.com.ar - DFYD

Tu mamá me lo dijo

-Tu mamá me lo indicó.
-No seas mentiroso, si vos no la conociste.
-Te digo que ella me lo dijo anoche.
Sentí el impulso de colgar el teléfono Pero algo me detuvo. El Negro no la
conocía, cuando mi hermano nos presentó, mamá ya estaba muerta.
Hace más de veinte años me fueron a buscar a la estación de micros.
-Este es Oscar, mi mejor amigo.
-Hola – me dijo- soy el mejor y el único.
Me causó risa. Si había algo en el mundo que mi hermano tenía en exceso eran amigos. Simpático, generoso, divertido. Para definirlo habría que crear un nuevo vocabulario. Mi hermano era un ser único, parecido a mi madre en lo físico y en lo espiritual.
Oscar, el Negro, no la conoció, pero cada tanto, al aclarar algo agrega dándolo por sabido “Como decía tu mamá.”
-Si no la conociste ¿cómo sabes?
-Tu hermano y vos la nombran tanto que me contagié. A veces creo que la conozco como si hubiera vivido con ella.
Rara vez se equivoca en sus apreciaciones. Conoce las recetas de mamá y las aplica en su cocina. Llama solo para preguntarme:
-¿Qué cantidad de comino lleva? –sin especificar nada y sin saludarme.
-¿Estás haciendo el osobuco? –su voz es inconfundible.
- Ajá.....
-Sólo una cucharita de café, pero no olvides los clavos de olor.

Mi hermano ya no está y yo soy la continuación de la familia que él ama. Las distancias son salvadas por el teléfono. Mamá seguía estando, con sus dichos, sus consejos y sus supersticiones. En mi vida naturalmente. Lo raro es que estaba presente en la casa de alguien que nunca la había visto.
No hace mucho para arreglar los papeles sucesorios de mis abuelos necesité un poder que estaba segura había firmado mi madre meses antes de morir. Dí vuelta la casa y no los encontré. Agotada, me duché y me tiré en la cama. El teléfono me despertó. Por poco lo tiro al contestar. Era El Negro.
-Hola, petisa ¿cómo estás?
-Estoy desesperada. Necesito un poder que firmó mamá y no lo encuentro. Revolví toda la casa. Dentro de dos días pierdo los derechos sino lo llevo Te aseguro que no sé que hacer.
-¿Fuiste a la escribanía donde lo firmó? – preguntó.
-No sé en cual, pero no tengo tiempo. –Contesté angustiada.
-Tratá de dormir y mañana buscá más tranquila.
A la mañana volvió a despertarme el teléfono. Era él.
-Escuchame bien-me dijo-el poder está entre los planos. Anoche ella me lo dijo.
-¿Estás loco? ¿Dentro de qué planos?
-Los de la casa que programaban cuando ella estuvo internada.- me aseguró.
Le di las gracias y fui al cajón olvidado donde guardábamos los planos de un proyecto que nunca habíamos comentado con nadie. Allí entre el olor a humedad y el amarillo de los años encontré lo que buscaba.
                                                            Victoria Ruiz Salado - SADE