OBSESION ESTETICA Silvia se mira en el espejo durante mucho tiempo durante la tarde. No sólo recorre pausadamente su rostro con las manos tratando de detectar alguna imperfección subcutánea imperceptible a la vista; también ejercita sus músculos para retrasar la aparición de arrugas. Sabe bien cómo se hace. Lo enseña a otras mujeres en su programa por cable. Después coloca lociones y cremas para mantener el cutis sano. Y por último, prueba los últimos maquillajes en salir a la venta. Tiene el cabello fuerte, brillante y dócil, y esto le permite cambiar el peinado varias veces y quedarse con el que mejor le sienta. En el cuarto se detiene unos minutos frente al espejo observando en su cuerpo, de frente, de perfil, de espaldas (de paso aprovecha para ejercitar los músculos del cuello), se toma las medidas para controlar que su eterna dieta continúe dando buenos resultados, y pasa a probarse la ropa que se pondrá esta noche, o mañana por la mañana. Conecta la plancha y deja impecable la pollera, el pantalón, la camisa o el suéter. Elige la bijouterie que se acomodará mejor al estilo que usará. Termina justo a tiempo para tomar su baño de inmersión con espuma y aceites. En la bañera practica ejercicios modeladores y reafirmantes y al final se ducha rápidamente con agua fría para estimular sus capilares. Su madre, modelo profesional, le enseñó desde la niñez todo lo que se precisa para ser eternamente joven y bella. Lidia B. Castro Hernando |
TRIGONOMETRÍA En clase de Matemáticas cuando por primera vez dimos Trigonometría, las aburridas clases se volvieron muy agradables, oía al profesor hablando de senos, y cuando mi mente estaba muy centrada en los senos y escuchaba eso de los cosenos, pensaba: – Sí, empieza por co , pero para mí no termina igual -. Él proseguía su clase hablando de coger el miembro y operar con él, yo miraba el miembro y ahí estaba un seno al cuadrado, me costaba pensar en un seno cuadrado, en un principio solo pensaba en senos redondos pero con un poco de imaginación, y de eso nunca me faltó, conseguí hacerme una idea de cómo sería un seno cuadrado. Ya había oído algo de tener los huevos cuadrados, pero, ¿un seno cuadrado?, ni en las películas de ciencia-ficción, esas que salen mutantes y marcianos había visto nada parecido. Cuando hablaba de tangentes, me decía para mí. – No te salgas por la tangente y sigue con los senos y cosenos, que no decaiga la orgía de números -. Los demás de mi clase no parecían muy interesados por el tema. Pobres ignorantes, no podían ver el trasfondo sexual de la trigonometría. Me sentía un privilegiado, un portento, el único que podía leer entre líneas las fórmulas matemáticas. Antonio Izquierdo |
De película Comencé la búsqueda. Corrí. Salté. Giré a la derecha. Seguí derecho, y corrí más rápido que nunca. Salté. Giré. Corrí. Pisé un charco, era de barro, las botas se me llenaron de esa horrible mezcla y todo parecía inalcanzable. Me levanté. Corrí. Salté. Volví a saltar. Estaba fatigado, pero conciente de mi búsqueda. Se me escapó. Agarré el auto. Aceleré. Frené. Volví a acelerar. Dejé el auto ahí, enfrente de su casa. La esperé. Llegó. Marcó un número en el teléfono. La golpeé. Volví a golpearla. La maté. Martín Arregui
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Carta de amor escrita a pedido para incluir en una antología aún inédita. Debo decirte, querida mía, que nunca entendí esa insistencia tuya por enojarte con Neil Diamond cada vez que discutías conmigo. Sé - lo recuerdo muy bien -, que nos dimos cuenta de que éramos el uno para el otro cuando bailamos (como los dioses, si bailaran) Sweet Carolina en aquella fiesta. Qué curioso: de esa fiesta recuerdo casi todo menos lo que se festejaba. Recuerdo el color de los manteles y el color de tu vestido, la marca del vino que bebíamos y las primeras palabras que te oí decir: “no soy muy buena bailando”. Recuerdo también que después de Sweet Carolina saltamos con Satisfaccion y luego (para que veas de qué manera atesoro ese día en mi memoria) cantamos todos, pero todos los presentes, incluso el que daba la fiesta (Rubén, se había salvado de la colimba y juntó a sus amigos, ahora lo sé), sus padres y nosotros dos cantamos Cocaine de Eric Clapton. Sin embargo no te enojás con ellos (ni con Eric, ni con Mick, ni con Rubén, ni con sus padres que eran los que te habían invitado a la fiesta excusados en un lejano parentesco; yo era amigo de Rubén desde la infancia) sino con Neil al que jamás volvimos a oír cantar porque esa sola canción nos bastó y bastará de lo bien que la bailamos. Luego hubo otras canciones en nuestras vidas. Algunas eran mías y te las presté. Otras eran tuyas y te las robé. (También hubo posiciones irreconciliables que por suerte he olvidado y espero que vos también; es que malas canciones abundan). Otras muchas aparecían de pronto en la radio o en la calle y ya las estábamos cantando o tarareando o bailando. Pero con ninguna de ellas te enojaste jamás. Solo con Sweet Carolina. Tal vez te da un poco de vergüenza haberte enamorado de mí con esa canción tan estúpida de fondo. No sé si es un consuelo pero otras parejas tuvieron menos suerte. Amigos míos se enamoraron con el Pata Pata. Imaginate. Y fueron felices. Creer o reventar. Nunca me lo dijeron pero supongo que nos envidiaban porque Sweet Carolina al menos se puede tararear como hacíamos nosotros cada vez que simulábamos que estábamos de nuevo viviendo esa noche, esa fiesta, este amor. Con el Pata Pata no hay remedio: se agota en cinco segundos y los pataduras quedan demasiado expuestos a la vergüenza. Pero a vos no te importa la comparación (te lo dije cien veces y ya dudo de que sea verdad con tanta insistencia de mi parte; ¿quiénes eran los estúpidos que se enamoraron con el Pata Pata?). Cada vez que llegamos a este punto todo te suena a excusa y yo me veo como un salame defendiendo a un cantante que no me interesa y a una canción que apenas me gustó entonces y ya me aburrió. Entonces, si lo que vos querés es burlarte de Neil y de su peinado sin pensar que el pobre se batía el pelo porque se estaba quedando pelado como al fin nos quedamos todos los hombres hayamos sido felices, infelices o legionarios en la legión extranjera, burlate tranquila. Ya no me importa. Y si querés, luego, enojate con Rubén, con sus padres, con Mick y con Eric. Ahora, querida, cambiemos de tema. Literalmente. Es hora de que dejemos de culpar al pasado cada vez que no nos gusta lo que el otro piensa o hace. Es inevitable. El pasado es inevitable, inconmovible, imborrable, nuestro. Por eso, para recordar este amor que ya lleva como ciento veinte rankings - además de hijos que aman la buena música - y cientos de éxitos absolutamente intrascendentes aunque tan pegadizos como efímeros, quiero ofrecerte un regalo que compré con amor y en créditos. Dudé mucho. Te confieso que no sabía qué regalarte para este nuevo aniversario. La ropa te sobra, los viajes los elegiremos juntos, cosas de la casa no necesitamos ni vos ni yo ni la casa (más hijos ni hablar). Este regalo me lo sugirió la televisión, quién lo diría. Y hasta te lo mandan a tu casa. Por eso no te lo envuelven para regalo aunque el estuche es de lo más coqueto. Elegí. Ahora es tu turno de desquitarte. Supongo que algo interesante vas a poder encontrar ahí adentro. Algo te tiene que gustar lo suficiente como para olvidar Sweet Carolina y dejar en paz al pobre Neil y su entretejido (¿sigue vivo?, ¿sigue cantando?). Y cuando elijas una de esas quinientas canciones de amor seleccionadas por un disc jockey cuyo nombre no recuerdo y agrupadas en diez discos titulados categóricamente “Los grandes éxitos románticos de todos los tiempos” - está Feeling, Summertime, Bésame Mucho, My Way, Garota, Ne Me Quite Pas; pero elegí vos sola, no quiero condicionarte - la bailaremos hasta caer agotados. Aprenderemos a bailar de nuevo si es necesario. Recordaremos. Tararearemos nuestra nueva canción como si estuviéramos en esa misma fiesta festejando algo que no nos importa ni nos incumbe porque lo único que nos importa y nos incumbe es seguir bailando como los dioses si los dioses bailaran. Javier Chiabrando |
RODILLAS DEL REBAÑO Terminó de recortar la figura cuando el último pedazo de nube se aquietó escondiendo por unos segundos el sol.
Susana Trajtemberg |
CREAR-SE
Hay un surco que atraviesa el alma humana. Ese surco es el lecho por donde pasa la corriente del Tao. En los artistas, esta corriente es el arte mismo. Sin embargo, la corriente vital no se circunscribe a una disciplina artística, pues toda la vida puede llegar a ser arte, si la persona se lo permite. La tremenda fuerza de la creatividad nace siempre a partir del caos. Un lienzo o una hoja en blanco, antes de marcar nuestra impronta, reflejan nuestro caos interno; no nos ponemos a trabajar de buenas a primeras, debemos respetar y atravesar un proceso creativo que puede llevarnos un tiempo, desde algunos minutos, hasta algunos años. Y ya no hablo de lienzos ni hojas, hablo del artista mismo como lienzo y hoja: el artista pues, se transforma en su propio trabajo, en su creación, su re-creación. Todo el tiempo estamos transformándonos, quitando y poniendo, cambiando actitudes, modos de pensar y ver el mundo. Hacer esta tarea conscientes, nos emancipa de muchos mandatos y deberes irreales; descubrimos que nuestro principal oficio es recordar en qué consistimos, más allá de sujetos sociales, de padres de familia, de la función que cumplimos para subsistir. Dejamos de identificarnos en función de fulanos y menganos que, aunque amados y necesarios, no dejan de ser compañeros de viaje por los vastos espacios del alma. . Gustavo Ortiz elorni65@hotmail.com |
Cada noche los ve entrar. Vuelan a su alrededor. Danza viscosa y demencial. La persiguen. Giran y giran. Enriqueta Noemí Borrello |
«Llueve. Oración unimembre» |
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Llueve insistentemente. Con bronca, con ganas. Llueve como para agujerear el piso o desmayar a un motociclista.
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Llueve así, inexorablemente, y pienso que mi alma debe ser de miga de pan o de avena, porque siento que se hincha y que si no para de llover voy a reventar como un sapo después de la lluvia. Alejo Salem
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“Yo, el peor de todos”
«¿Me contradigo?... |
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Los romanos utilizaban siete letras para expresar su sistema numérico. Del mismo modo, puedo usar los siete pecados capitales (pecados de los que soy un fervoroso usuario) para expresar mi autodefinición.
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Soy uno de los sospechosos de siempre, de los intocables, de los perros de la calle. Soy - también- el bueno de una mala película; el polizón de la vida, el prorrogado; el que pide moratorias para jamás cumplirlas; el desertor de causas nobles.
Martín Aon
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Tu mamá me lo dijo |
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-Tu mamá me lo indicó.
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Mi hermano ya no está y yo soy la continuación de la familia que él ama. Las distancias son salvadas por el teléfono. Mamá seguía estando, con sus dichos, sus consejos y sus supersticiones. En mi vida naturalmente. Lo raro es que estaba presente en la casa de alguien que nunca la había visto. |