Avispa 22 Cuentos

EL BETO

Américo Paolucci

Cuando entré al bar del pueblo lo primero que le preguntaron los muchachos fue: ¿y el Beto? ¿No se había ido a Buenos Aires con vos?
Sí, les contesté. Fuimos juntos pero él se va a quedar unos días más. Tuvo un pequeño accidente pero ya está bien. La semana que viene viajo otra vez y lo traigo. Parecieron quedar conformes con mi explicación, o así lo pensé yo.
El Beto... Te cuento. Nació y vivió en .el campo con sus viejos. Unos italianos trabajadores que no querían que su hijo fuese analfabeto como ellos y lo mandaron a la escuela del pueblo a un par de leguas del campo que el Beto hacía a caballo todos los días. Ese era el único contacto con los otros chicos a los que envidiaba verlos jugar a pelota mientras él en su caballo regresaba a su casa. Allí, salvo algún diario o revista que su padre compraba para él cuando hacía sus idas al pueblo, no tuvo otro contacto con el exterior.
Hasta que un día el viejo se apareció con una radio. ¡Una radio! Así pudo el Beto sentirse comunicado con ese mundo que no conocía y que entre otras cosas, despertó en el Beto un interés. Más aún, una afición muy grande por el fútbol.
El viejo ponía la radio, a veces para enterarse de las noticias, especialmente de la cotización de los cereales. Pero el Beto consiguió que los domingos le permitieran escuchar los partidos. Así fue conociendo nombres de jugadores de equipos y todo lo que hacía a su interés cada vez mayor por su deporte favorito.
Cuando murió el viejo la madre arrendó el campo y se mudó al pueblo donde Beto fue creciendo y haciendo amigos, que llegaron a sentirlo y apreciarlo como uno de ellos pese a su personalidad algo introvertida o tímida, si quieren.
Al fútbol nunca jugó, pero era su pasión. Muchas veces solía ver a los muchachos en la canchita del pueblo y en alguna oportunidad participó en algún picadito. Pero nada más. A él le interesaba el fútbol grande. El de Buenos Aires. Y, para colmo en el bar del pueblo pusieron un televisor donde se reunían los muchachos -no tan muchachos- a ver los partidos de Buenos Aires. Y así, poco a poco, se le metió en la cabeza el deseo de ver alguna vez un partido «de verdad» o sea personalmente. Para eso juntaba laz moneditas que le daba el quiosquero del pueblo cuando le iba a buscar los diarios y revistas a la llegada del tren. Y de paso se «comía» los «Gráficos» de punta a punta.
Ese día llegó. Te cuento. Yo soy viajante y aunque vivo en el pueblo voy todas las semanas a Buenos Aires. Un día Beto me pidió que lo llevara conmigo. Había juntado algo y la vieja le dio el resto. Y lo llevé nomás. En la Capital paramos en la pensión a la que voy siempre y aproveché a pasearlo por un mundo que el Beto ni imaginaba.

Palermo, el Centro, que lo sorprendió por su grandeza y la Costanera, donde se entusiasmaba con «el río lleno de agua», mucho más, según él, que el arroyo del pueblo.¡Y qué de pescados que habrá! -decía. Pero eso pasaba a otro plano cuando me pedía que lo llevara a ver algún partido «de verdad». Y ese día llegó.
Un domingo en el que yo tenía un compromiso personal (mujeres) y no lo podía acompañar, le anoté todo en una libreta para que supiera regresar a la pensión y lo dejé en la cancha. Y allí quedó el Beto. Lo que sucedió después me lo contaron.
Se encontró frente a la boletería con unas colas larguíslmas. Pero se le acercó un revendedor y Beto agarró viaje. ¡Vaya uno a saber cuánto le sacó! Pero para el Beto era vivir la realidad soñada. Y eso no tenía precio.
Entró al estadio y sé mezcló con una barra que gritando, cantando, lo arrastró hasta la mitad de la tribuna. Beto no lo podía creer: su sueño se hacía realidad. ¡Y qué decir cuando entraron los jugadores! Lo que le llamó la atención fueron unos compañeros de tribuna mientras silbaban a los otros... Con su experiencia televisiva se dio cuenta que estaba en la de los locales. Pero eso a él no le importaba, lo que quería era vivir la emoción directa y no la que trasmitían por la tele.
Y empezó el partido. Y comenzó a notar que extrañaba la voz de la tele que explicaba a los gritos cada jugada. Al final qué sabía él lo que era y dónde están el «marcador de punta» o el «delantero de enganche» .Pero, lo mismo se metió en el partido hasta que en una de esas un jugador visitante hizo una buena jugada y metió un gol!
¡Esa era la realidad de su sueño! Ver un gol «en vivo y en directo» No pudo contenerse y gritó con todas sus fuerzas: ¡Gool! El primer patadón, que recibió de un hincha local lo llamó a la realidad. Pero no pudo reaccionar y los golpes y empujones que le dieron lo llevaron hasta la parte baja, donde dos policías lo sacaron desvanecido despertando en un hospital. De la libreta que yo le había dado sacaron los datos y. cuando me localizaron corrí al hospital.
Allí estaba el Beto, casi inconsciente, envuelto en un vendaje que le cubría medio cuerpo, un yeso en una pierna y la cabeza totalmente envuelta, con un pequeño orificio a la altura de la boca. Que Dios me perdone pero no pude menos que compararlo a una momia egipcia. No habló nada pero al rato reaccionó un poco, se dio cuenta que era yo el que estaba a su lado, hizo algunos movimientos a través del hueco de la boca, como para decirme algo. Y así fue. Murmuró algo hasta que me acerqué y pude entender lo que me decía. A través de la venda el Beto me habló. Y me dijo: ¡Qué GOLAZO!

ASESINATO NO PREMEDITADO


Somos tu techo, me dicen las golondrinas. No hay nada más en lo alto.
Apoyo la cabeza y sin quererlo mis dedos disparan repetidamente el fusil.
Cae la bandada y entra en paisajes del mundo desconocido. El regocijo y la pasión desaparecen con sus alas.
Todo se va poniendo frío para mi mano involuntaria y son muy apretados los pasos del más acá.
Culpa. Me he convertido en un sin techo.

Lidia B Castro Hernando
castrolidia@hotmail.com

Espejitos

Voy a ciento treinta kilómetros por hora. Acompañado sólo por mis pensamientos. Al notar que no tengo el cinturón puesto me vienen a la memoria Alfonsín y Rodrigo. Recuerdo esos accidentes y lucho con el cinturón que no se quiere abrochar. En eso al apoyarme en el volante con dirección asistida (tan suave) el auto se cruza al otro carril. Veo como el micro da un volantazo para esquivarme y escucho un tremendo ruido mientras paso por la banquina contraria. Retomo el carril. Veo por el espejo que el colectivo se ha incrustado en el camión tanque que me seguía. Ese espejo no está bien a mi altura, aprovecho el enorme fuego que consume a micro y camión para regular bien los espejitos, que es otra buena medida de seguridad que la gente no valora para nada. Por suerte el fuego no se extingue y me da tiempo para una buena alineación de espejos mientras me alejo rápidamente.

Gustavo Olaiz gsolaiz@gmail.com

Across the universe

Son dulces, dice la niña, y me toma con firmeza. Y tira de mí, hasta arrancarme los brazos. Y ya no me sostengo. Y viajo en sus manos, a través del universo. Y siento encenderse la sombra fresca, y de cómo se aquieta el susurro del aire entre las hojas; verdes, pequeñas, redondas y sencillas.
Y escucho al sol, que ríe con ganas. Y no puedo evitar, estar temblando.
Mi piel es frágil, y se rompe entre sus dedos, y besa, ya a mordiscos, la carne, que en dulce almíbar se deshace. Y puede olerse en el aire, el sutil perfume de mi espanto.
Soy cobarde, lo sé, mí cuerpo es débil, y la muerte, joven y tímida en sus manos. Veo cómo cierra los ojos, cuando muerde, y casi es bello, dejarse morir entre sus labios.
Y más me besa y más, lamento y lloro, a mi corazón, desnudo, y aún con vida, caído y quieto, en la paz de la hierba, donde reposan, la niña y el durazno.

Gustavo Fogel -De la Palabra

Pena de muerte

Esperaba tranquilo la decisión del juez. Revolcándome entre almohadas y almohadones. Pensando lo ocurrido. Lo vivido. Lo soñado. Discrepando con mis conocimientos. Tergiversándolos. Reprochándome la creación misma del universo. Del mundo. De mi vida. Conteniendo la respiración cada vez que se asomaba alguien y me miraba. Cada vez que se me señalaba. Cada vez que escuchaba mi nombre. Cada vez que se hacía un silencio y el sonido agudo de la verdad relucía en la sala.
Seguía esperando. Callado. Con mis ojos detenidos en el tiempo mismo de la muerte, crucificado, alienado, sincero, arrepentido. Veía sus manos arrugadas, de un color morado que entristecía al resto de mi cuerpo inerte.
Sabía la realidad, sabía la decisión del juez, sabía que una mentira no podía ser verdad en esta instancia, pero igual, entre almohadas y almohadones esperé el azote del hombre, que con orgullo levantó su brazo y con su paleta definió lo que no pudieron hacer la tableta, el espiral y el aerosol.

Martín Ignacio Arregui
Taller de la Palabra

UNA FLOR ROJA

Vilma Brugueras - SEGA Miramar

En la justa mitad, núcleo, foco; en el centro mismo, como si la flecha de Cupido hubiese dado en el blanco hasta hacerlo sangrar, la flor roja se destaca sobre la prenda de denim azul. Avanza entre la multitud, esquiva peatones, automóviles en las calles. Atraviesa parques bajo la luz oblicua del sol que al caer sobre los pétalos los hace brillar con intensidad. Hibiscus rojo agitado al viento.
Al principio de la caminata pasa desapercibida pero, ni bien la primera mirada se detiene sobre ella, acontece una reacción en cadena: todos los ojos que pasan por su lado le lanzan miradas, indiscretas, asombradas, de incredulidad, de burla.
Coloqué la flor roja en donde ahora se encuentra como corolario de innumerables tentativas de reanimación.
Todo comenzó cuando la sangre dejó de tener fuerza y empuje para henchir las venas, cuando la voluntad y las ganas no fueron suficientes, cuando el pensamiento no pudo ordenarle a la mente acatar el deseo. Fueron años de transitar por especialistas para escuchar opiniones poco favorables, de ir a los templos para alentar esperanzas en la fe, de hartarme de consejos, de pruebas y actividades tendientes a mejorar el físico y la moral. Hoy recibí el veredicto final, la palabra que cerró la puerta a las aspiraciones y abrió la ventana de la renuncia sin consuelo.

Tuve que aceptar una realidad nunca antes imaginada, asumir la desgracia. El último médico que visité acordó con los otros y a mi pregunta -¿Y doctor, hay esperanzas? -me respondió con el desconsolador -Lo siento mi amigo, no hay nada que hacer. Sentí ganas de hundirme dentro de mí mismo, darme vuelta como el forro de un bolsillo vacío. Imaginé los dedos acusadores que me señalarían para burlarse de mí ¿o compadecerme? ¿Tendría que considerarme un hombre acabado? Lo miré con tristeza, ahí estaba como un hijo que abandonaba a su padre en la flor de la vida, como un adorno inútil que me confirmaba el cuerpo.
El hombre sobrelleva el desgaste con la tristeza de un sol otoñal a cuestas. La palabra prescindencia ahora forma parte de su intimidad. Reconoce que el problema pende de la ineficiencia del -no sirve- como lo acaba de bautizar la realidad.
Nunca pensé que las palabras kaput, c´est fini, never again, se terminó, llegó el fin, iban a pertenecer a mi vocabulario. Con ellas a cuestas yo, el hombre del blue jean de denim azul, después de aceptar la cruel revelación decidí homenajear a mi muerto, al compañero que ya no se levantaría nunca más, con una flor roja sobre la bragueta.

SED DE ABSOLUTO

Gustavo Ortiz elorni65@hotmail.com

Le pide que abra las piernas en el borde de la cama. Se apresta a hacerle un cunnilingus inolvidable, tanto para ella como para él. Con la boca a seis centímetros de su vulva ve un túnel oscuro y angosto, con cientos de caras deformadas por el extravío en cualquiera de sus formas, y más allá, al final del túnel, una luz poderosísima que lo ciega y sin embargo, no le daña los ojos. Se cuestiona si a esto se refieren con la expresión -verle la cara a Dios- para reírse de lo que no le causa ninguna gracia, porque a continuación, desde el fondo del túnel le preguntan qué está haciendo con su vida. Aunque no a modo de reproche, lo que le daría pie para contestar –y a vos qué te importa- o algo así. La pregunta es sumamente dulce, con miles de variantes: -¿qué te gustaría hacer con tu vida?- -¿estás satisfecho?- -¿qué puedo hacer por vos?-
La lengua va y viene al azar y en línea recta, recorre los labios y el clítoris, hace espirales, círculos concéntricos y ornamentos de toda clase. A su vez, ella ignora lo que está sucediendo en el túnel, y en ese hombre dentro de él. A la pregunta amorosa responde instintivamente que sí, y no sabe sí a qué, qué cosa es sí. Sólo siente que le urge contestar -sí- le urge defenderse, aunque tampoco sabe de qué, de quién, para qué.
Pasados siete minutos de juego lingual, ya no hay miedo, ni urgencias, ni necesidades. Aquel hombre sigue en cuclillas frente al borde de esa cama, es una cáscara de este carozo que flota ingrávido no importa dónde, porque el espacio-tiempo desapareció. Ahora está en mejores condiciones para responder a aquella pregunta, sin el peso del ego, sin esa enorme piedra del ganar y perder que le hacía encorvar la espalda cuando estaba allá. No contesta con palabras, aún las palabras huelgan, sino con una sonrisa colosal, más grande que una luna en cuarto creciente, es emisor y receptor de esta sonrisa. Todo ahora es sus labios arqueados hacia arriba. De repente se da cuenta de que no quiere volver, a la vez sabe que hay razones para hacerlo.

Allá sí todavía se gana y se pierde, allá sí está lo hecho, lo no hecho, y lo a medio hacer. Los labios en arco hacia arriba recobran poco a poco una horizontalidad que significa aceptación. Ahora no hay emisor y receptor como uno solo, gradualmente vuelve a reconocer su cuerpo y el de ella, vuelve al placer del cunnilingus, a lo temporal, a la dualidad.
Lo traen las convulsiones pélvicas, dos muslos que le aprietan la cabeza, los gemidos de ella, y lo dejan en el borde de la cama. El túnel se cerró. Queda una mujer agitada en sus últimos serpenteos, y un hombre que se incorpora lentamente, ya que se le durmieron las piernas por el tiempo en que las mantuvo flexionadas. Después de mutuos halagos por la experiencia, él prefiere concebir lo del túnel como una creación suya, pura fantasía, una metáfora de lo bien que la pasa con su compañera. Prefiere un no-más-allá, se queda con una sola realidad más que suficiente, con los pies sobre la tierra, con una salud mental razonable, se queda uno más entre tantos.
El cigarrillo se está consumiendo solo en el cenicero. La ceniza, demasiado larga, se parte por su propio peso. El café se le enfría sin que haya probado un sorbo, aunque le echó azúcar y lo revolvió y dejó la cucharita a un costado del plato. Mientras pierde la mirada contra la ventana piensa que todo pasa tan pronto en esta vida; sin embargo se reserva este pensamiento para sí, y habla con ella de lo que van a hacer después, qué van a cenar, cuándo se van a encontrar de nuevo, qué película podrían ir a ver.
Ella se está enamorando, el brillo de sus ojos y la forma en que lo mira dicen exactamente esto. A él le sucede algo similar. De a ratos siente escalofríos, se le erizan los vellos de los brazos, y le viene un fuerte impulso de abrazarla, de llevarla adentro suyo, de hacerla parte de él, de convertir dos cuerpos en uno, de ganarla, conservarla, no perderla. Por eso va a mantener todo lo posible la memoria o la fantasía del túnel, para considerar que en alguna dimensión dos es un número que no existe, ni tampoco piedras que encorvan espaldas.

EL HERMANO QUE ME DIO LA GUERRA

Miguel Ressia

La Colimba no es la Guerra, quien imaginaría lo contrario, así me despidió mi Viejo, asado de por medio en aquel domingo de Marzo del '82, día previo a incorporarme al servicio militar, quien imaginaría que allí volvería a ver a ese muchacho rubio de lentes enormes que había visto en la revisación médica el año anterior. Y fue así, no sólo lo volví a ver, sino que lo asignaron como mi compañero de carpa en la instrucción, Gustavo se dijo llamar, realmente un ser tan encantador como atorrante me resultó. Compartimos largas y trasnochadas charlas, como así también castigos, porque convengamos, ni él ni yo éramos de los más obedientes. Qué pasó con esos lentes le pregunté, me dijo que era un truco para intentar salvarse, cosa que no dio resultado, así que allí estábamos ambos pariendo esa instrucción militar. Luego de un duro mes, se acercaba ya el primer franco, cuando una mañana nos formaron, y llega la noticia, hemos recuperado las Islas Malvinas, nos sorprendió, cómo no sentirnos así de sorprendidos si manteníamos esa inocencia que nos daba el tener en nuestro paladar aún el sabor a burbujas del champagne de la fiesta de egresados, tomamos esa noticia sin tener la menor idea de lo que se vendría a posterior.
Al fin el franco lo tuvimos, era el despedirnos de nuestras familias para luego partir a las Islas, nadie nos confirmó eso, pero todos lo sabíamos, esa última noche nos juntamos en Aloha, boliche de onda por esos tiempos, todo un lindo grupete de amigos bailoteando sin cesar, y sin pretender ser comprendidos por el resto de la gente que allí se encontraba, es más, seguramente las mil y una historias tejerían sobre esos jóvenes pelo corto que saltaban, cantaban y reían, al compás de Pedro y Pablo, Piero, Spinetta, Gieco..., no deseábamos que esa noche se terminara, el Zorro, Coty, el Chiqui, el Tío, Miky, el Vazko, el Chuli, Gustavo, Juanete, el Fresco, Ricardo, Dani, el Mandril y tantos otros. Qué noche la de esa noche? sólo horas después nos encontrábamos sobre camiones yendo al aeroparque para volar rumbo a Comodoro, sólo hacía un mes habíamos entrado a la Colimba y sin haber jurado la Bandera aún, partíamos a defender la Patria. Después de una corta estadía en Comodoro Rivadavia, unos pocos quedaron allí; la mayoría viajamos a Malvinas, llegamos de noche, fue toda una tarea armar las carpas, una simpática aventura nos resultaba la ocasión, de guardia asignaron a Gustavo entre otros, así pasamos nuestra primera noche en la Isla.
Luego la guerra, luego la vuelta, mil y una anécdotas de ese crecer de golpe podría contar, siempre junto a Gustavo, en los mejores y peores momentos, siempre él y yo, haciéndonos uno solo, es que en nuestra posición, zona del aeropuerto, estábamos asignados de a dos, así como compartimos la carpa en la instrucción, compartimos el pozo en la Isla, era a quien tenía a mi lado en esos momentos de inmensa tensión, de inmensa angustia. Llegó el alto el fuego, fuimos prisioneros; y en el barco Northland Hull desembarcamos en Pto. Madryn, de allí a Campo de Mayo, y tras pasar un par de días en la Sgto. Cabral, donde nos tomaron datos y se nos dieron charlas de qué y cómo hablar sobre la guerra, volvimos a Mar del Plata en tren, clase turista? cómo olvidarlo, de todos modos nada nos importaban los lujos; sólo queríamos estar en nuestra ciudad con nuestras familias, nuestros amigos, nuestro barrio. Cuánta emoción el reencuentro, ver esa gente allí esperándonos, se hizo una formación; posteriormente se dio la orden de romper filas y fuimos cada uno con su familia, para al otro día presentarnos en el Cuartel.

orden de romper filas y fuimos cada uno con su familia, para al otro día presentarnos en el Cuartel. Pasaron dos meses hasta que nos dieron la baja del servicio, como es de imaginar, gran festejo gran, salimos de comilona, el sitio de arranque fue la Parrilla Jorgito, y luego de jarana a un bar frente a la costa, se llamaba Giardino, allí amanecimos frente al mar, sin quedar creo uno sobrio, si, realmente linda borrachera nos dimos.
Allí comenzaba nuestra nueva vida, cada uno se insertó como pudo, Gustavo se fue a Colombia con su familia, yo comencé a trabajar en EnTel. Con el tiempo formé familia, y de Gustavo ni noticias de que sería de él, sólo sabía que trabajaba con su familia en un restaurante que habían montado en Cartagena de Indias. Pasaron once años sin saber uno del otro, hasta que una tarde de invierno, tocan la puerta de la casa donde vivía con mi esposa y mi hija de año y meses, y allí El, si, Gustavo se encontraba frente a mí luego de once largos años, nos fundimos en un interminable abrazo, fue como que el día anterior habíamos estado juntos, eso sentimos ambos. Qué vidas distintas habíamos tenido, qué rumbos dispares, y qué cerca nos sentimos al vernos, fue el volver a sentir que el compañero de pozo con el que en esas situaciones límite tenía a mi lado, y seguíamos sintiendo la misma conexión a pesar del tiempo y la distancia.
De allí en más no dejamos de estar comunicados, ese reencuentro fue la confirmación de una amistad que sólo él y yo podemos comprender cuán intensa es, y como único testigo Dios, que cruzó nuestros caminos. La tecnología luego comenzó a hacer más fácil la comunicación, comunicación que al día de hoy no se volvió a interrumpir, y así será por el resto de nuestras vidas. Junto a mis hijos, Julieta y Mirko viajamos a Colombia, allí conocimos a Luchy, su esposa y Gianluca, su hijo, disfrutamos dos semanas junto a ellos de esa caribeña tierra que cobijó a Gustavo, y la magia se trasladó a nuestros hijos, parecían conocerse desde su nacimiento, se sienten primos, se escriben, se extrañan, Gustavo y yo felices de ese sentimiento compartido. Luego él viajó junto a su familia por estas pampas, así cerrando el círculo y esas caritas colombianas conocieron la Argentina, comprendiendo algo más de lo mucho que le contaba Gustavo sobre su país, sus amigos, su mar.
Gustavo De Rosa, sabés que te admiro, sos guía permanente-en mis pasos-, tus palabras son sanadoras para mi corazón, vos siempre me decís que lo mismo provoco en vos, qué afortunados nos sentimos al haber podido salir del pantano en que nos sumergió la guerra para llegar a este presente de hermandad que nos liga, sabiendo que no hay distancia ni tiempo que nos prive el sentimos, y más allá de tu rubia cabellera o mi brillante pelada, sos mi alma gemela, así te siento, así nos sentimos.
Este puede ser un cuento más, puede ser una historia más, sólo nosotros dos sabemos cuán real e intensa es, y por valorar a esta vida con que hoy contamos, nuestra historia merecía ser compartida, por eso me atreví a escribirla, deseando que todo el que la lea, disfrute del saber que aún de lo terrible, uno tiene la oportunidad de rescatar ese lado bueno que posee lo malo, nunca una guerra vale la pena, nunca en una guerra alguien gana, ambos pierden, pero aún así pudimos encontramos, pudimos valorarnos tal cual somos, sin juzgarnos.
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, a mí me dio una guerra y la guerra me dio un hermano.

COSAS DE AMIGOS

Gustavo J. Araujo - Taller De La Palabra

Tengo un amigo con la mala costumbre de leer mis cuentos. Y también, la de ser ácidamente crítico. Desde hace un tiempo se ha tomado el trabajo de revisar a conciencia las palabras que uso y las que repito, y me anota en los márgenes a modo de glosa, cuántas veces he redundado, como si eso fuese su misión de amigo sincero.
No me permite olvidar que en más de una oportunidad he recibido críticas por lo extenso de mis relatos. Mi tendencia a incorporar descripciones detalladas de los personajes lo exaspera. Dice una y otra vez que me disperso de lo esencial, y tiendo a aburrir al lector, llevándolo por caminos vacíos de interés, alejándolo de la tensión que debe tener todo cuento, para que lo intrigue conocer su final.
Para mi fastidio, me repite que debo aplicar las reglas del cuento de Edgar Alan Poe. El final abrupto y esas cosas. Lo mío es más bien intuitivo. Cuando las lea y las comprenda quizás las emplee. Pero mi amigo insiste todo el tiempo. Y me tiene harto.
Luego de leer mi último cuento, criticó a su modo de ver, mi costumbre de adjetivar excesivamente. Según él, no permito a ningún sustantivo vivir en paz la soledad de un punto. Siempre, a su criterio, encuentro el modo de lograr que un objeto común se transforme en algo diferente y artificioso. Eso, fuegos artificiales que iluminan por un instante, pero no dejan ver nada.
El viernes pasado, mientras tomábamos un cafecito en el boliche mugroso de la esquina y yo intentaba leer las crónicas del día,

volvió a sacar el tema. Y luego de calzarse sus doctas gafas de oblicuo crítico literario(gracias Isidoro Blaisten), como si fuera mi editor, más que mi amigo, comenzó a explicarme cómo ser más conciso y concreto. Debía encontrar precisión en la historia y no apartarme de mi objetivo: cautivar al lector, intrigarlo y no cansarlo. No permitirle que abandone la lectura aunque se le hierva la leche. Leche hervida es lo que quisiera derramar en su cara para borrarle ese aire de suficiencia. Siguió con sus consejos.
—Concentrate, fijá tu rumbo y no te desvíes por más que te canten diez mil sirenas. ¡Viejo!, no puede ser que yo, un profano en la materia literaria te dé lecciones sobre el tema.
Salí del boliche profundamente conmovido por sus palabras. Por algún misterio inasible había logrado alterarme con su mensaje. A partir de ahora mis relatos serían concisos, cortantes, concretos, breves, sucintos, lacónicos, escuetos, someros, secos, desnudos y reducidos.
Por eso el lunes lo llamé. Lo cité en mi casa. Lo esperé impaciente. Tenía llave. Entró como siempre. Nos saludamos como siempre. Me criticó como siempre. Lo escuché como siempre. Lo miré como nunca. Lo odié como nunca. Lo abracé como nunca.
Lo maté.
Como nunca.
Lo olvidé.
Para siempre.

UNO DE GITANOS

Alfredo María Villegas Oromí La Pampa

“No es lo mismo nacer en cualquier parte...” Sentencia Julio Cáceres mientras recorre los versos del padre Julián Zini. Una acordeona imaguaré1 va fondeando “La Ratonera” , aquel recordado chamamé de Ernesto Montiel.
El aire de noviembre toma la forma del Viento Norte y el corazón se me inunda de olores añorados. La tierra recién humedecida con las primeras gotas de una tormenta de verano; los aromas costeros del río Paraná; el incansable fogón ahumando la cocina de la peonada en las mañanas de invierno; el churrasco tempranero chillando en el asador de la tapera del viejo Villafañe mientras desafía, con las botas Pampero nuevas, la pobreza de sus viejas alpargatas bigotudas.
También me van cercando otros olores. El alivio que en enero nos traía el vino blanco con naranja, preciado contrabando en la conservadora de las vacunaciones; esa rara mezcla de sudor yeguarizo en los recados con el mate amargo y la ginebra en las materas; las tortas fritas de Blanca entreteniendo cada tarde de lluvia; la fragancia invernal de las bucecas del gordo Benazzi mientras nos trenzábamos en interminables trucos y retrucos con José Luis y la sabiduría del entrerriano Fleytas —no he conocido viejo más mentiroso a la hora del envido—.
—¡Señores, a ponerse de pie! —pienso y sonrío al mismo tiempo— ¡Corrientes está aquí!, con su payé2 y la Memoria de la Sangre. Entonces me olvido de mí mismo y me monto en un bruto sapucay que retumba como una cachetada a lo largo y a lo ancho del viejo vagón del San Martín que va a Retiro.
Los ojos azorados del pasaje se unen a la segura convicción colectiva: me han etiquetado de pobre loco. No me voy a poner a explicarle a cada uno, ni siquiera al dulce montón de traje y corbata, en irreductible actitud oficinesca, que soñar despierto no es pecado y que, en definitiva, la culpa es del walkman y el cassette con Lo Mejor del Litoral que me regalaron para mi cumpleaños.
Quienes no se dieron por enterados fueron los integrantes de un ruidoso grupo de gitanos que dominaban cuatro asientos a la par, junto a la puerta corrediza. Un halo de vacío los rodea. El tren no está tan lleno pero el vacío a propósito es notorio. Claro, son distintos. Una decena de chicos pasea de un asiento a otro, hablan fuerte en un dialecto lleno de jotas aspiradas y consonantes duras. A veces desprenden alguna palabra en castellano. Algo me recuerda la mezcla que hacemos los que hablamos, de entrecasa, en guaraní.
De aspecto diverso, no parecen hermanos ni parientes ni nada, se distribuyen en un apretado rango que va de los tres a los siete años, sin tener en cuenta a un bebé de pecho que va pasando de mano en mano y de pecho en pecho, cosa que me impide identificar a su verdadera madre.
La heterogeneidad fisonómica de las criaturas es llamativa. Desde morochitos pelopinchos como mis paisanitos guaraníes, rubios colorados de pelo incandescente y una morochita de piel muy blanca y ojos verdes que asoma su precoz sensualidad saltando entre los asientos como ternera alborotando la ensenada. Esta heterogeneidad fisonómica —decía— me recuerda la mala fama de ladrones de chicos que arrastran los gitanos desde siempre.
Están sucios, con las patitas curtidas, lastimadas. No se diferencian demasiado de los gurises del monte. Sólo sobreviven en una selva diferente, bastante más brutal y despiadada.

En la mía los peligros son más o menos previsibles, puede ser que te sorprenda un bruto yarará si vas caminando distraído entre los pajonales, aquí las víboras que reptan en praderas de cemento son más ponzoñosas y crueles. Las de allá te atacan por instinto de defensa, las de acá por ambición.
No, seguramente no es lo mismo nacer en cualquier parte. Tampoco es razonable ufanarnos de algo que no hemos elegido. Nunca es digna la miseria, la tentación del choreo como única alternativa para evitar el hambre o el sopapo cometido e inspirado por una borrachera habitual y cotidiana.
Pero, curiosamente, no se adivina en sus gestos esa evidencia prejuzgada, los adultos que los acompañan prodigan caricias en esas cabecitas bullangueras y gitanas. Si, son distintos. Una extraña nobleza se disfraza con ropas raídas. Por los signos y palabras que dibujan con manos y labios expresivos entiendo que van hasta Retiro, a limpiar los parabrisas y estirar las manos entre los autos de alguna avenida porteña que les permita hacer la diaria.
Una de las mujeres, Esmeralda, es aparentemente la madre del más chico, el del pecho compartido con sus tías. No tiene más de quince años y me mira con cara de nada. No hay reproches ni violencia acusadora en su mirada, acaso curiosidad por mi actitud contemplativa que trata de imaginar el comportamiento, los cánones y los códigos de esta comunidad casi mitológica pero tan igual en la pobreza de los míos.
De pronto me recuerda a otra Esmeralda, la de la Corte de los Milagros , la de Quasimodo y Notre Dame. Desde ya, no tiene la belleza ni el romanticismo mágico de aquella, pero comparte la misma desazón, la misma rebeldía y el coraje de saberse diferente.
Tal vez yo sea para ella un Quasimodo post moderno, capaz de acometer un s apucay incomprensible en medio de un continente ciudadano; que lleva por joroba una mochila de nostalgias irredentas que no es más que otro tipo de deformación para quienes no encajamos demasiado en el asfalto.
Al llegar a Retiro se acalla por un instante el cotorreo permanente de los gitanitos. Los dejo pasar evitando la atropellada final hacia el andén. Esmeralda se detiene y me sorprende con su voz y su tonada.
—¿Vos sos correntino?, yo también. Los gurises también. Somos de Perugorría, llegamos hace dos meses. Nos corrió la seca y la falta de trabajo. Pero no nos hallamos demasiado. Yo, pálidamente mudo, sólo la miro.
—Gracias por el sapucay , me estaba haciendo falta— me tiende la mano. —Mi nombre es Esmeralda Cardozo, parezco de quince pero tengo veintidós. Yo no sé por qué pero siempre nos confunden con gitanos, no es lo mismo nacer en cualquier parte—. Yo no salgo de mi asombro y no le digo nada.
Ella, divertida por mi desconcierto me pregunta, —Y vos, ¿cómo te llamás?—.
No recuerdo bien, pero creo que le dije “Quasimodo”.


  1 Imaguaré : antigua
  2 Payé : embrujo; hechizo

Mágica Luna

Alberto Cortes PUAM, Coordinadora Delia Saenz

Antes de ser secuestrado, Pablo sostenía ante los compañeros el criterio de que era un sagaz eufemismo, la sutil diferencia entre andar suelto y ser libre. Por eso la noche que lo largaron en la 37 y Peralta Ramos de Mar Del Plata, le bastó caminar con el viento en la cara para tener la deslumbrante y engañosa sensación, de haber dado con la respuesta a ese interrogante.
Impresionado por el mundo que se reconstruía a cada paso, miró ávido y ansioso con sus ojos alados, en tanto su vuelo fue interceptado por Judas y Pilatos de antiparras ahumadas, terroristas funcionales a los paradigmas inhumanos, crucificadores tanto del primer subversivo como del último hombre nuevo.
Primero pensó bien en no comparar, después se atrevió a saltar las diferencias, plantándose con un; Ma... sí... Valga la redundancia.
Donde se largó a andar, los sentidos lo arrinconaron en los escurridizos laberintos del espanto, mientras el razonamiento le hizo la rabona, el falaz delirio persecutorio no sólo levanta su mano para decir presente, sino además para cascotearle el rancho: a causa de la barbarie quedó maltrecho por el horror vivido, entonces explotó en su mente el secuestro. Y ese fue el detonante donde se potenciaron sus alucinaciones, el que motorizó su móvil firmamento emocional.
Arrancó, puso primera y enfocó las luces a los siniestros dinosaurios de la noche, que jugaban al búmeran con sus descargas eléctricas, en tanto los flagelos con saña y morbo, hacían cola, pedían turnos...Ahí nomás aceleró creyendo oportuno y pertinente rajarles una reverenda puteada criolla, universal y planetaria.
El punto muerto lo dejo sin reacción, y como un autómata siguió camino por la Avenida Independencia; al cruzar Juan José Paso, vio a la luna llena seguirlo en actitud sigilosa, típica del yo no fui, y fue ese el sentido de culpa, que a su juicio la delató. Recién empezaba a tranquilizarse luego que una nube solidaria lo guardó, pero eso duró un abrir y cerrar de ojos, con rapidez volvió arrancar y en velocidad metió quinta: había visto por el espejito retrovisor, que lo seguía con emperrada luminosidad esa luna llena ¡¡De mierda será, dijo...Ta que la parió!!
Cuando por un instante la lucidez, le dio paso con luz verde, pasó pero la realidad cruzó mal, no pudo evitar chocarla y quedar con la razón abollada. Dentro de este accidentado contexto se impuso una mirada, al cielo de Pablo por simple y sereno, ya que esporádicos vendavales lo arreciaban, pero siempre amainaban rápido, pero una vez pasada la tempestad, como si nada, volvía a sus afectos queridos.
Repensando hasta las certezas, notó que no había forma de poder sacar de su memoria, aquel magnifico parque florido donde miles de nomeolvides crecían perfumando un mundo mejor para todos. Por ser flores de emblemáticas fragancias, fueron arrancadas y pisoteadas por los marchitaflores.
La reacción de Pablo fue inmediata y con voz sentenciosa exclamó: Que nunca dejemos que nos marchiten la memoria, porque quienes la olvidan, sepan que están irremediablemente destinados a repetir la historia.
No permitamos más que los marchitaflores obliguen a las golondrinas y primaveras, a que resignen su natural instinto de regresar siempre. Esta vez no podrán hacerlo, porque las ¡raíces y semillas! A continuación acompañó con el menos fino de sus alaridos y el gesto más grosero ¡¡Están acá, carajo!!
Sin embargo, él que nunca se había destacado por ser un nostálgico, imagina; que si de olvidar se trataba debería empezar, por sus grandes amores; le alcanzó pensar en el amor para que surja la Juli!!, a la que daba por seguro que lo estaría esperando para primaverearlo con su hermosidad, una ingeniosa mezcla de cosa hermosa con necesidad.
Mientras tanto el ingenio de Pablo pergeñó, la innovadora idea de canjear su desorden mental, por un gran juego de múltiples formas y colores, que dé lugar a una alquimia de naturaleza amorosa, que los convierta de oscuros gusanos en mariposas luminosas, y en tenues aleteos de pasión succionar los pétalos de Santa Ritas y Retamas en flor, hasta quedar extenuados de placer, y ya sin energías ni resistencias vanas, acurrucarse sin condiciones previas, ante el sueño de los justos.
No le resultó una pesadilla tan desagradable dejar atrás ese ensueño soñado, dado que por fortuna para sus sentidos, se había instalado el amor de su madre; pensó: linda mina la María, buenasa como el mate amargo.
De inmediato la asoció con el lema mate amargo y mujer dulce, porque además la mujer dulce los dejó un amargo día de octubre. Porque siempre la recordó con alegría, esta vez no quiso ser original y memorizo que a veces la sabia María, sabía - «Rene-Favalorear» diciéndole como un diagnostico, m'hijo el corazón no duele. ¿Que no duele, vieja?

Luego de sacarse de encima el suave acolchado de ensoñación que lo envolvía, reflexionó sobre los tormentos recibidos, quizás le hayan provocado algunos desequilibrios psicológicos, para nada creyó que la persecuta paranóica fuera de orden patológica, más grato le resultaba caracterizarla, como de carácter transitorio. En verdad solo afirmó que le había afectado un tanto el marco de las prioridades racionales y sus impulsos emocionales, de inmediato sé autocriticó por ser tan malo para los psicologismos.
Lo único que tenia bien claro, es a quién putear y reprocharse por haber sido injusto con la mágica luna. Supo también la autocrítica de conciencia le señaló, que cuando no fue impulsado por la solidaridad y el amor a la libertad, lo hizo la bronca
Hacía un buen rato que caminaba, cuando se desayunó que estaba en Colón e Independencia, y continuó rememorando la Juli cuando decía; ¡Esperá a que sé escuenda la luna y ya vas a ver!
Y cuando él intentaba corregirla ella seguía diciendo ¡Ahora no te me subas por las ramas che!... Aguantá un poco y vas ver mucho. ¡Ya vas a ver! Ya vas a ver.
Qué grande Juli... Claro que tenías razón. Y añadió Sí claro...que la vi. Nunca llena ni menguante. La vi siempre nueva y creciente.
Cómo consecuencia, se interrogó: Acaso ella recordara, cuando frotábamos la aladinesca luna a la espera de que surja la magia del genio gigante, trayendo entre sus brazos fuertes nuestras ternuras más débiles.
Cuando Pablo logró tener plena conciencia de que había llegado al microcentro, sabiéndose un hombre de fe y militante aguerrido de la vida, quiso confesar, no con los genocidas de lesa humanidad, sino con Jesús el de los expulsados y oprimidos.
Al él no le extrañó que la iglesia estuviera cerrada, cuando constató la hora,y supo que era la una de la mañana, además siendo un sábado, mientras se iba esclareciendo decidió sentarse con las contradicciones a babucha, en las escalinatas de la catedral,
Un rato más tarde se reincorporó y caminó por San Martín hacia la costa, pero al llegar a Santa Fe, su corazón tuvo razones, que la razón entendió ¡Cómo no iba entender!
Sí la sintió acercarse, y que a esa hora, los sábados el café era solamente de ellos dos. Y salió corriendo para verla y la vio por las vidrieras, repetirse en infinita cantidad de imágenes. Resuelto entra a la cafetería, donde la desesperanza y el destino puto se habían aliado abocándose a cagársele de risas, haciéndole ver que allí, ella no estaba.
De ningún modo se entregó a la resignación, pues ésta nunca ha hecho historia. Eso le valió poder ver colgadas y gateando por los andamios del humo, a las risitas de Juli, iguales a los cálidos solcitos contenedores.
Cuando salió del café, fue consciente que le daba temor enfrentar al mundo exterior, con el abrazo vacío y la mitad de un beso en los labios; cerrando los ojos sé recostó a esperarla en el umbral, del corazón de ella.
Entonces la sintió venir a toda carrera por la pradera de su pecho, el retumbe de sus latidos, que sonaron como cascos, de indómitos potros salvajes.
Y por fin llegó. Disfrazada de cataratas salpicantes con lágrimas urgentes y caricias silvestres e ineludibles; con decir que el mozo conocido, guiñando el ojo les dijo paren y pasen chicos que la casa paga, no le dieron ni cinco de las que saltan y comenzaron a correr mirando el cielo, a espontáneo dúo gritaron ¡Nos vamos a Playa Grande, que la vamos a dejar chiquita así, cuando sé escuenda la luna... ya vas a ver!
A nosotros tan sólo nos queda la oportunidad de ser testigos literarios de lo ocurrido aquella noche en la Playa, en que con alfombra dorada y olas de sonora musicalidad, danzaron la plegaria eterna, rumbo al nuevo día que se avecina y el amanecer los encontrara en un amoroso aleteo directo, a la digna equidad... Y...la magia de la vida.

***
Nota del autor:
No sé sí el cuento quedo claro, pero si así no fuera se me ocurre que puedo, en cuatro palabras contarlo de otra manera: Ojalá que estas cuatro palabras sirvan al menos, para que de una vez por todas podamos homenajear la memoria, de cada uno de aquellos que cayeron heroicamente, por un mundo sin excluidos, más digno y equitativo para todos, a esa generación que más allá de errores, dieron lo mejor de sí por sus ideales, y lo hicieron dando hasta lo más sagrado que un ser humano tiene la vida.