Avispa 21 Cuentos

CONTRARIEDAD

 

Ella no sabe que él se acerca sigiloso y permanece en silencio esperando a su madre que le prometió el almuerzo.
Los ojos verdes se asoman súbitamente y la zarpa se detiene en el aire. Los colores dulces del ave suspenden el instinto del gato que se enamora por primera vez.
Ella lo mira desconcertada, Dulcinea con plumas.
Mientras le habla en su pequeño y tímido lenguaje, él abre sus patas delanteras para abrazarla. Está confundido. Cree que como ella, tiene alas.
Cae.
Ella piensa que ha volado.
Efímero amor roto por la incompatibilidad.

 

Lidia B. Castro Hernando

1º Premio, Cuento Breve. lll Concurso Nacional ¨Leopoldo Lugones¨ Necochea 2004.

EL TIOVIVO

Poco a poco todo deja de girar. Cumpliste tu sueño Verónica. Ese sueño que como harapo viejo estuvo siempre en tu corazón. Estás sentada en el tiovivo, aquí en La Defense, aquí en París. Como una niña, la que nunca dejaste de ser ¿te acordás? Junto a la chimenea con los leños crepitando y las chispas como astillas de hielo clavándose en tu carne tierna. ¨Verónica, alejate del fuego que te vas a quemar¨. La voz de tu madre...hundida en la levedad ancestral de los recuerdos. Y la promesa: ¨te voy a llevar a la calesita más grande del mundo, allá en París¨. Cada vez que te acercabas al hogar, el pacto se renovaba.

Ahora todo parece dormido. Las figuras envueltas en gruesos abrigos, largos, los sombreros dejando apenas adivinar los rostros. ¡Todo parece lejano! La lluvia tenue que refleja irisadas nostalgias. Tus manos crispadas sobre la cartera, como si en ella guardaras los atardeceres del alma. Estás sentada en el tiovivo y allá lejos, en Buenos Aires, el sillón está vacío.

Elsa María Gabrielli

Pescador de vidas

 

Era una madrugada peculiar. Los astros indicaban una gran pesca. Salí como de costumbre, con mis botas y bártulos de captura. Procedí a hacer un agujero de una longitud considerable. Al lado mío estaba la cubeta que fui llenando a medida que pasaba el curso de la noche. Era muy fría esta estación del año. Incluso para mí. Sentía mi barba recubierta de hielo y podía quebrarla fácilmente con un tenue movimiento de cabeza.
Dos años pasé en estas latitudes, y mi investigación estaba llegando a su final. Los esquimales son una sociedad muy cerrada pero al ver el riesgo que había corrido viniendo acá y familiarizarme con todo, me habían adoptado como uno más, y no me discriminaban en sus festejos privados. Ni siquiera en el cumpleaños del gran chamán. Al principio me querían convencer de que viviera cerca de la urbe, en alguna aldea, donde tendría las necesidades básicas para la vida, pero yo quería subsistir toda la experiencia. Después me ayudaron a construir mi iglú, igual, pensaron que no podría resistir durante un tiempo. Pasaron los meses y más de una vez quise volver a mi departamento en Marruecos, pero pude aguantar más de lo que me propuse. Llegué a trascender mi mente más allá de toda sensación y así soportar las largas y frías noches.
La pesca era muy buena y no duraría más que unos días, así que religiosamente salía esas noches que esperaban ser tan buenas como para sobrevivir todo el invierno.
Todo pasó muy rápido. Casi era el último día de pesca, cuando en ese orificio que había despejado, me pareció ver algo fuera de lo común. Traté de investigar pero el agua me congelaría, enganché ese gran cubo de hielo y lo amarré a mi iglú. Esperaba con ansias el día. No dormí, y trataba de examinar con agudeza, pero siempre sin éxito, al enorme fragmento de hielo. Parecía amanecer, pero simplemente eran unos colores claros que viajaban en el cielo, eran las luces del norte. Tardaba mucho en salir el sol por estas partes, y cuando lo hacía, era sólo por poco tiempo. Mis ojos fallaban y se nublaban con facilidad, volví a enfocar el hielo. Había hecho un orificio mayor que el anterior, y casi pude ver la totalidad del cubo. El sol se asomaba y mi corazón latía anormalmente. Al fin un rayo de sol pudo perforar el hielo. Se veía bien claro.
Era una mujer. Tenía ropas burdas, y parecía transportada de otro tiempo. ¿Cuántos años habrá estado ahí atrapada?. Sería alguien perdido de la tribu, así que de boca en boca se corrió la noticia de la mujer congelada, pero ninguno reconoció el rostro de esta mujer blanca. Sus ojos parecían verme, y reconocerme. Era una mirada cálida, por ahí seguía viva. En un acto de desesperación comencé a romper el hielo. Pero no podía hacerlo. La mataría.
¿Cómo había llegado a este lugar? ¿Cómo se llamaría?

 

Estaba a salvo acá. El cubo nunca se derretiría. El máximo peligro era yo. Otro ataque de desesperación podría terminar con una vida. Había guardias permanentes. Todos querían salvar a la mujer congelada. Pero las reglas eran claras. Esa mujer era mía.
De noche le hablaba. Y ella era testigo de cómo dormía. Le hablaba de mi trabajo, de mi familia, de donde nací, de cómo la amaba. Esperaba que me escuchase. Me tenía que escuchar. Le pedía disculpas por interrumpir su viaje. Por ahí la buscaba sin saber lo que quería, y al encontrarla todo tuvo sentido, me había convencido de que ella me había encontrado. ¿Por qué fui yo el que la vio?
Pasaba el tiempo, y mi cabeza la necesitaba viva. De boca en boca llegó la noticia hasta la costa este, y desde allí hasta la universidad en donde trabajaba. Por fin llegaron a verme. Hablamos sin rodeos, y lo único que yo quería era que la mujer viviera. Los de la academia me creyeron loco, pero ellos sabían que esta mujer podía ser la puerta al pasado, la historia viva. Era una reliquia, y la querían así como estaba. Las leyes no iban a servir y ella pasaría a otras manos. Me la robarían delante de mis propios ojos, todo por el bien de la ciencia, pero yo era egoísta.
Los convencí de revivirla. Y los convencí de que era mía. Era difícil de confiar en estas personas porque yo era una de ellas. No creían en las reglas de los esquimales, tampoco en las reglas de los políticos. Tampoco creían en el amor, ni en la vida. Vivían del pasado, y esa era la mejor forma de recrearlo.
La llevamos a Marruecos donde me recibieron con bombos y platillos. Extrañaba más de lo que pensaba el calor y me costó poco aclimatarme. Tuve numerosas charlas, y aproveché cada momento para ir a visitarla. Le seguía hablando en las noches. Al principio los guardias me miraban y hablaban por detrás. Pero un día ellos mismos saludaron a mi dama congelada, y me preguntaron cosas de ella, y más de una vez me encontré con alguno de estos guardias pidiéndole consejos como si fuera una virgen.
Las charlas siguieron, y no se encontraba ningún tratamiento para revivir a mi mujer. Investigaba día y noche. Hasta que lo único que me quedó fue la Fe.
Quería seguir el camino de la religión. De la vida misma. La llevé a Nazaret. Y pedí un milagro. Recé por la vida de un hijo de Dios. El hielo comenzó a derretirse. Las altas temperaturas harían que se consumiera todo en unas horas. Estaba de rodillas, esperando una respuesta. El agua avanzó, y se perdió entre la tierra reseca. Parecía que el momento estaba por llegar. El milagro estaba por concretarse. La mujer cayó en mis brazos. Le corrí el cabello de su cara. Le besé la frente, y comencé a llorar. Los ojos de la mujer se cerraron y se volvieron a abrir. El brillo volvió. Seguía llorando. El mundo se detuvo. Ella me habló en un idioma desconocido por mí. Al poco tiempo logré traducirlo. La mujer que ahora estaba viva dijo: “Gracias por salvarme Jesús, no seré más una pecadora”.

Martín Arregui - MDP tinchopunk@hotmail.com

LA PERRO

Por qué no le decía nada. Eso se preguntaba. El tenía la misma actitud de los que en lugar de cáncer dicen -eso- «tiene eso». Buenos aires, como toda gran señora, ejerce muy bien la indiferencia a lo frágil, hace que resulte obvio la vieja debajo de unos cartones en la 9 de Julio, obvio el adolescente atlético que todavía no sabe correr el cuerpo, obvia la neurosis, cosmopolita por excelencia. Buenos Aires también hace un magnífico uso del -eso-
Por qué no le decía nada. Ni en el ascensor al 14 F, ni por la vereda en un penoso trayecto entre Agüero y Montevideo, ni suspendidos hora u hora y media en esos bares modernos con backlight de multinacional. La técnica del tirabuzón era algo obsoleto, probadamente infructuoso: «yo sé lo que te pasa, falta poco para el aniversario de tu papá, no?» «a mí tampoco me gustó lo que te dijo Cristina en el asado, hace rato que la tengo acá» «vos estás pasado de vueltas papi, ¿por qué no le decís a Fito que te dé una mano?» «¿y si vamos a dar una vuelta por la Costanera? ¿te acordás qué bien que la pasábamos?»
El hacía comentarios sobre los apenas audibles ruidos del auto, aunque ella ni entendía ni le interesaban los ruidos del auto, sino los de él. Pero esos comentarios tampoco iban dirigidos a ella; eran un pensar en voz alta al manejar, una obviedad de sexagenaria debajo de cartones esperando a que aclare, y después a que anochezca. Y ella otro tanto. Pensaba en qué ganas de ir al teatro, qué ganas de pasar por San Telmo, qué ganas de pintarme y que me lleve por ahí, a

dar la vuelta al perro. Ojalá un perro y su correspondiente vuelta. Ojalá el felpudo en el living y el bol de agua al lado de la heladera. Ojalá la película de las diez y la mano que cuelga del sofá hasta el pelaje cepillado y tibio del perro. Ojalá la propia correa y de nadie más que el perro.
La otra técnica, la de mejor pensar en los hijos y los nietos, la de no amargarse tanto y se sabe que los hombres son así, de a ratos servía, aunque funcionaba como un ansiolítico que trabaja con el síntoma y no con la raíz. El perro se sacaba solo a rumiar un té con limón a lo de la hermana, el perro se rascaba pulgas y que nunca se fueran, porque sino qué otra cosa iba a hacer el perro, el perro agarraba la cartera, hacía escala en un kiosco y les llevaba golosinas a Marquitos y Juan Manuel, y pasaba coloridas tardes de perro.
De a poco aprendió el silencio. Dejó la técnica del tirabuzón, como deja el chupete el que ya está grande para andar con chupete. Aprendió a pasarlo por la garganta con poquísima saliva, hasta podía sentirlo bajar al vientre hecho un bolo alimenticio de la nada y sus derivados. Aprendió carburador, pastillas de freno, paneles de puertas, burro de arranque. Y esa extraña maravilla de ver sólo la mitad llena del vaso, obviando la otra mitad, para saberse tan afortunada de tener a alguien así. Aprendió por fin a obviar, tal como Buenos Aires, a dar por hecho y a incluir. Y como toda gran señora, aprendió a usar el -eso-


Gustavo Ortiz
elorni65@hotmail.com

RETORNAR

Se oyó un gemido largo y profundo, la queja de alguien desorientado en un escenario descomunal de índigos irreconocible. Sus ojos pequeños se inundaron de abismos. Trató de recordar aquella vastedad que rodeaba en toda su extensión su cuerpo enorme, el manto natural del que nunca debió haber salido y sintió el deseo incontenible de cantar. Lo hizo con una voz dulcísima, cautivante, poderosa, al tiempo que se sumergía en un azul cada vez más insondable. Cantó por el regreso, por el amor con que la habían cuidado, por la libertad que finalmente la devolvía al mar.

BEATRIZ SILVA MDP bettybombini@hotmail.com

SIN SALIDA

Ella estaba arrodillada en el piso, la visión perdida en la distancia, deslizando sus manos por el pelo una y otra vez de la raíz a la punta, tratando de mantenerlo limpio y ordenado. Bebió un poco de agua del recipiente plástico que colgaba a un lado y otra vez se quedó con la mirada vagabunda en un futuro inexistente, las manos tomadas de los barrotes.
El cuervo, mientras tanto, le ofrecía una hoja de lechuga con un graznido y la observaba con ternura, casi con lástima, desde afuera de la jaula.

BEATRIZ SILVA MDP bettybombini@hotmail.com

REVELACIÓN

Gastaba el tiempo frente a la estufa a leños. En silencio. Bailando con las lenguas que se estiraban y ensanchaban. Contando las chispitas como quien pretende contar las estrellas del firmamento. Embriagada de robles, quebrachos, pinos, eucaliptos y viejas cartas, permanecía ante esa tibia tentación a la espera de nada.
Un tronco seco y bifurcado le servía de asiento. Era su trono en ese reino de soledades que convocaba a sus musas y duendes de la escritura.
Permanecer frente al fuego le daba una energía particular. Era como si esa fuente artificial de luz complementara la ausencia de horas de luz solar.
La casa a oscuras. Cada espejo, porcelana, vidrio o metal destellaba con el titilar de su hogar de ladrillos y rocas, dando al lugar un aspecto lumínico especial de rayos de luz que iban y venían a su encuentro. A su alrededor, en el suelo de cerámicos granate, su anotador, lapiceras, cigarrillos y varios pares de anteojos esperaban pacientemente el turno de ser convocados a participar en esa escena unipersonal e íntima.
Recordó los tiempos del amor y también los de la traición. Un fajo de cartas escritas en papel envejecido jugó entre sus dedos. A hurtadillas leyó, “Amor”. “Amor”. “Perdón”. “Adiós”. Cuatro palabras que podían entretejer una historia. Su historia. Las acercó a sus labios y una a una las fue lanzando al fuego.
Ya no dolía ese recuerdo. La herida cicatrizó poco a poco, cada amanecer. Pero quedaba intacta la incertidumbre de los motivos. Tomó su apuntador y anotó apresuradamente una lista de palabras que significaban el concepto de esos motivos. Los motivos que le habían hecho pensar en la traición. Sus anteojos bailaban sobre su nariz amenazando estrellarse contra el piso. Los cambió por otros, parecían empañados, sucios. Los limpió con su pañuelo rojo de cuello y notó humedad. Recién en ese momento se dio cuenta que las lágrimas viajaban por su rostro con la mansedumbre de un lago, con la resignación de un condenado a muerte.
Recordó entre llantos y sonrisas episodios de su vida con Miguel. Él nunca hablaba de su trabajo, decía que había que hacer como el señor del cuento, dejar colgados en el árbol de la puerta

de la casa los problemas y recogerlos antes de regresar a la empresa. Así lo hacía todos los días y se alegraba al recogerlos porque le parecían más livianos. Ella nunca indagó sobre esos problemas porque sabía que Miguel no contaría nada que pudiera poner en peligro un negocio o en evidencia a otra persona. Valoraba esa actitud y la respetaba, pero ahora con el transcurrir de los años se cuestionaba no haberle preguntado algo. Ya era tarde para esos auto reproches.
El viento silbaba entre los altos abetos y eucaliptos. Hacía frío, mucho frío. El cerezo de la entrada a la casa lucía como un brazo con sus dedos abiertos estirados al cielo. Al mirarlo por el ventanal pensó que el árbol pedía piedad.
De pronto recordó que ese era el árbol en el que Miguel jugaba a colgar sus problemas antes de entrar a la casa y hacerla girar por el aire en un interminable abrazo y mil besos. ¡Cuánto extrañaba esos abrazos!. Ahora se abrazaba a su almohadón de seda azul para conciliar el sueño que llegaba cuando quería sin que ella hiciera nada para organizar los tiempos. Dormía cuando tenía sueño, comía cuando tenía hambre, escribía siempre. Cada idea que venía a su mente pasaba a ser parte de su árbol literario. Se sonrió. Cuantos poemas había enviado a la revista socorrida por ese contenedor de ideas que en momentos de inspiración florecían en el texto.
Encendió un cigarrillo con una brasa. Al acercarse al fuego un frío inexplicable recorrió su espalda. Dejó su trono de madera rústica y perfumada y caminó hasta la ventana. Volvió a mirar el cerezo. Abrió la puerta con un impulso incontenible y se abrazó al árbol de los problemas de Miguel. Algo cayó desde una alta rama, la que estaba mas cerca del cielo.
La incógnita de su ausencia quedó revelada y ella enloqueció.

 

ANAMÁ FERNANDEZ M.D.P anama_fez@yahoo.com.ar.