PALABRAS Palabras, palabras. Algunos de nosotros gastamos el tiempo en decir palabras que nos llevarán a concretar acciones convencidos que de la palabra al hecho hay corto trecho pero, lamentablemente, a este pequeño puente lo cruzamos pocas veces. Vilma Brugueras - Miramar |
CARNAVAL El coliseo ruge, mientras yo, Ismael el sobreviviente me uno a la fiesta. Danzas macabras desaparecen en esta noche gloriosa. Libros quemados, ceniceros del alma, sólo cuentan los laureles. Estoy vivo. ¡Corran, vamos!. En la piel, azotes de vientos traen llantos lejanos. La fiesta continúa, todos ven fulgores, yo oscuridad. Ya no siento, mi corazón con aromas putrefactos no miente. A mi lado, el desopilante carnaval gambetea la vida como puede. El circo, ríe y sufre con cada hombre convertido en gladiador. Los brazos levantados del salvador, gracias a él tienen la gloria y la paz. Que queda de mi juventud, de mi lucha, de mi fe. Yo sólo perdido en esta multitud, hombros caídos, tibieza de recuerdos, intento encontrar el atajo que me devuelva la vida. Fiesta general, mi general. Lo logramos, somos los mejores. Papeles coloridos tiñen de carnaval la jornada, así se rebelan, tirando “papelitos”. Brazos en alto, orden de festejo, obnubilados habitantes sienten la felicidad. Virgencita, te prometí once velas, y te las prendo hoy para cumplir, prometió mi tía Elisa que es muy creyente, hace promesas por esto, nunca las hizo por mí. Te lo digo hermano, vas a ver que nadie te va a querer escuchar, le dijo Tomás el último día. La puta, tenía razón, mira como festejan, que boludo me siento, vencido, sólo, ¿quién soy?. Ruge la multitud, Ave César. El joven sale del estadio, 25 de Junio de 1978. Ganamos el mundial, somos derechos y humanos. Al otro día, rumbo a Ezeiza mira por última vez los lugares familiares, soñando el regreso, algún día se sabrá la verdad y me creerán, dejaremos de ser la plebe del circo romano, habremos crecido, abriremos los ojos. Quizás, en ese momento pueda perdonar. GRACIELA FERNANDEZ |
| UNA MÁS
Era un bar de mala muerte ubicado en las cercanías del puerto. Allí se reunían habitualmente marineros en busca de prostitutas, traficantes de armas y drogas, rufianes, ladrones. Empezaba a poblarse alrededor de la medianoche; un olor rancio y húmedo trepaba desde los pisos e impregnaba las horas sombrías. |
Ese tipo me recalienta/ cuánto tiempo que no voy a la cama con alguien que me guste/ qué olor asqueroso tiene este hijo de puta/ dice que está enamorado/ está en repedo/ ya no le queda guita/ espero que se vaya/ esperame/ mira/ le gusto/ gratisgratis con vos/ la vamos a pasar joya daddy/ se va por fin/ ja que vuelva con la billetera llena/ yo lo encaro. Beatriz Silva |
| Mamman y ¨la guega¨ (...y las manos del destino) Él es alto, esbelto, con su máscara tapándole el rostro, de incógnito -en esa especie de trampa en la que acordamos caer con gusto, a pesar de lo evidente (eran la misma persona)-. Con sus botas enmarcándole las piernas musculosas, sobre esa especie de calza de montar (como las que usaban los próceres). Su figura azul es atractiva -aunque sus caderas son más propias de una mujer maravilla-. En cuanto lo desenvolvió lo llamó Mamman y su capa de plástico negro, finita como de bolsa de residuos -no las de consorcio- le fue arrancada. Su tío volvió a colocarla con un ganchito de abrochadora pero otra vez le fue arrancada y:.. ¡Oh, santas ficciones!, no se convirtió en Bruno Díaz, Mamman quedó por siempre indefinido en una especie de híbrido, una dificultad que ni su autor planeó para él jamás. No se si tendrá poderes, a lo mejor es como los ¨héroes¨ de hoy día: no están del lado del bien pero hacen como que luchan contra el mal. Lo cierto es que a pesar de su personalidad y su -por momentos- imposibilidad de ser cariñoso (cuando le saca los brazos) alguien se enamoró de él: ¨La guega¨ . Una rubia gordita, de ojos celestes y brillantes, con las mejillas rosadas, proveniente de Bariloche, con un enterito naranja a rayitas y un gorrito haciendo juego. Cuando la descubrió estaba sentada en lo alto de la biblioteca, tranquila, tal vez un poco aburrida, (o a lo mejor ya se había leído todos). Al grito de ¡guega, guega! se la alcancé con la esperanza de que en poco tiempo se olvidara de ella y siguiera entera y sanita -como hace quince años-. Había terminado su siesta la tomó, corrió a mi habitación a buscar a Mamman y bajó las escaleras con uno en cada mano. Una vez abajo pasaron el día juntos, nunca se habían visto e indudablemente algo pasó entre los dos, tal vez fue el porte de héroe de él o la carita inocente de ¨la guega¨, fueron de la mesa al piso, del comedor a la cocina, del baño al jardín, hasta que entre tantas corridas ¨la guega¨ perdió su gorro, su exuberante jopo rubio contrastó drásticamente con su pelada de plástico, su rostro permaneció imperturbable a pesar de que Mamman la estaba mirando, enseguida levanté el gorrito y se lo puse (yo con más pudor que ellos). Después de comer a la hora de la siesta se produjo lo esperado, después de pedir el chupete me pidió a Mamman y a ¨la guega¨ y los llevó a los dos, uno en cada mano, y los acostó en nuestra cama matrimonial -en el medio-, nos tapamos, los tapamos y... durmieron juntitos. Después de un par de días, por esas cosas del destino y después de tantas veces de perder el gorro, ´La guega¨ volvió a la biblioteca y Mamman otra vez solo a dormir en el camión o -en el peor de los casos- en el medio de las oscuridad y el frío del jardín. Una historia muy actual: un hombre apuesto, medio héroe y una mujer culta y bella se conocen y se seducen; una relación fantástica hasta que descubren sus defectos, él es un híbrido que no está dispuesto a definirse, ella debajo de sus artificios lleva su verdadera identidad, una belleza prestada. La pasan bien un tiempo pero no están dispuestos a aceptar compromisos y si por error ahondan se quiebra el pacto y ninguno deja huella en el otro. La infancia es la ficción de la vida, tenemos el poder del destino en nuestras manos, aprendemos el juego, rompemos las reglas, creamos nuevas; ensayamos con los otros sin dejarles heridas... Mamá le pone los brazos a Batman y le pega el gorrito a la nena para que ya nunca lo vuelva a perder. LAURA PENA |
Paula Marrafini |