Avispa 20

PALABRAS

Palabras, palabras. Algunos de nosotros gastamos el tiempo en decir palabras que nos llevarán a concretar acciones convencidos que de la palabra al hecho hay corto trecho pero, lamentablemente, a este pequeño puente lo cruzamos pocas veces.
En tediosas charlas por televisión, en las discusiones que hacemos durante un café, creemos que arreglamos el mundo con palabras, como si éstas fueran palabra de Dios. Pontificamos convencidos de tener la verdad, peleamos por imponerla, exigimos ser escuchados convencidos de que las nuestras son palabras santas. Olvidados del valor de las mismas las soltamos al viento, sin probidad, como pájaros sin rumbo. La antigua palabra de honor que sellaba pactos con un apretón de manos era sagrada, a nadie se le ocurría violarla, se la consideraba un juramento. Hoy, que le hemos hecho perder su valor recurrimos a cualquier palabra que, en vez de unir, separa. El no tener palabra pareciera que es motivo suficiente para acceder a la condición de “vivo” y, faltamos sin pudor a la palabra empeñada. A veces aplastamos cualquier idea ajena imponiendo la última palabra, olvidamos el sano debate y dejamos a los demás con la palabra en la boca. Esta gran indiferencia por la opinión ajena es moneda corriente para muchos de nosotros. No todos aceptamos las posturas divergentes, queremos tener razón a cualquier costo.
Cuando el cansancio por el despotismo de algunos o la falta de acuerdo nos hace estallar tenemos unas palabras con ellos y, soltamos odios, resentimientos, nos “coronamos” mutuamente con epítetos que recuerdan a la familia colocando en el pedestal más alto a la madre, seguida por la hermanas y una parte de su anatomía. Lanzamos palabras hipócritas disimuladas con medias palabras masculladas entre dientes pero, con el mismo sentido dañino que tienen las malas palabras.
Si cada uno de nosotros bajo palabra hiciera la promesa de velar, aunque sólo sea por un prójimo (que en definitiva es hacerlo por uno mismo) y, acatáramos la palabra de honor, tal vez, sólo tal vez, comenzaríamos a cambiar el mundo.

Vilma Brugueras - Miramar
vilmabrugueras@infovia.com.ar

CARNAVAL

El coliseo ruge, mientras yo, Ismael el sobreviviente me uno a la fiesta. Danzas macabras desaparecen en esta noche gloriosa. Libros quemados, ceniceros del alma, sólo cuentan los laureles. Estoy vivo. ¡Corran, vamos!. En la piel, azotes de vientos traen llantos lejanos. La fiesta continúa, todos ven fulgores, yo oscuridad. Ya no siento, mi corazón con aromas putrefactos no miente. A mi lado, el desopilante carnaval gambetea la vida como puede. El circo, ríe y sufre con cada hombre convertido en gladiador. Los brazos levantados del salvador, gracias a él tienen la gloria y la paz. Que queda de mi juventud, de mi lucha, de mi fe. Yo sólo perdido en esta multitud, hombros caídos, tibieza de recuerdos, intento encontrar el atajo que me devuelva la vida. Fiesta general, mi general. Lo logramos, somos los mejores. Papeles coloridos tiñen de carnaval la jornada, así se rebelan, tirando “papelitos”. Brazos en alto, orden de festejo, obnubilados habitantes sienten la felicidad. Virgencita, te prometí once velas, y te las prendo hoy para cumplir, prometió mi tía Elisa que es muy creyente, hace promesas por esto, nunca las hizo por mí. Te lo digo hermano, vas a ver que nadie te va a querer escuchar, le dijo Tomás el último día. La puta, tenía razón, mira como festejan, que boludo me siento, vencido, sólo, ¿quién soy?. Ruge la multitud, Ave César. El joven sale del estadio, 25 de Junio de 1978. Ganamos el mundial, somos derechos y humanos. Al otro día, rumbo a Ezeiza mira por última vez los lugares familiares, soñando el regreso, algún día se sabrá la verdad y me creerán, dejaremos de ser la plebe del circo romano, habremos crecido, abriremos los ojos. Quizás, en ese momento pueda perdonar.

GRACIELA FERNANDEZ
de la palabra
graliseli@yahoo.com.ar

UNA MÁS

Era un bar de mala muerte ubicado en las cercanías del puerto. Allí se reunían habitualmente marineros en busca de prostitutas, traficantes de armas y drogas, rufianes, ladrones. Empezaba a poblarse alrededor de la medianoche; un olor rancio y húmedo trepaba desde los pisos e impregnaba las horas sombrías.
Una barra cansada de quejas y mentiras, con su carga de bebidas baratas y humo.
Apenas seis mesas de madera tan desnudas como las sillas; unas cortinas rojas acumulando polvo y telarañas cubrían la única ventana que espiaba la calle oscura; atravesar la puerta lateral era signo de sexo rápido en los cuartos.
Era un hombre corpulento, alto, de cabellos escasos. Siempre aparecía vestido con ropa oscura, en sus labios, permanentemente, un cigarro negro y delgado. Hacía cuatro días que había arribado de Santiago del Estero; el mismo día de su llegada descubrió aquel tugurio donde pasar las noches en vela y otro no menos lóbrego donde intentar dormir. En el primero, pasaba las noches bebiendo como una esponja mientras miraba y escuchaba las transas ajenas; en el segundo, dejaba vagar los pensamientos que se escurrían por los rincones, veía pasar las horas, tratando de acomodar las imágenes que martilleaban sus sienes; sueños y realidad en una confusión de vértigo y letargo.
Ella llegó por la puerta del costado, alrededor de las dos de la mañana, con sus tacos altos, las uñas rojas, un jean elastizado ceñidísimo a su cuerpo de arenas movedizas. La acompañaba un hombre canoso, de cara ancha, que insistía en abrazarla como si fuera de su propiedad. Fueron a una de las mesas, ella se sentó cruzando las piernas y miró sin disimulo a un hombre apoyado en la barra, corpulento, alto, de cabellos escasos. Ella bebía con fruición, con alegría, con salud. Él, cigarrito en la boca, le devolvía la mirada con entusiasmo, con admiración, con lascivia. El cabello rubio cayendo sobre el vaso, el vaso ahorcado por las uñas rojas, un rictus de amargura, el gesto de fastidio que trataba de deshacerse del abrazo...

Ese tipo me recalienta/ cuánto tiempo que no voy a la cama con alguien que me guste/ qué olor asqueroso tiene este hijo de puta/ dice que está enamorado/ está en repedo/ ya no le queda guita/ espero que se vaya/ esperame/ mira/ le gusto/ gratisgratis con vos/ la vamos a pasar joya daddy/ se va por fin/ ja que vuelva con la billetera llena/ yo lo encaro.
Está buena/ cómo mira la turra/ ese tipo/ qué forro no la deja en paz/ buenas gomas para mamar la rubia/ gatacalentona/ ya te voy hacer gritar/ tengo algo para vos / mira mira la perra/ está rebuena/ ésta sí / ésta sí.../ parece que se va el pelotudo.
El tipo terminó el whisky, caminó hasta la barra y pagó los tragos con el último billete. Salió tambaleándose, ni siquiera vio al tipo corpulento, alto, de cabellos escasos, que no dejaba de mirar a la rubia cuerpo de arenas movedizas sentada delante suyo; cuando ella vio que su acompañante se marchaba, hizo una mueca de desprecio y caminó hacia su presa.
–Era un pesado.
Él no contestó, la mirada en el escote de ella, el cigarrito en los labios.
–Me llamo Melina –dijo inspirando y tironeando la remera hacia abajo, ¿y vos?
–Omar, –¿querés un whisky?.
–Dale –dijo, arrimándole las tetas.
–¿Cuánto? –la cara apenas una mancha blanca sobre la remera henchida, dos planetas.
–Para vos nada, un regalito –los dedos de uñas rojas le quitaron el cigarrito de la boca y los llevaron a la suya.
Se marcharon juntos por la puerta lateral.
Después de una semana nadie recordaba, sino escasamente, al hombre corpulento, alto, de cabellos escasos.
A ella la buscaban su madre, algunas compañeras preocupadas, su rufián.
Pasaron más de veinte días hasta que encontraron un rastro.
El jefe de policía quedó muy intrigado con el hallazgo de una mano de uñas rojas apretando entre sus dedos, los restos de un cigarrito negro.

Beatriz Silva
de la Palabra
bombinibetty@hotmail.com

DIVERSIDAD DE OCRES

Piel de brillo ocre, intenta el abandono de los días niños. Días nacidos entre quenas y maitenes. Días sordos de pasado y ansiosos de futuro. En las pupilas ávidas de aires blancos que la marean y perturban, se proyectan abismos de esperanza. Sensual bálsamo escapa de los labios para esconder en trenzas su ritual de antepasados. La palabra envuelta por la redondez de las mejillas, bajo la frente de una estirpe que sacude la búsqueda de libertad. Así, hundida en el asiento, agobiada por la incertidumbre del hospital, le pesa el entorno discriminado. Espera. Espera que la atiendan. Espera ojos que la vean blanca.

 

Nancy E. Lucotti
de la Palabra

Secretos de un libro
Aquí estoy descansando hace tiempo, en el mismo lugar, sin que nadie recurra a mí, ni me de un poco de calor.
¿Sabes?
Desearía… estar entre las manos de un bebé, que me acaricie, me observe, disfrute mis dibujos, por qué no, me saboree y comparta conmigo su deliciosa papilla que tanto le gusta. Seguramente por las noches sería también, su cuna y cobijo hasta que concilie el sueño.
Disfrutaría… que un niño me llevara con él, seríamos compañeros de aventuras, encuentros y desencuentros, travesuras y alguna diablura. Sentiríamos miedo y nos reiríamos a carcajadas disfrutando de cada instante. Esperaría que me abrace fuerte contra su pecho para que mi interior se entremezcle con el suyo.
Aguardaría… que un joven venga en mi búsqueda, con certeza sería yo quién le brinde las respuestas a un sin fin de preguntas inconclusas, lloraríamos y nos haríamos mutua compañía. Nos brindaríamos abrigo y confianza.
Anhelaría… que sea un adulto quien me prefiera, reafirmaría su sabiduría, y podría ofrecerle mis palabras para aclarar sus dudas. Indudablemente encontraría entre mis hojas la paz y la fantasía perdida.
Querría... que un anciano me adopte y me lea, para ser su refugio de interminables horas de soledad, también su fiel y perdurable amigo.
Pero tan sólo soy un libro, durmiendo en una oscura biblioteca, aquí estoy esperándote a ti, búscame… no te arrepentirás.
Claudia Calvo
Grupo “Leer es resistir” - MDP

Mamman y ¨la guega¨
(...y las manos del destino)

Él es alto, esbelto, con su máscara tapándole el rostro, de incógnito -en esa especie de trampa en la que acordamos caer con gusto, a pesar de lo evidente (eran la misma persona)-. Con sus botas enmarcándole las piernas musculosas, sobre esa especie de calza de montar (como las que usaban los próceres). Su figura azul es atractiva -aunque sus caderas son más propias de una mujer maravilla-.  
En cuanto lo desenvolvió lo llamó Mamman y su capa de plástico negro, finita como de bolsa de residuos -no las de consorcio- le fue arrancada. Su tío volvió a colocarla con un ganchito de abrochadora pero otra vez le fue arrancada y:.. ¡Oh, santas ficciones!, no se convirtió en Bruno Díaz, Mamman quedó por siempre indefinido en una especie de híbrido, una dificultad que ni su autor planeó para él jamás.
No se si tendrá poderes, a lo mejor es como los ¨héroes¨ de hoy día: no están del lado del bien pero hacen como que luchan contra el mal.
Lo cierto es que a pesar de su personalidad y su -por momentos- imposibilidad de ser cariñoso (cuando le saca los brazos) alguien se enamoró de él: ¨La guega¨ . Una rubia gordita, de ojos celestes y brillantes, con las mejillas rosadas, proveniente de Bariloche, con un enterito naranja a rayitas y un gorrito haciendo juego.
Cuando la descubrió estaba sentada en lo alto de la biblioteca, tranquila, tal vez un poco aburrida, (o a lo mejor ya se había leído todos). Al grito de ¡guega, guega! se la alcancé con la esperanza de que en poco tiempo se olvidara de ella y siguiera entera y sanita -como hace quince años-. Había terminado su siesta la tomó, corrió a mi habitación a buscar a Mamman y bajó las escaleras con uno en cada mano.
Una vez abajo pasaron el día juntos, nunca se habían visto e indudablemente algo pasó entre los dos, tal vez fue el porte de héroe de él o la carita inocente de ¨la guega¨, fueron de la mesa al piso, del comedor a la cocina, del baño al jardín, hasta que entre tantas corridas ¨la guega¨ perdió su gorro, su exuberante jopo rubio contrastó drásticamente con su pelada de plástico, su rostro permaneció imperturbable a pesar de que Mamman la estaba mirando, enseguida levanté el gorrito y se lo puse (yo con más pudor que ellos).
Después de comer a la hora de la siesta se produjo lo esperado, después de pedir el chupete me pidió a Mamman y a ¨la guega¨ y los llevó a los dos, uno en cada mano, y los acostó en nuestra cama matrimonial -en el medio-, nos tapamos, los tapamos y... durmieron juntitos.
Después de un par de días, por esas cosas del destino y después de tantas veces de perder el gorro, ´La guega¨  volvió a la biblioteca y Mamman otra vez solo a dormir en el camión o -en el peor de los casos- en el medio de las oscuridad y el frío del jardín.
Una historia muy actual: un hombre apuesto, medio héroe y una mujer culta y bella se conocen y se seducen; una relación fantástica hasta que descubren sus defectos, él es un híbrido que no está dispuesto a definirse, ella debajo de sus artificios lleva su verdadera identidad, una belleza prestada. La pasan bien un tiempo pero no están dispuestos a aceptar compromisos y si por error ahondan se quiebra el pacto y ninguno deja huella en el otro.
La infancia es la ficción de la vida, tenemos el poder del destino en nuestras manos,  aprendemos el juego, rompemos las reglas, creamos nuevas; ensayamos con los otros sin dejarles heridas...
Mamá le pone los brazos a Batman y le pega el gorrito a la nena para que ya nunca lo vuelva a perder.   

LAURA PENA
MDP


Colección
 
Ya son varias fotos en la mesa de luz, no están ordenadas pero si hago memoria; las saqué el mismo día. Un pedazo de plástico en colores, un momento de tiempo tangible en el cajón vecino a mi almohada.
 Es difícil en un espacio como éste saber dónde esconderlas. Podría empezar dejándolos junto a las demás en el placard del subsuelo. Pasar otro invierno. Y acumular secretos que pueden estar tan cerca, como a tres escalones y una puerta corrediza, tan cerca, como abrir un cajón equivocado o sacudir el suéter los días de ropa reciclada por el frío. Son tantos los lugares y sin embargo ninguno me parece lo suficientemente seguro. En el reverso de un CD, entre la ropa de la estación anterior, en alguna página del libro que nunca más voy a leer. Así pasa que al final siguen acá, paralelas a las sábanas y a mis sueños.
 No son todas iguales a pesar de mostrar lo mismo, o de haber sido sacadas con segundos de diferencia. Hay detalles que probablemente nadie vea, sobre todo en la última. Puede ser que la experiencia de los disparos previos del flash le hayan dado singularidad. Cada disparo es una nueva primera vez. Las caras parecen más reales, las calles trasmiten la poco creíble sensación térmica, los autos y la sombra prestada de mi cuerpo sobre la vereda helada, también. No puede diferenciar el límite entre mi cuerpo y la sombra, apenas podría arriesgarme a decir dónde empieza. La luz cruza en diagonal a los tobillos y supongo que por algo que tendrá que ver con la física la vuelve inmensa y ondulada ganándole lugar a la nieve. Se me parece, mira a mi espalda, es más grande que yo y a simple vista más oscura.
 No sé en qué momento empezó mi dificultad para publicar las fotos ensombrecidas. O mejor dicho, por qué cada vez es más nítida, ocupa más lugar y hasta pienso que va a opacar el resto de la película. A medida que pasa el tiempo crece la colección de autofotografías dispersas por la casa. La urgencia de mirarlas cuando me despierto y no asustarme hace que se muden al lado de la cama. se multiplican las pesadillas. Y crece también el miedo a lo imposible y se espesa la idea de que alguna madrugada desborde los negativos, se deslice por el hueco de aire que queda entre el cajón y la cerradura y se sume a mi parte oscura. Somos iguales cuando se apaga la noche. Cuando se bajan las persianas. Y como antes, los muebles y las cortinas vuelven a ser los fantasmas de los ocho años. Pero ahora no hay como antes un sol violeta que los haga reversibles. Ahora se esconden detrás y sonríen con la luz de la cámara.
 Buscar el punto donde el cuerpo se hace real y ya no es sombra es cada vez más absurdo.
 En esta ciudad blanca me he perfeccionado en fotografiarla. Por suerte quedan las anteriores intrascendentes fotos comunes de sombras huecas.
 Con esas salvo el trabajo y el sueldo de la revista que todavía me contrata.

Paula Marrafini
de la Palabra
pmarrafini@yahoo.com.ar

“Las Indias y los indios”

 

De los acontecimientos que sucedieron allende la Mar Océano,
y las vicisitudes que suscitaron los que allí vivieron,
y los malestares que molestaron a los nativos de allí
y otros hechos en Las Indias.

 

De cómo Cortés decidióse a quemar sus naves y lo que sucediese antes
Es allí que Cortés arenga a sus cientos de hombres:
-Allá lejos, en las montañas está la gloria y el oro, el oro azteca, las riquezas.
-Pero somos un puñado de hombres Capitán.
-Cobardes, riquezas que nunca habéis imaginado se encuentran –responde Cortés con gesto desafiante-. Pero también un millón de aztecas deseosos por invitarnos a nuestro propio sacrificio en lo alto de los templos. ¿Qué elegiréis entonces, la gloria y las riquezas o el retorno vergonzante de los cobardes?. La multitud aulló con decisión y convencimiento: -¡El retorno vergonzante! ¡El retorno vergonzanteee!
Luego Cortés quema sus naves.

Lo que sucedióles a los cristianos comandados por Cortés en la “Noche triste” que huían de Tenochtitlán
Los más optimistas pensaban que iban a morir allende las montañas, los pesimistas imaginaban cosas peores. Esto se cumplió con creces en ¨La Noche Triste¨ (o “Noche Alegre” según desde el lado del que se lo mire. A muchos los mató la ambición, dificultoso era cruzar puentes y canales de Tenochtitlán con el peso de armaduras y encima las alforjas cargadas de oro.

De cómo era la religión de los paganos en las Indias y el contraste con la sagrada palabra verdadera
La gente de Moctezuma sacrificaba miles de personas arrancándoles el corazón en lo alto de las pirámides; religión sanguinaria de los bárbaros. En la civilización, en cambio, la religión sólo quemaba vivas a unas pobres viejas acusadas de brujería. Civilización y barbarie. ¡Qué contraste!
Así, mediante el uso de la fuerza, los indígenas fueron obligados a cambiar sus bárbaras y sanguinarias costumbres y sus falsas religiones para adoptar las costumbres crueles y atroces y las falsas religiones de los europeos. El material de las pirámides fue usado para la construcción de las catedrales. Los nativos fueron notablemente compensados, se los bautizó y se los puso a trabajar de sol a sol hasta morir de agotamiento. ¡Y así lograron que se les diera cristiana sepultura! Vemos así el notable progreso de quienes podrían haber terminado sus días en lo alto de una pirámide, su corazón recién arrancado con el cuchillo de obsidiana y todavía palpitante en la mano del sacerdote. ¡Notable diferencia!

Lo que hicieron con Atahualpa y su rescate
Atahualpa llenó tres habitaciones de oro para negociar su libertad... Pero Pizarro y el padre Valverde consideraron que sus costumbres, religiones y procederes eran una blasfemia a los ojos del Señor. No así su oro y plata, que curiosamente no tenían ninguna de esas características y eran considerados aptos. Luego de pagar Atahualpa es asesinado.

La evangelización de las Indias y los indios, y el padre Las Casas
Todos los indígenas fueron evangelizados, menos aquellos que vivían en tierras poco accesibles y encima no tenían oro. Su evangelización no se consideraba necesaria. El padre Bartolomé de las Casas. Obispo de Chiapas, defendió a los indios que morían como moscas trabajando de sol a sol.
-Traed negros -propuso con respetable humanidad.

 

El Papa Alejandro VI y como dividióle las Indias a la cristiandad, y de cómo eran sus hijos
El Papa dividió el nuevo continente entre las dos potencias marítimas de la península ibérica (tratado de Tordesillas). Por curiosa coincidencia, el Papa era español. Sus otras virtudes eran sus bulas, sus hijos y sus venenos (esto último era lo menos peligroso). Uno de los hijos del Pontífice, César, sirvió de modelo de cinismo para “El Príncipe” de Maquiavello.Los incas en cambio, casabansé con su hermana (asegurándose las taras del nuevo inca). El hijo del sol buscaba así su heredero de sangre real. Otra vez el contraste entre la civilización y la barbarie.

Encuentro en Cajamarca: Atahualpa, Pizarro, el padre Valverde y La Biblia
En el encuentro de Cajamarca el padre Valverde le enseñó con grave solemnidad al inca Atahualpa: ¨...habla Dios en este libro llamado La Biblia. ¨ El inca, pletórico de curiosidad, apoyó su oreja en el corpulento libro. Señalóse la oreja con gesto universal y pronunció las palabras que el lenguaraz tradujo de inmediato a la lengua de Castilla: - ¡Debe ser que la sal de la mar océano les arruinó vuestras pilas!

Los piratas empiezan a azotar la mar océano
Para colmo de males estaban los piratas (los que llevaban una calavera en sus carabelas) Con garfios en lugar de manos, patas de palo, parches en el ojo, huevos duros (en sus alforjas para no pasar hambre) y la ternura de un tiburón. Antes de cada abordaje era típico su conteo descendente: 10, 9, 8, 7, etc. Se dedicaban a robar lo robado en las Américas.

De cómo era la religión de los Chichimecas de Nueva España
Los indios Chichimeca tenían una mala dieta que les provocaba una endémica diarrea estival y también invernal, además de infernal. De allí su nombre. Poseídos por la traicionera enfermedad que los atacaba por la espalda (donde ésta cambia de nombre), los aborígenes alzaban sus brazos al cielo en lo alto de las pirámides e imploraban a su Dios Chichi gritando con todas sus fuerzas: - ¡Chichimeca! ¡Chichimeca!

El choque cultural, el encuentro de culturas, el intercambio cultural
Luego el intercambio cultural, el choque entre dos culturas (y justo los indios no tenían seguro). Ejemplos de intercambio: sífilis por viruela, tabaco por alcohol, oro por espejitos (retrovisores de las carabelas), la fila india, los cuentos de gallegos, etc. En un principio la vida de un indio no valía un maravedí, luego cambió (la denominación del dinero). Estos malos tratos de españoles y portugueses cambiaron con la llegada de otros europeos a América. Ingleses, Franceses, Holandeses hicieron que la crueldad y el racismo de los comienzos... aumentara mucho más aún.

Lo que se cree que quiso hacer Colón en el primer viaje, de lo que hizo y de lo que pensó que había hecho.
Se nos dice que Colón fue un marino que partió de Palos sin saber adónde se dirigía, cuando llegó no sabía dónde estaba y cuando regresó no sabía adónde había estado. ¿Era un loco con un proyecto imposible o alguien que sabía con precisión donde iba y lo disfrazó con teorías científicas erróneas?. En éste último caso recopiló las teorías que hacían a la tierra más pequeña de lo que es; guardándose para sí sus conocimientos reales del lugar adonde iba.

La evangelización de América hoy
A la pregunta: ¿Quién descubrió América? hecha por la pedagoga de turno, los imberbes de cada establecimiento educacional responderán con apabullante seguridad: -¡¡Colón!!
Lo cual, con matemática exactitud, nos lleva a la siguiente lógica inapelable: ¿quién (persona o personas) llegó a América por vez primera? Los primeros en llegar fueron los indios, ergo ¡los indios no son personas! (conclusión medieval), como todo educando sabe.

Gustavo Olaiz
de la Palabra
golaiz@speedy.com.ar

Las piernas

Sergio irrumpió violentamente en el negocio.
- Calma, calma muchacho, que me vas a arrancar la puerta.
-Disculpe Don Agustín, siempre me olvido de entrar despacio.
- ¿Qué andás buscando?
- Un compás. Perdí el mío en la escuela.
Una vez satisfecho el pedido, quedaron conversando como siempre lo hacían. Preguntas sobre el colegio, comentarios sobre el último partido de fútbol... hasta que el niño hacía la pregunta de rigor:
-¿Me deja jugar con las cajas?
-Sí, hombre sí, pero sólo un ratito pues ya es tarde. ¿Cómo se te ha ocurrido venir tan de noche? Debes marcharte pronto.
-Es que recién me di cuenta de que no lo tenía.
Sergio pasó detrás del mostrador donde se apilaban las cajas de mercadería, algunas ya vacías. El niño se escondió como siempre, asomándose a intervalos entre ellas. Ese juego lo fascinaba. Las cajas podían convertirse en almenas de un castillo, torpedero o atalaya, de acuerdo a cómo volara su imaginación. Introdujo el cuerpo en una de ellas y con otra por delante construyó un tanque de guerra. Por una hendija avistaba al enemigo.
De pronto entró un hombre armado que con voz enérgica exigió dinero a Don Agustín.
-Esto es todo lo que tengo.
-Tenés más escondido en algún lado. Dámelo ya.
-Te digo que no tengo más. Lleváte todo esto.
Disconforme con la cantidad forcejeó con su víctima que había intentado desarmarlo y sin mediar más palabras le descargó todo el revólver antes de huir.
Sergio, con la respiración contenida y temblando, observó la escena desde su escondite. Aterrado, saltó sobre el cuerpo ensangrentado cruzando su mirada con esos ojos abiertos, enormes, que lo miraban sin ver. Corriendo desesperado, llegó a su casa.
-Nene. ¿qué tenés? ¿Por qué tardaste tanto?
Sólo atinó a abrazarse a su madre mientras lloraba convulsivamente. Luego de varios minutos contó lo ocurrido.
Alertados de inmediato, llegaron policía y ambulancia, pero Don Agustín ya había muerto.
Ante el interrogatorio policial Sergio se mantuvo firme en sus respuestas.
-¿Qué viste?
-Sólo vi las piernas y nada más.
-¿Reconocerías su voz?
-No creo, hablaba bajo.
-¿De qué color eran sus pantalones?
-Oscuros.
-¿Llevaba un arma?
-No sé, sólo le vi las piernas.
-Está bien. Ahora tranquilizate que nosotros vamos a tratar de encontrar a ese hombre.
Esa misma noche detuvieron a dos sospechosos.
Luego de larga vigilia, Sergio se durmió abrazado a su madre y con la luz encendida. Se despertó varias veces gritando. Esos terrores nocturnos fueron en aumento con el correr de los días. Ni el abrazo materno ni las palabras de consuelo podían calmarlo.
En la policía seguían trabajando intensamente sin resultados positivos ya que los sospechosos fueron dejados en libertad por falta de pruebas.
El niño charlatán y movedizo, pasó a ser una sombra de lo que había sido. No sólo cambió de conducta en el hogar, sino también en el colegio. Fue citada la madre por la maestra, quien aún comprendiendo el estado anímico de su alumno, consideró que había que tomar alguna medida.

-Le sugiero señora que consulte a un psicólogo. Es evidente que este chico ha quedado muy traumatizado con lo que le pasó. Se lo ve taciturno, en clase está ausente, no hace los deberes y además no parece importarle nada de lo que le rodea. Durante los recreos permanece parado contra la pared y no acepta las invitaciones de sus compañeros para jugar. Prefiere estar a mi lado como buscando protección. Insisto en que tendría que ver a un psicólogo.
--Hoy mismo me ocupo de eso. Gracias por su comprensión y consejo.
-Téngame al tanto de todo lo que pase con Sergio.
El matrimonio se puso de acuerdo para consultar al psicólogo que le recomendaron. Este escuchó el relato de los padres y quedaron convenidas tres sesiones semanales.
-Mamá, por favor, no me lleves a ningún lado. Yo estoy bien.
-Sergio, ese señor te va a ayudar. Aunque fue tremendo lo que viviste, no es normal que un chico de diez años esté triste todo el día. Tenés pesadillas, no comés ni descansás bien.
-Ya se me va a pasar. No quiero que empiecen otra vez con preguntas y más preguntas. Yo estoy bien.
Pero seguía sin hablar durante las comidas y con la vista sumergida en el plato. De noche, sus gritos desgarradores llegaban hasta las casas vecinas. Rosa trataba de tranquilizarlo con palabras y mimos, sin resultado.
-Calmate Sergio, estás con mamá. No llores más. ¿Qué soñaste?
-Con Don Agustín y su cara, abría y cerraba sus ojos grandes y la boca también, pero no hablaba. Había mucha sangre y el ladrón se escapaba.
Sólo volvía a dormirse abrazado a su madre.
-Nunca imaginé que Sergio quisiera tanto a Don Agustín. Este desequilibrio le está durando demasiado –comentaba el padre.
La actitud del niño podría decirse que empeoraba en lugar de mejorar. Se lo veía llorar con frecuencia y gran desconsuelo, acurrucado en la cama.
Ante la insistencia de la madre Sergio contó lo que hacía en las sesiones con el psicólogo.
-Hago dibujos y me muestra otros. Me hace contar lo que veo. Nada más.
Al no ver ningún cambio en su hijo, Rosa insinuó efectuar algún tratamiento más enérgico, a lo que el profesional respondió:
-Quédese tranquila señora, encontraremos la solución.
Había pasado un mes desde la iniciación de tratamiento. Con todas las conclusiones encarpetadas el psicólogo pidió audiencia con el juez que llevaba el caso del crimen de Don Agustín.
Una vez en el juzgado, permaneció conversando con el juez durante más de una hora. Como corolario de una entrevista, el magistrado decidió ampliar la indagatoria y citó nuevamente a Sergio, quién no varió su declaración anterior. Sólo vi las piernas del ladrón y la cabeza de Don Agustín en un charco de sangre con los ojos muy abiertos.
Aún no había sonado el despertador, cuando el timbre despabiló a los habitantes de la casa. Era un policía.
Una vez en el interior, preguntó:
-¿Usted es Julio Sosa?
-Sí señor.
-Debe acompañarme. Traigo una citación del juzgado.
-¿Por qué?
-El señor juez le aclarará sus preguntas. Vamos.
Acurrucado entre la pared y la puerta del comedor, Sergio lloraba desconsoladamente.
-Papá, yo no les conté nada, te lo juro. Siempre dije que te había visto sólo las piernas. No te enojes conmigo.Yo no les conté, no les conté.

Edith Ruz de Colombo
de la Palabra

CONFESIÓN ABIERTA

4 de junio de 2004

Estimado Padre Eduardo:

Esta carta no respeta las liturgias, mucho menos la de La Palabra, pero me urge reconciliarme conmigo misma, con la humanidad y principalmente con el Verbo Encarnado; por eso necesito que escuche (lea) mi confesión.
Para ser concreta, Padre, me acuso ser una representación; si no fuera así, ya me habría acercado al confesionario para enfrentarme a usted sin simulacros y no estaría escribiendo esto. Pero no soy actriz o sea que dar la cara no es mi fuerte y por otro lado, sólo al escribir soy sincera, ya que

es lo único que sé hacer o engendrar, como prefiera. Además, a las palabras se las lleva el viento, a los secretos de confesión... vaya a saber. Y yo quiero que esto sea un doc. Así que hágalo público, si quiere:
Padre, yo siento la necesidad de romper los moldes, las reglas, las hormas, las matrices, los montajes, las instalaciones. Es como si una asfixia abarcara y oprimiera toda mi piel, sofocándome hasta extinguirme. Muchos se conforman con la vida que les tocó vivir, aunque al hacerlo se desfiguren, distorsionen, deformen. Conformar... Deformar... Me pregunto si serán sinónimos o antónimos. Un prototipo, cualquier modelo o paradigma se acomoda, te acomoda a una casilla, a un apartado; te aparta, te empaña, te rotula: «hombre sin rostro», te ultraja. A mí no me alcanza un tipo de vida, Padre, los quiero todos.
Por eso despojo y calzo íntegro cada uno de los infinitos pellejos de los hombres y trato de hacerlos míos; robo vidas y las siento, vivo como propias... las cuento. La de quien ama y de quien sufre, la de la señora gorda tomando el té de las cinco en punto, la del drogadicto, del apático o el burgués de m..., la del soldado valeroso y del cobarde, del político y el mendigo, el verdugo y el ahorcado, del subversivo y el represor, de las Bovary y los Fierro... Entonces invento, fabulo, miento. Eso es, Padre, el escritor: un gran mentiroso. Y yo escribo.
Pero ¿sabe? Al robar vidas, las vivo para mí y las vivo para otros. No quiero disculparme, no, al contrario; estoy condenada, lo sé y soy culpable no sólo de robar o mentir sino de los siete pecados capitales porque si fuera verdad que tengo una misión, entonces, cómo explicar cuando en ocasiones, colmada de pereza, transito las profundidades sin decidirme a habitar el cuerpo de mi alma y paso días, semanas, meses sin escribir, temerosa de enloquecer si lo hago y segura de que si no lo hago, finalmente enloqueceré. Entonces, el germen o el gusano de la envidia me penetra y las vidas de otros, virtuosas o perversas, sencillas o intrincadas, comienzan a seducirme, a incitarme... y las ansío, Padre, porque derrochan vivencias que yo jamás experimentaré, vierten las I historias que yo nunca seré capaz de narrar, descifran los libros que en-.al vida alcanzaré a leer. y.,( abarrotada de codicia parto a investigar, a escuchar detrás de las puertas y las almas, a mirar hacia dentro de los ojos, a robar sus alientos en busca de una línea... y anoto datos, acumulo, como un preciado tesoro, cada referencia en mi cuaderno de notas, en el revés de la cuenta del supermercado, en los márgenes de los libros y, le confieso, Padre, que cuando empieza ese proceso de encarnarse en otro, ya no como Santa Concepción, sino Calvario donde crucifico mi comodidad y asumo igual que Cristo los pecados de los hombre, le juro, y no es herejía, Padre, que siento que voy a redimirlos pues llevo conmigo todas las miserias; también todos los placeres, dirá Usted pero de eso no se escribe.
Por eso, para saldar mis deudas con el Señor, si quiero ser justa, debo acusarme también de gula, una gula feroz por saber más y más, tanto que devoro y me engolosino con el respirar de cada uno de mis personajes, me acaramelo con sus poemas, saboreo la melodía de sus voces y cómplice, amaso situaciones para hacer también míos todos sus sentidos... y paladear su lengua, sus ojos, sus tactos. Termino mamando un calostro que me inmuniza del afuera, atiborrada de mí y sin poder saciarme nunca.
Lo sé, Padre, me revuelco, para ser exacta, encendida de lujuria con ese personaje que estoy creando, que soy yo y es otro y... hermafrodita, erizo mi piel. Me cuesta escribir esto, pero ¿podría Usted, que sabe mejor que nadie de las luchas de la carne, interceder por mí ante el Altísimo? Es talla fiebre, el goce de descubrir los más íntimos anhelos, la excitación de penetrar la mente, la voluptuosidad de ser en sangre, lágrimas, semen y saliva solo uno... Es tal el deseo y tan ingobernable. «¡Oh, pureza!» clamaba Rimbaud, como yo clamo. ¿Habrá perdón para mi alma?

Ya habrá advertido que he guardado la ira y la soberbia para el final. El primero porque es el más doloroso y tal vez sirva, en parte, para purgar mi penitencia. Lo que sucede es que cuando mi personaje o mi poema no responde, no crece, no se desprende de mí y adquiere vida propia, siento al desgarro de la cólera estallar en furia, gritos, llanto... y rompo originales, destierro páginas completas, incinero el trabajo de meses y caigo presa en tamaño hermetismo que soy capaz de vagar violenta y sola, y en esto hago especial mea culpa, hasta que todo lo demás desaparezca, incluso mis otros hijos, los de la carne. El segundo, en cambio, es el más terrible. Sólo se manifiesta si la obra creadora llega a su fin; y si se concreta, no existe sino el éxtasis y por qué no ponerlo con todas las letras: me siento Dios y, en mi infinita soberbia, creo que mi obra y Él y yo somos uno, Padre; y nos exhibimos, obligando a los otros, lectores y orejas pacientes de recitales poéticos a compartir nuestras impudicias, como si tuviéramos algo que decir, algún don que nos hace dignos de ser oídos. Y creemos que lo hacemos por el arte, ¿le parece a Usted?, por la cultura... Me da risa.
A medida que escribo esto, Padre, es como si lo estuviera viendo menear la cabeza «Pobre criatura humana -dirá—, es tan débil como sus mentiras. « ¿Verdad? Pero yo sé que le estoy mintiendo también a Usted, no sólo a ellos que creen que el escritor es una especie de héroe neoclásico con mil odiseas sobre los hombros, un enajenado que se agita en estado violento o quizá aquel profeta olvidado que sin embargo tiene algo para revelar... ¡Es mentira!
Reconózcalo Padre, la culpa es de ellos. Al fin y al cabo ¿a quién le interesa si los lugares que invento en realidad no existen si puedo hacérselos ver? O que Usted sea sólo una ocurrencia y esta confesión, un fraude. Ah, eso sí, les encanta creer en ese amor que me desgarra, ese chisme, esa vida tormentosa y arriesgada a la que ellos no se animan... En eso sí... Tampoco les importa cuánto duela -salvo a tía Elisa a quien al mostrarle mi primer poema galardonado me respondió: «¡Ay, nena, qué mal debés estar!» O al imbécil que hizo un ensayo poniendo en duda mi sexualidad porque había escrito en «Invierta un Hijo» desde un yo masculino. Y ¿qué pretendía? ¿Que inventara otra Juana de Arco para escribir como mujer-soldado en la guerra de Malvinas?-. Vamos, no sea ingenuo...
Miento, pero miento porque la gente me necesita, porque no todos tienen la suerte de trasmutarse, de sentir la mordedura de la sociedad y sangrar, de no hacerle caso al miedo y decir lo que otros no se atreven ...Yeso es horrible. Es como si la vida les pasara de costado y la miraran de lejos. Y si la sienten y no pueden hacerse grito, peor aún... Alguien debe hablar, denunciar, burlarse del espíritu de la época. Tal vez, Padre, yo no tenga derecho a callar. ¿Ha visto Usted alguna vez los ojos de los mudos? ¿Los ojos de un torturado con mordaza?
Pensará que engaño y es cierto; pero ¿qué importancia puede tener que mi alma se pierda si existe un lector que llora, ríe, o enmudece con lo que yo le cuento, miento y solo, sólo por unos minutos, se le mueve algo...? Yo no inventé nada nuevo, apenas otro disfraz de voces para la misma historia repetida. El que lee, elige y si alguien llegara a elegirme, tal vez valdría la pena dar la vida por los amigos.
No sé si esta confesión por escrito será válida y si Usted, Padre, en nombre del Verbo hecho Carne podrá de esta forma darme la absolución, pero ya no la necesito; como diría Cortázar, me siento exorcizada, he vomitado a mis monstruos, he escrito otra mentira y no me importa. Existen mentiras que valen la pena, aunque nos condenen... Porque tengo hijos y quiero que puedan seguir escribiendo cartas verdaderas a un Papá Noel de mentira, y que siempre exista alguien dispuesto a meterse en el cuerpo de otro, a andar a tientas en la noche e inmolarse para que sus caras se llenen de risas y de bicicletas ya nosotros de lágrimas los ojos, Padre. ¿O acaso Usted no cree?
Disculpe, no sé si estaré cometiendo un sacrilegio y con esta carta, firmando mi pase a la gehena, pero no puedo «prometer firmemente no pecar más». Tal vez sea verdad que cargo con la maldición de la palabra y sólo pueda seguir escribiendo.
En su Nombre, el del Verbo y el del Espíritu de la Palabra
Amén

Humildemente

Marcela Predieri
(Mujer que escribe)